<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-5071107388385742623</id><updated>2012-02-16T03:50:12.543-08:00</updated><title type='text'>VEINTE AVENTURAS DE LA LITERATURA MEXICANA</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://veinteaventurasjjb.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5071107388385742623/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://veinteaventurasjjb.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>José Joaquín Blanco</name><uri>https://profiles.google.com/107458643043786395125</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-rNL86B0JctU/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/PxumyAQWsig/s512-c/photo.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>4</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5071107388385742623.post-1491700146526597741</id><published>2008-11-02T20:57:00.001-08:00</published><updated>2009-02-11T03:50:47.273-08:00</updated><title type='text'>PRIMERA PARTE</title><content type='html'>JOSÉ JOAQUÍN BLANCO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VEINTE AVENTURAS DE LA LITERATURA MEXICANA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como pocas manifestaciones de la cultura y la vida de México, la literatura se ha mantenido en actitud permanente, variada y contrastante. Ofrezco al lector veinte calas –veinte obras y trayectorias- de nuestra escritura moderna, que al mismo tiempo que nos convoca nos confronta; que nos ilumina tanto cuanto nos interroga. En nuestros mayores escritores y en nuestras mayores obras hablan multitudes. Hablamos nosostros mismos. Escuchemos nuestra propia voz. Estos ensayos han aparecido en la última década en Nexos, Etcétera, y en el suplemento cultural de La Crónica de Hoy&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ÍNDICE&lt;br /&gt;1. LOS MISTERIOS DE DON GUILLÉN DE LAMPART&lt;br /&gt;2. LIZARDI O EL FILÓSOFO DE BANQUETA&lt;br /&gt;3. EL BELICOSO DEVENIR DE LUCAS ALAMÁN&lt;br /&gt;4. PÍNTESE USTED MISMO&lt;br /&gt;5. DESTELLOS DEL NIGROMANTE&lt;br /&gt;6. EL ARCHIVO MÁGICO DE MANUEL PAYNO&lt;br /&gt;7. LOS CUENTOS DE AMADO NERVO&lt;br /&gt;8. ¿POR QUÉ NADIE LEE LAS MEMORIAS DE PANCHO VILLA?&lt;br /&gt;9. ¿CÓMO SALVAR A ARTEMIO DE VALLE-ARIZPE?&lt;br /&gt;10. CONVERSACIÓN CON PELLICER&lt;br /&gt;11. TRES ENSAYOS SOBRE NOVO&lt;br /&gt;12. LOS SIGNOS DEL ZODIACO&lt;br /&gt;13. ARREOLA: EL CONVERSADOR Y LA PROSA&lt;br /&gt;14. PASOS DE RICARDO GARIBAY&lt;br /&gt;15. UN PRÓLOGO PARA JORGE LÓPEZ PAÉZ&lt;br /&gt;16. LA SONRISA DE ELENA PONIATOWSKA&lt;br /&gt;17. MANJARREZ: LOPE DE TLALPAN&lt;br /&gt;18. VILLEGAS: LA LUZ INTENSA, RASANTE&lt;br /&gt;19. LUIS MIGUEL AGUILAR: PROSAS EN FORMA DE CUBO&lt;br /&gt;20. EL SONIDO PÉREZ GAY&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LOS MISTERIOS DE DON GUILLÉN DE LAMPART&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Columna de la Independencia resguarda un mausoleo interior para los héroes; en su vestíbulo se yergue la enigmática estatua de don Guillén de Lampart, pretendido “precursor principal de la independencia de México”.&lt;br /&gt;Este extravagante desatino fue en vano combatido en 1908 por Luis González Obregón: don Guillén de Lampart (1615-1659) no era ni mexicano ni español, sino irlandés, con apariencia de hidalgo pero sin antecedentes verificables; tampoco mostró capital, profesión, méritos ni obras, antes de ser encarcelado por el Santo Oficio. Su confuso pensamiento sólo aparece en el proceso inquisitorial, que ha de ser leído con múltiples reservas: documentos que escribió bajo desesperación o tortura en la cárcel y testimonios parciales e interesados de los delatores y de los propios inquisidores. Fue totalmente ignorado por la sociedad novohispana donde estaba por nacer sor Juana. Sus pretendidos planes para erigirse en rey de México nunca emprendieron indicio alguno de ponerse en práctica, ni fueron conocidos sino por escasos y peregrinos confidentes, que pudieron mentir. Incluso buena parte del personaje que revela el proceso inquisitorial se antoja caluminiosa o delirante, y se carece de otras referencias.&lt;br /&gt;Brumosamente trasladado de Irlanda a España –vía Inglaterra, Francia, Flandes- y más oscuramente desembarcado en Veracruz en 1640 (en la misma flota que el nuevo virrey, pero sin formar parte de su corte), Lampart o Lombardo (como castellanizaba su apellido) se avecindó en la ciudad de México, por el rumbo de la Merced, donde sólo vivió dos años en libertad, sin mayor provecho y sin dejar rastro alguno en la sociedad novohispana, pasando miserias, arrimado a la familia de un pequeño comerciante a cuyos hijos impartía clases de latín.&lt;br /&gt;En 1642, acusado de brujería, tratos con el demonio, infidencia al rey, desacato al Santo Oficio, herejía y de abundantes injurias contra los inquisidores, entre los innumerables cargos que solían acumularse sobre los desdichados, quedó preso durante diecisiete años en las cárceles de la Inquisición, de donde sin embargo logró escaparse durante dos días en 1650. Fue reatrapado, rencarcelado, reprocesado y quemado vivo en el quemadero de la iglesia de San Hipólito (ahora transferida a San Judas Tadeo), cerca de la Alameda, en el auto de fe del 19 de noviembre de 1659. Detrás del convento de San Diego –digamos, por el cruce de Reforma y Avenida Hidalgo- corría una acequia adonde se arrojaban las cenizas de los ajusticiados.&lt;br /&gt;Casi ningún novohispano, salvo su media docena de acusadores o testigos astrosos, los inquisidores y algunos burócratas, se enteraron de la vida y del pensamiento de Guillén de Lampart, aunque sí (v. gr: Guijo: Diario de sucesos notables) de que cierto hereje se había fugado –lo que era no sólo escandaloso, sino casi inverosímil- de las inexpugnables cárceles del Santo Oficio, y que además había pegado en la madrugada algunos escritos injuriosos y blasfemos en tres o cuatro edificios céntricos. La sociedad novohispana de 1650 lo supo porque se predicó en todas las parroquias –medio centenar- que quien supiera de él debería denunciarlo de inmediato, bajo amenazas de excomunión mayor y líos inquisitoriales, así como entregar aquellos papeles al Santo Oficio. Fue en realidad un asunto pasajero y menor, soterrado durante dos siglos, pero que después de la Reforma -cuando Vicente Riva Palacio tomó prestados muchos volúmenes de los archivos de la Inquisición y se los llevó varios años a su casa en la calle de Donceles-, se convirtió en un escándalo histórico y en una ejemplarizante figura cívica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;OTRO CUENTO DEL GENERAL&lt;br /&gt;Riva Palacio hizo dos cosas a propósito de don Guillén de Lampart: novelizar su vida, a partir del voluminoso proceso inquisitorial, en el folletón titulado Memorias de un impostor. Don Guillén de Lampart, rey de México (1872), que gozó de poca fortuna (una sola edición en más medio siglo –ahora se consigue cómodamente en Porrúa-); y sobre todo perfilar con demasiado entusiasmo ideológico sólo algunos de sus muy contradictorios rasgos en México a través de los siglos, de donde los constructores de la Columna tomaron la idea de convertirlo en “precursor principal de la Independencia”, pues alguna vez dijo, en efecto, que el papa no tenía derecho de conceder ningún territorio al rey de España ni éste de gobernar estas tierras... lo que por cierto habían afirmado muchos frailes y soldados españoles desde del siglo XVI en México, y lo que sostuvo toda la Europa no católica durante siglos. Y buena parte de la católica: en Francia e Italia.&lt;br /&gt;El general Vicente Riva Palacio, como sabemos, fue uno de nuestros mayores escritores del siglo XIX (Martín Garatuza, Los cuentos del general, Los ceros; Monja y casada, virgen y mártir; El libro rojo, la sección “El Virreinato” de México a través de los siglos, además de la coordinación de esta obra monumental que ha regido la visión oficial y social de nuestra historia antigua, hasta la fecha) y el que más se apasionó por la historia de la Inquisición en muchos de sus escritos. En su novela Memorias de un impostor, sin embargo, acaso falló por exceso. Como si el enorme expediente inquisitorial no le bastase, le inventó a Guillén de Lampart una trama absurda y algo cansada de folletón o comedia de enredos, en la que aparece como un asombroso Don Juan perseguido por las adversidades eróticas.&lt;br /&gt;Más de la primera mitad de la novela trata de una bendición o maldición erótica, “el dedo del diablo”, que lo había ungido fatalmente en la frente: todas las mujeres distinguidas y hermosas de la Nueva España se enamoraban perdidamente de él. Riva Palacio nos los muestra guapo, bien vestido y ataviado; rico, galante, seductor, caballeroso, generoso: todo un galán donjuanesco con libre acceso a los salones palaciegos. Sabemos, por el contrario, que este aventurero no tuvo la menor suerte durante sus dos años de libertad mexicana, pues apenas si malvestía y malcomía, y de arrimado entre gente modesta.&lt;br /&gt;De pronto, en Memorias de un impostor, como a todo Don Juan, se le juntan, coléricas, cinco enamoradas. Una se suicida, otra se va de monja, otra lo denuncia por brujo o diabólico a la Inquisición, etcétera. Eso no aparece en su proceso, donde resulta meramente denunciado por un tal amigo Felipe, a quien finalmente alarmaron sus estrambóticas habladas. También Riva Palacio lo inventa como miembro de una exótica masonería pro-independentista de la que tampoco hay fuentes y que suena a un episodio más bien anacrónico, del tipo de “los guadalupes”, que sólo ocurriría hasta principios del siglo XIX, con ribetes románticos.&lt;br /&gt;Por el contrario, resulta que don Guillén de Lampart era una suma barroquísima de misterios y de contradicciones. No se sabe por qué salió de Irlanda ni cómo fue a dar a Londres, donde estudió latines y teologías a la edad de doce años, cuando tuvo que escapar de las iras del rey de Inglaterra –dice- porque, a tan precoz edad, compuso un poema en latín contra las herejías de la monarquía inglesa. La megalomanía, la mitomanía, la imaginación delirante, a ratos lúcida y a ratos totalmente extraviada, según va dejando huella en los interrogatorios inquisitoriales, lo entremezclan todo en un ilimitado aventurero en los laberintos de su propia imaginación.&lt;br /&gt;Dice que luego cayó en poder de piratas y se volvió prodigiosamente su jefe, pues algo brillaba en él que los sedujo. Pocos meses después, todavía adolescente, abandonó a sus fieles piratas y se destacó como caballero, militar y sabio en la corte francesa y luego en la española, donde el rey de España y el valido Conde-duque de Olivares, entre muchos otros poderosos, lo premiaron con múltiples favores, como becas para un colegio de nobles en Santiago e incluso para El Escorial, además de bienes materiales que no quiso aceptar: se embarcó, sin dinero ni recomendaciones, como uno más de la plebe en una flota a intentar no sé qué aventura mexicana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LA REVISIÓN CRÍTICA DE GONZÁLEZ OBREGÓN&lt;br /&gt;Luis González Obregón escribió una rigurosa biografía histórica de Don Guillén de Lampart, la Inquisición y la Independencia en México en el siglo XVII (1908), con la intención de disuadir a quienes deseaban inventarlo como “precursor principal de la Independencia” y erigirle una estatua en el mausoleo de la Columna. Ahí lo reduce a su justa dimensión. Había, sin embargo, acepta González Obregón, algo de verdad en sus asombrosos dichos, pues en efecto se manifiesta en su proceso como un hombre extraordinariamente inteligente, culto, habilidoso e imaginativo; hablaba varios idiomas europeos y escribía en latín con excelencia. Durante su prisión, compuso cientos de salmos latinos en letra diminuta en su sábana, con tinta improvisada (cenizas mezcladas con alguna bebida como chocolate o atole) y plumas obtenidas de astillas y huesos de comida: el Regio Salterio, que tradujo y estudió parcialmente el padre Gabriel Méndez Plancarte (1948) -el hermano olvidado del celebradísimo Alfonso, el sorjuanista. Era asimismo un hombre increíblemente valeroso y resistente al dolor físico, según lo reconoce el propio expediente, pues mantuvo su rebeldía contra los inquisidores durante los diecisiete años, a pesar de las torturas y de los castigos carcelarios que acostumbraba el Santo Oficio, que además parece haberse ensañado muy especialmente contra él.&lt;br /&gt;Aunque en ocasiones se dijo –no se sabe si en momentos de locura, sagacidad, necedad o broma- descendiente de aristócratas y hasta hijo bastardo del anterior rey de España y hermanastro de Felipe IV, y por ello merecedor del trono de México, se demostró que era llanamente hijo de humildes artesanos y granjeros irlandeses, según declaró un hermano suyo, fraile, ¡también enigmático residente irlandés en la Nueva España!, pero dedicado a modestos deberes religiosos en provincia.&lt;br /&gt;Algo le debió ocurrir en Europa para dotarlo de una cultura vasta, precisa, elegante, que pasmó al Santo Oficio y que siguen elogiando los estudiosos modernos. Por lo demás, durante los siglos XVI y XVII abundaron las leyendas o rumores de hijos bastardos de los reyes de España, enviados o aparecidos misteriosamente en México, como algunas monjas fundadoras de conventos, o privilegiadísimas habitantes de ellos, y el “venerable” Gregorio López, igualmente enigmático: muy sabio y algo santo, o al menos asceta, apocalíptico y ermitaño.&lt;br /&gt;Fuesen bravuconadas, delirios o estratagemas, Guillén de Lampart confió a los humildes parroquianos con quienes trataba en la Merced que estaba destinado a convertirse en rey o virrey del país, según lo veía en los astros, o se lo hubiesen prometido sus poderosos parientes y amigos españoles, o el peyote y el demonio. Lo curioso es que tal megalomanía, que al principio esa gente humilde tomó simplemente por chifladura, empezó a cobrar visos de realidad al ocurrir un hecho inusitado: en 1642 había acontecido un insólito golpe de estado, mediante el cual el obispo Palafox destituyó en cinco minutos al virrey Villena (se le acusaba de complicidad con los portugueses, por entonces enemigos de España, aunque luego fue exonerado de todos los cargos y nombrado virrey de Sicilia).&lt;br /&gt;Si era tan fácil derribar instantáneamente a un virrey con unos papeles secretos que de repente había esgrimido el obispo Palafox, podría serlo tirar a otro con otros papeles, incluso falsos. Y Guillén de Lampart presumía de sostener nutrida correspondencia con todas las cortes europeas y con los reyes de Portugal, Inglaterra y Francia. No se le encontraron cartas recibidas de Europa; sólo proyectos o dichos de las propias cartas que él escribía o pensaba escribir a los más encumbrados personajes del orbe. Y dijo, efectivamente, que puesto que ni el papa ni el rey de España tenían derechos legítimos sobre estas tierras, cualquiera que liberase de ellos a los mexicanos y fuese aceptado por éstos –él, por ejemplo-, podía constituirse legítimamente en su rey, y a ratos se imaginaba y firmaba como “rey de México”. Sólo lo dijo en sordina a tres o cuatro personas en merenderos, vecindades y tabernas de la Merced y lo escribió luego en sus papeles carcelarios. Parece que también imaginaba ganarse el apoyo popular aboliendo la esclavitud de los negros y los onerosos impuestos a todas las castas, lo que indudablemente fascinó a los liberales de la Reforma.&lt;br /&gt;Hasta aquí, la acción legal contra Guillén de Lampart debió haber sido meramente política y secular; asunto para la Sala del Crimen de Palacio y para ser remitido en cadenas a España por probables intenciones de infidencia o rebelión. O a un manicomio. Sin embargo, el Santo Oficio se apoderó del caso porque los delatores y testigos hablaban de peyote, de astros y de diablos. Es entonces cuando se despliega la más trágica y aleccionadora historia de Guillén de Lampart, esta sí totalmente documentable: la del enemigo acérrimo de la Inquisición desde sus propias cárceles.&lt;br /&gt;Se defiende con sabiduría y furia de los inquisidores; los insulta, los amenaza y en secreto escribe terribles denuncias contra ellos por su corrupción (apresaban ricos –especialmente de origen portugués, pues por entonces Portugal se había separado de España y convertido en enemigo de la Corona española- para robarles sus bienes; les inventaban cargos, los circuncidaban por la fuerza en la propia cárcel para hacerlos pasar por judíos, falsificaban los procesos, etcétera). Al fugarse, pegó estas denuncias –con un engrudo a base de pan y agua- en ciertos muros principales, en la madrugada, donde permanecieron escasas tres o cuatro oscurísimas y desiertas horas; y se atrevió a apersonarse, apenas fugado, en pleno Palacio para entregarle al virrey, por medio de un mozo, con el pretexto de que se trataba de un correo extraordinario de La Habana, un relato abundante y sazonado de los vicios inquisitoriales. De tal modo se convirtió en un adalid de los liberales juaristas que, con los archivos de la Inquisición en el cómodo estudio de Riva Palacio de su casa de Donceles, podían airear un aspecto macabro de la dominación española.&lt;br /&gt;Aunque en secreto, tales cargos contra el Santo Oficio mexicano no fueron tomados a la ligera por la Corona española, que interrogó a sus representantes virreinales sobre ellos durante mucho tiempo, y ordenó investigaciones que corroboraron plenamente, al menos en los aspectos materiales de corrupción y arbitrariedad, las denuncias de Guillén de Lampart. Sobre todo le dolió mucho al rey enterarse de que los inquisidores mexicanos apresaban a presuntos judíos de origen portugués muy ricos, ¡y en seguida los volvían pobres en su contabilidad!, para no entregar nada de esa riqueza confiscada al tesoro real. A algunos inquisidores se les demostró que vendían en tales o cuales comercios céntricos las joyas sustraídas a los “herejes” procesados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LOS HÉROES IMAGINARIOS&lt;br /&gt;Se pudo encontrar cientos de “precursores de la independencia” con mayores méritos que Guillén de Lampart, desde el propio Hernán Cortés y su hijo, así como sus partidarios, hasta muchos indios caciques, chamanes o macehuales insumisos, negros cimarrones y frailes mesiánicos. La pretendida “siesta virreinal” proliferó en rebeliones, motines y conjuras. Fue el énfasis de Riva Palacio en el perfil rebelde, exótico, novelesco, de Guillén de Lampart, y más en México a través de los siglos que en la novela, lo que le valió la curiosa estatua en la Columna de la Independencia, por lo demás tan poblada de próceres cuestionables.&lt;br /&gt;Lo que más me conmueve de don Guillén de Lampart, sin embargo, no es el atareado y mágico donjuanismo que le confiere Riva Palacio; ni los tratos demoniacos, prácticas brujeriles y frecuentaciones del peyote que narran sus delatores. Tampoco sus terribles tormentos, tan regiamente narrados por Riva Palacio en la última parte de la novela, la de la cárcel -que es sufrimiento puro-, que de cualquier modo comparte con todos los presos no sólo de la Inquisición, sino también de El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas... quien a ratos me parece que inspira más a Riva Palacio que todos los numerosos y voluminosos documentos inquisitoriales. En Memorias de un impostor, la fuga de Guillén de Lampart es toda una aventura de Montecristo.&lt;br /&gt;Lo verdaderamente conmovedor es la fe absurda de don Guillén de Lampart en la escritura. Muy poca gente sabía leer a mediados del siglo XVII en México. No había desde luego prensa periódica, ni mucho menos política. Sólo podía ambicionar escribir cuatro o cinco papeles con letra menuda y pegarlos con engrudo de pan en muros de casas e iglesias, a ver si alguien azarosamente los leía en la oscura y vacía madrugada; y si ése los entendía, y si los relataba fielmente a otra persona... Además de llevarle un abundante texto al virrey a su propio palacio. En esto logró un gran éxito ulterior: sus fragilísimos textos sobrevivieron, cuando ya se han olvidado muchas aparatosas obras eclesiásticas o burocráticas.&lt;br /&gt;Lo conocemos sobre todo por esas denuncias desaforadas, que los inquisidores preservaron rencorosamente en sus archivos, adonde las pudieron encontrar Riva Palacio y, treinta años después, González Obregón. Acaso nadie haya tenido tanta fe en una denuncia civil, escrita, exhibida ante la entonces inexistente “opinión pública” como Guillén de Lampart, anónimo en su siglo y ahora azarosamente encumbrado en el vestíbulo de la columna de la Independencia, gracias al prestigio y a la pluma de Riva Palacio.&lt;br /&gt;En su prólogo a la edición de Porrúa de Memorias de un impostor, Antonio Castro Leal acusó a González Obregón de ser injusto con Riva Palacio, pues no lo menciona por su nombre en su biografía de Guillén de Lampart, aunque se refiera a México a través de los siglos. Casi sugiere plagio. El reproche es ridículo: ambos estudiaron el mismo expediente inquisitorial. Y quien haya leído otras obras de González Obregón recordará que cita con frecuente reverencia a Riva Palacio. Simplemente Luis González Obregón eludió en esta biografía rigurosamenete histórica, por cortesía, desmentir los añadidos imaginarios, folletinescos, de la novela; tampoco quiso polemizar abiertamente con su querido maestro y antecesor, ya muerto, en quien pretendían apoyarse los partidarios de erigir la estatua de Guillén de Lampart como “el mayor precursor de la Independencia”.&lt;br /&gt;A los delirios o temeridades del aventurero, se sumaron el mito literario-ideológico de Riva Palacio y la peregrina imaginación de un escultor italiano, pues desde luego no existía iconografía alguna del pesonaje: sólo se sabe que era de mediana estatura, facciones regulares y algo pelirrojo. Edad mediana, y claro: moda de mediados del siglo XVII. Ha sido pues el destino de Guillén de Lampart ir añadiendo, aun siglos después de muerto, más ficciones azarosas a su perfil de “impostor” trágico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LIZARDI O EL FILÓSOFO DE BANQUETA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si se practicara una encuesta entre los mexicanos letrados, incluso presuntamente muy letrados, sobre sus conocimientos acerca de José Joaquín Fernández de Lizardi, nos toparíamos con media decena de lugares comunes: que tenía el sobrenombre de El Pensador Mexicano; que fue un autor independentista; que escribió la primera novela mexicana: El Periquillo Sarniento; que se dedicó a moralizar o a educar al pueblo. Todo ello lo convierte en un héroe de cultura nacional a quien no suena correcto tildar de ramplón o de aburrido.&lt;br /&gt;Más que cualquier otro autor célebre, Lizardi ha resultado, para la enorme mayoría de los lectores que lo han sufrido como lectura escolar en la secundaria o en la preparatoria, un sermoneador opaco con algunos chistes poco inspirados. Es un autor que los mexicanos letrados conocen a través de borrosos recuerdos de tedios escolares.&lt;br /&gt;Para descubrir en él otra cosa: a un rebelde de las costumbres, a un soñador de la sociedad moderna, a un combatiente de las ideas, al primer y más decidido defensor (creador) de la libertad de prensa, es preciso, primero, desmitificarlo un tanto como el héroe domesticado de los libros de texto (el simple enemigo de la pereza y la coquetería, por ejemplo); y luego leerlo ampliamente, más allá de la fábula del Periquillo, en la gran cantidad de ensayos, versos, teatro y periodismo recopilados en sus Obras (UNAM, 1963-1997). Pero suman 15 tomotes, que abruman al lector de intereses generales, quien no espera grandes deslumbramientos en Lizardi sino, otra vez, el prestigio épico del “autor independentista” y del “primer novelista mexicano”.&lt;br /&gt;Por fortuna, María Rosa Palazón y sus colegas han publicado una abundante antología temática, con un prólogo importante (si bien demasiado apologético para mi gusto), en la serie “Los imprescindibles” de Editorial Cal y Arena. (La selección también resulta ambiciosa e imparcial: aparecen textos donde Lizardi no queda muy bien parado, pero que es justo que el lector también conozca, como sus insultos a las tropas de Hidalgo y Morelos; la melancólica conversación —que George Bernard Shaw habría envidiado— entre Hidalgo e Iturbide en los infiernos; y sus finales escritos “ultras”, donde su jacobinismo ya resulta menos polémico y jocoso que agriamente intolerante y persecutorio.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LA MODESTIA DEL PENSADOR&lt;br /&gt;Otros de nuestros autores se distinguen por sus conocimientos o su inspiración, su riqueza expresiva o su inteligencia. Lizardi (como en cierta medida su contemporáneo Carlos María de Bustamante) se destaca por su modestia, en los dos sentidos del término: su falta de presunción y su falta de brillantez artísticas e intelectuales.&lt;br /&gt;Si no queremos decepcionarnos con su lectura es preciso dejar de exigirle la hondura intelectual, la prosa rica e inteligente, los conocimientos prolijos que no tiene. Hay que leerlo como él quería que se le leyera: como periodista. (Pudo asimismo llamarse, como lo haría Mariano José de Larra en España, El pobrecito hablador: el periodista moderno que no se exige credenciales de teólogo ni de erudito, sino la cultura general, el sentido común y la expresión coloquial.)&lt;br /&gt;Sus defectos de escritura y su falta de conocimientos económicos, históricos, legales, religiosos, fueron señalados en sus propios días por los poetas del Diario de México, los “árcades”, y por los expertos gubernamentales (a quienes parecían ridículas algunas de sus proposiciones concretas de reformas sociales o políticas: sencillamente sus cuentas no salían; o que sus “arbitrios” o soluciones provocaban más problemas de los que intentaban resolver, como su defensa de las “rosarieras” o vendedoras ambulantes de sus tiempos). Lucas Alamán lo recuerda con desdén en su Historia de México.&lt;br /&gt;Como sus contemporáneos fray Servando y Bustamante, fue acusado de disparatado, farragoso y vulgar, cuando no de ridículo, falso y “mamarrachero”. Ciertamente todos sus escritos, salvo acaso el esperpéntico soldadón Don Catrín de la Fachenda, parecen escritos al vapor, casi sin revisión alguna, con inmediatez periodística, y ciertos alardes de comicidad coloquialista no siempre logrados. Su audaz águila periodística tiene mucho de perico.&lt;br /&gt;Además, a diferencia de fray Servando, quien era un hombre de ideas y expresiones brillantísimas (aunque extravagantes); y de Bustamante, testigo y trovador (a ratos disparatado) de las hazañas insurgentes, Lizardi parecía hablar de todo al mismo tiempo y no tener nada concreto qué decir. En eso funda una tradición verbosa que constatamos entre los columnistas del día de hoy.&lt;br /&gt;Hay que estar dispuestos, en la obra de Lizardi, a encontrar, a veces hasta en el mismo párrafo, conceptos tan modestos como la utilidad de que los cuartos estén bien ventilados, de que las mujeres sean virtuosas y los hombres laboriosos, de que los niños no usen zapatos muy estrechos, y lucubraciones tan atrevidas como la forma de competir localmente (la Independencia contrajo el lío del “libre comercio”) con Inglaterra en la industria textil hacia 1825: ¿Cómo? ¡Pues nomás trabajando duro y bien! Los telares casi medievales novohispanos podrían producir telas tan buenas y baratas como las de las fábricas inglesas gracias ¡a un simple esfuerzo moral! Con moral o sin moral, todos los arcaicos telares del mundo quebraron ante la Revolución Industrial inglesa.&lt;br /&gt;Fracasa como estratega al proponer la recuperación del fuerte de Ulúa a cañonazos, desde la plaza de Veracruz: no conocía el alcance de los cañones ni la distancia entre la plaza y el fuerte. Su banalidad y su beatería moralizantes irritan especialmente en las novelas y en las fábulas: sus regaños a las quinceañeras coquetas, por ejemplo. ¿Qué daño le hacía que las mujeres gustaran de la moda? ¿De veras quería que toda casadera o casada fuese una monja? ¿Por qué un escritor ha de tener derecho a la libertad de prensa, y una chamaca no a la libertad de la moda? (La Güera Rodríguez debió haber atronado, desde su alcoba todopoderosa, contra los anticuados y paniaguados escritos de Lizardi sobre las mujeres que, por lo menos al vestirse, se sentían modernas.)&lt;br /&gt;En sus Conversaciones del Payo y del Sacristán arroja a la torera toda una constitución formal para el México independiente. Total, dice pisando de lleno el país de las barbaridades: Si Platón se atrevió a soñar su República, ¿yo por qué no? Si Tomás Moro...&lt;br /&gt;Bueno: porque eran sabios, en el sentido en que lo fueron sus antecesores Alzate y Bartolache, o su detractor Alamán; en el sentido en que nuestro Pensador nunca lo fue. Lizardi rara vez expone un pensamiento profundo y metódico, ni ofrece datos concretos, situaciones materiales, análisis históricos o económicos sustentados: es, como suele ocurrir en el periodismo, un hombre de ideas generales. Ciertamente generosas: busca el Bien Común, la justicia, la paz, la libertad, la prosperidad, el orden público, la dignidad de su patria, pero carece de otro tipo de argumentos que los morales.&lt;br /&gt;A ratos miente: sabía perfectamente y por experiencia propia, por ejemplo, que los francmasones, a quienes defendió, profesaban una especie de ateísmo llamado “deísmo” (la creencia en un abstracto y geométrico Ser Supremo, y no en los evangelios); pero los hace aparecer como santos filántropos absolutamente ortodoxos dentro de la doctrina católica. Engañaba a ratos pues, “con buena intención”, a sus lectores.&lt;br /&gt;En su caso, el moralismo es también deficiencia de otro tipo de inspiración. Asombran su ignorancia y su desinterés tanto por la historia como por la realidad de los indios; tampoco sabe mucha cultura novohispana, aunque elogia de paso, y no por sus mejores textos, a Sor Juana. Lo mismo patea que encomia a Hernán Cortés y a Hidalgo, según el talante o la oportunidad.&lt;br /&gt;Alzate le habría colocado orejas de burro en terrenos como la estadística, la geografía, la economía, el derecho, las ciencias, la agricultura... disciplinas que resultan indispensables en un autor moderno que, como él, trate precisamente de esos temas. ¿Pero qué periodista todólogo no se ha visto en esa posición? Reúnase buena parte de los artículos del mejor periodista contemporáneo y sufrirá muchas deficiencias lizardianas. Recuerdo mucho a Mencken, el gran Mencken, ahora que repaso al Pensador para este artículo.&lt;br /&gt;Su democrática idea política del ciudadano, por ejemplo, consiste exclusivamente en el hombre casado, ¡porque en los solteros y viudos no se puede confiar! Suelen verse tan libertinos... ¿Cuál sería la credencial óptima de elector? Pues el acta de matrimonio certificada por el cura. Eso no le impidió, en el momento de solicitar un príncipe Borbón para que fundara una monarquía mexicana, exigir como condición esencial que fuese soltero... para que posteriormente lo mexicanizara una esposa criolla. ¡Cuanta fe ciega en la embrollada institución del matrimonio! Puso la misma condición a los ingleses que quisieran invertir en el país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CURA LAICO&lt;br /&gt;Aparece como una especie de cura laico, ese paradigma de los intelectuales mexicanos del siglo XIX. A pesar de sus recursos coloquiales y cómicos, escribe sermones, no estudios.&lt;br /&gt;Con frecuencia resulta ingenuo (sus proyectos para alfabetizar inmediatamente a todo mundo por decreto: que cada cura se ocupara de alfabetizar su parroquia, mediante el baratísimo método lancasteriano de las cajitas de arena con un palito, a manera de pizarrón y gis, auxiliado de unos cuantos ayudantes, ¡y santo remedio!); despótico (su ocurrencia de Big Brother, a la manera de la pesadilla de Orwell: vigilar la ciudad con un policía en cada manzana para que nadie se dedicara, bajo pena de cárcel, “a la vagancia”); chusco (apoya la pena de muerte, ¡porque de otra manera, en México, en una semana se fugaban o se hacían liberar mediante sobornos todos los presos muy peligrosos! Lo que bien mirado...); o un resumidero de lugares comunes cristianos e ilustrados sobre la educación, la religión, el Estado, la salud, las mujeres, los juniors, etcétera.&lt;br /&gt;¿Por qué entonces fue tan importante Lizardi en su tiempo, y tan odiado aun décadas después, como lo vemos en las expresiones de Lucas Alamán? Por su inspiración moral. Los propios censores que lo encarcelaban lo admitieron por escrito: Lizardi no pecaba abiertamente contra la religión ni contra las leyes, pero alborotaba demasiado al lector.&lt;br /&gt;Cauto, se conservaba, en lo conceptual, cuantas veces podía, dentro de lo permitido (su idea de la libertad de prensa excluía, por ejemplo, a quienes trataran temas religiosos; discutieran el derecho a la Independencia —esto, después de 1821— o expusieran vicios privados, aunque fuesen ciertos, de personas concretas.)&lt;br /&gt;Pero nadie se chupaba el dedo: el tono de Lizardi, si no siempre sus ideas, resultaba furibundamente subversivo. Y que no pretendiera que eran sus personajes imaginarios, Anita la Tamalera, Doña Tecla, Chamorro y Dominiquín, etcétera, quienes lanzaban tales bombas verbales: se le reconocía sobradamente, así se hubiese escondido en el anonimato, y no sólo en seudónimos, nombres de pluma y discusiones de personajes de fábula. Se trataba de un insolentazo.&lt;br /&gt;Estaba enloquecido por la moral: era política y socialmente posible en México, así, por meros actos de sentido común y buena voluntad, elegir el Bien sobre el Mal; y todo consistía en crear un orden social que eligiera el Bien. Su Bien era el cristianismo reformado por la Ilustración: toda la Iglesia y sus santos padres, pero sin Inquisición, fueros, exacciones económicas desaforadas a los feligreses, privilegios, supersticiones ni corrupción clericales. Algo (no mucho) de letras. Un oficio útil. Y el sentido común de un laborioso padre de familia. Esta convicción priva también, como sustento moral, en la asombrosa novela Astucia (1865) de Luis G. Inclán, que Salvador Novo admiró.&lt;br /&gt;Sin embargo, tales expresiones modestas, bienintencionadas, nada radicales (salvo a ratos en sus finales años “ultras”, de republicanismo masónico, anticlerical y antigachupín), casi propias de un sermón dominical en cualquier parroquia, resultaron dinamita pura entre 1811 y 1827.&lt;br /&gt;Se prohibían sus folletos y libros. Su mejor título, que sigue siendo ignorado en nuestros tiempos, Don Catrín de la Fachenda, al parecer concluido y aprobado por la censura desde 1820, se publicó póstumamente hasta 1832. Partes del Periquillo y de la Quijotita también se editaron póstumamente. Se cree que se han perdido muchos de sus escritos. Buena porción de su obra fue totalmente desconocida por la cultura mexicana hasta la edición, reciente, de sus Obras por la UNAM. (Felipe Reyes Palacios se encargó de la edición, prólogo y notas de El Periquillo Sarniento.) Su pasión de escritor o Pensador le atrajo persecuciones y cárceles.&lt;br /&gt;Debe aceptarse, sin embargo, que algunas de sus cárceles no se debieron sólo a la inquina de sus enemigos, sino a su tono efectivamente alborotador, y a sus propios errores de cálculo: no previó que la Constitución de Cádiz llegase a ser derogada, ni la Inquisición restablecida; o a desafortunados malentendidos, como la vez que se le apresó creyéndolo colaborador de las tropas de Hidalgo, cuando en realidad se había propuesto combatirlas.&lt;br /&gt;Otras de sus cárceles se antojan cruelmente irónicas. Sabemos que Lizardi no fue muy congruente que digamos: mudó de ideas según los rápidos cambios de su tiempo, aunque casi siempre del lado más liberal posible en su situación de hombre público en plena ciudad de México: así, quien en 1822 sería el anticlerical excomulgado, el enemigo de todo fuero y privilegio del clero, se vio encarcelado durante siete meses en 1812 por el virrey Venegas ¡precisamente a causa de haber defendido el fuero eclesiástico en asuntos criminales!, cuando exigió respeto de los militares realistas hacia la investidura eclesiástica de los curas insurgentes. ¡Aunque diabólicos, rebeldes, saqueadores y asesinos, seguían siendo clérigos y disfrutando del sagrado fuero!&lt;br /&gt;A este perseguido, por lo demás, no le faltaron ribetes de perseguidor, sobre todo en su última época, cuando exigió a las autoridades republicanas y masónicas que se prohibiese predicar y confesar a ciertos curas fanáticos y progachupines. Libertad de prensa, sí; ¿libertad de púlpito, no?&lt;br /&gt;Ejercía como una especie de profeta de banqueta: se le acusó de “no tener otro Parnaso que las banquetas de la Plaza Mayor” (por el árcade “Batilo o Canazul”, es decir: Juan María Lacunza), y sus denuncias irritaban y encolerizaban a medio mundo. Denuncias a veces sencillas, modestas: la injusticia de tal impuesto (“la licencia” para poder andar a caballo, por ejemplo), la arbitrariedad de tal cura o capitán, los excesos inquisitoriales en materia de censura (los censores se tardaban eternidades en leer los manuscritos, de modo que cuando finalmente los aprobaban su publicación resultaba anacrónica; y nunca explicaban sus reprobaciones: se permitían hasta el capricho de prohibir en México catecismos ampliamente recomendados por el Papa y el rey español Carlos III).&lt;br /&gt;Denuncias por otra parte un tanto engreídas y altisonantes. Aceptémoslo: Lizardi también fundó algunas de las intemperancias del periodismo mexicano. Hay grilla, hay subversión, hay ganas de armar mitote en sus escritos. No se trata de una víctima del todo inocente. Ebrio de la novedad de la libertad de prensa, se permitía no sólo atacar las ideas, sino, lo que siempre ha sido mucho más peligroso, la propia vanidad de los poderosos: virreyes, eclesiásticos, militares, políticos. Retarlos con un ego periodístico exacerbado. Lo que constituía y constituye todo un riesgo en cualquier país del mundo.&lt;br /&gt;¿Pero cuántos periodistas se salvan de esta arrogancia gremial, de tales desplantes no sólo contra los poderosos sino contra sus rivales (los curas eran los rivales personales de Lizardi como educador), en cuanto se les facilita un poco la libertad de prensa? ¡Baste una ojeada al periodismo nacional de estos años noventa! ¿Qué columnista o locutor de radio actuales, por insignificantes que sean, se privan del placer de mentarles sabrosamente la madre dos o tres veces por semana al presidente y a todos sus secretarios? No discuto sus razones. Señalo simplemente la intemperancia fatal del periodismo engreído en épocas en que se considera impune; y sus naturales desgracias cuando, con los cambios históricos, la impunidad se amortigua o cesa. Décadas más tarde, el ego periodístico se enfrentaría no sólo al riesgo de la cárcel, sino al de los duelos a balazos: se combatía por las ideas, pero también por vanidades heridas.&lt;br /&gt;Recuerdo que el rey de Prusia, Federico el Grande, consideraba a Diderot “un tirano de la escritura”. Los alardes no conforman un monopolio del poder político; otros espacios demasiado humanos, como el periodismo, los comparten. El lector advierte con frecuencia cierta bravuconería en los escritos de Lizardi. Gajes del oficio, compartidos por Voltaire y los enciclopedistas. Incluso por Alzate. (Otros antecedentes locales de plumas encendidas, temerarias, retadoras: fray Bartolomé en sus Tratados, Mendieta en su Historia eclesiástica indiana, Sigüenza en su polémica con el Padre Kino a propósito de los cometas, y sor Juana en su Carta Athenagórica y su Respuesta a sor Filotea.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LITERATURA POPULAR&lt;br /&gt;El Pensador Mexicano quería ser popular, escribir para el pueblo. Aquí hay dos puntos discutibles: lo de pensador y su popularismo. No resultaba tan popular, como él mismo lo confiesa, pues casi siempre quedaba endrogado por la falta de demanda de sus escritos. Se diría que entre más escribía, más se empobrecía. Si el éxito popular se mide, como ocurría en Europa y los Estados Unidos, por las ventas de un escritor, por su mercado, Lizardi parece un metafísico. La pobreza, a ratos extrema, lo persiguió siempre.&lt;br /&gt;Estaba escribiendo, impopularmente, para los escasos curas, burócratas, diputados o comerciantes que sabían leer, y se tomaban el trabajo de comprar sus impresos y leerlos. ¿Escribía principalmente para sus enemigos, los únicos que podían o querían adquirir sus impresos?&lt;br /&gt;Sospecho mucho mito en esa leyenda escolar de que la gente analfabeta se agrupaba en alguna esquina para que alguien le leyese en voz alta los escritos de Lizardi (con frecuencia farragosos y larguísimos: docenas de cuartillas), aunque pudo ocurrir tal prodigio en dos o tres ocasiones de excepcional animación política en la ciudad.&lt;br /&gt;Cuando alguno de sus folletos se agotaba y se reeditaba, lo proclamaba a voz en cuello: “¡Corran a comprar mi obrita exitosa que se expende en tantos como tres —sic: 3— puestitos de madera de la Plaza Mayor, incluyendo el del Cieguito y el del fiel Sánchez! Su precio justo es tres reales y medio, pero si nomás quieren pagar dos y medio, como imprudentemente lo prometí, llévensela así...”&lt;br /&gt;Sospecho que no le faltaron ganas de regalar sus obras, y hasta de pagar porque lo leyeran. Con harto trabajo desplazaba, cuando corría con suerte, trescientos ejemplares de sus periódicos. Había en la gran ciudad sólo tres o cuatro imprentas; y tres o cuatro expendios —puro “cajón” o puesto de madera en la Plaza Mayor— de impresos. Se prohibió, precisamente a partir de las leyes de libertad de prensa, el oficio de voceador, dizque porque sus gritos incomodaban a los vecinos... Lizardi, desde luego, se erigió en el gran defensor de los voceadores.&lt;br /&gt;Siempre asombrará, y causará envidia en cualquier escritor, el desplante lizardiano de fundar muchos periódicos personales, en los que sólo escribía él mismo. (Prosigue y magnifica en esto a Alzate y a Bartolache.) G. K. Chesterton no supo que lo imitaba al editar el G. K. Ch. Weekly.&lt;br /&gt;Se trataba pues de un populachero entre la minúscula minoría ilustrada. Populachero por gusto, más que por los hechos; quien eligió escribir como Cervantes y Quevedo (un Quevedo simplificadísimo) y no como Meléndez Valdés; y jugar al Voltaire o al Rousseau locales (un Voltaire y un Rousseau reducidos a esbozos) en una sociedad analfabeta y arcaica. Quiso ser congruente con su público (pobre, ignorante, escaso, y tal vez imaginario). No el Parnaso: la banqueta.&lt;br /&gt;Tampoco, como sugeriría el mote, “pensaba” mucho El Pensador. Sus pensamientos carecen de profundidad: suelen permanecer adrede en su nivel de banqueta, como queriendo conversar con sus paisanos poco esclarecidos. La mayoría de las veces parlotea más de lo que piensa. Sus “sueños” políticos, por ejemplo, se antojan más que indigestos. A veces el escritor programáticamente “popular” resulta tan pedante como los teólogos. Citas en latín y todo. En el propio terreno religioso, cuando critica jocosamente el Catecismo de Ripalda, por ejemplo, muestra una ramplonería intelectual algo vergonzosa si lo comparamos con el conocimiento teológico y la eficacia polémica de Sor Juana, tanto en la Carta Athenagórica como en la Respuesta a sor Filotea de la Cruz.&lt;br /&gt;El malentendido de Lizardi como todo-un-filósofo surgió azarosamente: en España había un periódico, copia del Spectator de Addison, que se llamó El Pensador y luego El Pensador Matritense [madrileño]. Lizardi aplicó el título a su primer periódico (1812), con el adjetivo local. Pronto se le empezó a llamar con el título de su periódico. Y los árcades, canónigos (Beristáin) e ilustrados se reían: ¡El pobre Lizardi, tan elemental, tan poco letrado, dirían, se cree “El”, como si fuese el único o el prototípico, “Pensador Mexicano”. (Hasta santo Tomás habría sonado presuntuoso si se hubiese autodenominado El Pensador Europeo.) Ojalá hubiese preferido, como mote, otros títulos de sus periódicos, como El conductor eléctrico o El hermano del perico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LA INSPIRACIÓN MORAL&lt;br /&gt;En Lizardi (1776-1827) vemos a un autodidacta (no concluyó el bachillerato) poco precoz. Su obra importante ocupa solamente los últimos quince de sus cincuenta y un años. No pudo haber sido de otra manera. Su gran estímulo de escritor ocurre durante la relativa libertad de prensa que se impone en México en 1812 gracias a la Constitución de Cádiz.&lt;br /&gt;Es sobre todo un lector de periódicos liberales, más que de libros; y españoles, más que franceses e ingleses, que en pocos lapsos de su vida pudo conseguir fácilmente en México (a ratos se permitía algo; a ratos se perseguía todo). Se advierte en él una formación liberal azarosa, fragmentaria. Pero se sabía su Cervantes, su Quevedo, su Feijoo, su Cadalso, su Iriarte (sin lujuria), su Samaniego. Buscó organizar el caótico país de su tiempo a través de un tramado simplista del Bien y del Mal con tres cuatro recetas o refranes, como un abuelo práctico o un confesor expedito.&lt;br /&gt;Salvo sus últimos años, a ratos muy acalorados, Lizardi piensa con templanza y cierta prudencia, ajeno a los radicalismos. Combatió a los primeros insurgentes, por sus matanzas y saqueos, y condenó la xenofobia antigachupina o anti-inglesa con el argumento de que hombres malos los había en todas las razas y nacionalidades, incluso entre “nuestros beneméritos inditos”: ¿Por qué entonces el odio personal basado en argumentos de nacionalidad?&lt;br /&gt;Sus novelas buscan la edificación moral, lo que está permitido en la novela picaresca. Como se sabe, las novelas picarescas narran la vida de un pillo que cuenta muy sabrosamente sus sinvergüenzadas para, al final, dizque convencer al lector de que no caiga en tales errores. El Lazarillo de Tormes, El diablo cojuelo o El Buscón de Quevedo resaltan sobre todo la prolija apología del pillo misérrimo y se resignan brevemente a la final moraleja sermoneadora; Lizardi hace lo contrario: se divierte poco y sermonea demasiado.&lt;br /&gt;Su Periquillo (1816), más que un pícaro jocundo, es un lastimoso extraviado del Bien, un hombre que perdió su vida por no seguir el camino de la virtud y del sentido común. Pero acaso esta crítica resulte demasiado letrada y ulterior: el público de su época, acostumbrado al púlpito, era más adicto a los sermones moralizantes que a las aventuras novelescas. Su público le pedía tales sermones. Existió una semonmanía durante toda la época novohispana. Prevalece en él la tradición local de los sermonarios, sobre la enciclopedista de los ensayos.&lt;br /&gt;Aunque no aparezca mucha filosofía profunda o novedosa en Lizardi, ni haya sido realmente un educador del pueblo (su deseo no se hizo realidad: tuvo pocos lectores), proporciona al lector contemporáneo algunas experiencias invaluables.&lt;br /&gt;La mayor: la polémica moral en el México de finales de la Colonia. Aunque caricaturizando a veces al extremo, ofreciendo como historia local verídica una prefabricada suma de vicios universales, incluso librescos, en ocasiones de franca ascendencia literaria romana (Juvenal, Cicerón, Séneca) o francesa, pinta el panorama de una sociedad novohispana desmoralizada no sólo políticamente, sino en su intimidad y en los detalles cotidianos: la vida de familia, los oficios, la educación, la calle, el trato de los vecinos, etcétera. (Sus contemporános, chismosos, sabían que nuestro civilizador era un poco incivil en su vida privada: Se negaba a pagar la renta, y de paso insultaba a la casera.)&lt;br /&gt;Nos encontramos exactamente en las antípodas de la visión que nos proporciona Lucas Alamán de la sociedad arcádica novohispana (“cualquier hogar era un convento”), donde, pretende, reinaban plenamente la honradez, la eficiencia y el orden, antes de los pésimos virreyes finales y de los desmanes de la plebe insurgente.&lt;br /&gt;Lizardi se vio odiado por los árcades, los canónigos y los conservadores no sólo a causa de sus defectos prosísticos e intelectuales, sino también porque se instituyó, incluso antes de abrazar la causa independentista con Iturbide, en el fundador de la leyenda negra novohispana.&lt;br /&gt;Es una horrible Nueva España la que nos cuenta en sus novelas y folletos. La peor sociedad concebible, el infierno más extremoso. En este sentido conforma, con Bustamante, el monstruo bifronte que enloquecía de rabia a Lucas Alamán: Lizardi, el denigrador de la Colonia y del alto clero (funda y encabeza el ácido jacobinismo mexicano, que durará al menos siglo y medio); Bustamante, el mitificador de las guerras de independencia.&lt;br /&gt;Sobre su anticlericalismo: No basta enterarse de dos o tres de sus andanadas contra el clero, sino de varios de los escritos donde expone el enorme poder de los curas. Los atacó con tal obsesión porque lo aterraban. Por ahí dice, con sorna, que el rey de España podría recobrar fácilmente sus colonias si en lugar de enviar expediciones de soldados, mandase una armada de canónigos. Cada cura impresionaba, dominaba y aterraba a la población más que varios batallones. (Hay más verdad de la que pareciera en este chiste: en nuestras tierras, desde un principio, los misioneros conquistaron mucho más, y con mayores profundidad y alcances, que los soldados.)&lt;br /&gt;Sugiere, al parecer sin gran fundamento histórico, que después de su victoria en Monte de las Cruces, el cura Hidalgo se negó a tomar la ciudad de México, totalmente desprovista de una defensa militar, porque supo que el clero capitalino intentaba alzar contra los insurgentes, desde los púlpitos, a la muchedumbre capitalina. Y una muchedumbre fanatizada resultaba más temible que el propio ejército virreinal, ya vencido: hubiera sido preciso masacrarla. Curiosa batalla imaginaria ésta, sin militares: el apocalipsis de dos muchedumbres de harapientos dirigidas cada cual por puros curas tremebundos armados con sendos estandartes de la Virgen.&lt;br /&gt;Luis González y González ha señalado, siguiendo a Alamán, como una de las causas de la independencia, el excesivo, delirante optimismo criollo: los novohispanos se creían riquísimos, ilustradísimos, poderosísimos y privilegiados por la Virgen de Guadalupe. Les parecía fácil lograr su independencia y convertirse de inmediato en la más gloriosa y rica nación de la tierra.&lt;br /&gt;Lizardi por el contrario habla, desde el pesimismo más concentrado, de un país desolado, con pobres harapientos y ricachones salvajes, a cual más imbécil, incapaces unos y otros de vida civilizada. Lo que también constituía una exageración: pocos años antes, el Barón de Humboldt había encontrado bastantes cosas qué elogiar en la Nueva España.&lt;br /&gt;Pero la nación fue de mal en peor, vinieron los incesantes cuartelazos, el inconcebible y realísimo Santa Anna, las invasiones norteamericana y francesa. Los mexicanos aprendieron en Lizardi a mirar con pesimismo, incluso con brutalidad, todas sus miserias. Lizardi se erigió para siempre en el enemigo de la autocomplacencia nacionalista. Somos ignorantes, pobres, desorganizados, viciosos, haraganes, fracasadones, transas: tal es nuestro espejo, predicó desde 1812. No nos asombren las calamidades que lógicamente nos sobrevengan. No hay tal “paraíso indiano”: todo lo contrario.&lt;br /&gt;Poco documentado en leyes, en economía, en historia, en política, Lizardi siguió los rumbos del espíritu de su tiempo. Buena parte de su obra (anterior a Iturbide) habría recibido, moralmente, la aprobación de ilustrados ortodoxos como Feijoo o Alzate. No sostuvo ideas ni posiciones originales importantes. Abrazó la causa insurgente sólo cuando triunfó Iturbide (resulta, pues, un pobre autor “independentista”); antes de ello, denostaba a los guerrilleros insurgentes a la vez que se preocupaba, sobre todo, por ejercer los derechos liberales de la Constitución de Cádiz, con lealtad al imperio español. Después, se dieron en mata los oportunistas anticlericales y antigachupines.&lt;br /&gt;Pero tal deficiencia, su falta de conocimientos concretos o de solidez ideológica, se supera con mucho gracias a su firme, esencial, obsesión moral. Y a su insubordinado tono de pensador individual, libérrimo (así se conservase ideológicamente a ratos dentro de límites prudentes) hasta la insolencia.&lt;br /&gt;Lizardi permanece casi siempre por encima de los partidos y de las ideologías en que naufragaron muchos de sus contemporáneos y sucesores. No le interesa tanto que México se independice o no, sino que mejore su vida social; le tiene sin cuidado que se convierta en imperio o en república, siempre y cuando se constituya un Estado decente. Hay repúblicas tiránicas y monarquías benéficas, sugiere, cuando alaba el entronizamiento del emperador Agustín I. En sus últimos años, cuando abrazó la causa más escandalosa de todas: la libertad de cultos, dijo que quería para su patria una tolerancia a las diversas religiones tal como la que existía... ¡en Roma! (Lo que era verdad: en la cosmopolita ciudad del papa se toleraba a protestantes, masones y judíos.)&lt;br /&gt;Por eso pudo también criticar ácidamente los vicios de la sociedad mexicana durante el Imperio y el primer lustro republicano. No se le acuse de parcialidad: denigró a la Nueva España y al alto clero, pero también al México independiente del Imperio (aporreó a Iturbide) y la República. A curas y a militarotes y diputados. A gachupines y a criollos. A periquillos, quijotitas y catrines. Execró del centralismo y las tiranías y desórdenes de la nación independiente. Fue un escritor (masón al final) libre de partidos. Sus errores podrán ser personales, de escritor locamente enamorado de la libertad de prensa; nunca partidarios. Ambicionó ser crítico, nunca político.&lt;br /&gt;De este escritor modesto puede hacerse un elogio elemental, raigal: da siempre la impresión de buscar sinceramente la verdad en tiempos caóticos. Verdades fáciles, practicables por gente simple y analfabeta (la abrumadora mayoría de la población mexicana de su tiempo), en tiempos muy difíciles y pedantes (tantas leyes, tantas doctrinas, tanto nuevo conocimiento a través de la prensa europea.)&lt;br /&gt;Su franqueza, su fresca ambición de conocimiento y reforma moral apabullan. Se quemaba por entero en busca de la verdad y del Bien Común. Simpatiza. Conmueve. Un gran tipo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIGENCIA DE LIZARDI&lt;br /&gt;Al final de su vida no canta triunfo alguno: los vicios nacionales han permanecido, incluso se han incrementado, a pesar de la Independencia, del Imperio, de la República, de la Constitución de 1824. Los hechos políticos no mejoraron la condición moral de su sociedad.&lt;br /&gt;Por ello asume, un tanto irónicamente, el ideal del escritor popular, del periodista, como redentor social mediante la crítica burlesca de acontecimientos, ideas, instituciones, leyes y costumbres. Un ideal fatal, pues ese escritor popular no tiene mucho pueblo: “son muy pocos los que leen”. Sus folletos se acumulan en las bodegas, y crecen sus deudas con los impresores.&lt;br /&gt;Este idealismo lo dota de un perfil trágico, casi anticipadamente romántico: el de un profeta de banqueta invariablemente perseguido por los poderosos, sean del partido que fueren; y de una vocación heroica: había que escribir incansablemente para beneficiar a la sociedad, aunque pocos lo leyeran, y los escasos que lo hiciesen lo malinterpretaran todo. El resultado real de sus escritos casi siempre fue la persecución o el ninguneo cultural y político. (Arremete contra el ruin lector que le encuentra barbarismos o errores de redacción: el buen lector debe atribuirlos a un descuido o a una interpolación del tipógrafo... Treta de la que echamos mano, hasta la fecha, todos los escritores.)&lt;br /&gt;Así, aunque no se erija necesariamente en nuestro primer novelista (Sigüenza escribió siglo y medio antes su brillante novela Los infortunios de Alonso Ramírez), podemos considerarlo nuestro primer escritor moderno (siguiendo a Alzate, más inteligente y culto, pero menos libre de abordar temas religiosos o políticos: recluido a su pesar en la esfera científica), en el sentido de que para él la literatura (o la literatura en folletos, la literatura de banqueta) fue un Absoluto, por encima de la política, la religión y el bienestar personal; un absoluto ilustrado: el Bien Común, la reforma de la sociedad decadente, la búsqueda de la comunidad feliz.&lt;br /&gt;Su modestia entonces apareció frente a sus contemporáneos como una desmesura: “¡Este escritor incorrecto y pobretón, ignorantillo y jocoso, intenta reformarlo todo en el país a su modo, según sus puras ocurrencias! ¡De veras que es de manicomio la manía de escribir de este Pensador Mexicano!”, pensarían tanto los inquisidores como los políticos coloniales y del México Independiente, los canónigos de Catedral, los quisquillosos y estériles árcades de el Diario de México y los flamantes y tontos diputados constituyentes de 1824.&lt;br /&gt;Su atrevido manicomio funda nuestra prensa moderna. Su pasión de reformador laico, de moralista de banqueta, de crítico de los poderosos, perdura en el mejor espíritu moderno de México. Su precursor corazón flamígero anima nuestra mejor literatura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL BELICOSO DEVENIR DE LUCAS ALAMÁN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lucas Alamán (1792-1853) no podía prever, como tampoco lo esperaban ellos mismos, el enorme éxito que tendrían los liberales a partir del Plan de Ayutla, las guerras de Reforma y la Intervención Francesa. Al igual que su rival historiográfico Carlos María de Bustamante (Cuadro histórico de la revolución de la América mexicana), murió desconsolado por la autodestrucción que en sólo un cuarto de siglo padeció el México Independiente y que alcanzó una perspectiva apocalíptica durante la derrota frente a los Estados Unidos.&lt;br /&gt;Tuvo la suerte de morir antes de ver que sus mayores terrores de conservador radical se entronizaran con la generación de Juárez. ¡Ese puñado de jacobinos abogados facinerosos (su odiado Melchor Ocampo) y de intemperantes militares improvisados (los “leprosos” o “pintos” de Juan Álvarez que pronto tomarían el poder)! Aunque... ¡quién sabe! En el fondo del discurso de Lucas Alamán se descubre la aspiración a un cierto equivalente de Juárez y a un cierto equivalente de Porfirio Díaz: el imperio del Orden y de las instituciones ante todo; la creación de un Estado fuerte capaz de gobernar y de controlar a la soldadesca, a los caciques, a los diputados y a todo tipo de rufianes políticos.&lt;br /&gt;Más que defensas a ultranza —que las hay— del pasado colonial, de los grandes propietarios y de los fueros del clero, predomina en sus obras un grito desesperado contra el desorden absoluto en la política y en la vida pública. Hombre pragmático, capaz de contemporizar y de colaborar con su siempre inevitable general Santa Anna, ¿no habría estado dispuesto a aceptar, o a resignarse ante ciertas modificaciones modernas, secularizadoras, en la política, que por lo demás ocurrían en medio planeta, a cambio del Orden, la paz pública, la seguridad y el fomento de la economía que instauraron los liberales? ¿A cambio de un país viable? Los juaristas y porfirianos hicieron realidad muchos sueños y proyectos políticos y económicos de Alamán: un Estado nacional centralizado, autoritario, institucional, organizado, eficiente, por ejemplo. Fueron sus continuadores, más que sus enemigos, salvo perfiles menos prácticos que oratorios en el rubro clerical y en el de las mitologías indigenistas e insurgentes.&lt;br /&gt;Más discutido, odiado o venerado que leído, Lucas Alamán se enfrenta a varias imposturas de la posteridad. La primera es la de considerarlo un adalid del partido conservador y hasta un nostálgico de la Colonia, cosas que desde luego era, y no tanto un crítico del caos y el desastre del México Independiente. La verdad es que se ubica más cerca del doctor Mora, de Guillermo Prieto y de Juárez de lo que se supone, y al revés.&lt;br /&gt;Su gran tema es que el país se estaba haciendo añicos, y más por culpa de sus nuevas clases política y militar que por la codicia extranjera. Ese desgarramiento civil, fratricida, caníbal, es lo que se lee en su Historia de México, que en realidad trata sólo de lo ocurrido “desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente” (1849); sus ensoñaciones novohispanas habrá que buscarlas más bien en sus Disertaciones (1844), misceláneo y hasta caótico conjunto de historia universal, reflexiones sobre historia local y documentos diversos.&lt;br /&gt;De ahí que haya sobrevivido en el favor de la academia, aunque no en el de los políticos y del lector común. Es sobre todo un crítico de la vida mexicana entre 1810 y 1853, tiempos de los que fue testigo y protagonista político, y no tanto un convocador de fantasmas novohispanos, clericales y plutocráticos (aunque de todo abunde en su “nido de urraca”). De hecho, lo que más admira del antiguo régimen, es el orden, la paz y la seguridad públicos, que exagera muchísimo, al grado de afirmar que cada hogar novohispano era un pequeño y riguroso convento: ultradecente, tranquilo, satisfecho. No lo era. (A ratos se contradice, cuando elogia las medidas de castigo extremo que se tomaban contra la proliferación de bandidos, o cuando se escandaliza con la venalidad del virrey Iturrigaray, por ejemplo: lo que algo muestra de las imperfecciones de aquel Orden y de aquella dorada paz pública coloniales.) Ahora sabemos que, medio siglo antes de Hidalgo, los propios monarcas borbónicos sembraron el caos del que la Independencia surgió como desenlace inevitable. Alamán los encuentra, sin embargo, dignos de admiración, a pesar incluso de abusos tales como la expulsión de los jesuitas, y las confiscaciones e impuestos extraordinarios al clero y a los propietarios.&lt;br /&gt;Los conservadores, los clericales y posteriormente los historiadores revisionistas usaron a Alamán como un antídoto clandestino y un arma de desprestigio contra la versión oficial, porfirista o priísta —“patriotera”, “populachera”, “demagógica”—, de la Independencia y de la nación liberal. Casi todos los perfiles crueles o burlescos que se recuerdan de los héroes insurgentes anidan en la Historia de México: su poderosa venganza personal contra insurgentes y liberales.&lt;br /&gt;Su lectura atenta, sin embargo, apunta también hacia el otro sentido: subraya la pertinencia del proyecto político de Juárez y de don Porfirio; incluso los exalta y defiende de antemano, a su pesar, cuando muestra con tan grandes argumentos y tintas tan acentuadas el caos que tuvieron que domar. Alamán se desesperaba de que no apareciese un mesías-caudillo (se pasó la vida buscándolo, contra toda esperanza y toda racionalidad, en Santa Anna), capaz de redimir al país sumido en una orgía caníbal de autodestrucción: esos mesías-caudillos capaces de imponer un orden y una ley ya se andaban ajetreando en el partido opuesto.&lt;br /&gt;Existe otra impostura en el prestigio intelectual y literario de Alamán, urdida involuntariamente por Arturo Arnáiz y Freg en 1939, cuando publicó una antología de sus Semblanzas e ideario en la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM. Arnáiz y Freg seleccionó y reacomodó, con fines pedagógicos, algunos de los mejores pasajes de la extensa obra de Alamán con un criterio de claridad y de limpieza prosísticas y conceptuales que no aparecen en ella. Nos proporciona algunos retratos concisos de hombres importantes (fray Servando, Hidalgo, Morelos, Calleja, Iturbide, Santa Anna, Zavala) y muchas ideas breves, a veces de un solo renglón, entresacados de sus libros boscosos y aborrascados: v. gr.: “En la República Mexicana se ha pasado de unas ideas excesivas de riqueza y poder, a un abatimiento igualmente infundado, y porque antes se esperó demasiado, parece que ahora no queda nada que esperar (1852)”; “El imperio de don Agustín de Iturbide, por su corta duración, más bien puede llamarse sueño o representación teatral que imperio”; “México es una nación en que todo está por hacer, por haberse destruido todo lo que existía”, etcétera.&lt;br /&gt;El lector de esa estupenda antología cree, entonces, que Alamán era un escritor limpio, un estilista, un aforista, un pensador claro y riguroso, un narrador metódico y concentrado. No lo era. ¡Todo lo contrario! Sus libros son el equivalente preciso de los igualmente revueltos, confusos, apelmazados, de sus adversarios fray Servando (Cartas de un americano, Historia de la revolución de la Nueva España), Lizardi, Carlos María de Bustamante, Lorenzo de Zavala (Ensayo histórico sobre las revoluciones de México) o el doctor Mora. Ciertamente Alamán es un escritor más culto y racional que sus oponentes, pero de su obra también podría decirse, como dijo Guillermo Prieto de la de Bustamante, que se trata de “un nido de urraca donde yacen mezclados y confundidos el oro, el cobre, las perlas y la basura, la verdad y la mentira, lo sublime y lo ridículo”.&lt;br /&gt;*&lt;br /&gt;Los libros de Alaman conforman también un álbum de prejuicios, invectivas, libelos y apologías acalorados, vociferados. Los saqueos y ejecuciones de Hidalgo fueron terribles pero los de Calleja no. La plebe de indios del Bajío ofrecía un panorama detestable, pero la de los mulatos de Tierra Caliente resultaba vigorosa y guapa (es curiosa la antipatía racial de Alamán contra indios y criollos, y su simpatía por españoles y negros). Se exponen como ridículas las ambiciones de poder de Hidalgo, Allende, Morelos, Guerrero y Guadalupe Victoria, pero hay mucho que disculpar en las de Calleja, Iturbide, Santa Anna y Anastasio Bustamante. Los guerrilleros cundían como diabólica destrucción, excepto si eran españoles y apuestos como Mina. Valentín Gómez Farías igualaba en ruindad a Robespierre, pero Su Alteza Serenísima Santa Anna era un dictador disculpable porque, finalmente, le había hecho caso al propio Lucas Alamán (quien, de paso, confiesa que siempre tuvo buen cuidado en sus escritos publicados de que “en nada pudiese darse por ofendido el general Santa Anna”).&lt;br /&gt;El periodismo y la oratoria parlamentaria envenenaban la república, excepto el violentísimo que promovían él y su partido; atacaba por su nombre, sin piedad, a los muertos, pero se cuidaba mucho de mencionar y de aludir a los vivos: de ahí lo tardío que resultaron sus libros —hacia los sesenta años de su edad y al borde de la tumba—, y parte de la confusión y la vaguedad sobre los hechos posteriores a la Independencia, de los que todavía quedaban protagonistas capaces de desmentirlo (o sus hijos, como ocurrió con José García Conde).&lt;br /&gt;Adoraba a Inglaterra, mucho más en realidad que a la propia España, pero un solo mexicano era lo suficientemente apto y talentoso como para soportar tanta civilización: él mismo; para los demás nativos, nada de derechos civiles, nada de libertad de prensa, nada de parlamento: pura Nueva España feudal eternizada. El protestantismo y la masonería “yorkina” norteamericanos se le antojan odiosos, pero el protestantismo y la masonería “escocesa” ingleses le merecen benevolencia.&lt;br /&gt;Como ministro, en septiembre de 1830, hizo un brindis oficial en Palacio Nacional en loor de los “varones esclarecidos” que “clamaron” por la Independencia: Hidalgo, Allende, Aldama, a quienes como autor años más tarde llamó “causa de la desolación del país”. Debía temerse la voracidad de los Estados Unidos (Poinsett), pero sólo esperar buenas intenciones y auxilio desinteresado de las monarquías francesa e inglesa. (De haber vivido tres lustros más, ¿habría terminado sus días como ministro del “liberal” emperador Maximiliano?)&lt;br /&gt;Se arroga el derecho de refundir a su gusto las historia escritas antes que la suya: fray Servando, Bustamante, Zavala. Niega rotundamente, por ejemplo, la existencia de El Pípila que atribuye exclusivamente a las deliberadas fantasías propagandísticas de Bustamante, sólo porque él no lo vio en Guanajuato. Ciertamente el joven Alamán residía en esa ciudad cuando la tomó Hidalgo, ¡pero estaba bien escondido en su cuarto, debajo de su colchón!, de modo que difícilmente podía atestiguar con el rigor debido lo que ocurría en la batalla. Sólo fue testigo de su propio terror debajo de su colchón, y no de la toma de la Alhóndiga de Granaditas.&lt;br /&gt;Aun en sus páginas más celebradas, estas de Hidalgo en Guanajuato, hay que considerarlo menos un narrador de su propia experiencia de las batallas, que fue nula, que de la tradición oral de su clase y su partido sobre ellas, desde luego opuesta a lo que recordaban o imaginaban otras clases y otros partidos. Y un conmocionado memorioso de ese terror debajo de su colchón.&lt;br /&gt;Incluso si fuese puramente legendario, no es probable que El Pípila naciese con tan afortunado perfil mítico de una deliberada ocurrencia individual ulterior, tan exitosa, de Bustamante (a quien define como poco menos que tarado); algo en todo caso debió rumorarse entre el pueblo, que Alamán no supo escuchar. No se destrozan los mitos con un simple: —No existió porque yo no lo vi desde debajo de mi colchón.&lt;br /&gt;Fuera de su colchón en la toma de Guanajuato, Alamán no presenció episodios insurgentes. La campaña de Morelos le fue tan remota como si hubiese ocurrido en otro país: apenas los rumores que llegaban al Colegio de Minería. Y de 1814 a 1823 (salvo algunos meses de 1820) Alamán vivió en Europa. Regresó a México, con un raro “acento parisién” (Beruete), hasta después de la caída de Iturbide. Escribe entonces una crónica de oídas, a diferencia de la Bustamante, a quien la mala fama de “fabulador” no le puede quitar, sin embargo, la menos reconocida de protagonista real de todo el movimiento independentista, quien trató cotidianamente a los insurgentes todo el tiempo. (“Bustamante no era capaz de nada”, fanfarronea Alamán, suponiéndose descollante en todo.)&lt;br /&gt;Escribe para corregir punto por punto a Bustamante, pero sólo hasta que éste muere (1848), y ya no puede defenderse. ¿Por qué no se atrevió a decirle en vida: —Señor Bustamante, usted es un embustero y su Pípila nunca existió? Tuvo un redondo cuarto de siglo para hacerlo en los periódicos. No lo hizo.&lt;br /&gt;Aunque aprovecha las historias escritas previamente y muchos documentos de archivo, que estudia con detenimiento —es insuperable sobre todo en el manejo de cifras—, don Lucas suele privilegiar las fuentes indirectas, sobre todo de conversaciones ulteriores, con personajes distinguidos de la aristocracia (“las personas respetables” rara vez participaron en los hechos) y del bando realista y conservador, y descalificar por principio, sistemáticamente, como mera fábula y propaganda, las fuentes directas de los insurgentes y testigos verdaderos, sencillamente porque sus escritos, dichos y tradiciones no le merecen confianza, ya que provienen de la “plebe” (¿pero no es la “plebe” la protagonista de las rebeliones populares?) ni abonan en su propio interés de partido.&lt;br /&gt;Sigue invariablemente Alamán un principio esnobista de autoridad social: los dichos de la élite (“la gente de juicio”, “la gente sensata de México”), obviamente parciales contra los insurgentes y liberales, valen más por provenir de “personas notables” y deben prevalecer; los populares (“vulgo”, plebe”, “chusma”), así como los de los frailes, los letrados y los soldados involucrados (“aspirantes”, “codiciosos, “ambiciosos”), han de descalificarse siempre que sea posible, pues provienen de gente “inferior” y parcial a esa causa.&lt;br /&gt;Usa asimismo confesiones obtenidas bajo tortura como pruebas irrecusables en contra de los jefes insurgentes, como si sólo ante el verdugo y la muerte Hidalgo y Morelos hubiesen dicho toda la verdad. Los testimonios de un Calleja o de un Iturbide son citados con respeto y hasta con un tonillo adulón (adulaba en sus fantasmas a su partido, y a los mitos que pretendía erigir a partir de ellos); los de sus oponentes, se omiten o bien se enuncian con recelo y sarcasmo.&lt;br /&gt;No elude la difamación póstuma, aunque haya que esperar largos años para que esos enemigos aborrecidos se vayan muriendo, y poder infamarlos con impunidad. Se solaza en minimizar a los héroes: “No he presentado colosos, porque no he encontrado más que gente ordinaria”. Desdeñosamente el historiador mira a sus historiados desde las alturas de su alta opinión de sí mismo. Pero Arnáiz y Freg, irónico, nos recuerda que físicamente Alamán era bastante chaparrillo; observación oportuna, pues Alamán usaba el prejuicio de valorar y definir a los personajes históricos por su apariencia física (v. gr. un Morelos cruel por feúcho, barrigón y mulato; Calleja e Iturbide, ellos sí “colosos”, lo demostraban con su linda figura).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*&lt;br /&gt;No existe pues en Alamán el supuesto historiador imparcial, objetivo, con mayores información y experiencia viva que sus adversarios, pero sí una mente práctica, moderna, que reacciona ante la ingobernabilidad y el saqueo del país por los cientos de nuevos aspirantes a dirigirlo y a enriquecerse expeditamente con sus cada vez más exiguos recursos.&lt;br /&gt;Acaso la mejor explicación del conservadurismo de Alamán sea esa: quiso una clase dirigente pequeña, legítima, tradicional, bien acotada, eficiente, ordenada, protegida con todo tipo de privilegios (incluso los más autoritarios), y no la inesperada y populosa clase dirigente improvisada de libérrimos recién llegados a la política y al ejército, que convertían el congreso, la burocracia y la milicia precisamente en los mayores obstáculos para la paz, la estabilidad y la actividad económica de la nación.&lt;br /&gt;Llegado el momento de definir quiénes habrían de ser considerados, además de mexicanos por fatalidad o nacimiento, mexicanos de primera, “ciudadanos” con derechos políticos, explicó que sólo quería a los grandes propietarios. Muchos liberales opinaban lo mismo, pero añadían: “y personas con ilustración”. Alamán no. Detestaba a los letrados sin propiedades considerables: dijo que se volvían fatalmente diputados y militares venales, promotores del desorden y de la corrupción. Sólo los grandes propietarios, educados en el depurado amor de sus bienes, eran capaces de amar y defender a su país.&lt;br /&gt;Les regatea ilustración a todos los escritores conocidos —Lizardi queda reducido al papel de un chusco inportuno; los demás, como Talamantes, a cotorras que vocean equívocos estribillos sansculottes de la Revolución francesa—, pero la exalta invariablemente en los oscuros prelados y los hombres de fortuna que trataba en sus negocios particulares. La cultura era cosa de “cuna”.&lt;br /&gt;Alamán se describe como uno de estos propietarios virtuosos; bueno, no lo fue. Acaso (si hubiera que creerle) no usó los puestos públicos para enriquecerse a sí mismo, pero sí a otros, a sus clientes y patrones: es un hecho que el impecable Alamán sobornaba al presidente Santa Anna para resolver favorablemente los asuntos de sus clientes particulares, los herederos de Hernán Cortés. Confiesa que simplemente no se podía de otro modo.&lt;br /&gt;Algo venal fue también como escritor; de hecho, admite que escribe para favorecer materialmente a un patrón: encomia a Hernán Cortés en sus Disertaciones para apoyar los intereses del heredero del conquistador: “La conveniencia de todo para usted es evidente, pues esto [sus elogios de Cortés] ha hecho desaparecer la animosidad con que se veía su nombre y sus bienes, asegurando a usted la posesión de ellos”. Así de claro.&lt;br /&gt;Tampoco la sangre —él, el más furibundo denostador de las matanzas de la Independencia y de sus desórdenes posteriores— estuvo lejos de sus manos. Fue acusado formalmente de planear y financiar el asesinato de Vicente Guerrero. Ciertamente no se le probó el cargo. (Tampoco se les probaron legalmente infinidad de delitos a Santa Anna ni a los otros poderosos de su tiempo.) Las bastante fundadas sospechas sangrientas quedan, sin embargo, como decoración del perfil autobiográfico que pretendía edificante. Se trató de un crimen de Estado fabricado por el gobierno de Anastasio Bustamante, del que Alamán era superministro, al grado de que el doctor Mora calificó ese período como “la administración Alamán”.&lt;br /&gt;¿Y cómo exigirle a don Lucas que fuese tan diferente de la vida política de su tiempo, a él, que la encabezó más que cualquier otro civil? Por supuesto que Alamán también desempeñó su papel como un conjurador, un amotinado, un golpista o antigolpista de marca, según los vaivenes de la época de Santa Anna. No existe tal pulcro professeur Alamán, como quieren vendérnoslo algunos historiadores revisionistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*&lt;br /&gt;El asunto de la nueva “destrucción de las Indias” por su incapacidad de autogobernarse no aparece tan diverso en Alamán de lo que plantearon el doctor Mora y los liberales. Tampoco, en su momento, el superior rango político con que se quería dotar a los grandes propietarios y al clero. El problema estaba en la explosiva novedad de ciertos grupos, que a falta de denominación mejor llamaríamos clases medias en la escena política (él los prefiere “aspirantes”, “ambiciosos” o “codiciosos”, como antónimo de “propietarios”, pero alguna vez usa el término “clases medias”). Segundones, tercerones y hasta expeones y macehuales se atrevían a disputarle el control y el poder a la élite tradicional, a través de recursos escandalosos: el congreso, el ejército, la prensa, el bajo clero y la “economía informal” de la corrupción, el contrabando e infinidad de malos oficios recientes.&lt;br /&gt;Esos pocos cientos de ambiciosos, aunque con frecuencia cambiaran de logia o de partido según las vicisitudes de la política y la guerra, eran sus mayores enemigos. A todos los consideraba “liberales” (sólo podían llamarse “conservadores” quienes ya tenían algo importante que conservar): aspirantes a amos sin ser grandes propietarios; o aspirantes a mandones de la política y del ejército para convertirse expeditamente en esos grandes propietarios que pretendían odiar.&lt;br /&gt;Esos cientos de expobretones ambiciosos convocaban a miles de desarrapados y se alzaban con el poder y el erario. Ellos lo estaban destruyendo todo con su codicia incontinente y apresurada, su inmoralidad plebeya, su estupidez nata. ¡Ah, las cuentas que hace, de cómo una colonia superavitaria, que hasta financiaba las guerras de España, en tres décadas estaba hundida en exorbitantes deudas externa e interior, acumuladas por codicia y estupidez inverosímiles! (Desde luego, exculpa arbitrariamente de tal desastre a los grandes propietarios y comerciantes, al alto clero y a los militares y políticos que los servían, como si sólo los insurgentes, los liberales y la “plebe” hubiesen tenido alguna ingerencia en el poder, la economía y la guerra entre 1810 y 1853).&lt;br /&gt;¡Qué nostalgia de los españoles, súbitamente redescubiertos como dorada clase dirigente! (Los novohispanos nunca tuvieron tan buena idea del gobierno español como nuestro historiador.) Alamán espeta el chiste de que, como castigo por deshacerse de los españoles, se debió importar otra clase dirigente extranjera: ingleses, franceses o norteamericanos... pues los nativos no habían logrado sustituir a los españoles como amos y gobernantes. Bueno: Alamán también colaboró eficazmente a tan oportuna importación de una élite extranjera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*&lt;br /&gt;Hay dos aspectos sumamente polémicos en la concepción de Alamán, aquí sí particularísimos, diversos al pensamiento ilustrado de su tiempo, al menos tal como lo conocemos en las obras de sus adversarios. El primero es la desmitificación de la guerra de Independencia, en la que ve puras hordas criminales, totalmente opuestas a lo que desde fray Servando y Carlos María de Bustamante —escribe sobre todo contra ellos— hemos considerado como “historia de bronce” (categoría establecida por Luis González y González).&lt;br /&gt;Seguramente los apologistas de la insurgencia la mitificaron y exaltaron con demasía (¿Pero Homero y el autor de El Cid no hicieron otro tanto? Más que el de historiadores, fray Servando y Bustamante cumplieron el necesario papel, a ratos, de “cantores de gesta”. ¿Por qué México no ha de tener su propia “historia de bronce”? ¿Han demolido los franceses, acaso, Los Inválidos; se han deshecho los españoles de El Escorial; ha renunciado el Vaticano a su santoral de las cruzadas?). Sin embargo, también Alamán exagera truculentamente en sus denuestos, y privilegia hasta la extravagancia al bando realista y conservador.&lt;br /&gt;En el México paupérrimo descrito por Abad y Queipo, ¿cabría esperar rebeliones populares como bailes de salón? Lo cual, desde luego, no le quita razón a su escándalo, a su terror ni a su protesta; ni verosimilitud a sus escenas, que por lo demás habrán de resurgir con perfiles y episodios semejantes a lo largo del siglo XIX, e incluso en nuestros días. (Desde luego, Alamán no se aterra frente a los conquistadores españoles, que en él aparecen más respetables que en los escritos del propio Cortés y Bernal Díaz. No fue “hombre de verdad”, a la manera de Clavijero, sino “hombre de partido”, como su época lo exigió a todo mundo.)&lt;br /&gt;El otro aspecto particularísimo de Alamán es la crítica a la idea (que me imagino menos espontánea que producto neto de fray Servando Teresa de Mier, propagandizado por Bustamante) de que la Independencia mexicana no era un desorden y una novedad, sino una restauración y la reparación de una injusticia. No se reformaba la nación novohispana ni surgía una nación nueva; simplemente, la “antigua nación mexicana” recobraba la libertad que los españoles le habían “usurpado” desde los tiempos de Hernán Cortés.&lt;br /&gt;Esta idea cundió en el pueblo y aun entre los sectores dirigentes, campea en las historias de fray Servando y de Bustamante, en el periodismo y la oratoria de la época, y se establece formalmente en la misma Acta de Independencia. Alamán se burla —era menos un historiador objetivo y verídico que un chistosillo voltaireano, un interlocutor de fray Servando y de Carlos María de Bustamante, “sus semejantes, sus hermanos”—: ¡las personas que firmaron tal despropósito, clama, no advirtieron que lo estaban escribiendo en castellano, con firmas castellanas, y no en náhuatl!&lt;br /&gt;Señala que la nación azteca había desaparecido para no resucitar jamás hacía tres siglos, y que lo que sí existía era una sociedad producto precisamente de la conquista y de la colonización españolas. Resultaba una tontería atroz, entonces, decir que México “recobraba” su libertad y su soberanía; un mero juego de palabras, porque el México-Tenochtitlán de 1519 ya no era el México de 1810.&lt;br /&gt;¿De veras se trataba de un despropósito tal, de una tontería tan extravagante? Ciertamente no fueron los aztecas quienes se independizaron de España, con su tlatoani Iturbide, pero tampoco una sociedad totalmente producida por la conquista y la Colonia.&lt;br /&gt;Un 80 por ciento de la población seguía siendo indígena y viviendo como tal, salvo modificaciones de diversa profundidad (en ocasiones, de escasa profundidad) en su religión y en algunas costumbres e instituciones. Mucho quedaba, y no sólo el color de la piel, del mundo indígena ancestral (la “matriz civilizatoria” o “raigal” de que hablaba fray Guillermo de Bonfil en México profundo), que la Colonia no alcanzó a transformar cualitativamente. Algo queda incluso hoy.&lt;br /&gt;Buena parte pues de ese México prehispánico, de esa “antigua nación mexicana”, salía inevitablemente a flote con la Independencia, aunque fuese como mera identidad simbólica de los propios criollos y mestizos, quienes desde el siglo XVII se habían inventado el “despropósito”, la “tontería”, de una añoranza prehispánica, y cierta descendencia de la Tonantzin (Guadalupe), Quetzalcóatl (santo Tomás) e incluso Huitzilopochtli (el propio Cristo, para sor Juana). No me sorprende esta exageración indigenista en la Independencia; todo lo contrario, me asombra que una nación todavía tan indígena en 1810 no hubiese logrado sino sólo ese mínimo reconocimiento verbal, simbólico, en su Acta de Independencia.&lt;br /&gt;La invención criolla de una simbólica identidad precortesiana, que tanto trasegó fray Servando, era mucho más que un despropósito o una tontería antigachupinos. Era el deseo de no empezar una nación desde la nada, ni desde la conquista y el orden coloniales, sino desde los orígenes más remotos de los pueblos indígenas que seguían habitando el territorio, y predominando en su sociedad hasta en un 80 por ciento. Aunque no firmaran el Acta de Independencia en sus idiomas nativos, que seguían hablando, los indios continuaban ahí. Se debía reconocer su presencia, así fuera en el mero orden simbólico.&lt;br /&gt;La Colonia no produjo una verdadera nación castellanizada, completamente criolla, sino un desbarajuste (los atildados revisionistas dirían “pluralidad” o “mosaico”) étnico, que debía manifestarse de alguna manera. El mismo derecho que sentía Alamán para fechar su personal origen de la mexicanidad en 1521, tenían otros para ubicarlo en Xólotl o Huitzilopochtli.&lt;br /&gt;¿Por qué empezar sólo desde la conquista? ¿Acaso la propia España no reivindicaba sus orígenes de oronda provincia romana, mucho más lejanos en la historia que Moctezuma y Cuauhtémoc? ¡Cada nación sus mitos! Los mitos no son tonterías ni despropósitos, sino símbolos beligerantes. Por eso sigue en pie, pese a los pedantescos revisionistas, la historia insurgente que cantaron con harto brío fray Servando y Bustamante, y no la rencorosa sátira de Alamán. Aplique don Lucas su lógica superficial a los fundamentos de sus propios dogmas (los derechos absolutos de la propiedad, los fueros eclesiásticos), y no le quedará idea en pie. ¿Por qué alguien sí puede ser heredero de Hernán Cortés y otros no de Moctezuma? También los derechos del rey y del papa ostentan orígenes míticos sobre los cuales hacer muchos chistes, si de jugar al Voltaire o al Antivoltaire local se tratara.&lt;br /&gt;Había tanta extravagancia (y profundidad simbólica) en fray Servando al soñarse neo-azteca como en Alamán al considerarse neo-cortesiano. (El primero no cobraba por ello, y nuestro historiador se burla de sus miserias.) A final de cuentas, el Cortés de unos y el Moctezuma de otros fueron contemporáneos. Ellos los creían antagónicos, en esa época agria de discordia intelectual; más sonrientes, los criollos del siglo XVII, como ese Sigüenza y Góngora que por igual amaba a los tlatoanis que a Hernán Cortés, en cambio, los soñaban complementarios, aunque en un barroco retablo siempre alegórico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PÍNTESE USTED MISMO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En 1700 se extinguió la dinastía Habsburgo en España, y nuestra castiza madre patria dejó de ser gobernada por reyes germánicos para serlo... por reyes franceses. Esto de los nacionalismos es todo un jaripeo. Antonio Alatorre recuerda en Los 1001 años de la lengua española (México, Bancomer, 1979) los consejos de Luis XIV, el Rey Sol, a su modesto nieto Felipe V, llamado al trono meramente español: “Procura que tus gobernadores y virreyes sean españoles pero tú nunca olvides que eres francés” (p. 307).&lt;br /&gt;La dinastía borbónica nunca ha olvidado su flor de lis. España se afrancesó y se volvió moda turística y pintoresca en toda la civilización dirigida por Francia: óperas, novelas, poemas, libros de aventuras, pinturas: Carmen, Don Juan, las manolas, los pícaros, los “toreadores”. Un siglo después, a ciertos periodistas y escritores nativos les pareció un tanto abusiva la caricatura que los extranjeros habían pergeñado de España, y trataron de pintar ellos mismos sus toros y sus manolas, y de codificar su folklore, que todavía no se llamaba así: de poner pues algo de orden en cuestión de aragonerías y de sevillanas. Surgió así, entre una amplia bibliografía romántico-costumbrista, un libro llamado Los españoles pintados por sí mismos que algunos escritores mexicanos imitaron al vuelo, de la misma manera que El pensador mexicano de Lizardi había imitado El pensador matritense.&lt;br /&gt;En 1854-1855 apareció en la Imprenta de Murguía, con litografías (que se volverían tan famosas) de Hesiquio Iriarte (1820-1897) y luego de Andrés Campillo (?), un librillo guasón titulado Los mexicanos pintados por sí mismos. Tipos y costumbres nacionales por varios autores (sigo la edición facsimilar del Banco Internacional y la Librería de Manuel Porrúa, México, 1974), con mala escritura y peor ortografía, perpetrado por cinco intrépidos periodistas, algunos todavía novatos: Hilarión Frías y Soto (1831-1905), Niceto de Zamacois (español, 1820-1885), Juan de Dios Arias (1828-1886), José María Rivera (?), Pantaleón Tovar (1828-1886) y el inminente prócer Ignacio Ramírez, El Nigromante (1818-1879).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL CUBO DE RUBIK&lt;br /&gt;Por lo general, los mexicanos de quienes ellos hablan son meramente tres docenas de engendros capitalinos: los tipos chuscos de la ciudad de México, y no los de las selvas, montañas y desiertos del gran mapa: el aguador, la chiera o vendedora de aguas frescas; el pulquero, el barbero, el cochero, el cómico de la legua, la costurera, el cajero o dependiente de tendajón; el evangelista o escribidor popular; el sereno, el alacenero o puestero; la china o la bonita de barriada; la recamarera, el músico de cuerda, el poetastro, el vendutero o vendedor en remates; la coqueta, el abogado, el arriero, el jugador de ajedrez, el cajista (de imprenta), la estanquillera o cigarrera; el escribiente o tinterillo; el ranchero, el maestro de escuela, la casera o portera, el criado, el mercero, la partera, el ministro, el cargador, el tocinero o carnicero de cerdos, el ministro ejecutor o embargador.&lt;br /&gt;Por lo demás, este libro pintoresco condena específicamente el romanticismo (en “El poetastro”) y mira con nostalgia las furibundas sátiras ilustradas españolas en prosa barata. La amenidad, la caricatura, la risa, el carnaval dizque moralizantes han sustituido a los asombros del barroco y al “buen gusto” como ideales literarios. Lo mejor del costumbrismo, dice el enigmático José María Rivera es ocuparse de “las malas costumbres”. Veneran todavía a Moratín; imitan a Larra.&lt;br /&gt;A ratos, aunque estamos en pleno Plan de Ayutla (desde marzo de 1854), se antojan más que prudentes nuestros aguerridos periodistas pues no incluyeron, en la peligrosa época de Su Alteza Serenísima, quien no caería sino hasta finales de 1855, cuando el libro ya andaba en librerías, a los tipos de la soldadesca que conformaban precisamente la suprema y colorida novedad mexicana de las primeras décadas de su vida independiente: apenas los mencionan instantáneamente por ahí como quien tira la piedra y esconde la mano (v. gr.: las botas de un teniente en “La estanquillera”).&lt;br /&gt;Hablar de los tipos y costumbres mexicanos de 1854 y 1855 sin el soldado, el sargento, el capitán, el coronel, el cuartel, el golpe de Estado, la leva, las asonadas, los motines, los desfiles, los pronunciamientos, etcétera, suena algo excesivamente trunco (conforme avanza el año de 1855, el libro se envalentona y politiza: probablemente se vendían los cuadernillos sueltos periódicamente, antes de conformar el libro). Pero no eran tiempos propicios para la crítica de la milicia, ni lo serían durante muchas décadas. Además, se trataba ante todo de una empresa comercial: vender las preciosas litografías pintorescas de Iriarte, que todo mundo vería, acompañadas de textos chuscos que casi nadie iba a leer.&lt;br /&gt;Los amantes del pintoresquismo literario podrán hallar ejemplos más nobles y depurados en la Marquesa Calderón de la Barca, en Prieto, Inclán o Payno, en Altamirano y Riva Palacio. El prestigio de Los mexicanos pintados por sí mismos se debe casi exclusivamente a su pomposo título –que se creyó autóctono: casi un pre-manifiesto de Diego Rivera- y a las litografías memorables de Iriarte, que en algunos casos precedieron a los textos y los inspiraron: los escritores tramaron su texto para comentar la ilustración (como dice Ramírez), y en ocasiones, según lo confiesa Zamacois, “en pocas horas y sin tiempo para corregirlo”. De hecho, sin las ilustraciones de Hesiquio Iriarte acaso Los mexicanos pintados por sí mismos no habría siquiera ocurrido, o en todo caso, no habría pasado de una oscura aventura periodística.&lt;br /&gt;A pesar de muchos momentos divertidos y fundadores, resulta difícil apreciarlo en conjunto como literatura seria: sus autores simplemente pretendían divertirse, contar al paso –sin mucha reflexión ni cuidados de estilo- unas cuantas bromas sobre los personajes que fastidiaban a los jovencitos de clase media –ellos mismos- en la ciudad de México, como el siempre maldito cochero que triplicaba la tarifa en días de lluvia, es decir, precisamente cuando se le necesitaba; o como el aguador que no sólo introducía agua de las fuentes públicas en las casas, sino también todo tipo de mensajes celestinescos hasta las alcobas de las encerradas señoritas de aquellos días. Los textos, de hecho, aparecieron generalmente en forma anónima, lo que nos dice mucho del escaso mérito o futuro artístico que nuestros fundadores del “cuadro de costumbres” esperaban de su aventura zumbona.&lt;br /&gt;La ulterior mitología nacionalista del libro nos hace esperar algo que nunca quisieron escribir estos apresurados imitadores de un librito español que andaba por entonces de moda. Pero el azar lo es todo. Y el azar se introdujo en la redacción de este libro para marcar el tono, tan inevitable en nuestras letras, del Schadenfreude o del regodeo cómico en las penas y los pesares, en este caso propios. Los mexicanos pintados por sí mismos es lo opuesto a una apología o a una propaganda nacionalistas; casi es un aviso de “Cuidado con acercarse; aquí apesta, aquí espantan, aquí transan, aquí se vive de la patada...” pero a risa y risa. ¿Los mexicanos deturpados, chusqueados, embromados por sí mismos? Larra o “Fígaro” era un buen maestro en tal senda. Si no surge aquí, sí se entroniza el arte mexicano de vilipendiarse a toda orquesta. Pero también el arte puro del juego por el juego. Pocas veces la prosa mexicana ha intentado ser tan jocunda.&lt;br /&gt;Eran los peores años de la historia de México, desde la conquista; después de matanzas, golpes de estado, rebeliones, motines, asonadas, hambrunas y guerras internacionales (especialmente la derrota frente a los Estados Unidos y la pérdida de mucho territorio), se pensaba que México estaba agonizando o que se había muerto ya. Es el tono de los escritos de esa época de Alamán y de Bustamante. Pero nuestros chamacos dicen: “Bueno, ¿qué se le va a hacer? ¡nosotros seguimos vivos!, y mientras andemos por estos miserables parajes vamos a divertirnos de lo lindo con nuestras desventuras, transas y miserias cotidianas”. No en balde el futuro prócer del volumen, Ignacio Ramírez, habría de declarar que prefería, entre todas las zonas de la vasta República Mexicana, a Veracruz: “pues por ahí se sale”. Predomina todavía, aunque sin su lujo ni su maestría verbales, la retórica picaresca y satírica de Quevedo y de sus seguidores ilustrados (Torres Villarroel).&lt;br /&gt;Un asombro, un reconocimiento casi hipnóticos me han atraído siempre, sin embargo, como todo un vicio, hacia este librillo juvenil, apresurado, guasón, modesto, chambón, a ratos más que soso (especialmente las últimas crónicas de Arias), sobre recamareras que esconden sus enaguas bajo el sofá, barberos enciclopédicos y serenos que sueñan con chorizos. Admiro su ejemplo humorístico jocosamente autocrítico y hasta autodenigratorio; ya en él se acentúa aquello de “como México no hay dos... afortunadamente”, y a doblarse de risa. A jugar libremente con la lotería de casi todos nuestros vicios y nuestros males. Como súbitas magias del cubo de Rubik, a ratos nuestros cronistas consiguen la excelencia en mitad de párrafos trillados o desmedidos, cuando de repente se logra azarosamente el efecto preciso y el autor no recuerda cómo lo consiguió, después de horas y horas de manipularlo en vano. ¿Por qué resulta tan chistoso el sereno que sueña con chorizos? Las caídas son asimismo abundantes y estrepitosas: sketches bufos con vagos pretextos moralizantes (v. gr. “El vendutero”). Muchas de sus sátiras son menos locales que universales, como la de “El Abogado” que el pasmoso Nigromante versifica en castellano dizque medieval (Alfonso X, Sem Tob) pero con el anacronismo de endecasílabos en tercia rima renacentistas, propios del “dolce stil nuovo”.&lt;br /&gt;Sospecho también ahí el definitivo abandono del entusiasmo anterior por encontrar el común denominador o arquetipo nacional allá sobre las nubes, con los ángeles, los héroes, los mitos y los próceres en un estilo alto; las teorías de progreso, riqueza, civilización, refinamiento, victoria y cultura. Irrumpe la firme decisión a igualarse por debajo –incluso por lo hasta abajo-, con la miseria, la plebe y la majadería, aun acentuándolas; con la transa, el desastre, el ridículo, la derrota, el fiasco, el payismo ranchero y el chusco relumbrar del “íntimo desorden de mi raza”, que diría Pellicer. Un buen baño de lodo y estiércol, como el capitalino que quiso ser “El Ranchero” por un día.&lt;br /&gt;Eres más mexicano mientras más te parezcas, o finjas parecerte, al arriero o al pelado; y lo eres menos, casi extranjero y malinchista, si sales con leyes y códigos de conducta y civilización, de pollo, prócer, estirado o roto. No en las nubes, sino en los lodos, chapotea feliz el águila raigal del Códice Mendocino. Un orondo nacionalismo de quinto patio, tianguis y vecindad.&lt;br /&gt;México no era un paraíso turístico en aquellos años, ni lo sería durante el resto del siglo. No se trataba de corregir, pues, como en España, una visión artificial, extranjera y turística, con unos autorretratos genuinos, sino de hacer estallar unas mexicanadas jocosas, sencillamente porque sus autores eran jóvenes e imponían su humor, incluso su humor más absurdo, a la desolación o desesperación circundantes. Una mexicanada de humor negro, de “aquí hasta el más molacho masca rieles”, de ¡vivan el pícaro Buscón y el mundo-al-revés!, que nos hace leer aquella escritura con cierta emoción cómplice, casi contemporánea, y revisar esas crónicas como al cubo mágico de Rubik, para tratar de descubrir cómo estos cronistas tan chuscos, farragosos y sermoneadores; tan burdos, atenidos a efectos y trucos primarios y simplotes, lograron en muchos párrafos las cifras exactas del pintoresquismo mexicano interno, que no atrae tanto a los turistas como a los apaleados paisanos que, entre risas y chiflidos, ya le han encontrado gusto a la tétrica casa ruinosa, chirriante, astrosa y endiablada, pero desaforadamente propia.&lt;br /&gt;Véase por ejemplo esta pintura de un cochero mexicano, anónima, firmada sólo por tres asteriscos, pero que el editor moderno nos hace saber que la debemos al hilarante Hilarión (quien llegaría a la ancianidad como flamígero jacobino-de-otros-tiempos, denostando a Bulnes y a los Científicos), y que, por lo demás, no se diferencia mayormente de la prosa de sus compañeros.&lt;br /&gt;“El cochero de sitio es un ente raro, escepcional, inclasificable, que nos hace dudar muchas veces de su identidad con la raza humana. Esta duda viene apoyada en un principio de la historia natural, y es que un parásito es inferior en la escala viviente al ser que lo sostiene. Conocíamos al cryptógamo en la planta, al epizoario del hombre, y la regla no había fallado; pero que el hombre fuese a su vez parásito solo en el cochero lo hemos visto, porque en efecto, perdió casi sus cualidades de hombre, y se unió a su coche como la uña al dedo, y hélo ahí que vive con él, por él, en él, y sobre de él. ¡Cuántos maridos quisieran vivir con sus mitades en la unión y armonía con que viven un coche y su cochero, y no con las relaciones que existen entre el látigo y las mulas! ¿Pero de dónde viene, preguntará el lector ese hombre prodigioso? ¿cuál es su origen y cuál su procedencia? –Pregunta difícil en verdad de responder, porque un cochero para serlo no necesita haber nacido así ó de aquel modo: id y preguntadle y ni él mismo lo sabrá acaso. Venido de Guanajuato ó Guadalajara, nacido en la capital en un pobre cuarto vecino á una cochera, su orígen importa poco. El llegó al rango que ocupa sin saber cómo, y allí está hoy en su coche para servir al público. Sin embargo, si el lector viere alguna vez á un chico semi desnudo, lleno de lodo y estiércol, quemado con el sol y rodando entre las ruedas del coche en receso, revolcándose entre el estiércol y la paja ó jugando entre las patas de las mulas; al ver ese vástago negro y redondo del cochero puedes ver en aquel pimpollo un sucesor de su padre, un cochero inteligente y busca vidas. Mira si te engañaste: tiene ese chico siete años y ya sabe poner á la mula un bocado, enganchar, desencuartar y abrir y cerrar la portezuela. Se ha hecho el accesorio necesario del cochero; es el pretendiente del sota, y como tal viene en el pescante junto al padre ó al padrino que lo inicia en la profesión: tiene ya una cosa á su cargo, humedece las ruedas del carruaje, limpia y alza las guarniciones, da pienso ó agua a los animales, y cuida en fin del arreglo y aseo de cuadras y cocheras. Pronto asciende por sus servicios á sota, y entonces comienzan sus viajes á Puebla y á la feria, montado en las guias, cuidando que no falte sebo en los ejes, que no se descomponga la carga, que no escasen las provisiones en la posada para su caporal, para sus machos y para él. Al fin de tantas fatigas obtiene su premio y asciende a cochero. Este es el hombre tal como lo necesitamos, tal como lo vamos a pintar”, etcétera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LOS HALAGOS DE LA CARICATURA&lt;br /&gt;Es un agrio ajuste de cuentas con la realidad tal cual era, sin ilusiones ni mitologías, después de cincuenta años de ruina. No hay sueños de paraísos ni de progreso, no hay imperios ni ciudades-de-palacios. Adiós ilusiones indianas, criollas, monárquicas o republicanas: con el ranchote hemos topado, un ranchote tan menesteroso y plebe como proliferado, y del que no se sale nunca. Una laberíntica e interminable ranchería donde todo mundo se las ingenia para fastidiar y timar lo más posible al prójimo. Y a final de cuentas, de ese elaborado estorbarse, lastimarse, timarse unos a otros surge el digamos patriotismo o la identidad y solidaridad nacionales. En caricatura nos vemos más guapos. El ideólogo, el poeta, el novelista, el orador se apaisanan, se acompadran y abrazan a su terrible tribu de banqueta leperuzca, que se entretransa y entrealburea en el Portal de las Flores.&lt;br /&gt;Obra de juventud, en la que la mayoría de sus autores se atrevió a sus primeras composiciones, Los mexicanos pintados por sí mismos rebosa jolgorio en una parda ciudad misérrima e inhóspita. Algunos de sus autores llegarán a ser cultísimos y polígrafos (Ramírez ya lo era, o políglotamente lo presumía), pero por entonces sabían poco del México antiguo –incluso de las épocas inmediatas-, y no se imaginaron siquiera que esa ciudad que pintan con tan tristes y rudimentarios colores y escenas, casi siempre había sido superior en el pasado: hasta una quemazón del Santo Oficio o un paseo del Pendón resultaban en los tiempos virreinales más afluentes y espectaculares que su nueva indigencia ranchero-cuartelesca; algo prostibularia, en realidad.&lt;br /&gt;Por la censura de la dictadura de Santa Anna no se atrevieron a retratar a la turba de soldados que infestaba la ciudad y que, por ejemplo, hizo posible la súbita, efímera y deletérea proliferación, casi epidemia, de las chieras, quienes no vendían sólo agua de chía, sino aguas frescas de todos los sabores en puestos callejeros muy adornados con yerbas y flores. Y sus vestidos, y sus blusas escotadas, y sus trenzas, y sus coloretes, y sus zapatitos de raso, y sus miradas de prometo-pero-no-prometo. No las vendían todo el año, sino sólo en las épocas de mayor calor. Y no cualquier mujer calificaba como chiera, sino exclusivamente las más guapas y ofertables: su negocio consistía más en exhibirse que en vender aguas. De modo que el mayor solaz de los jovencitos durante los meses cálidos, especialmente de los oficiales en uniforme y multitud de medallas de dorado latón, consistía en ligarse –o en soñar con ligarse- a una chiera después de haberle consumido innumerables jarritos o vasitos de sus brebajes.&lt;br /&gt;El viejo Borges se intrigaba ante la chía en los versos de López Velarde: “Suave Patria, vendedora de chía:/ Quiero raptarte en la cuaresma opaca,/ Sobre un garañón, y con matraca,/ Y entre los tiros de la policía”; suave patria, chamaca endomingada que me vendes un agua fresca con la promesa de venderme algo más preciado... “La Chiera, como la golondrina, sólo en tiempo de verano aparece en nuestro suelo. Su vida pública es ligera y fugaz como la de la mariposa, y lo mismo que á esta siempre la veremos entre aromas y entre flores... retrato... difícil y peliagudo, como el de toda hembra que tiene sus dares y tomares con el público. ¡Cáspita! Me encuentro, lector mío, con más ganas de presentarte el tipo de un cosaco...”&lt;br /&gt;Y en efecto, en efecto. Eran los años santanistas de la ciudad-cuartel. En todas las crónicas que conciernen a muchachas, hay que recordar que el militarismo independentista llenó de chamacos solteros la ciudad, quienes por docenas se disputaban lo mismo a las chieras, a las chinas y a las coquetas, que a las niñas de familia, a las sirvientas, a las costureras y a las beatas, casi todas ellas arruinadas tras largos años de crisis económica: su único negocio posible consistía en roer los jornales de los oficiales del ejército, pero poco a poquito, entregando sus gracias con regateo o “usura”, según se quejan nuestros cronistas, pues conceder demasiado las rebajaba o excluía del populoso negocio de las bellas insolventes lanzadas en masa contra los bolsillos de los pollos, sargentos o capitanes tan fatuos como cuentachiles. José Tomás de Cuéllar pintó años después retratos semejantes en su serie “La linterna mágica” (por ejemplo, La historia de Chucho el Ninfo).&lt;br /&gt;La mayoría de los oficios masculinos en este panorama resultan asimismo hoscos y serviles, casi patibularios: barbero, aguador, cochero, escribidor o escribiente, poetastro, agente de embargos, empleado de imprenta, misérrimo maestro de escuela. El pulquero nos muestra el epítome de una economía nacional abocada al fraude omnímodo y sistemático, y con gusto: ya sabemos que así son las cosas, y decirlas riendo significa acaso vencerlas, o trascenderlas, o soportarlas un poco. Si aparece la sufrida costurera es para infamarla, como a la chiera, con algún lúbrico oficio extra de griseta, recién importado de París (a través de los folletones de Eugène Sue). Nuestros cronistas decidieron que los mexicanos “se pintaran a sí mismos” como perdedores altivos y guasones, que desprecian a los triunfadores épicos, líricos y estirados. El aspecto bajo y modesto de la comedia nos sentaba mejor.&lt;br /&gt;Aunque cómplice de esta visión, el dibujante Hesiquio Iriarte la dulcificó en algunas litografías, siempre menos despiadadas que los textos que las acompañan, a veces incluso muy favorecedoras (“La China”, “La Chiera”, “La Costurera”, “La Coqueta”, “El Ranchero”).&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5071107388385742623-1491700146526597741?l=veinteaventurasjjb.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://veinteaventurasjjb.blogspot.com/feeds/1491700146526597741/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5071107388385742623&amp;postID=1491700146526597741' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5071107388385742623/posts/default/1491700146526597741'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5071107388385742623/posts/default/1491700146526597741'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://veinteaventurasjjb.blogspot.com/2008/11/primera-parte.html' title='PRIMERA PARTE'/><author><name>José Joaquín Blanco</name><uri>https://profiles.google.com/107458643043786395125</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-rNL86B0JctU/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/PxumyAQWsig/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5071107388385742623.post-3124192096355298544</id><published>2008-11-02T20:51:00.001-08:00</published><updated>2009-02-11T03:50:47.273-08:00</updated><title type='text'>SEGUNDA PARTE</title><content type='html'>DESTELLOS DEL NIGROMANTE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nervo, Reyes y Novo maldijeron a los máistros liberales de la Reforma, a quienes consideraron, con cierta fatuidad, menos cultos, cosmopolitas y refinados que ellos mismos. ¿De veras? Haciendo a un lado la fatal obviedad de que la cultura de 1850 ha de diferir de la de 1890 o de la 1950, los liberales de la Reforma no resultan ante los ojos del siglo XXI tan astrosos: simplemente un poco fechados, al igual que van envejeciendo sus infatuados y maledicentes sucesores.&lt;br /&gt;El atildamiento estético del modernismo, por ejemplo, no tenía por qué prevalecer desde 1840-1880, cuando arrasaban las pasiones y las catástrofes políticas: estaba precisamente esperando a Nervo -ya en la paz porfiriana-, quien por cierto lo recibió en gran parte de Gutiérrez Nájera, discípulo de Altamirano, casi hijo de Ramírez, El Nigromante (1818-1879), a quien Prieto veneraba. De tal modo, la genealogía literaria de Nervo también pasa por (o comienza en) Ramírez. Reyes admitió, a su vez, el magisterio de Nervo. Y Novo volvió a las libertades y gracias de las viejas crónicas de Guillermo Prieto. ¿Para qué tanto escupir hacia arriba?&lt;br /&gt;Los liberales creían en otra retórica, que murió con su siglo: la oratoria de gran formato (v gr.: se nos recrea la creación del mundo, con estallidos de lava y todo, a propósito del Grito de Dolores) y la poesía musical. Es difícil reproducir la fuerza que en su tiempo detonaron los discursos de Ramírez, que ahora pueden sonarnos ampulosos o episcopales: el Dios Pueblo, los Infames Traidores, Clericales, Invasores o Monárquicos; la Diosa Patria, la Diosa Ley, la Diosa Libertad; hasta la Diosa Beneficencia (“que el poder público no sea otra cosa que la beneficencia organizada”, Obras completas, Ed. David Maciel y Boris Rosen Jélomer, México, Centro de Investigación Científica Jorge L. Tamayo, 3 t., 1984-1985; t. III, p. 9. Cf. Maciel, David E.: Ignacio Ramírez, ideólogo del liberalismo social en México, UNAM, 1980).&lt;br /&gt;Buena parte del periodismo de Ramírez constituye simplemente un espinoso comentario a la Constitución de 1857, a las leyes de Reforma y a las administraciones de Santa Anna, Juárez, Lerdo y Díaz, fatalmente encerradas en debates fechados. Ofrece muchos esquemas pedagógicos del positivismo de Comte y del novedoso Libre Mercado. O discusiones políticas y legalistas, elementales y pragmáticas, algunas incluso borrosas pues se han perdido los referentes de sus denuncias y bromas. En cierto momento Ramírez se compara, por dizque cerril y principiante, y por agotar (y agotarse en) sus agitados días laicos y locales, con otro escritor callejero, cotidiano y “vulgar”: Lizardi (OC, III, 88-93). Ambos se ocuparon alegremente de todo tipo de asuntos y disciplinas: era una época incipiente de la cultura nacional en que unos cuantos debían improvisarlo todo. Los especialistas llegarían, cuando llegaron, mucho después.&lt;br /&gt;Así, otra parte de su prosa conforma una larga, generosa y paciente divulgación –Ramírez fue sobre todo un maestro la mayor parte de su vida- de conocimientos de cultura y ciencia clásicas y contemporáneas. Fue iniciador en tales caminos, inaugurador de cátedras. Existen los testimonios de sus discípulos. Y no falta, finalmente, desde luego, un buen sazonado racimo de explosivas expresiones anticlericales y antirreligiosas de jabobino al rojo vivo, con toda la barba, que Voltaire habría inudablemente aprobado; a las que por cierto ningún otro mexicano se atrevió de manera tan franca y frontal, para intentar sacudirse un poco el atarantamiento levítico de siglos.&lt;br /&gt;Por lo demás, los liberales tenían otra información histórica y científica: la ideología de la ciencia y del capitalismo salvaje, pero lleno de telégrafos, barcos, bancos, fábricas y ferrocarriles. Parecían divinidades novedosas y pródigas, casi cuernos de la abundancia. (“El ferrocarril es el ensueño de todos los partidos, cuando dejan dormir sus divergencias en la política”, OC, III, p. 49).&lt;br /&gt;Esos artículos y discursos, a ratos, admiten mejor una lectura metafórica que literal o ideológica: por ejemplo, El Nigromante trata de crear una Patria Nueva desde cero, nacida de un parto de fuego –como mural de Orozco-: las bodas de Hidalgo con la plebe airada (“la vil muchedumbre”, “las turbas envilecidas”) para engendrar el Ciudadano, la Libertad, la Ley, la Dignidad y el Progreso, que si bien no se sostiene mucho como historia ni como ideología, cabe en la tradición hispánica de los autos sacramentales (OC, III, pp. 10-26; 53-61).&lt;br /&gt;Anticura supercura, laico predicador, santo luciferino, Ramírez expropia el mito católico de que una humanidad a la que perdió una meretriz (Eva, a propósito de la serpiente) había sido redimida gracias a una Virgen María sin mácula; los mexicanos, así, a quienes perdiera la Malinche, “barragana de Cortés”, se vieron rescatados por la impoluta y peinadísima Corregidora (OC, III, pp. 19-20). Llega a comparar a la revolución (de la Reforma) con el amor sagrado a una mujer, y lo quiere como un buen matrimonio: honradísimo, robusto, prolífico.&lt;br /&gt;Tales figuras enfáticas, contratastadas, duras –con su belicosa oposición innegociable de héroes y villanos; paraísos y cataclismos- resultaban oportunas para una sociedad criada entre púlpitos y retablos; de ahí su extraordinaria eficacia: hasta hace unas pocas décadas, casi toda la oratoria oficial y escolar se inspiraba en dos o tres discursos de Ramírez.&lt;br /&gt;Al paso del tiempo el loco azar antologa los textos. Ahora preferimos las crónicas pintorescas de Prieto a sus poemas populares y patrióticos, muy estimados en su tiempo; y de Ramírez, además del legendario perfil sobre sus audacias ateas, su generosidad hacia “la vil muchedumbre”, los oprimidos y los vencidos (así se tratase de Maximiliano, cuya ejecución condenó), y su justiciera, irrefragable y colérica honradez...; ahora que ya no podemos digerir debidamente sus discursos, ¿qué preferir de Ramírez?&lt;br /&gt;Fue un escritor muy admirado por su prosa dura, que casi se ha descarapelado, y se le recuerda más por su poesía. Involuntariamente, como jugando a imitar a Voltaire en la saga del viejo raboverde tras jóvenes ninfas, ha dejado en muchas antologías dos poemas tardíos que no eran probablemente la herencia que él prefería.&lt;br /&gt;La vejez rococó del fauno en “Al amor”:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué, amor, cuando expiro desarmado,&lt;br /&gt;De mí te burlas? Llévate esa hermosa&lt;br /&gt;Doncella tan ardiente y tan graciosa&lt;br /&gt;Que por mi oscuro asilo has asomado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tiempo más feliz, yo supe, osado,&lt;br /&gt;Extender mi palabra artificiosa&lt;br /&gt;Como una red, y en ella, temblorosa,&lt;br /&gt;Más de una de tus aves he cazado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy, de mí, mis rivales hacen juego,&lt;br /&gt;Cobardes, atacándome en gavilla,&lt;br /&gt;Y, libre yo, mi presa al aire entrego;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Al inerme león el asno humilla!&lt;br /&gt;Vuélveme, Amor, mi juventud, y luego&lt;br /&gt;Tú mismo a mis rivales acaudilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y una galantería cuyo éxito proviene de su desaforada exageración en el álbum de la ninfa Rosario de la Peña:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ara es este álbum: esparcid, cantores,&lt;br /&gt;A los pies de la diosa, incienso y flores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Nigromante fue, en sus mejores momentos, un supremo retórico: un manipulador pasmoso de efectos; así logró la “declaración de odio” más fragorosa de nuestra lírica que, bien mirada, sólo es una hábil acumulación de efectos verbales extremos: “Venganza de los mártires de Tacubaya”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guerra sin tregua ni descanso, guerra&lt;br /&gt;A nuestros enemigos hasta el día&lt;br /&gt;En que su raza detestable, impía,&lt;br /&gt;No halle ni tumba en la indignada tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lanza sobre ellos, nebulosa sierra,&lt;br /&gt;Tus fieras y torrentes, tu armonía&lt;br /&gt;Niégales, ave de la selva umbría;&lt;br /&gt;Y de sus ojos, sol, tu luz destierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y si impasible y ciega la natura&lt;br /&gt;Sobre todos extiende un mismo velo&lt;br /&gt;Y a todos nos prodiga su hermosura;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anden la flor y el fruto por el suelo,&lt;br /&gt;No les dejemos ni una fuente pura,&lt;br /&gt;Si es posible ni estrellas en el cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En otro lado, cierra una cadena de tercetos fúnebres con cierta altivez estoica, casi un epitafio romano, del hombre que ha elegido el desnudo escepticismo como rumbo de su vida:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Madre naturaleza, ya no hay flores&lt;br /&gt;Por do mi paso vacilante avanza.&lt;br /&gt;Nací sin esperanzas ni temores,&lt;br /&gt;Vuelvo a ti sin temores ni esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LECCIONES DE MATUSALÉN&lt;br /&gt;Buena parte de los escritores de finales del siglo XIX y de todo el siglo XX padecieron la obsesión de enterrar o desterrar a los liberales románticos como a mastodontes, que recuerda la de éstos al ignorar a los coloniales y a los prehispánicos. A Ramírez le fastidiaban tanto las antiguallas virreinales como las ruinas prehispánicas que andaba ajetreando Orozco y Berra: por ahí dice algunas torpezas sobre la literatura náhuatl y sobre sor Juana. Por lo demás, tampoco le gustaba mucho el romanticismo, al que calificaba de mera histeria y sentimentalismo: se asumía tal vez como un estoico griego o romano, anacrónico y perdido en el Anáhuac.&lt;br /&gt;En los discursos y artículos periodísticos del mastodonte Ramírez admiro sobre todo su vocación de brusquedad satírica. No quiso ser dandy, moderado, diplomático y gentil. Todo era tropel de búfalos.&lt;br /&gt;Se ha perdido aquel célebre ensayo juvenil (hacia 1837) que presentó a la Academia de Letrán, y cuyo escándalo no ha cesado, al grado de que en 1947 una horda de terroristas católicos irrumpió en una sala del Hotel del Prado para mutilar el mural “Sueño de una tarde de domingo en la Alameda central”, donde Diego Rivera recordaba al Nigromanye y su frase “Dios no existe”, y que fue obligado a modificar poco antes de su muerte, en 1956, bajo amenaza de nuevos atentados (a pesar de la disposición militante de asociaciones, uniones o sindicatos de pintores izquierdistas, de restaurarlo cuantas veces fuera preciso) con una mera alusión a las Leyes de Reforma. (Cf. Novo, Salvador: La vida en México durante el periodo presidencial de Miguel Alemán, La vida en México durante el periódo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, México, CNCA, 1994 y 1996; y México, Barcelona, Ediciones Destino, 1968).&lt;br /&gt;Guillermo Prieto e Hilarión Frías y Soto recuerdan que ese ensayo comenzaba con: “No hay Dios; los seres de la Naturaleza se sostienen por sí mismos”. Sin embargo, al discutirse en lo general la Constitución en la sesión del 7 de julio de 1856, se permitió una impertinencia –para la sociedad semilevítica de entonces- igualmente memorable:&lt;br /&gt;“El proyecto de Constitución que hoy se encuentra sometido a vuestra soberanía... se funda en una ficción: ‘En el nombre de Dios... los representantes de los diferentes estados que componen la República de México... cumplen con su alto encargo...’ La Comisión, por medio de estas palabras, nos eleva hasta el sacerdocio; y colocándonos en el santuario, ya fijemos los derechos del ciudadano, ya organicemos el ejercicio de los poderes públicos, nos obliga a caminar de inspiración en inspiración, hasta convertir una ley orgánica en un verdadero dogma... Yo bien sé lo que hay de ficticio, de simbólico y de poético en las legislaciones conocidas; nada ha faltado a algunas para alejarse de la realidad, ni aun el metro; pero juzgo que es más peligroso que ridículo suponernos intérpretes de la Divinidad y parodiar, sin careta, a Acampich[tli], a Mahoma, a Moisés, a las Sibilas... Señores, yo por mi parte, lo declaro, yo no he venido a este lugar, preparado por éxtasis ni por revelaciones; la única misión que desempeño, no como místico, sino como profano, está en mi credencial [de diputado constituyente], vosotros la habéis visto, ella no ha sido escrita como las tablas de la ley, sobre las cumbres del Sinaí entre relámpagos y truenos. Es muy respetable el encargo de formar una constitución para que yo comience mintiendo” (OC, t. III, pp. 3 y ss.)&lt;br /&gt;Este Padre de la Patria mestizo pero con todos los rasgos físicos indígenas detestaba furibundamente a los aztecas, en quienes sobre todo encontraba esclavitud, fanatismo religioso y barbarie militar. Sólo quería indios modernos: ciudadanos, jornaleros sanos con agricultura e industria, salarios dignos, alfabetizados y totalmente independizados del curato.&lt;br /&gt;Insulta a Juárez como a “un bárbaro de la Mixteca” (OC, II, 97). Así de rudo se llevaban los indios con los aindiados, si bien en otro lado generaliza: “En la República Mexicana todo mundo es tapatío... no hay quien deteste cordialmente a un jalisciense como otro jalisciense”.&lt;br /&gt;Los historiadores del siglo XXI podrán corregir los datos históricos sobre los aztecas que Ramírez expuso en un artículo de 1871, pero ¿cómo no asombrarse de su brusco anti-indigenismo cultural, cuando ya algunos poetas románticos cantaban la vuelta gentil y florida al folklorismo de Moctezuma? Seguramente Ramírez no conocía la frase que acababa de escribir Rimbaud: “Es necesario ser absolutamente modernos”, pero tal inspiración mueve su definición satírica de las pirámides aztecas como “parodias de los cerros”, y este latigazo al prehispanismo folkórico-sentimental:&lt;br /&gt;“El primer emperador mexicano se comió a su esposa en la noche de sus bodas, y ante el sol del siguiente día la convirtió en diosa; todos los actos de la vida se sujetaban a ceremonias político-religiosas; el terror adormecía el cuerpo social; se inventaron hechiceros, y los bufones fueron los consejeros de los reyes; todo en este sistema, nos descubre el tipo a que desean acercarse los modernos admiradores de la teocracia y del cesarismo...” “Las pirámides, que tanto cautivan la atención, ya por su altura, ya por sus adornos, sepulcros, aras o fortalezas, no fueron construidas para el servicio de los particulares sino para satisfacer la pública magnificencia... el lujo era privilegio de la autoridad, mientras que los particulares sólo recibían de mano de la arquitectura, chozas de tal suerte deleznables, que la tierra ha desdeñado conservar sus cimientos: cuantos escombros existen, están marcados con el sello del poder; la multitud no nos ha dejado sino algunos utensilios domésticos” (OC, t. II, p. 23), etcétera. Ya vendría Brecht a preguntarnos “en cuál de los palacios de la dorada Lima vivían los albañiles que los construyeron”.&lt;br /&gt;A los españoles no les fue mejor. En su respuesta a Emilio Castelar, quien se quejaba de la ingratitud hispanoamericana hacia la Madre Patria, escribió sin desperdicio:&lt;br /&gt;“Renegamos los mexicanos de la patria de usted, señor Castelar, del mismo modo y por las mismas razones que usted reniega de ella... ¿Imitaremos la España actual, donde usted, admirable escritor, es visto como un paria? No; usted no canoniza el robo de guano, ni los asesinatos de Santo Domingo, ni la esclavitud de Cuba: llamándose usted demócrata, ha dicho sobre la España de hoy: ¡anatema! ¿Imitaremos la España que Carlos II El Hechizado, una especie de Maximiliano por derecho hereditario, abandonó como un cadáver a los buitres de Austria y Francia?... La España que usted ama no existe, ni ha existido jamás; el talento de usted la engendra en su alma aristocrática; la ve usted en el porvenir; la dota usted con las prendas de su propio carácter... Una sola gota de sangre española, cuando ha hervido en las venas de un americano, ha producido los Almontes y los Santa Annas, ha engendrado los traidores; y no es extraño este fenómeno, porque para darnos su sangre no han venido a América los Quintanas ni los Castelares, sino los frailes que ustedes han asesinado y los galeotes que ustedes cargan de cadenas... Los españoles no han hecho en nuestros puertos sino una cosa buena: salir por ellos... ¡Que ruin sería la América a los ojos de nuestro ilustre antagonista si no aspirara sino a remedar a España!... En España no es Castelar sino el bastardo de la opinión pública, aquí en México es, desde hace tiempo, uno de nuestros hermanos” (OC, II, 382 y ss).&lt;br /&gt;Como se sabe, el triunfo de la Reforma logró no reemplazar sino digamos apenas ampliar la antigua aristocracia ranchero-militar, con una nueva clase político-militar liberal, generalmente de orígenes modestos y recientes, pero que rápidamente se asentó en el poder y en los negocios y se asumió como una casta profesionalmente patriótica que debería monopolizar el gobierno para siempre: la dictadura de Juárez-Lerdo-Díaz (1857-1910).&lt;br /&gt;Como ocurriría durante la Revolución de 1910 y las décadas del PRI, el joven arriero liberal, pasando por soldado y funcionario menor, trepó a un buen cargo (que además le permitía sucios pero jugosos negocios particulares con los bienes del clero, de los pueblos indígenas, de los conservadores o “traidores” y del erario), y devino por arte de magia un prudentísimo marqués que empezó a hablar de los peligros del populismo, de la anarquía y de los cambios en la vida pública. El partido de los políticos debía gobernar invariablemente para y por los políticos –en ese momento juaristas-lerdistas- y desconfiaba de la inmadurez o la barbarie del pueblo, que podía arruinarle el negocio.&lt;br /&gt;“Mi amigo el lerdista me saludó, preguntándome con melosa voz:&lt;br /&gt;-¿Dónde vive ese pueblo soberano cuyo triunfo pretende usted asegurar en las elecciones?&lt;br /&gt;Comprendí su atroz ironía, le contesté:&lt;br /&gt;-Vive en las casas de vecindad, donde usted pasó sus primeros años, llevando ya un jarro de atole, ya un jarro de pulque a su familia; vive en los modestos jacales, único abrigo de mi cuna; vive en las cárceles, donde usted y yo hemos completado nuestros estudios políticos; vive en los talleres y en los campos de donde brota el alimento de ocho millones de habitantes; en ese pueblo se contaron nuestros padres, en ese pueblo se verán nuestros hijos. A ese pueblo debe usted su inesperada y dudosa riqueza” (OC, II, p. 51).&lt;br /&gt;Ministro (breve) tanto de Juárez como de Díaz, Ramírez fue un crítico brutal de ambos; combatió asimismo la corrupción liberal (“Don Benito permite hacer negocios a sus altos empleados en Hacienda, para que no roben...” OC., II, 46)&lt;br /&gt;Para Ramírez, Juárez es el Gran Dictador, el Asesino, el Protector de la Rapiña, el Intrigante, el Despreciable, el Claudicador que se reconcilia con el Arzobispo. Ese gran ideólogo del Plan de Ayutla y ministro del primer juarismo dice de Juárez en 1871:&lt;br /&gt;“El sistema de subvenciones, corrompiéndolo todo, ha venido a centralizarlo todo. Hoy, don Benito, en las horas de lucha electoral, puede, desde su silla, merced al telégrafo, derramar sobre las urnas hasta hacerlas rebosar, torrentes de oro con una mano y con la otra torrentes de sangre” (OC, II, 68).&lt;br /&gt;¿Para qué conservar la Constitución en papel si ya contábamos como dictador con el “Hombre Necesario”?: “Si ya tenemos al Hombre-Constitución don Benito ¿para qué disputar por un cuaderno de papel?” (OC, II, 87). “¿Qué cosa puede saber Juárez que no sepan mil, diez mil, cien mil, en la nación? En Guerra, tiene un ejército costoso y turbulento; en Hacienda, despilfarra los dineros y embrolla las cuentas; en Fomento, se deja engañar por extranjeros que prometiéndole capitales ingleses, se llevan más allá del Atlántico los de la nación; en Justicia, no sabe sino matar sin figura de juicio; en Gobernación, ensaya el centralismo; en relaciones extranjeras compromete con igual facilidad los recursos del erario y vastas regiones de nuestro territorio.”&lt;br /&gt;Y más adelante lo acusa de usufructuar méritos ajenos:&lt;br /&gt;“Abolió Juárez los fueros. Los fueros estaban abolidos en la segunda época de la federación [Gómez Farías]. Santa Anna los reestableció. El Plan de Ayutla declaró nulos todos los actos de Santa Anna. Juárez no tenía libertad para deliberar; dio una ley que hubiera expedido hasta el más refinado conservador si hubiera admitido el ministerio. Dio las leyes de Reforma. Éstas habían sido iniciadas por la Constitución y por Comonfort; la revolución las hizo inevitables. Juárez resistió el expedirlas, se le anticiparon en Zacatecas; entonces, para no caer, se improvisó en reformista. Se fue al Paso del Norte [Ciudad Juárez] cuando la invasión francesa. ¡Sí! Comenzó por tratar con los enemigos; puso a Zaragoza en lucha con los franceses y con las órdenes suspicaces de Doblado; no mandó un buen ejército de observación sobre Forey; abandonó la capital antes de tiempo; disolvió catorce mil hombres en Querétaro; desorganizó otras fuerzas; introdujo la guerra civil en muchos estados; se aseguró de no despreciables cantidades, y aprovechó el triunfo ajeno para darnos la convocatoria. ¡Otros fueron los que lucharon!” (1871, OC, II, pp 96-97).&lt;br /&gt;Alcanzó a decepcionarse de Díaz, pero no a escribir mucho contra él, como lo había hecho contra Juárez, pues murió pronto (1879), a excepción de esta carta privada al ya presidente don Porfirio, cuando se enteró de que había ordenado destituir a todos los maestros que no se hubieran adherido al Plan de Tuxtepec: “Usted es casi omnipotente como lo son en México todos los triunfadores. Puede quitar sus grados a todos los generales y dárselos a otros sujetos que no hayan peleado nunca; puede abolir la Federación; unir la Iglesia y el Estado, nombrar diputados a los sujetos que le plazca, restituir los fueros, imponer el sistema monocamarista o bicamarista y hasta acabar con las cámaras. Pero hay cosas que no están en su mano y que yo deploro no estén, porque me duele que sea limitado el poder de los generales triunfadores; por ejemplo, hacer que dos y dos sean nueve, cambiar el curso de las estaciones e improvisar sabios, aunque sean tan modestos como los que tenemos” (OC, III, pp. 188-189: al parecer, esta carta no existe en los archivos de Díaz; azarosamente se publicó en Excélsior el 27 de mayo de 1927).&lt;br /&gt;Ramírez subvierte la superstición centenaria de la “sólida” historia de bronce de las gestas liberales. Ese Panteón Liberal, que para él no es sino una arribista, oportunista “tribu de héroes” (OC, t. I, p. 13), no desconoció en el Nigromante la más arisca autocrítica. Lo que no es pequeña lección para ninguna literatura.&lt;br /&gt;Como las “lascas” que dijera Díaz Mirón, los destellos de la obra que -demasiado humilde o altivo para promoverse como autor-, se negó a recoger en libros durante su vida, y que son mera recopilación de lo que buenamente reunió Altamirano en una edición póstuma, o sobrevive en las hemerotecas, recuerdan su verdadera labor: encabezar la lucha colectiva por una cultura liberal, de la que, sin embargo, empezó a desengañarse desde el momento de su triunfo sobre Maximiliano.&lt;br /&gt;O desde el momento mismo de discutir la Constitución, cuando dice “pero en el siglo de los desengaños, nuestra humilde misión es descubrir la verdad y aplicar a nuestros males los más mundanos remedios” (OC, III, p. 9), a falta de los divinos, que él supo admitir muy temprano que no existían.&lt;br /&gt;Nacido tres años antes de la consumación de la Independencia, toda la vida de Ramírez transcurrió entre experimentos políticos, guerras y discordias civiles. Acaso desde niño se hizo la pregunta que pronunció en otro discurso de 1856: “¿Qué debemos hacer para rehabilitarnos ante nuestros mismos ojos?” (OC, III, p. 13). Acaso la recordó a sus sesenta años, al acercarse “sin temores ni esperanza” a la muerte, que por cierto le fue suave: se fue extinguiendo como en “un sueño agradable”, según lo vio Altamirano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL ARCHIVO MÁGICO DE MANUEL PAYNO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A sus ochenta años, poco antes de morir en su idílico San Ángel, Manuel Payno (1810-1894), escribió desde Francia y España, donde ocupaba cargos consulares, uno de los tabicazos más queridos de toda la novela mexicana, a solicitud de un editor español: Los bandidos de Río Frío (1889-1891), que originalmente apareció por entregas. Durante mucho tiempo circuló en una edición de cinco tomos.&lt;br /&gt;Es la coronación y el mausoleo mexicanos del género narrativo del folletín, iniciado en Francia por Alexandre Dumas (1802-1870) y Eugène Sue (1804-1857), y que trataba de ganar para la lectura a las masas semiletradas, con relatos de escritura pretendidamente sencilla y tramas sobrecargadas de efectismos para “apasionar y azorar” todo el tiempo, buscando el suspenso y el pasmo en cada episodio.&lt;br /&gt;Novelones como El conde de Montecristo y Los misterios de París encumbraron este género durante medio siglo. La mayoría de los folletines no lograron sólo ser simples, sino sobre todo pueriles y reiterativos –así como sus derivados electrónicos: radionovelas, telenovelas. Pero algunos se sostuvieron en el gusto de los lectores, y aun novelistas con ambiciones estéticas e intelectuales admitieron algunos de sus métodos y efectos: Balzac, Dickens, Víctor Hugo, Tolstoi y Dostoyevski. De hecho, casi toda la novela moderna, incluso la más estetizante o intelectual, resiente la herencia del folletín.&lt;br /&gt;Para 1891 casi todos los compañeros de Payno, su época misma, estaban más que muertos, y también el tipo de novela en que creyeron: el folletín romántico, que fue el oportuno reino soberano de Vicente Riva Palacio (y su celebrado “realismo mágico” novohispano de Martín Garatuza, Memorias de un impostor; Monja y casada, virgen y mártir, etcétera), y que Antonio Castro Leal, en el prólogo de Los bandidos de Río Frío (Porrúa), declara extinto desde los años setenta del siglo XIX. Ya se leía en todo el mundo a Tolstoi y a Turguenev; a Flaubert, los Goncourt y Zola; a Stevenson y a Henry James. Y los nuevos novelistas mexicanos –Delgado, Rabasa- buscaban un realismo más riguroso, crítico y atemperado, dirigido por exigencias estéticas precisas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL ARTE DE NO CAMBIAR&lt;br /&gt;El viejo Payno mostró ante todo una gran lealtad literaria consigo mismo y con su generación. No hizo caso de modas, escuelas ni cronologías. Acaso ni siquiera las entendió (habla del “naturalismo” como de un mero realismo truculento). No se sintió aludido por los flaubertianos y demás críticos de la novela-fárrago. Incorregible, prediluviano lector de “el buen Sterne”, Sue, Dumas y Dickens, entre otros ídolos, escribió el tremendo novelón a su antigua manera, en la línea de sus novelas previas El fistol del diablo (1859) y El hombre de la situación (1861) –treinta años antes de Los bandidos de Río Frío-; es decir a saltos y tropezones, con sermones, discursos didácticos y melodramas y terrores embrolladísimos, “astracanescos” y algo ridículos, reiterativos y digresivos, como solía hacerse antes de que los genios europeos de la novela de la segunda mitad del siglo XIX hubieran puesto orden en el género y publicado modelos inexpugnables.&lt;br /&gt;Un supuesto corresponsal anónimo, que pudiera parecerse a su amigo Guillermo Prieto (1818-1897), le dice al final de la novela: “Todo en ti se reduce a plática, y lo mismo un discurso en el Congreso, que una novela o que una charla insustancial en un café. No te ofendas por esto, pero de nada te ha servido leer a los clásicos... de todo el mundo. Tú has quedado el mismo, sin aprender de nada y sin corregirte de tus defectos...”&lt;br /&gt;En efecto, la locuacidad incontenible de Payno no se arredra ante las exageraciones burdas y el trato chusco, casi esperpéntico, de algunos de sus episodios; ni ante la prosa sentimental más azucarada y trillada en los pasajes líricos y melodramáticos. En 1891 sigue en la situación folletinesca de 1859. Folletín y crónica, teatralidad y realidad se entrelazan: asesinatos hoooorribles y encendiiiiidos amoríos; coincidencias descabelladas, crímenes, batallas, asaltos, descuartizamientos, epidemias, naufragios; maldades inauditas, filantropías prodigiosas; vertiginosas vueltas de la fortuna de un puñado de personajes pintorescos, que se extravían y reencuentran a cada paso en sus episodios con cierta artificialidad teatral que permite todo tipo de avatares a su elenco de protagonistas.&lt;br /&gt;Toda una variedad de mestizos, criollos y españoles; indios norteños (comanches) y mesoamericanos, asimilados a la civilización española o macehuales silvestres de etnias ignotas; arrieros, capataces o administradores y magnates; militares, diplomáticos, rebeldes alborotadores con fines de robo o contrabando; divas de ópera, catrines adoradores de las divas de la ópera; tahúres, ministros, gobernadores, políticos logreros, abarroteros, rateros y beatas.&lt;br /&gt;Una frutera bellísima e inteligente, medio cacica; una familia de rancherillos que pretende descender de Moctezuma II y reclamar del nuevo gobierno independiente todo el vasto imperio de aquel, sin excluir a los ínclitos volcanes; un conde colérico y un marqués manirroto; muchos puesteros, pepenadores, chaluperos, trajineros, hierberas milagreras, artesanos, atoleros, leguleyos, jueces, rancheros, criadas. Un amorío secreto entre una condesita y un militar, con casi dos décadas de aventuras rocambolescas de su ilegítimo vástago extraviado desde bebé. Un ebanista terriblemente criminal, como para competir con los Endemoniados de Dostoyevski. Criadas enterradas vivas en cofres llenos de onzas de plata y millonarios catalépticos que parecen resucitar cuando cae y revienta su ataúd durante el entierro. Un valiente periódico que sabe corromperse todo el tiempo por todos lados; la soldadesca de la leva y hasta las fieras y alimañas de la naturaleza salvaje.&lt;br /&gt;Es un cronista-titiretero, al mismo tiempo disparatado y convincente, de infernales tiraderos de basura, apestosas acequias, canales y lagos atareados y peligrosos, comilonas folklóricas suculentísimas; tianguis y ferias regionales (San Juan de los Lagos) más elaborados que el propio caos. Motines callejeros, caídas de ministerios, rebeliones; pleitos en cantinas; recauderías, hospicios, pasillos y antesalas gubernamentales, cárceles, tribunales y comisarías; charrerías y balacera. Asesinos devotísimos y curas expertos en escopetazos.&lt;br /&gt;Los bandidos de Río Frío ofrece duelos de oligarcas fanfarrones de capa y espada y plebeyos ladrones con caretas de cartón, como de teatro de la legua; heroínas delirantes de ópera, calcadas de la Lucia de Lammermoor: desmelenadas y aullantes, corriendo hacia ninguna parte entre los bosques en sus “arias de locura”; redes de espías y contra-espías desde la esquina del mendigo hasta el dorado despacho presidencial de Palacio.&lt;br /&gt;Así ajusticia la tropa a algunos bandidos:&lt;br /&gt;“Los soldados afanosos, riendo y contentos, como si se hubiesen sacado la lotería, pasaron unas reatas al cuello de aquellos cadáveres con los ojos todavía abiertos y vidriosos, y brotándoles sangre por una parte y por otra, los arrastraron hasta el pie de los oyameles, echaron en los brazos [ramas] más gruesos las reatas, tiraron del otro lado de ellos e izaron los cadáveres flexibles y descoyuntados, que se balanceaban y movían las piernas con el chiflón de viento que venía de cuando en cuando de las cañadas de la montaña” (p. 361).&lt;br /&gt;Un desfile judicial:&lt;br /&gt;“Al indio enmascarado lo sacaron arrastrando por los pies... Al salir del agujero tropezó la cabeza... con una piedra y se le rasgó más la herida profunda que le había hecho Pantaleona en el cuello. Siguieron tirándolo de los pies, y la cabeza monstruosa iba dando saltos al chocar con las piedras redondas de la calle. Así llegaron hasta donde estaban las escaleras [de palo, que servían de camillas]. Lo amarraron en una de ellas por los pies y por el pecho y lo recargaron contra la pared del patio. La cabeza, chorreando sangre todavía, colgaba y pendía de un pedazo de pellejo. En seguida sacaron al remero [otro cadáver] con los retazos de cachetes y de nariz colgándole, y empapado en agua sangrienta, lo colocaron y lo amarraron de la misma manera en la otra escalera y lo arrimaron a la pared junto al otro muerto... -¡Tápenlos bien donde se debe y amárrenlos fuerte, no se vayan a voltear en el camino; tengan cuidado con la cabeza del indio, que ya se le cae y es necesario que llegue entero al juzgado!... Delante, un piquete de soldados; en seguida, las dos escaleras con los muertos... Así caminaron por la Santísima, Santa Inés, la Moneda y costado de Palacio. El cadáver del remero iba dejando un rastro de agua sanguinolenta e infecta que chorreaba, que atraía a los perros callejeros que entraban y salían por entre la gente y las filas de los soldados, y que iban olfateando y se retiraban a poco, como con un visible disgusto, haciendo gestos y levantando las narices para que les entrase el aire y disipase los miasmas que habían respirado. La cabeza [del primero] tanto colgaba de un lado como de otro, siguiendo el movimiento y compás del menudo trote de los que cargaban la escalera; al fin, en uno de esos meneos lúgubres y amenazadores que asustaban y hacían retirar del balcón a las niñas curiosas que salían al escuchar el rumor insólito de la calle, la cabeza se desprendió del último pellejo que la sostenía y rodó por el suelo con una especie de violencia y de rabia, como si todavía tuviera vida y quisiese vengarse de Pantaleona. Enfrente al baluarte de Palacio se detuvo la procesión... La cabeza... fue perseguida en su fuga, agarrada por los cabellos erizos y cerdosos, colocada sobre la barriga del cuerpo con unos cordeles que le arrebataron a uno de los cargadores que estaban en la esquina...”, etcétera (pp.408-409).&lt;br /&gt;Una novela fundamentalmente regionalista (aunque con notas de pie de página para los lectores españoles) y periodística: asienta en el curso del relato que su principal interés no es ella misma, su historia, sino sólo rescatar al filo de la pluma, según buenamente vengan a la mente del autor, a tiempo o a destiempo, cuadros de costumbres que supone casi desaparecidas, propias de principios de ese siglo XIX mexicano, en los que campea el espíritu del periodista raudo y polémico, exagerado y sensacionalista, sentimental y sermoneador, efusivo de opiniones sobre todo tipo de disciplinas y asuntos.&lt;br /&gt;Pero a la vez con la gracia de un conversador probado que termina por ganarse con todo tipo de trucos al auditorio. Su modo de narrar, en opinión de Guillermo Prieto: “zurcía una leyenda fantástica, y llena de sal, de un estornudo, del alarido de un comanche o del suspiro de una monja desesperada”. Desde luego, tal magia no puede operar de manera continuada a lo largo de dos mil cuartillas a vuela pluma y se llena de paja, repeticiones, chistes, comentarios digresivos. Acaso ni el propio autor tuvo siempre claras la extensión ni la arquitectura de su obra, y se limitaba a enviar a su editor buenamente capítulo tras capítulo, a fin de que se fueran publicando y vendiendo por entregas. Temía no vivir lo suficiente para terminarla.&lt;br /&gt;No falta quien lo haya definido como un escritor-archivo (Alejandro Villaseñor): en sus novelas y relatos siempre encuentra la manera de ensartar coloridamente hechos de su tiempo y fragmentos extensos de sus propias Memorias (CNCA). Por otra parte, el supuesto corresponsal tan parecido a Prieto, así como Luis González Obregón (en su prólogo de 1928) y José Lorenzo Cossío trataron de identificar a las personas en que se inspiraban algunos personajes de Los bandidos de Río Frío. Aunque Payno permite todas las libertades a su imaginación guasona, siempre de algún modo reportea: de suerte que tenemos un archivo en parte real y en parte mágico.&lt;br /&gt;Y tal vez debamos a esa magia, a esas bromas y exageraciones, a su tendencia de sobrecargar incluso lo macabro y lo chusco, el que se tomen tan de buena gana descripciones del México de su tiempo que –semejantes en los datos básicos- hemos olvidado en los libros más sobrios de otros autores, incluso en otras obras menos desmesuradas del propio Payno.&lt;br /&gt;La magia funcionó. A pesar de que durante el siglo XX predominó una crítica severa a las facilidades discursivas e imaginativas del XIX, y de que tanto los tradicionalistas como los vanguardistas abominaron de la “escritura fácil” o charlatana y de las tramas chuscas, simplonas o teatrales, muchas generaciones de lectores, estudiosos e incluso novelistas modernos (Mariano Azuela) han perdonado de inmediato, casi ni siquiera las han tomado en cuenta, las múltiples ofensas literarias y novelísticas del terco autor démodé, folletinesco a destiempo, de lectura tan fatigosa y a ratos exasperante. Se quedan con el populoso panorama –crónica, fantasía y farsa a la vez- de la vida popular de las primeras décadas del México independiente: de su memorioso archivo mágico, teatralizado, casi carnavalesco, con fondo lamentable o macabro pero en un estilo frecuentemente jocoso.&lt;br /&gt;El mamotreto “ilegible”, “descabellado”, “eterno”, ha recibido una estimación escolar y popular sin interrupciones, como ha ocurrido también con algunas novelas de Riva Palacio. Por caduco y desmesurado que resulte el sistema del folletín, les permitió a ambos un despliegue de la materia narrativa y un registro de la realidad social –incluso del habla y las costumbres- mayores que otros géneros novelísticos más prudentes y circunspectos. Se diría que el propio exceso folletinesco, en su libertinaje teatral, en su desbocada facilidad expresiva, en su cúmulo de licencias, protege y preserva de alguna manera la esencia social e histórica que estos dos novelistas atraparon en sus redes artificiosas. Hay que añadir su célebre habilidad como conversadores. Por lo demás, no es casual que ambos novelistas, y especialmente el viejo Payno de Los bandidos del Río Frío, hubiesen sido protagonistas de sus tiempos y conociesen su país al detalle: el folletín les permitió desbordar, pero a borbotones, su conocimiento abundante y auténtico de la antigua sociedad mexicana.&lt;br /&gt;Así, no es fortuito, para señalar uno entre muchos asuntos, que precisamente el exministro de Hacienda Payno narre tan convincentemente cómo se falsificaba la moneda, se introducía el contrabando; se fabricaban joyas nuevas con las piedras preciosas desmontadas de joyas antiguas robadas; cómo se lavaba dinero, se defraudaba en los casinos, se filtraba la información sobre la circulación o el escondite de las riquezas. O bien cómo ciertos hacendados astutos (Escandón, los Peña) preferían entenderse amistosamente con bandidos “honrados” a que los protegiera bárbara y catastróficamente el “buen gobierno”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LA TRADICIÓN DE LA NOSTALGIA&lt;br /&gt;Sobre el talento propiamente novelístico –la invención de personajes, tramas y episodios; el discurso narrativo- predomina en Payno el genio periodístico de la crónica y la caricatura (de Daumier o Iriarte a ciertas prefiguraciones de Posada). Ciertas convenciones del folletín tuvieron que imponerse: por ahí aparece un presidente idealizado (nada menos que Santa Anna, pues se trata de representar la Autoridad Suprema de la Nación), o un viejo Juez Incorruptible y Angélico (Don Pedro Martín de Olañeta), ya que de otro modo nadie desataría los nudos espeluznantes de los Malditos.&lt;br /&gt;Sabemos que Payno no juzgaba tan maniquea ni tan mesiánicamente los embrollos de sus tiempos, pero el género folletinesco exigía tales convenciones de tramoya; así como la inocente, lírica locuacidad erótica ante ciertas heroínas (Casilda, Cecilia, Lucecilla). El folletín se proponía excitar eróticamente al lector mediante la reiteración infinita y directa de sus exuberancias; acaso el novelista juzgó que ahorrarse algo de sus encendidos piropos tan reiterados iría en detrimento de la historia. La economía, la oportunidad y la perspectiva de los recursos narrativos serían una lección de autores posteriores.&lt;br /&gt;Novela “naturalista, humorística, de costumbres, de crímenes y de horrores”. Así la quería, como cuarenta años antes; además, sin “pasar los límites de la moral y de las conveniencias sociales, y que sin temor podrá ser leída aún por las personas más comedidas y timoratas” – asegura a fin de no limitar su mercado popular, aunque en realidad no se autocensura demasiado: insinúa socarronamente cuanto le viene en gana, especialmente en cuestiones eróticas (incluso alguna fantasía necrofílica con mención del Marqués de Sade y todo). De hecho, resulta un poco voyeur en ciertos episodios de baño o cuando quedan desnudas las damas asaltadas.&lt;br /&gt;El afortunado título no lo escogió Payno. Él pretendía algo más general: las “Cosas de otro tiempo”, que sugiere el supuesto corresponsal anónimo, un “largo estudio de las costumbres mexicanas”, como dice él mismo (p. 544). Quería ofrecer no una mera sucesión de asaltos a diligencias, casonas y haciendas, sino todo un cajón de sastre del pasado santanista. El editor encontró más comercial la referencia a los temidos bandidos de Río Frío, a quienes, de hecho, no vemos entrar en acción sino ya que ha transcurrido una tercera parte del intimidatorio novelón “inacabable”, como lo califica el propio autor.&lt;br /&gt;Payno se demora en personajes de casi dos décadas que de alguna manera terminarán en bandidos o tuvieron relación con ellos, obsedido por su gran tema circular: la persecución y el castigo oficiales del crimen suelen ser administrados por los propios criminales. Cuando parece que la justicia “ahora sí” funciona, sólo se trata de un montaje de farsa macabra (con ajusticiados inocentes, azarosos) para disfrazar con mayor eficacia la delincuencia organizada desde las cúpulas. No ha perdido actualidad el argumento central, tomado de la nota roja más sonada de 1839: la más temida banda de criminales del país en esa época, apoderada de los montes boscosos de Río Frío (y en realidad de buena parte de la nación), desde dónde cómodamente asaltaba las diligencias del principal camino del país (México-Puebla-Veracruz), estaba astuta y documentadamente dirigida desde el propio Palacio Nacional por un coronel muy bien situado en los altos mandos del régimen de Santa Anna: Juan Yáñez, a quien Payno hace llamar Relumbrón -y quien por cierto aparece de pronto en Panzacola, por Chimalistac, como recurso emergente de prestidigitador, hasta el último tercio de la novela, para reanimar la trama extenuada.&lt;br /&gt;De hecho, este cripto-bandido oficial o presidencial obsesionó a toda la generación de Payno y dio lugar a una variada bibliografía; ya cuarenta años antes de Los bandidos de Río Frío, en 1851, Pantaleón Tovar lo había trabajado en Ironías de la vida –título que por cierto Payno retoma, como un guiño, en uno de sus capítulos-; según testimonio de Altamirano, también Tovar buscaba que la trama sólo fuese un pretexto para pasearse por el bullicioso laberinto popular de México a la manera de Los misterios de París.&lt;br /&gt;Estorba un tanto al armatoste folletinesco, tan populoso y extravagante que le conviene al lector ir tomando nota, al margen, de los datos de los principales personajes y enredos, pues todo se revuelve a cada capítulo. Pero la perspectiva desoladora de una sociedad entera prácticamente desgarrada y enfangada en la picaresca, la truhanería, la indigencia y el llamado de las cavernas (v. gr.: sacrificios humanos de bebés a la Virgen de Guadalupe) habla mucho del país real que surgió de las guerras de Independencia. Esa sociedad harapienta, pulquera y cuchillera, jalonada por la barbarie y la superstición, el horror y el desmadre, que trataron de civilizar desde cero los liberales, así fuesen los liberales heterodoxos, “tibios” o “traidores” (como se llegó a acusar a Payno durante las guerras de la Reforma y el Imperio): “esa especie de barbarie que todos toleran y a la que se acostumbran los mismos individuos a quienes daña” (prólogo). Un México delirante, sanguinario y cómico, en el fondo inmune a los cambios históricos o ideológicos, que anticipa muy claramente los paisajes y personajes de las revoluciones y revueltas del siglo XX (Guzmán, Azuela, Rulfo; las películas del Indio Fernández...)&lt;br /&gt;Manuel Payno temía que el desarrollo porfiriano y los ferrocarriles hubiesen modificado tanto el panorama, como para ya no reconocerlo: “Tenemos que repetir a cada momento que México, en un período de diez años [1880-1890], ha cambiado de una manera tal que el mismo autor de esta obra, ausente hace años, si regresase creería que era otra nación distinta”. En realidad el lector mexicano actual lo reconoce no pocas veces al detalle, aun o sobre todo en el melodrama y el esperpento, y hasta con guiños familiares y risillas nerviosas -qué pena pero qué risa-; y hasta se siente convocado a la nostalgia por la “patria espeluznante” que dijera López Velarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LOS CUENTOS DE AMADO NERVO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NERVO Y LOS FILISTEOS&lt;br /&gt;De la misma manera que su poesía, la prosa narrativa de Amado Nervo (1870-1919) representa un afanoso compromiso entre el exigente arte modernista y las restringidas luces del público al que el autor se dirigía en los últimos lustros del siglo XIX y los primeros del XX.&lt;br /&gt;Era un público mayoritariamente femenino, con escasa escolaridad pese a sus pretensiones de mediana o mayor riqueza, a caballo entre la cultura católica más tradicionalista (provinciana, pacata, conservadora) y las novedades escandalosas de la cultura francesa del fin de siglo (positivismo, sensualidad, diabolismo, espiritismo y teosofía, lujos y leyendas orientales, adulterio y amor libre: “decadentismo”), introducidas por el periodismo literario y las novedades editoriales importadas de París.&lt;br /&gt;La obra de Nervo es muy vasta y variada, a pesar de su muerte temprana, hacia sus cincuenta años (su angustia ante la Revolución Mexicana y la Primera Guerra Mundial, así como algunos desgastes, enfermedades y desgracias personales parecen envejecerlo desde los cuarenta años: cuesta trabajo aceptar que sus fastidiosos poemas de acedía y resignación a la Nada, sus “muero porque no muero”, sus despedidas del mundo -“¡Vida nada te debo, Vida estamos en paz!”- y sus verbosos desagrados de la carne fueron escritos por un hombre todavía bastante joven), y ofrece argumentos para todo tipo de tesis.&lt;br /&gt;Su conjunto, sin embargo, señala a un autor mucho menos “heroico” (en el sentido de combatir la cultura tradicional) o radical que Darío, Lugones o Tablada, y mucho más preocupado por agradar a su público. Suele ser menos “raro”, menos exótico, menos esteta que otros modernistas; se acerca más a las ideas comunes en su época de la religión, de las buenas costumbres, del patriotismo, de los sentimientos meramente románticos, incluso de las modas: automovilismo, deportes chic, cine mudo, subconsciente, trastornos psíquicos, espiritismo. De hecho, abjuró en su última década incluso de los rasgos estetizantes de su juventud modernista, en busca de un estilo más simple y de un pensamiento más acorde con el de la clase media hispánica. Abjuró de las “extravagancias”, diabolismos y “mallarmeísmos” modernistas (como se ve en muchos de sus ensayos críticos, especialmente en Juana de Asbaje, 1910), y con ello de casi todo su arte literario, en busca de una dudosa “elevación” metafísica expresada en los términos más llanos y fáciles.&lt;br /&gt;Dice bien Manuel Durán en el prólogo regular a su mala selección de Cuentos y crónicas de Amado Nervo (UNAM, 1971): “Nervo escribe, pues, no sólo para los iniciados, sino también para los filisteos”. (“Filisteos” es un anglicismo para “burguesotes”; Nervo los llamaba “emburguesados”.) No lo hizo por mera inmoralidad o venalidad –a pesar de sus enormes éxitos literarios, de sus comisiones periodísticas (financiado por Rafael Reyes Spíndola, de El Imparcial) y educativas (gracias al ministro Justo Sierra, previo acuerdo con Porfirio Díaz) y de sus puestos diplomáticos (con Carranza), ganaba poco y vivió casi en la pobreza-, sino por la ambición de ser un escritor profesional, un escritor con público, y no un anacoreta estético (aunque como tal guste posar en sus poemas).&lt;br /&gt;Esa ambición exige rendir grandes concesiones a los prejuicios y modas del público, como lo vemos en casi cualquier autor “de arrastre” de nuestro siglo. La moralina católica y el pacato, mustio decentismo pequeñoburgués, pesan más en Nervo que en cualquier otro gran escritor mexicano, López Velarde incluido. Hasta en el Nervo más osado hay todo un minucioso reglamento de buenas costumbres, un protocolo del comme il faut. Es también un efusivo adulador de los poderosos y los potentados.&lt;br /&gt;En sus artículos críticos, representa con frecuencia el papel de un malhumorado prefecto conventual que se impacienta y regaña ante cualquier inquietud, cualquier travesura: quiere, por ejemplo, que los gobiernos ¡prohiban oficialmente las zarzuelas, tandas y sketches del “género chico”, porque corrompen las costumbres y el idioma! ¿Quiénes conformaban los gobiernos hispanoamericanos hacia 1910? Casi puros tiranos terribles.&lt;br /&gt;De ahí que haya resultado, especialmente en su poesía, pero también en ciertas narraciones, ensayos y artículos, uno de los autores más populares de su época en toda Hispanoamérica. Y expurgando algunos textos temerarios, por lo general poco divulgados, como los seleccionados por Pacheco en su Antología del modernismo, devino uno de los poetas más “convenientes”, más aprobados por padres de familia, curas y maestros de escuela. (En tal sentido, como el poeta que se portaba muy bien y rezaba con constancia y devoción, salvo deslices perdonables, lo elogia el padre Alfonso Méndez Plancarte en el prólogo a sus Poemas completos). Hasta la fecha, según afirma Luis Miguel Aguilar en su Poesía popular mexicana, representa el autor que mayor cantidad de poemas ha legado a nuestra memoria popular... y a la declamación en ceremonias y medios de comunicación, al estudio en las escuelas primaria y secundaria tanto clericales como oficiales. (Por lo demás, Nervo defendía precisamente ese tipo de poemas como parte esencial de la educación pública, como se ve en los “informes” sobre los sistemas educativos europeos que rendía al ministro Justo Sierra: fue pues ejemplarizante, sermoneador, oratorio y didáctico adrede).&lt;br /&gt;Por ello mismo, al menos desde los años veinte, Nervo empezó a resentir el desprecio de los pequeños sectores más ilustrados y modernos del público, y por supuesto de los nuevos escritores. Chocaban su frecuente chabacanería, sus golpes de pecho frente a unas trenzas de mujer, sus poemas que casi o sin el casi imitaban plegarias u oraciones religiosas, su simplismo expresivo y mental. Sus bodas “blancas” de Baudelaire con Ripalda. (Entre indignado y lastimero, dio acuse de recibo a estos reproches desde 1910, en un párrafo de Juana de Asbaje.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL BACHILLER&lt;br /&gt;Siempre se ha sabido, sin embargo, que hay varios Nervo; que tiene textos difíciles e inteligentes, de notables audacias culturales y estéticas. Uno de estos “otros Nervo” es el narrador de muchos cuentos y “novelas”, en realidad relatos largos, como “El bachiller”, “El donador de almas”, “Pascual Aguilera”, etcétera.&lt;br /&gt;Aunque estos cuentos también se dirigen principalmente al gran público (con frecuencia se publicaron en revistas, periódicos y ediciones importantes), y no a minorías muy avanzadas, muestran a un Nervo más complejo, culto y divertido que el de los poemas famosos. Trata de ser libertino, espiritista, diabolista, sarcástico, decadentista y algo “inconveniente”. Todo un mundo sensorial y mental, que se interesa incluso en la ciencia y en la ciencia ficción (una operación quirúrgica concede al paciente la posibilidad de ver el futuro, lo que le echa a perder la vida, en “El sexto sentido”).&lt;br /&gt;“El bachiller”, por ejemplo, narra la aburrida historia del seminarista que se debate entre la castidad y el deseo de mujer, sólo que se resuelve con un final desaforado: el seminarista trata de escapar de su conflicto con el recurso del teólogo Orígenes: la castración. Pero a diferencia de otros modernistas, que encontrarían en la mutilación de los genitales una gran oportunidad para muchas “misas negras” (dirigidas al deleite exclusivo de iniciados, en revistas y libros marginales), Nervo recuerda que está escribiendo para un amplio público asustadizo, y narra elípticamente el hecho. Tenemos al seminarista asaltado por los besos de la mujer deseada:&lt;br /&gt;“Había caído de sus rodillas, con sus ropas, el cuaderno que leía, y la palabra Orígenes, título del capítulo consabido, se ofreció a un punto de su mirada. Una idea tremenda surgió entonces en su mente... Era la única tabla salvadora... Asunción estrechaba más el amoroso lazo y dejaba su alma en sus besos. El bachiller afirmó, con el puño crispado, la plegadera, y la agitó algunos momentos, exhalando un gemido. Asunción vio correr a torrentes la sangre...”, etcétera.&lt;br /&gt;“El bachiller” fue uno de los primeros escritos famosos de Nervo, y acaso el único que atizó el escándalo público en quien se creería ahora el menos escandaloso de nuestros autores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AVES DEL PARAÍSO&lt;br /&gt;A caballo pues entre las audacias de la nueva cultura francesa y del más radical modernismo hispanoamericano, por una parte, y la cultura social (parroquial y espesa) de su público, por la otra, Nervo publicó miles de páginas. Es mucho más abundante su prosa que su poesía (de cualquier modo muy voluminosa, especialmente en la última década, cuando dijo que sólo deseaba el silencio). E indudablemente mejor, aunque la memoria popular haya privilegiado durante un siglo una veintena de sus poemas más religiosos, patrióticos o románticos.&lt;br /&gt;Mucho le ayudaron, en México, el canto a los héroes; y en el extranjero, la tragedia lírica de su viudez, como el Orfeo en busca de La amada inmóvil, así como sus pretensiones de filósofo popular, al mismo tiempo católico y budista: buena parte de los poemas de su última década son lecciones simplificadas de filosofía estoica, indostana y cristiana para el lector sencillo que no podía descifrar tratados.&lt;br /&gt;“Mejor” la prosa, porque en relatos y crónicas Nervo se siente más libre y encuentra mejores oportunidades de desarrollar sus preocupaciones e intereses intelectuales y estéticos. No iban a ser necesariamente memorizados por las señoritas de buena sociedad, quienes de cualquier manera se asomarían a ellos, por lo que habría que tenerles cierta consideración, pero limitada. En muchos de sus poemas, en cambio, jamás se apartaba de su vista, en primer plano, el inmenso coro de escolares o señoritas de buena sociedad a punto de memorizar “un nuevo poema de Nervo” para la próxima ceremonia o tertulia. Quizás aspiró también, en su última etapa, a compartir el prestigio de los devocionarios, de los Ejercicios espirituales o La imitación de Cristo de Kempis: escribir poesía de edificación devota. Lo logró durante muchos años.&lt;br /&gt;La verdad es que, a pesar de todo, siempre resulta un escritor excelente. El don de la lengua literaria se le dio con esa naturalidad abundante y precisa, casi biológica, que vemos en Reyes o en Paz. Así como le fluye, límpida y memorable, la versificación, deja correr la prosa con una musicalidad y una exactitud sorprendentes, incluso o sobre todo cuando escribe de prisa y sobre casi nada, en crónicas y artículos. Sencillamente no sabe escribir mal:&lt;br /&gt;“Para escribir un artículo no se necesita más que un asunto: lo demás... es lo de menos. Hay en esto del periodismo mucho de maquinal. Lo más importante es saber bordar en el vacío, esto es, llenar las cuartillas de reglamento con cualquier cosa. El periodista que es hábil en su métier [oficio], de nada, como Dios, hace un mundo de artículos... Prometedme un asunto diario, y en nombre de mi conocimiento del ‘oficio’ os prometo un artículo diario; advirtiendo que no se necesita un gran asunto. Dénmelo ustedes mediano, grande o pequeño, que el artículo saldrá... Desplúmese, por curiosidad, un ave del paraíso, y véase lo que queda. Así, exactamente, son muchos artículos de esos que divierten y aun encantan: aves del paraíso multicolores. Arranquen ustedes las plumas y hallarán... nada entre dos platos”.&lt;br /&gt;Lo dicho: como si nada, al correr de la pluma, “aves del paraíso multicolores”. Tal es la prosa de Nervo, y el placer de su lectura, intenso frente a la página, y luego difícil de explicar o analizar en un comentario crítico. Su gran tema es su gran lenguaje. Y cuando hay que “fusilarse” parcialmente otra obra, lo hace con toda tranquilidad, sin correr el trámite de mencionar la fuente: que el lector enterado disfrute el juego; así, por ejemplo, retoma el fusilamiento trucado de Tosca, y con título y todo “La novia de Corintio” de Goethe. Hay muchos préstamos de Verne y Wells en sus incursiones de ciencia ficción aplicadas a la conciencia humana, a los viajes en el tiempo, a la inmortalidad, a existencias o personalidades múltiples o paralelas.&lt;br /&gt;Resulta uno de los prosistas de su tiempo que menos ha envejecido, acaso por esa inestable distancia hacia el lenguaje preciosista del modernismo, por esa relativa fidelidad al habla común del público (como publicaba mucho en España, su prosa se llenó de españolismos, como los “magüer” o los “la habló, la dijo”); por su deseo de claridad y de amenidad: por su compromiso parcial con el público “filisteo”, que le impidió las extravagancias estetizantes del modernismo que muy pronto pasaron de moda. No suena hoy tan fechado como el Azul de Rubén Darío o La guerra gaucha de Lugones.&lt;br /&gt;Como estos autores, sin embargo, influyó más en el verso que en la prosa por su extraordinario oído para el metro y su empeño y su facilidad para reciclar y combinar todos los metros conocidos en la versificación española y algunos de otras lenguas romances; tanto más si se considera que fue el modernismo hispanoamericano el último momento en que la poesía castellana otorgó prioridad a la música: al metro, al ritmo y a la rima, disciplinas en que Nervo resultó un artífice prodigioso. Después de él, el culto de la-metáfora-por-la-metáfora-misma tiranizó la poesía, como se observa ya en sus sucesores inmediatos: Ramón López Velarde y Alfonso Reyes. Lo mejor de Nervo era la suntuosidad sonora; de ahí la pobreza de los poemas últimos en que se despojó de la artesanía del metro.&lt;br /&gt;Su periodismo –“aves del paraíso, fuegos fatuos”- es aun mejor, a ratos, que la prosa de los cuentos, y revela al hombre cultísimo (Zola, Mallarmé, Wagner, Nietzsche, William James, Bergson, D’Annunzio, Maeterlinck, Francis Jammes, H. G. Wells, incluso Picasso y Eldgar) que intenta esconder en la mayor parte de su poesía “simple”.&lt;br /&gt;El prosista formidable, hoy en día sólo para iniciados, es uno de los “otros Nervo” que el lector puede encontrar en las Obras completas, Ed. de Francisco González Guerrero y Alfonso Méndez Plancarte, con sendos ensayos preliminares (Editorial Aguilar). (Entre los estudios de su obra está el clásico de Alfonso Reyes: Tránsito de Amado Nervo, en sus Obras completas, Fondo de Cultura Económica; y la revisión académica de Manuel Durán: Genio y figura de Amado Nervo, Buenos Aires, Eudeba, 1968).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL DONADOR DE ALMAS&lt;br /&gt;“El donador de almas” figura como uno de sus relatos más risueños. Entreveo en esta broma astrológica y hasta cabalística la sonrisa “zumbona” de Anatole France (que se delata aún más claramente en “El ángel caído”). Es uno de los varios relatos espiritistas, que incluso podríamos llamar fantásticos, erigiendo así a Nervo en un caso raro dentro de una literatura, como la mexicana, tan sometida al realismo.&lt;br /&gt;Un hombre, médico de profesión, se enamora del alma de una mujer. La mujer está físicamente recluida en un convento, pero cae dormida y su alma escapa y va a enamorarlo. El hombre la entretiene un día demasiado, de modo que el cuerpo de la recluida muere en el convento, y queda el alma flotando en el espacio, urgida de otro cuerpo en qué sustentarse, o se desvanecerá sin remedio. No hay cuerpo a la vista donde alojar al alma amada y desesperada. El hombre le ofrece entonces la mitad de su cerebro.&lt;br /&gt;¡Por fin se consuma el Arquetipo! El Andrógino platónico, el Hermafrodita original, el hombre-mujer, la pareja en una sola entidad, la unión perfecta. Pero empiezan a aparecer ciertos inconvenientes: por ejemplo, la tentación de realizar físicamente ese amor, pero en un solo cuerpo. El “místico” Amado Nervo se encuentra en el brete de narrar estas “dos almas en un solo cuerpo”, que se regodean en la vulgar e innombrable masturbación. Habrá que contarlo todo con prudencia y elipsis. A Nervo nunca le falta ingenio:&lt;br /&gt;“No hay manera de expresar el contentamiento y deleite de los dos hemisferios del cerebro del doctor. ¡Se amaban! ¡Y de qué suerte! ¡Como a nadie que no sea Dios le ha sido dado amarse en toda la extensión de los tiempos y en toda la infinidad del Universo mundo! ¡El doctor era, en efecto, como un dios! ¡Se amaba de amor a sí mismo! [...] Cierto, algunas veces, tales y cuales miserias fisiológicas ruborizaban al doctor por ministerio de su semicerebro”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NARRACIONES Y POEMAS EN PROSA&lt;br /&gt;El Nervo narrador gravita en torno a Maupassant (v. gr. el adulterio como surtidor de diversiones, en “Una mentira”), a Anatole France, y hasta, por desgracia, a Paul Bourget (la manía de “psicologizar” a sus personajes, mediante meros juegos de palabras, algo pedantescos).&lt;br /&gt;Pero es un conversador fascinante y humorístico. No se adivina tal vocación por la travesura, los juegos impropios, las ironías libertinas en sus “tan sentidos” poemas. Por ello gana en los relatos largos. Cuenta incluso con relatos históricos: “Mencía”, en ciertas ediciones titulado “El sueño”, que es al mismo tiempo un juego calderoniano sobre el trueque de sueño y realidad, un viaje al pasado o desde el Toledo del Greco y Felipe II al siglo XX, y un alarde de erudición y virtuosismo en filología y cultura hispánicas; con curiosas invenciones de algún Mefistófeles dedicado al bien como “acto gratuito” (“El diablo desinteresado”); con apologías del peligro como “El diamante de la inquietud”, donde se postula que toda la dicha humana reside en su precariedad: el goce seguro y durable no constituye felicidad alguna, sino ennui, spleen; y extrañas incursiones en los terrenos de la personalidad o conciencia doble o múltiple (“Amnesia”).&lt;br /&gt;En los relatos largos, que llama novelas pero que son cuentos que el lector alcanza cómodamente a disfrutar de una sola sentada, puede permitirse todo tipo de ires y venires verbales; y se desvanece un tanto en los cortos (Cuentos misteriosos, así como “poemas en prosa” dispersos en varios títulos misceláneos), más restringidos a la viñeta simbólica o fabulesca, más próximos a sus poemas, o las parábolas de un Nietzsche, de un Tagore, de un Gibrán Jalil Gibrán, de Pierre Louys, o del Gide de Los alimentos terrestres, con sus aires de profundidad a ratos dudosa mediante enigmas preciosistas.&lt;br /&gt;“Prosas poemáticas”, dirían los académicos cursis. Son las que Manuel Durán, pasándose de listo, privilegia en su fastidiosa “antología” de Cuentos y crónicas de Nervo, que parece compuesta adrede para ahuyentar a los lectores. Error: Nervo es mejor narrador cuando poetiza menos: cuando construye anécdotas y crea personajes enteros, y trama, describe y bromea sobre material menos lírico o simbólico. Como en tantos simbolistas y surrealistas, también en él la “prosa poética” se antoja a ratos una forma pretenciosa de la charlatanería espiritualoide. Also sprach Nervo. (“Metafisiqueos” la llamaba él mismo.) Y por lo demás, no la necesita en cuanto narrador: sabe contar muy bien una historia propiamente dicha, y tiene una decena de relatos largos excelentes. Queden las parábolas y viñetas simbólicas para su poesía “espiritual y profunda”.&lt;br /&gt;De cualquier modo, en todos sus textos narrativos, como en sus artículos y crónicas, fluye numeroso y feliz el genio de la lengua, como no se había visto antes en la literatura mexicana, salvo Gutiérrez Nájera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PASCUAL AGUILERA&lt;br /&gt;“Pascual Aguilera” me parece el relato más logrado. Sus escenas rancheras asombran por su facilidad. Retratos al natural precisos y rápidos. Se acercan al ideal, tan buscado en el siglo XIX, de narrar como idilio la vida de un rancho o de una hacienda. Aquí se permite Nervo dos momentos escabrosos.&lt;br /&gt;Ha muerto el hacendado, dejando como herederos a un muchacho de incontrolable lujuria y a la viuda devota, aún joven, su madrastra. Como un anticipo de Allá en el Rancho Grande, el chamaco hacendado trata de arrancarle la primicia a una preciosa ranchera que está a punto de casarse con un trabajador de la hacienda. La muchacha se defiende y salva su honor, pero luego, recordando los forcejeos furiosos del fallido violador, conoce a solas su primer orgasmo, en plenas vísperas de su boda:&lt;br /&gt;“Refugio volvió a la cama y se echó en ella sollozando. Diría todo a Santiago [su novio]... Pero no se lo dijo. ¿La hubiera él creído ilesa? Ya libre de todo riesgo, sola ya, su carne se rebeló empero de un modo extraño, y el recuerdo de la brutal audacia que estuvo a punto de hacerla víctima, fue un excitante poderoso. Si en aquellos momentos hubiera vuelto Pascual, habríala poseído. Sus deseos indefinidos de virgen tumultuaban por el brusco sacudimiento despertados... Las repugnancias que Pascual le inspiraba desaparecían. Continuaría odiándole mañana, mas ahora le deseaba; revolcábase en el húmedo lecho, dolorida y anhelosa, paseando por su cuerpo las manos temblorosas con suaves e inconscientes caricias. Y aquella noche Refugio tuvo la primera revelación del amor...”&lt;br /&gt;El novio de la chica era un ranchero fornido, guapote, casi Tito Guízar. No había modo de enfrentarlo físicamente. La viuda virtuosa, además, se interponía como la fiel protectora de Refugio. Pascual Aguilera debió asistir, impotente y pálido, a toda la boda ranchera, minuciosa y magníficamente narrada, con platillos regionales, jaripeos y jineteadas, jarabes y zapateados.&lt;br /&gt;Pero en la noche, desde su ventana, Pascual divisó la cabaña semialumbrada donde se consumaba la boda; y fuera de sí, rabioso de lujuria y despecho, loco y ciego, asaltó a la única mujer a la mano: la viuda virtuosa, su madrastra. No le quedó a Nervo otro recurso, después de este arrebato, que matar al lujurioso, quien sucumbió en cuanto consumó sus furias nada menos que por toda “una hemorragia cerebral con inundación ventricular, ocasionada por alguna intensa conmoción fisiológica debida a la histeria mental”, y dejar a la viuda llorando a mares en el confesionario.&lt;br /&gt;Probablemente Amado Nervo jamás escapará de los emblemas, tan simplotes y tan queridos, de la veintena de poemas popularísimos que toda Hispanoamérica ha memorizado y declamado durante un siglo. Pero en sus gruesas Obras completas nos aguardan los “otros Nervo”, sorpresivos y estimulantes. Menos devotos y sermoneadores. Menos recitadores de Kempis. Con menor turismo teosófico. Menos cerradores de ojos ante la vida por “miedo de amar con locura, de abrir mis heridas que suelen sangrar”. Menos llorón o azucarado y más capaz de sonrisas y hasta de carcajadas mefistofélicas. Mucho más complejo y terrenal. En su prosa no aparece tanto ese “melancólico caballero del Greco”, como pretendía definirlo Tablada, sino un jocundo aventurero de muchas vidas.&lt;br /&gt;Se alza, sin duda, como uno de los autores más dotados de toda nuestra historia literaria. Acaso ya sea tiempo de que la opinión culta le levante el castigo o el ninguneo con que se le ha cobrado su desmesurado, ciertamente abusivo, éxito popular. Pocas veces la lengua castellana se ha visto más rica y feliz en México que en los variados escritos, desde luego siempre sujetos a polémicas parciales, de Amado Nervo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿POR QUÉ NADIE LEE LAS MEMORIAS DE PANCHO VILLA?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde su aparición ruidosa y polémica, se supo que dos novelas de Martín Luis Guzmán (1887-1976), El águila y la serpiente (1926 en El Universal, 1928 en libro) —más bien, una colección de vigorosas estampas épicas y trágicas de la Revolución— y La sombra del caudillo (1929) —el relato de las vendetas del poder posrevolucionario en la época de Obregón y Calles—, se erigían no sólo como obras superiores de la narrativa en castellano, sino como títulos de interés mundial: fueron apreciadas en sus traducciones inglesa, francesa (por Gide, por Malraux), alemana, italiana (por Sciascia).&lt;br /&gt;Quedó para los enterados y los exigentes la ponderación de Muertes históricas (escritas en 1938, publicadas en forma de libro en 1958) —los relatos de cómo murieron Carranza y Porfirio Díaz—, en las que hay quien ve el mejor momento de la prosa directa, clara, precisa y aguda —dramática y severa, noble y majestuosa—, capaz de impresionantes efectos con una extremada economía de recursos, de Martín Luis Guzmán. Tal paralelo fúnebre entre dos héroes culmina la semejanza, que sus contemporáneos formados en “la afición de Grecia” señalaron, entre el novelista mexicano y el historiador clásico Plutarco, el de Vidas paralelas.&lt;br /&gt;En cambio, el desconcierto predominó desde el principio, cuando en 1936 empezaron a publicarse las Memorias de Pancho Villa, los domingos, en El Universal (la mayor parte del texto actual apareció en los cuatro volúmenes de Editorial Botas, entre 1938 y 1940; y sólo una última sección se añadió en 1951 a la edición definitiva). Hubo quien consideró esta obra como un monumento literario sin equivalente en el mundo y exigía para Guzmán, sobre todo por ese libro, el Premio Nóbel (recuerdo al cuentista caribeño José Luis González); y quienes la consideraron un mamotreto indigerible o un monumento propagandístico obsesivo, muralístico. Nadie le creía a Ermilo Abreu Gómez (para entonces completamente desprestigiado, después de tanta pifia) que él sí lo hubiera leído “completo”.&lt;br /&gt;El resto de sus libros ha tenido escasa repercusión (La querella de México, Mina el mozo, Filadelfia, paraíso de conspiradores; Islas Marías, Academia, Crónicas de mi destierro, Necesidad de cumplir las leyes de Reforma, etcétera). Se diría que la obra de Martín Luis Guzmán, la cual incluye el periodismo, el ensayo político, la biografía, la crónica cultural (incluso, pioneramente, de cine), se concentra en aquellos dos títulos afortunados, emitidos uno tras otro, cuando el autor andaba sobre los cuarenta años; y que el resto pende como un voluminoso apéndice de ellos, salvo las antológicas Muertes históricas y las misteriosas Memorias de Pancho Villa, de finales de los años treinta.&lt;br /&gt;Incluso se permitió la boutade de titular todo un libro Otras páginas, como si aceptara que las verdaderas eran aquéllas, en las que su misión de autor se cumplía oportunamente, de una buena vez; de hecho, escribió obras poco ambiciosas después de 1940, durante las últimas cuatro décadas de su vida, en las que se dedicó al periodismo (su revista Tiempo, aunque oficialista, fue modelo de profesionalismo informativo de 1942 a 1977), a las empresas culturales privadas (su cadena de Librerías de Cristal, su editorial Empresas Editoriales, S. A,) y a la política (director de los Libros de Texto Gratuito, senador).&lt;br /&gt;Su trayectoria anterior es conocida: Miembro del Ateneo de la Juventud, político maderista, revolucionario villista, periodista en Estados Unidos y España durante sus exilios en las épocas de Carranza y Calles; participó, asumiendo brevemente la nacionalidad española, en el gobierno español republicano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;Desde los años cuarenta las Memorias de Pancho Villa fue un libro fácilmente localizable en hogares ilustrados: era un buen regalo, y un detalle patriótico, como los cinco tomos de México a través de los siglos. Pero sus ejemplares se mantenían intonsos, sólidamente vírgenes, inertes, inmunes a la lectura y aun a la curiosidad, con garantía a prueba de lectores. Nadie pasaba de las primeras páginas, ni para ganar una apuesta.&lt;br /&gt;Eran motivo más bien de guasas, por su obesa y alarmante apariencia. ¡Mil cerradas páginas sobre las “memorias” de Villa! ¿Nomás para competir con los 8 mil kilómetros en campaña de Obregón? Vasconcelos, Azuela y Reyes intercambiaban codazos, guiños y chistes. Torri sonreía, aéreo. Novo ironizaba sobre alguna antología titulable como 3 toneladas de poesía noruega.&lt;br /&gt;Los lectores y la crítica eludían comentarla; se hablaba de esta “novela”, lateralmente, con veneración —los prestigios del autor y del tema— e ironía —la extralimitación literaria y política: el memorioso Villa duplicaba los recuerdos de Ulises y de todos sus compañeros, tanto los de la Ilíada como los de la Odisea, y se postulaba a competir, en grosor, con la Biblia, el Quijote y el entonces escueto directorio telefónico—; para pasar de inmediato a El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, que sí eran obras perfectamente conocidas, incluso al detalle, por los mexicanos ilustrados.&lt;br /&gt;El desconcierto sembrado en el público, la crítica y la academia a propósito de las Memorias de Pancho Villa es culpa en primera instancia del propio autor, por sembrarlas de expectativas desmesuradas.&lt;br /&gt;Nunca son las verdaderas memorias de Pancho Villa, sino las imaginarias de Martín Luis Guzmán a propósito de Villa. ¿Por qué no decirlo desde el título: el Villa que yo conocí, que imagino, que admiro? Desde el título hay una exageración, una usurpación desaforada. El lector se desilusiona pronto de no estar oyendo a Villa, sino a un escritor travestido en Villa. El lector acudía a su cita con el héroe brusco, y era recibido solamente por su atildado plenipotenciario, quien acaso lo defiende con exceso. Es un libro rotundamente apologético y unilateral. Acaso el propio Villa habría aceptado más pecados, errores y defectos, de los escasos y veniales que Guzmán le permite, y siempre en contextos exculpatorios.&lt;br /&gt;¿Si no son las verdaderas memorias de Villa, qué son: una novela, una biografía, un reportaje? Todo al mismo tiempo, pero de cada género apenas aparecen unos cuantos recursos tentativos. Carece de la libertad imaginativa y de la maquinaria dramática de una novela: hay simplemente un monólogo de mil páginas, escritas siempre en el mismo tono. Tampoco ofrece el análisis, la documentación contrastada, la crítica del ensayista o reportero.&lt;br /&gt;En este monólogo se aprovechan recuerdos reales de Villa tal como se supone que los relató a otro periodista, Manuel Bauche Alcalde, y otros documentos, pero desde luego el noventa por ciento del texto proviene de otras fuentes, principalmente el conocimiento de primera mano que tuvo el autor con respecto a su personaje y sus hechos.&lt;br /&gt;Es un reportaje de reconstrucción biográfica que nadie supo, y probablemente Martín Luis Guzmán menos que nadie, por qué llegó a tan excesiva extensión. Pudo haber sido doblemente larga, o tres veces más corta, al gusto del reportero. Episodios similares (batallas, enfrentamientos, miserias, discusiones) proliferan al infinito en el mismo tono. Impacienta un libro tan reiterativo y monótono. Sofoca su univocidad, la monopólica voz del protagonista. Habría sido incomparablemente más eficaz reducido a unas 300 páginas, que sólo mostraran momentos representativos de su héroe, en lugar de seguirlo minuciosamente en la monotonía de su gran rosario de batallas. Y contar con otras perspectivas (voz del autor, puntos de vista de otros personajes reales o imaginarios) que formaran el claroscuro y el contrapunto, que dramatizaran y calificaran la trayectoria del héroe desde perspectivas variadas. Se necesitaba debate dramático. Drama.&lt;br /&gt;Tanto más cuanto que el Villa de Guzmán, como hombrón guerrero y silvestre, no se permite confidencia alguna. No abre su intimidad. Es un personaje de exteriores. Confiesa solamente hechos públicos bien conocidos en estas memorias. Incluso cuando susurra, está hablando para el ágora. Pero Guzmán no quería el drama revolucionario (que ya había narrado en sus dos libros célebres), ni sus matices o escondrijos íntimos, sino un sólido monumento totalizante, aleccionador, definitivo. Un perfil labrado directamente en la roca.&lt;br /&gt;Por lo demás, Guzmán endosa a Villa sus propias obsesiones. Por ejemplo: la claridad y la tendencia liberal positivista (fe en el progreso). Quizás el intelectual odiaba más el lenguaje “nebuloso” que el guerrero; quizás el intelectual creía más en el futuro, que ese hombre bien metido en sus propios días que fue Villa.&lt;br /&gt;No tienen por qué definir al Centauro, aunque sí a estas memorias, los preceptos intelectuales y literarios que Guzmán se impuso: a) creo, dijo, “en el amor de las ideas claras y en el horror de las nebulosidades con que a menudo se pretende suplantar el verdadero conocimiento. Álgebra y geometría...”; b) “En mi modo de escribir lo que más influjo ha ejercido es el paisaje del Valle de México. El espectáculo de los volcanes y del Ajusco, envueltos en la luz diáfana. Deseo ver mi material literario como se ven las anfractuosidades del Ajusco en un día luminoso...”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;Ya que es un relato no completamente ficticio, pero sí fabricado, reporteado, de Pancho Villa, tal como se supone que a él le interesaría contarlo, Guzmán prescinde de infinidad de recursos que podrían enriquecerlo y dramatizarlo. No va Pancho Villa a elogiarse, a espantarse ni a considerase a sí mismo como personaje novelesco. Todo lo contrario. Se trata de un héroe y de un libro antidramáticos de principio a fin. Es altivo y contenido, como un prócer grecorromano. No busca que admiremos, por ejemplo, su toma de Ciudad Juárez (primera vez), a la que describe perentoriamente en unas cuantas líneas, sino aleccionarnos sobre la perfidia del antihéroe Pascual Orozco. La segunda vez que toma Ciudad Juárez, con el ingenioso recurso de los vagones carboneros, dedica menos espacio a la batalla que a exculparse ante la posteridad por ciertas ejecuciones y saqueos, por lo demás inevitables en toda revolución, dice. Se trata casi de un alegato de explicaciones y rectificaciones a sus injuriadores y a sus críticos. Su colosal apología, más que sus memorias.&lt;br /&gt;La hybris, la desmesura de Guzmán en este libro, es que quiso convocar plenariamente el alma de Pancho Villa por razones ideológicas, sentimentales y ¡estéticas! Y no cesó de convocarlas durante mil páginas, lo que ya es una confesión de parte con respecto a la escasa fortuna evocadora del médium.&lt;br /&gt;Para tal convocatoria al más allá contaba Guzmán con unos cuantos documentos insuficientes u objetables; con su profundo conocimiento personal de la persona y los hechos; con su ira frente al desprestigio que sobre Villa había tendido “la contrarrevolución” (para Guzmán, en los treintas, esto significa la alianza de los porfiristas con los sonorenses, unos y otros evocadores de Villa sólo como una bestia atrabiliaria, salvaje, saqueadora y sanguinaria); con su muy particular posición frente a la Revolución Mexicana, que le endosa, completa, a Villa (una viril y pura insurgencia del pueblo inocente y explotado contra la banda de ricos corruptos, cobardes y estúpidos del porfirismo; insurgencia noble y patriótica, así estuviera manchada por involuntarias escenas de crueldad, propias de seres elementales, no educados). Contaba con su personal amor por Villa, en quien vio a no sé qué concentrado de la pureza humana incluso en sus contradicciones y grandes tropiezos, y en quien embutió solapadamente su propia visión del mundo... ¡y con su amor por la literatura española del Siglo de Oro!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;Y aquí entramos al gran experimento literario de la composición de las Memorias de Pancho Villa, que ofrecían tan pomposamente expectativas de un Joyce mexicano, de la creación en laboratorio de un nuevo lenguaje: popular, puro, revolucionario. Villa como paradigma linguístico del mexicano.&lt;br /&gt;Indignado ante la falsificación del lenguaje de Villa que habían pergeñado sus primeros reporteros, al traducir sus expresiones campiranas a un modo de hablar catrín, escolar, porfiriano, Martín Luis Guzmán se creyó capaz de reconstruir —y durante mil páginas, de un monólogo unívoco— el habla de Villa, su alma misma hecha palabra, con sólo dos recursos: a) la familiaridad del autor con el habla del héroe y de muchos soldados norteños, y b) la peregrina tesis —apoyada, sin embargo, en observaciones de ciertos filólogos— de que el pueblo pobre de México, el campesino, el pueblerino, hablaba no un español incorrecto, sino el purísimo castellano arcaico y lacónico del Quijote y de los cronistas de Indias. (De esta observación, por lo demás, deriva también el estilo de Rulfo.)&lt;br /&gt;Así, recordando la manera de hablar de la tropa de la División del Norte, y añadiéndole arcaísmos cosechados de la lectura de los clásicos españoles —la Celestina, el Quijote, el Refranero, Bernal—, se lograría una fabla villista, tan propia del siglo XVI como del México campesino del XX: pura en su falta de escolaridad, de modernidad, y de contaminación letrada o urbana.&lt;br /&gt;¡Años de insubordinaciones lingüísticas: Valle-Arizpe inventaba una prosa virreinal, colonialista; Guzmán una prosa iletrada de soldado ranchero, por no decir abigeo; Reyes un castellano internacional, llano, purgado de dialectismos, aspirante a un común denominador hispanoamericano; otros pretendían defender la norma castiza (Salado Álvarez, Gamboa, Monterde, Junco, O’Gorman), o se empeñaban en un castellano indigenista (Médiz Bolio, Abreu Gómez, Henestrosa, finalmente el Juan Pérez Jolote de Pozas); campesino (Azuela, De la Cabada, Rojas González, Rulfo), pueblerino (José Rubén Romero, Ramón Rubín, Luis González y González), o lumpenurbano (Azuela, Revueltas, finalmente Oscar Lewis, Poniatowska), o urbanísimo (Novo, Fuentes, Del Paso, “la Onda”); o bien una prosa estética, engreída en su factura artística, europeizada, libresca (Contemporáneos, Paz, Arreola, García Ponce, Elizondo, Melo, Pitol); finalmente, el spanglish chicano! De Los de abajo (Azuela, 1915) a De Perfil (José Agustín, 1966) hubo una verdadera disputa no sólo temática, sino estilística e incluso lingüística, en la narrativa mexicana.&lt;br /&gt;Pero en las Memorias de Pancho Villa fallan el experimento y las expectativas literarias. Los arcaísmos que efectivamente se encontraban entre campesinos iletrados en México eran fundamentalmente lexicológicos. Vocabulario. Palabras y frases hechas antiguas. Pero sólo lexicológicos. No la sintaxis, no el discurso, no el estilo. Funcionan en refranes, en dichos, en cuentos y leyendas breves, en corridos, no en novelones de mil páginas que exigen un monumental ejercicio retórico. Es decir, Guzmán no crea un nuevo lenguaje: simplemente usa arcaísmos, refranes, imitaciones del coloquialismo de los pueblerinos norteños, pero no su discurso, ni su sintaxis, que siguen siendo los propios de un Martín Luis Guzmán letrado, gustador de Galdós, Valle-Inclán y Baroja, pero sobre todo fascinado por el lenguaje rápido y contundente del periodista o del orador parlamentario del siglo XX.&lt;br /&gt;Guzmán redacta su largo monólogo iletrado y arcaizante con razonamientos de escritor modernísimo, lógico, conocedor, hábil, polemista. Es capaz de seguir una idea por el laberinto de frases subordinadas a otras frases subordinadas... a veces hasta la tercera o cuarta potencia. Triunfa en una espléndida economía de verbos y adjetivos. Brilla en la preparación y la selección de la expresión justa. Desconoce el fárrago, el tanteo, el balbuceo, las frases confusas o rotas, la mente desorganizada, las dudas. ¡Cuánta claridad del Valle de México va a dar a las sierras norteñas; cuánta álgebra y geometría distinguen la expresión de Villa!&lt;br /&gt;Guzmán calibra un adverbio sonoro como José María Velasco introduce en el lugar exacto una pequeña pincelada de color vivo en un conjunto ocre. Jamás se aparta de Aristóteles. Su memoria es diáfana, correcta y oportuna. Elude cacofonías, rimas, repeticiones. Evita, estilista severo, abusar del que como conjunción. Si aparece algún barbarismo, es por su regusto campestre, popular, como una cita bien sazonada. Nos vemos pues no frente a un Villa conversador, sino frente a un virtuoso de la escritura coloquial “iletrada” como género literario: un esmerado concierto “en iletrado Do coloquial mayor”. Jamás una nota desafinada o fuera de lugar. Su misma perfección lo imperfecciona.&lt;br /&gt;Tenemos pues el discurso acerado de un escritor de mente sumamente organizada, bien experimentada en las lides del pensamiento y de su expresión verbal, con magnífico entrenamiento oratorio y periodístico, con una retórica más sabia y experta que la de la mayoría de los principales literatos de su tiempo, disfrazado de espontáneo monólogo semialfabeto de un ranchero o abigeo arcaizante.&lt;br /&gt;(Sería un magnífico experimento de literatura comparada el enfrentar el largo monólogo popular de laboratorio que fabricó Guzmán, con el auténtico de Bernal Díaz del Castillo; anticipo algunos contrastes: Bernal conversa, Villa recita; Bernal habla sobre todo del mundo y de otras gentes, Villa de sí mismo; Bernal tiene sentido del humor, Villa jamás; Bernal desvaría con frecuencia, Villa siempre va al punto, con estrategia literaria inapelable; Bernal comete muchos errores de composición —para no hablar de gramática, que las ediciones modernas corrigen—, mientras que Villa, a pesar de arcaísmos y modismos populares y norteños selectos, podía darles clases de redacción incluso a los mayores prosistas de 1936 en México, como Reyes y Novo; Bernal es nebuloso, Villa diáfano; Bernal duda a ratos, Villa nunca; Bernal es pasional y caótico, Villa resulta por el contrario “ático”, escultórico, sereno.)&lt;br /&gt;El resultado: las memorias de Villa no son verosímiles dramáticamente como tales. No reconocemos en ellas, en conjunto, ni siquiera en largas tiradas, a su personaje —histórico o mítico—, sino al ensayista Guzmán. Su mano de escritor siempre es visible. Digamos que el gran suspenso de todo el libro sería: ¿y ahora qué nuevo recurso inventará Guzmán para sonar como Villa? No inventa nuevos recursos. Son los mismos desde las primeras páginas. Prosigue el concierto virtuosista con los mismos elementos iniciales. Nunca suena mal, pero siempre estamos oyendo el mismo disco, una y otra vez, hasta la página mil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;Si a esto se añade que Villa, por razones de honra y altivez heroicas, elude dramatizarse, quejarse, desahogarse o ensalzarse y cuenta su vida con distancia olímpica, como si en realidad nada importante hubiese hecho, más que la hazaña moral de servir lealmente a Madero y a su patria de desprotegidos, y vengar a los humillados; que no colorea ni enfatiza sus episodios, comprendemos la tremenda grisura de este largo monólogo inconvincente. No suena a Villa, sino a un actor letrado que recita tras su máscara, cuando dice, por ejemplo:&lt;br /&gt;“Aquella casa, que hoy es mi propiedad, y que he mandado edificar de nuevo, aunque modestamente, no la cambiaría yo por el más elegante de los palacios. Allí tuve mis primeras pláticas con Abraham González, ahora mártir de la democracia. Ahí oí su voz invitándome a la Revolución que debíamos hacer en beneficio de los derechos del pueblo, ultrajados por la tiranía y por los ricos. Allí comprendí una noche cómo el pleito que desde años atrás había yo entablado con todos los que explotaban a los pobres, contra los que nos perseguían, y nos deshonraban, y amancillaban nuestras hermanas y nuestras hijas, podía servir para algo bueno en beneficio de los perseguidos y humillados como yo, y no sólo para andar echando balazos en defensa de la vida, y la libertad, y la honra. Allí sentí de pronto que las zozobras y los odios amontonados en mi alma durante tantos años de luchar y de sufrir se mudaban en la creencia de que aquel mal tan grande podía acabarse, y eran como una fuerza, como una voluntad para conseguir el remedio de nuestras penalidades, a cambio, si así lo gobernaba el destino, de la sangre y la vida. Allí entendí, sin que nadie me lo explicara, pues a nosotros los pobres nadie nos explica las cosas, cómo eso que nombran patria, y que para mí no había sido hasta entonces más que un amargo cariño por los campos, las quebradas y los montes donde me ocultaba, y un fuerte rencor contra casi todo lo demás, porque casi todo lo demás estaba sólo para los perseguidores, podía trocarse en el constante motivo de nuestras mejores acciones y en el objeto amoroso de nuestros sentimientos. Allí aprendí por primera vez el nombre de Francisco I. Madero. Allí aprendí a quererlo y reverenciarlo, pues venía con él su fe inquebrantable, y nos traía su luminoso Plan de San Luis, y nos mostraba su ansia de luchar, siendo él un rico, por nosotros los pobres y oprimidos”.&lt;br /&gt;Tres o cuatro arcaísmos léxicos aparte, se trata de un párrafo ejemplar de oratoria moderna (la secuencia retórica “Allí...”, que incrementa su intensidad hasta el clímax de aplausos en el Congreso), de complicada sintaxis, de arisca poesía (“eso que nombran patria, y que para mí no había sido hasta entonces más que un amargo cariño por los campos”, que se parece al Borges que declara su amor por Buenos Aires, etcétera). Pero tampoco suena al Guzmán, ya lírico, ya macabro, ya caricaturesco, siempre expresionista, de El águila y la serpiente y de La sombra del caudillo.&lt;br /&gt;No es de asombrar que las Memorias de Pancho Villa desilusionaran, aburrieran, fueran abandonadas por el lector en los primeros capítulos, ni que durante décadas se haya tenido tan poco qué comentar sobre ellas. (¡Años de intimidatorios librotes tan admirados como poco leídos o comentados: los Episodios nacionales de Salado Álvarez; la Estética para no hablar de la Ética, la Lógica, la Metafísica, la Todología (sí: la teoría del todo) de Vasconcelos; del Deslinde de Reyes!) Reiteraciones, monotonía, grisura; un monólogo heroico letrado y complejo, decorado a ratos de arcaísmos y modismos populares y norteños encontramos en las Memorias de Pancho Villa.&lt;br /&gt;Pero se trata a la vez de una obra trabajada, ardua, ambiciosa: una especie de biografía de la Revolución Mexicana. Impresiona. Es difícil, de cualquier manera, dejar de respetarla, de admirarla. Debajo de la corriente monótona del fluir de una vida entre batallas y peripecias en despoblado, reiteradas en espiral, desarrolla un amplio proyecto épico, mítico, que acaso explica —si no justifica— su vasta extensión. No en balde Guzmán fue celebrado —acaso por Alfonso Reyes, antes que por nadie— como “escritor romano”, del tipo de Plutarco.&lt;br /&gt;Valle-Inclán señaló tempranamente en El águila y la serpiente, que se trataba de escenas, sí, violentas, brutales, pero a la vez profundamente edificantes, en su perfil “estoico”. Digamos que en Las memorias de Pancho Villa, lo que Guzmán está litigando, para lo que necesitó mil páginas y acaso le faltó espacio, es la ética de la Revolución, su alma moral: el perfil filosófico de sus héroes, la identidad del pueblo revolucionario o revolucionado.&lt;br /&gt;Esto en los años treinta, antes de que apareciera la bizantina historiografía de los profesores y researchers, cuando toda la discusión sobre ese inabarcable conjunto de hechos y de ideas que llamamos Revolución Mexicana era pura y felizmente ideológica, autobiográfica, política (Vasconcelos, Cabrera, Sotelo Inclán); antes de convertirse en la espantable y babélica momia académica del Colegio de México (Colmex Hall) y sus industrializados historiadores —pero jamás escritores— más bien catrinescos (y, desde luego, cantinflescos).&lt;br /&gt;Guzmán estaba luchando por su Revolución Mexicana contra la Revolución Mexicana de sus adversarios, bajo el pretexto de estudiar a Pancho Villa, cuando las cenizas de todos los muertos todavía humeaban. Se trata de un escritor diverso del de El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, tan ácidas, tan desengañadas, tan oscuras y sangrientas (tan pre-revueltianas). Ahora es sereno, clásico. Orozco se está convirtiendo en Rivera; los monotes fársicos y sanguinarios, en murales nobles, idealizados...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI&lt;br /&gt;Se diría que en las Memorias de Pancho Villa, siguiendo la tradición revolucionaria de “la paz creada por el guerrero” y “la civilización parida por la barbarie”, Martín Luis Guzmán —ya no el narrador expresionista de antes, sino “ático”, “latino”, clásico—, nos cuenta, como Plutarco, la historia de los grandes héroes primitivos del tipo de Hércules o de Teseo, que han fundado una nueva nación, una civilización optimista.&lt;br /&gt;Toda la moraleja del libro sería esta:&lt;br /&gt;—No se espanten de Villa, ese protohéroe más que superhéroe, ese héroe raigal, como no nos espantamos de los primitivos héroes que fundaron las ciudades de Grecia y Roma. Todo Hércules es así; de esta manera, y de ninguna otra, se limpian los Establos de Augias. Esos bárbaros civilizadores son profundamente éticos, aunque sus excesos de guerra, sangre y amores, naturales en un fundador primitivo, revuelvan nuestros estómagos de pacíficos civilizados (es lo que opinaba Racine de Teseo, en Fedra). Hay que beber inspiración moral en Villa: las fuentes originales de la moral social.&lt;br /&gt;La nación debía aprender en Villa, no sólo sus hechos, sino su alma. Tenía en consecuencia que hablar mucho, para que su enseñanza ética lo permeara todo. Sus enseñanzas son las conocidas como filosofía natural: valor, arrojo, lealtad; instintos y reflejos primitivos, físicos, hacia el bien o hacia el mal, claramente contrastados; espontaneidad, inocencia; aborrecimiento del poderoso, alabanza del abajado; inteligencia intuitiva, habilidad física, caridad, amistad, furia, control de sí; desprecio de la vida, del dolor, de las miserias y penurias propias; nobleza de ánimo, arrogancia frente la adversidad, la enfermedad, la muerte; altiva humildad con cara al destino absurdo y trágico. (Incluso sus luchas interiores, contra sus propias furias: se niega siempre al alcohol; durante un tiempo, incluso a comer carne, para refrenar su natural iracundo; el sexo, las escasas veces que es mencionado, parece más una pesada carga masculina que un placer o un vicio: “porque es lo cierto que después de tanta cárcel ya sentía yo el vigor recreciéndose en todo mi cuerpo, y necesitaba desgastarme según es ley que se desgasten todos los hombres”.)&lt;br /&gt;No hay minucioso episodio de su vida, que el Villa de Guzmán no califique con un refrán o con un aforismo moral “estoico” (aburre que cada pasaje sea coronado por una moraleja filosófica). ¿De dónde habrá sacado tanto Epicteto, tanto Séneca, tanto Marco Aurelio? Y su ética aparece tanto más esencial, cuanto que pretende presentarse como brusca y silvestre, no aprendida ni cultivada; se diría que llano sentido común:&lt;br /&gt;“De todo el oro salido de los pilares del Banco Minero de Chihuahua yo no había cogido ni una sola moneda para mí. Es lo cierto, además, que yo no la quería coger. Porque estaba yo viendo que ya muchos hombres revolucionarios empezaban a desviarse del sentimiento de la verdadera lucha del pueblo, y que algunos consideraban aquella lucha, que era la pelea de los pobres contra la injusticia y la miseria, como el buen azar de su vida para encontrar riquezas y atesorarlas. Y reflexionaba que aquél era un mal camino, y que había que enmendarlo con otros ejemplos, y que yo, Pancho Villa, y los otros jefes principales que mandábamos los ejércitos de la Revolución, teníamos el deber de mostrar a todos nuestro desinterés, para que nuestro movimiento por la libertad y la justicia no se enturbiara”.&lt;br /&gt;Se respira una como ceremonia de consagración de un héroe en este libro solemne, adusto. Más que griego o romano, en su voluntarismo épico, suena a las exaltaciones heroicas del siglo XVII en Francia: Corneille y Racine celebraban de tal modo a sus civilizadores bárbaros, al Cid, a Teseo. Suenan a pulidos alejandrinos clásicos los párrafos del norteño semialfabeto.&lt;br /&gt;Así, héroe trágico, reflexiona que su premio por ganar para Madero Ciudad Juárez, fue ser destituido de sus tropas, víctima de una intriga de Pascual Orozco; y luego, su salario por vencer la rebelión de éste contra Madero, el sufrir prisión en el Distrito Federal por una intriga de Victoriano Huerta. (El premio por ganar la batalla de Zacatecas sería ¡que ascendieran, por encima de él, a sus rivales!, como Pablo González y Obregón, que no habían ganado nada equivalente.)&lt;br /&gt;Aún más: piensa que si su azarosa vida comenzó al rebelarse contra la prepotencia de un hacendado que quería robarle a su hermana, por lo menos entonces, en la mala justicia porfirista, sus enemigos no habían podido meterlo a la cárcel, en la que estaba ahora, preso y con riesgo de su vida en manos precisamente de los amigos y correligionarios, a quienes él, con sus hazañas guerreras, había llevado al poder.&lt;br /&gt;Se impacienta con el juez que lo acosa con interrogatorios en la Penitenciaría, a fin de fundamentar alguno de los múltiples cargos que se le han levantado, por órdenes de Victoriano Huerta:&lt;br /&gt;“Creo yo, señor juez, que ya van siendo demasiadas preguntas tocante a esos delitos. Usted sabe de sobra que no existió la insubordinación ni que sea verdad que yo desobedeciera. ¿En qué lo mortifico yo a usted para que de este modo trate de comprometerme? ¿Es usted representante de la justicia o amigo de mis enemigos? Porque yo no reclamo su favor, señor juez, ni el del Gobierno, ni el de nadie, pero sí exijo la justicia que se me debe. Y me parece a mí que con sus providencias, usted, que es hombre de honor, está manchándome a mí, que también soy hombre honrado, y eso resultará un día en desdoro de su persona.&lt;br /&gt;“Oyendo aquellas palabras mías, y mirándome de manera que yo conocí la verdad de su ánimo, me respondió él:&lt;br /&gt;“Amigo Villa, no sabe usted cuánto deploro que su causa haya venido a mis manos.&lt;br /&gt;“Yo le dije:&lt;br /&gt;“Pues no lo deplore, señor. Siendo un hombre honrado, limítese al cumplimiento del deber. Creo yo que la justicia, como la guerra, ha de guardar horas amargas para quienes la hacen. Cuando así sea, el amargor de la vida no está en perder con los actos de la autoridad o de las armas, sino en perder mal, es decir, en perder sintiendo la desazón de ánimo que sufrimos delante del deber no cumplido.&lt;br /&gt;“Pero como yo comprendiera, por aquellas palabras del juez, que muchas influencias ocultas se movían en mi contra, decidí, lleno de tristeza, no volver a declarar. Es decir, que renuncié a defenderme. Pensaba que acaso se cobijara en mi destino que yo, que no había sucumbido bajo las balas de la tiranía ni en los combates de la guerra, hallara mi perdición abandonado a la nombrada justicia de ahora, que era igual a la de siempre.&lt;br /&gt;“Lo que me dolía mucho era la ingratitud" (1).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VII&lt;br /&gt;Acaso en sus primeras ediciones las Memorias de Pancho Villa cumplieron un objetivo del que ha sido relevado: constituirse en la voz histórica de Villa. Muchos historiadores, de entonces a la fecha, han rastreado todo tipo de archivos y de informantes, para construir una visión “científica”, académica, “objetiva”, que suele serle desfavorable, sobre todo en los aspectos éticos de bandolero mesiánico, de bárbaro civilizador, de alma bruscamente pura. Sufren las Memorias de Pancho Villa este fracaso actual como documento histórico, y quedan incómodamente relegadas, se diría que casi refugiadas, en el anaquel literario y novelesco.&lt;br /&gt;Ya sabemos que para los historiadores revisionistas de los últimos lustros, la Revolución “no ocurrió jamás”, sino una conjunción de desórdenes y revueltas sin afinidad alguna, unidos sólo en los viejos libros oficialistas por su casual coincidencia cronológica. Los historiadores revisionistas jamás tomarán en serio —acaso llevados por rigor académico, pero también por un esnobismo modernizante y por un claro sesgo ideológico— la escueta definición de Villa: “la pelea de los pobres contra la injusticia y la miseria”. De este modo, el libro de Guzmán ha pasado de moda en cuanto explicación histórica.&lt;br /&gt;Y hay algunos reparos que, en efecto, se le pueden formular como estudio histórico a las Memorias de Pancho Villa. Hay incongruencias políticas, como el escabroso papel que muchas veces jugó Villa en su tiempo (por ejemplo, su aprobación de la invasión norteamericana a Veracruz), y que Guzmán resuelve desde la perspectiva ulterior de los años treinta, con habilidad jurídica y retórica, siguiendo la línea liberal con que se disculpó a los reformistas del Tratado McLane-Ocampo: ¿Para qué hacer tanto ruido al respecto, si no pasó a mayores: no hubo guerra? ¡Ni la patria ni la soberanía nacional estuvieron nunca en peligro! (¿De veras, en 1914, con los norteamericanos en Veracruz, no pasaba nada: no había entonces peligro alguno?) Y ciertas alianzas, contra el carrancismo, con el viejo ejército federal.&lt;br /&gt;E incongruencias militares: v. gr. en su tiempo Villa fue acusado de sacrificar vidas humanas en abundancia, con extravagancia, para ganar las batallas difíciles —las batallas “imposibles”— a cualquier costo, cosa que a cada rato desmiente, con sola su palabra —digo, la de Guzmán— echándoles la culpa de sus desproporcionadas matanzas a la tontería o la politiquería de tal o cual jefe, a la cobardía de tales o cuales tropas, a cierto accidente, a algún azar; y no a la codicia de ganar tal tremendísima batalla pero de inmediato y cueste lo que cueste. Dedica más tiempo a disculparse de ello que a narrar las batallas en sí. ¿Dice la verdad? No hay modo de probarlo muchas veces. ¿Sostenía Villa eso en vida, en todos los casos? Otros testigos ofrecen versiones diferentes, y de cualquier modo todos los testigos de la época eran voces interesadas, comprometidas y deformadas por el sesgo de su posición personal o partidaria. Dicen que Villa solía ser prepotente, arbitrario y furibundo también cuando hablaba. Sólo en estas “memorias” lo tenemos imperturbablemente sereno, ponderado, justificatorio, siempre a la defensiva. Sólo aquí es Thésée.&lt;br /&gt;No hay fuentes sólidas para gran parte de su discurso. ¿Por qué vamos a creerle a Guzmán —sin pruebas— que Villa dijera tanta cosa: mil páginas? A veces decididamente no se le puede creer. Me consta que Guzmán, como historiador, fue por lo menos una vez un narrador tramposo; que llevó el agua a su molino; que usó a Villa para sus propios propósitos, incluso deshonestamente.&lt;br /&gt;El ejemplo que me consta: a partir de rivalidades literario-políticas y de cierto lío de faldas, narrado por Vasconcelos en La tormenta, surgió entre ambos escritores, grandes amigos de juventud, una animosidad furibunda, que se trasladó a sus escritos. Vasconcelos se burla abiertamente de Guzmán como intelectualillo y rivalucho de amores, pero honradamente, bajo su propia firma; éste, más alevoso, hace que Villa acuse a Vasconcelos de cobarde, de adulador, de orate (“lo había yo visto fallo de modos de cordura en todo aquel cúmulo de sus palabras”), de traidor ¡a Villa! (Vasconcelos nunca fue villista), y de abogaducho ratero desde los tiempos del maderismo. Ahora bien: no hay prueba alguna de que Villa (quien pudo, desde luego, expresarse mal de él en privado alguna vez, aunque tuvieron también sus épocas de amistad) lo haya acusado precisamente de tales cosas (2).&lt;br /&gt;Sospecho que muchas malquerencias de Guzmán se ven infamadas por este Villa literario, quien acaso también se ve en este libro obligado a ennoblecer, el pobre, algunas tendencias, situaciones y perfiles que no le gustaban tanto en la vida real, o que ni siquiera conoció bien, pero en las que Guzmán tenía puesto su cariño, su pasión política u otros intereses. Por ejemplo, su jacobinismo.&lt;br /&gt;Es curioso el ateísmo jacobino de este Villa, tan parecido al de Guzmán y al de su padre, el integérrimo coronel don Martín Luis Guzmán Rendón (a ratos sospecho que Guzmán está hablando “en mármol” de su padre idolatrado, también militar, más que del silvestre Doroteo Arango). Pero éstos eran liberales cultísimos, venían de Voltaire y del positivismo; tenían una sólida construcción ideológica, casi una religión al revés (“Estar cerca de Dios” —considerado a la manera deísta, como ser abstracto—, “y lejos de sus ministros”), que les permitía plantarse metódicamente en un mundo sin Dios (Cf. Necesidad de cumplir las leyes de Reforma). Pero Villa, que no estaba lleno de filósofos ni de poetas, ¿por qué habría de ser integralmente ateo y jacobino? ¿De veras lo era? ¿No se trataría de que simplemente no pensaba mucho en eso, ocupado como estaba de sus propias acciones? Puede haber matacuras espontáneos en días de guerra, pero un verdadero ateo liberal, sistemático, es cosa de mucho estudio, de difíciles reflexiones. Bueno: el Villa de Guzmán resulta el gran héroe moderno que no consiguieron Dostoyevski ni Nietszche: el gran hombre sin Dios, el único héroe al que Dios jamás le hizo ninguna falta. Me gusta desde luego este Villa-sin-Dios, pero dudo que en la realidad haya sido, de veras, posible tanta belleza. El jacobinismo era la idea fija de Guzmán, más que de Villa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII&lt;br /&gt;Por otra parte, la gran tragedia de Villa —ahí sí un asunto para Sófocles— no se desarrolla dramáticamente en las Memorias, sólo se registra en detalles. Invariablemente el guerrero heroico es incomprendido y victimado precisamente por sus superiores civilizados, llámense Madero, Huerta o Carranza; inevitablemente se ve (en el libro de Guzmán) temido, aborrecido, injuriado y execrado por el mismo pueblo que está redimiendo. Incluso por sus amigos, por su mujer. Siente ese odio aun en la muchedumbre que lo aclama en las calles, cuando entra victorioso a tal o cual ciudad. Los hombres a quienes fusila, piden como último deseo el poder mentarle la madre en el paredón; cosa a la que él generosamente accede. Ciertamente concita la euforia de sus dorados y un entusiasmo legendario, pero episódico, mientras que el horror a esta “bestia de la Revolución”, el salvaje, el enorme homicida, el violador, el saqueador, el bárbaro, se cierne espeso sobre él en todo momento. Y cuando llegan las grandes desavenencias de la Convención de Aguascalientes, Carranza, González y Obregón lo insultan públicamente con tintas, cargos y conceptos más infamantes de los que habían dedicado a Porfirio Díaz, Victoriano Huerta o Pascual Orozco. Sólo Zapata llega a ser tan formalmente insultado y acusado de tantos horrores y crímenes como Villa.&lt;br /&gt;Su sombra de criminal, que no de redentor, fue siempre mayor que la de otros generales, salvo acaso Zapata. Gran tragedia considerarse paladín del bien, y ser ampliamente temido u odiado como todo lo contrario. A tal incomprensión o enrevesamiento de su figura suele contestar estoicamente. Es parte de su destino el verse invariablemente incomprendido o desfigurado por los ricos, los políticos, los letrados, los extranjeros. Sólo él sabe su verdad. Nadie más. Ni siquiera un Dios, al que nunca menciona. Otro infierno heroico que le está destinado: ser el conocedor solitario de su virtud y de su verdad esenciales. El hombre más solo sobre el mapa; y como no hay Dios, sobre todo el universo. A diferencia de Zapata, no cuenta con una base étnica ni regional en la cual arraigarse, como en una familia; su grupo es vasto, desasido y móvil: desarrapados, aventureros, intelectuales jacobinos dispersos. Y siempre, un grupo castrense. Sólo en plena batalla ve Villa a “los suyos”; después de las batallas, se le pierden y disgregan. Qué soledad del guerrero fuera de sus batallas.&lt;br /&gt;Apenas señala la amarga injusticia de que los “civiles”, a la manera Carranza y los “políticos chocolateros” de su corte, queden como almas puras sólo porque a ellos no les toca físicamente matar a nadie, ni conseguir con sus propias manos el dinero y las riquezas que necesitan los ejércitos; sólo ordenan que los guerreros maten, destruyan, saqueen y tomen violentamente (para aquéllos) las riquezas, y que además de las fatigas y riesgos de las batallas, carguen con las culpas de sangre, destrucción y saqueo. Tanto mata el que manda bombardear y fusilar, como el pobre soldado que obedece, bombardea y fusila, dice.&lt;br /&gt;“—Muchachito, no lucha nada el señor Carranza. Él sólo pasa a lo barrido, mientras nosotros nos morimos o nos desangramos, y aprovecha nuestra sangre en beneficio de sus hombres favorecidos y de los panoramas políticos que se forja para cuando nuestra causa termine”.&lt;br /&gt;Pero en fin, más allá los aspectos militares y políticos que pueden consultarse en otros libros sobre el villismo, este interminable monólogo heroico de las Memorias de Pancho Villa, sin embargo, deja asomar a ratos, si bien de manera adusta y ceremoniosa, el carácter, los nervios, la cotidianeidad y la verosimilitud humana —quiero decir apeada de su solemne pedestal de Centauro del Norte—, en episodios memorables.&lt;br /&gt;Recuerdo en este sentido, el de un Villa más cotidiano, dramático, novelesco o anecdótico del que se conoce a través de otras fuentes, algunos pasajes. Del primer tomo, “El hombre y sus armas”, que llega a la muerte de Madero: su juventud errante de abigeo entre los montes, matando reses para traficar con la carne seca, y la tribulación en sus cárceles capitalinas, cuando debió sobreponerse a lo que parecía su fracaso definitivo y su inminente ejecución, sólo apoyado por la lectura de ¡Los tres mosqueteros!&lt;br /&gt;Del segundo tomo, “Campos de batalla”, donde narra su campaña contra Victoriano Huerta hasta la complicada toma de Torreón (segunda vez, la grande), asombra su sorpresa al encontrarse desvalijado por su propia esposa, Juana Torres, la bandida del bandido: el alguacil alguacilado.&lt;br /&gt;En el tercer tomo, “Panoramas políticos”, el del gran Villa, el del supergeneral revolucionario triunfador que va cosechando plazas, de la toma de Torreón a la de Zacatecas, se contraponen dos historias o corrientes antagónicas: el crescendo militar glorioso, y el tono patético bajo la superficie: los signos furtivos, pero insistentes, de que su suerte ya ha sido echada, y perdida; que Carranza ha decidido su ruina, para que no los estorbe ni a él ni a sus generales, como Obregón y Pablo González; y que sus verdaderos enemigos son ya su jefe y sus propios compañeros revolucionarios.&lt;br /&gt;Sabe que cada victoria, y con mayor profundidad cuanto más espectacular sea, suma en su contra. Asciende su colosal montaña de triunfos rumbo a su propia ruina. Entre tanto procura divertirse: se deja agasajar por los catrines, y les pone un buen hasta aquí, en Saltillo, a los jesuitas y los curas extranjeros.&lt;br /&gt;En el cuarto tomo, “La causa del pobre”, se relatan sus desavenencias con Carranza hasta la Convención de Aguascalientes, y vemos que en dos ocasiones tiene a Obregón en su poder, metido en su trampa: cosa de fusilarlo y ya. Como un gran gato vacilante deja las dos veces escapar al ratón. Se le diría fascinado, como ante un presentimiento caótico, por la mirada de su futuro verdugo. Y su gran orfandad fuera del campo de batalla, en los laberintos civiles de oradores y leguleyos de la Convención de Aguascalientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IX&lt;br /&gt;El quinto tomo, curiosamente titulado “Las adversidades del bien”, parte de la ocupación de la Ciudad de México por las tropas de la Convención a las desastrosas batallas de Celaya y a la víspera de la de León. Es la crónica de su derrota militar y política en manos de los carrancistas, especialmente del general Obregón. Como en una obra clásica, el héroe empieza a perder la razón antes de caer físicamente. Explica en mitad de sus desastrosos asedios a Celaya:&lt;br /&gt;“Puedo perder la batalla, sí, señores, y otras muchas que le presente a Obregón, mas vivan seguros que con una sola que le gane se salvará la causa del pueblo, y que ninguna le ganaré si espero dominarlo con la superioridad de mis recursos, no con el valor y la furia de mis hombres... Y me oían ellos [los otros generales] quitando de sobre mí sus ojos, como para significarme que no me entendían en mi razón”.&lt;br /&gt;Y luego, antes de la batalla de León, cuando Felipe Ángeles le explica que carecen de tropas y municiones para tomar la delantera, y que les conviene más retroceder a Aguascalientes y seguir ante Obregón una estrategia defensiva:&lt;br /&gt;“—Señor general... piense que todos los moradores de León y Silao me guardan su fe. Si después de los cuatro o cinco días que ya llevamos peleando me retiro de frente al enemigo y me encierro aquí, según usted me aconseja, ¿quién levanta luego el ánimo de estas tropas, que todavía tienen la herida de lo que les aconteció en Celaya?... ¿Qué quedará de ellas si yo mismo les inculco, encima el quebranto que traen, la idea de que ya sólo pueden defenderse, y que si fracasan en su defensa ya no les queda más que rendirse o dispersarse? ¿Qué ayuda recibiré del pueblo que me sigue si mi conducta le hace pensar que por haberme derrotado una vez Álvaro Obregón, ya no soy el hombre revolucionario que sale al encuentro del enemigo, sino el militar que teme la derrota porque sólo cuenta con sus armas, y que por eso se atrinchera? Yo soy un hombre que vino al mundo para atacar, señor general Ángeles, aunque no siempre mis ataques me deparen la victoria; y si por atacar hoy, me derrotan, atacando mañana, ganaré”.&lt;br /&gt;El enemigo se va apoderando de él primero por dentro: se debate entre desastres que súbitamente se multiplican; la fortuna le da la espalda, y él increpa a la fortuna; su fuerza ya es sobre todo un delirio, una idea fija, una fe ciega en su propia estrella, a la que debe seguir incluso al abismo.&lt;br /&gt;Aumentan sus caprichos (v.g. para vengarse del desaire de una mesera, secuestra a la gerente francesa del hotel; para evitarse entonces las reclamaciones del cónsul francés, quiere comprar todo el hotel con la moneda que él mismo emite); sus crueldades (“castiga” con el tiro de gracia a un compañero, y arroja el cadáver desde el tren en marcha) y sus desmesuras: se erige en autoridad civil, nombra ministros, emite rapidísimos decretos ultras, trata de imponer a las potencias extranjeras todo un nuevo derecho internacional. Aumentan sus problemas fronterizos con los Estados Unidos, país que antes lo favorecía y ahora le obstaculiza los suministros militares. Los más leales lugartenientes de Villa empiezan a ser derrotados, se pasan al enemigo, o se esfuman (3). Al sur, Emiliano Zapata parece “amilanado y sin acción” (sus simpatías por el zapatismo son meramente morales y estratégicas; Villa no respeta a Zapata como militar). La capital padece el desabasto y los rigores de todos los contendientes.&lt;br /&gt;En el estilo de las Memorias poco se nota de este cambio: el monólogo sigue siendo fundamentalmente contenido, tranquilo, ex-cathedra, “ático”, salvo que los momentos de ira y de melancolía se hacen más frecuentes. Y el asombro, casi la incredulidad, ante la suerte y el poder del enemigo, y la mala suerte y las desventuras propias. ¿Cómo es que el triunfo, mi compañero de siempre, me abandona de pronto?&lt;br /&gt;Desde el punto de vista de un poema épico, se trata de la rapsodia del héroe en su final batalla suicida contra el destino fatal. Un Villa tan fascinado ahora ante a su abismo, como en otro tiempo frente su alta estrella.&lt;br /&gt;Guzmán es lo suficientemente cariñoso con Villa como para no hacerle contar sus memorias de los últimos ocho años infaustos. Se le ahorran el dolor y la pena que contarnos cómo es derrotado nuevamente por Obregón en el Bajío, y cómo también lo humilla Calles, en Agua Prieta; cómo se disuelve su amada y brillante División del Norte; cómo los Estados Unidos apoyan a sus enemigos y le congelan el dinero que tenía en el banco de Columbus. No pasa el trago amargo de narrar él mismo su demente fanfarronada de invadir aquel inerme pueblito norteamericano, ni la expedición militar norteamericana de Pershing, que se introduce en territorio nacional para perseguirlo (en vano).&lt;br /&gt;Guzmán le evita a su Villa la amargura de contarnos cómo debió regresar a su punto de partida, de fugitivo guerrillero lugareño, en Chihuahua. No tiene que narrarnos cómo se acogió humildemente a una amnistía y aceptó una merced de sus enemigos —la hacienda Canutillo— , para convertirse en un efímero hacendado relativamente filantrópico. Ni cómo quiso volver a pelearse con Obregón y Calles, apoyando a Adolfo de la Huerta. Ni, claro, su asesinato en Hidalgo del Parral, en 1923.&lt;br /&gt;Guzmán suspende su relato en el Bajío, la víspera de la batalla de León. Lo deja todavía montado en su caballo y dueño de sus ferrocarriles, en un imposible suspense voluntarista: ¿Se recobrará Villa? ¿Volverá y repetirá sus triunfos? La historia real nos dice que no. Pero el libro deja el relato abierto. De cualquier manera, es un jinete todavía entero rumbo a su abismo.&lt;br /&gt;Las Memorias de Pancho Villa no contienen una sola cita de un corrido villista; ellas son el gran corrido prosístico en alabanza de Villa, de unas mil cuartillas de longitud. Ningún otro héroe revolucionario recibió semejante homenaje de la literatura (un homenaje multiplicador, pues a partir de los libros de Guzmán siguieron publicándose relatos villistas hasta los años setenta.)&lt;br /&gt;———&lt;br /&gt;NOTAS:&lt;br /&gt;(1) Este Villa de Plutarco y de Racine, este Villa de mármol, agradó a la familia del jefe de la División del Norte. Su hijo Hipólito Villa Rentería escribió el siguiente pésame a la muerte del escritor (Tiempo, 3 de enero de 1977, p. 11): “En sus Memorias de Pancho Villa, Martín Luis Guzmán se aferra naturalmente a la verdad: no creo que la verdad pueda ser de otra manera. Se apega históricamente en el relato que hace. Tuve la suerte de conocerlo; cuando era niño, mi madre Austreberta le entregó todos los documentos del archivo de mi padre, que Martín Luis Guzmán trabajó con su gran calidad de escritor, utilizando el lenguaje de nuestro pueblo. En lo personal, pienso que era un hombre muy humano, con un pensamiento siempre abierto para actualizar situaciones. La familia Villa pasa realmente momentos de dolor”.&lt;br /&gt;(2) Ni desde luego de que Vasconcelos fuera culpable de ellas: tuvo sobrados enemigos gubernamentales durante décadas, que le levantaron todo tipo de cargos, pero nunca el de andarles robando dinero a los presos por homicidio, con el señuelo de conseguirles la libertad mediante turbias influencias políticas. Su supuesto acusador, aparte de un Martín Luis Guzmán travestido en Villa para este efecto, sería un hampón excéntrico —zapatista ¡en Sinaloa!—, que había sido procesado por asesinato tanto en tiempos de Díaz como en los de Madero; fue asesinado en 1919, en un ajuste de cuentas, por un coronel-diputado en la pastelería El Globo: Juan Banderas, “el Agachado”.&lt;br /&gt;Sin embargo, en 1973 me encontré en La revolución interrumpida, de Adolfo Gilly, que la digamos travesura o venganza “literaria” de Guzmán era asumida por el historiador como “hecho histórico” inobjetable, establecido por las tropas de la Revolución —¡el Agachado!— y sancionado al pie de la letra por el propio Villa en sus “memorias” (Cf. Libro V, Cap. VIII-X), lo que además le permitía a Gilly tragarse con todo y pelos el hamponesco fariseísmo del “Agachado” —había que liquidar a Vasconcelos desde 1914 para que no fuese a pervertir a los niños con escuelas para ladrones—, y pontificar contra su gestión educativa de los años veinte como obra deleznable de un gángster farisaico.&lt;br /&gt;Estaba yo trabajando en mi libro Se llamaba Vasconcelos, y perdí varios meses en 1974 buscando cómo documentar tales escandalosos “datos” de Villa (del “Agachado”, más bien, pues Villa ni siquiera dice haberlos investigado), sólo para encontrar que carecían de todo fundamento.&lt;br /&gt;Los rencores del gran novelista eran muy cosa suya, ¡pero no había derecho de ponerlos en boca de Villa y hacerme perder tanto tiempo con ese embuste! ¿Y cómo Gilly dio valor de documento histórico a una obra novelesca?&lt;br /&gt;(3) El propio Martín Luis Guzmán —él sí con engaños— huyó a los Estados Unidos. Curiosa lógica: Guzmán hace que Villa califique a Vasconcelos de cobarde y traidor por haber huido, ante la ruina del gobierno convencionista, ¡unos cuantos días antes que hiciera otro tanto el propio Martín Luis! Sólo que Vasconcelos no era villista, sino aliado del expresidente Eulalio Gutiérrez, también fugitivo, mientras que Guzmán acababa de ser nombrado secretario particular de Villa. Quien sí traicionó a su patrón entonces fue el propio Guzmán (L. V, Cap. XIII).&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5071107388385742623-3124192096355298544?l=veinteaventurasjjb.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://veinteaventurasjjb.blogspot.com/feeds/3124192096355298544/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5071107388385742623&amp;postID=3124192096355298544' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5071107388385742623/posts/default/3124192096355298544'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5071107388385742623/posts/default/3124192096355298544'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://veinteaventurasjjb.blogspot.com/2008/11/segunda-parte.html' title='SEGUNDA PARTE'/><author><name>José Joaquín Blanco</name><uri>https://profiles.google.com/107458643043786395125</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-rNL86B0JctU/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/PxumyAQWsig/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5071107388385742623.post-6032680354623891444</id><published>2008-11-02T20:42:00.001-08:00</published><updated>2009-02-11T03:50:47.273-08:00</updated><title type='text'>TERCERA PARTE</title><content type='html'>¿CÓMO SALVAR A ARTEMIO DE VALLE-ARIZPE?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Habrá modo alguno de salvar a Artemio de Valle-Arizpe (1888-1961)? El último intento fue, hará treinta años, la antología, con un generoso ensayo de Arturo Sotomayor, que publicó la entonces prestigiosa Biblioteca del Estudiante Universitario (UNAM): Don Artemio. ¿Alguien lo lee ahora, alguien lo respeta? De repente se le reedita, pero en tomos menos dirigidos a la lectura que al obsequio prestigioso, o al adorno.&lt;br /&gt;Discípulo del poeta Manuel José Othón y de Luis González Obregón (México viejo), y contemporáneo de Reyes y de Genaro Estrada, fue el más prolífico y tenaz de los “colonialistas” —escritores dedicados a reivindicar pintorescamente a la Nueva España—, de quienes ya el propio Estrada se burlaba tanto en Visionario de la Nueva España como en Pero Galín.&lt;br /&gt;Produjo acaso medio centenar de títulos (la cifra es incierta, pues hay textos recopilados con títulos diferentes) que fueron muy gustados en su época: Valle-Arizpe era uno de los escasos escritores mexicanos que agotaban sus libros; y los reeditaba, a veces hasta configurar esbozos de bestsellers como Virreyes y virreynas de la Nueva España (1933), Por la vieja calzada de Tlacopan (1937), El canillitas (1941), y especialmente La Güera Rodríguez (1951), así como diversos tomos de cuentos, leyendas o sucedidos de calles o edificios coloniales, del tipo de Historias, tradiciones y leyendas de las Calles de México (1959), que fueron explotados sin piedad —ni crédito, ni regalías— por ciertos cómics, radionovelas y telenovelas durante décadas.&lt;br /&gt;Hay que reconocerle méritos a don Artemio. Fue un escritor nato, no un burócrata de la historia o de la literatura, a pesar de su largo (y discretísimo) reinado como Cronista de la Ciudad (1942-1961). Escribía porque le gustaba, de lo que le gustaba, y su apoyo mayor, si no es que único, estaba principalmente en sí mismo y en sus lectores.&lt;br /&gt;Tanto los historiadores como los literatos de la época lo abominaban, sobre todo a partir de los años cuarenta, cuando la literatura se pretende cosmopolita (“el mexicano universal”), y la historia se hace “científica” en la universidad y en El Colegio de México, con cierta razón... y con demasiados prejuicios.&lt;br /&gt;La cierta razón: Valle-Arizpe había aprendido de González Obregón y de otros estudiosos del siglo pasado el oficio de sumirse en los archivos en la busca detectivesca de la fuente y del dato. Pero ésa era su única credencial como historiador moderno.&lt;br /&gt;Era un mero abogado, toda su cultura provenía de conquistas de autodidacta (la universidad, dizque inaugurada en 1910, sólo empezó a funcionar, y pésimamente en cuestión de humanidades, hasta 1920); no sé qué aprendió en sus años diplomáticos en Madrid y Bruselas (1919-1928), salvo, desde luego, gastronomía y visitas a museos.&lt;br /&gt;No sabía mucha historia general. Escribía casi de gratis y con entusiasmo para periódicos o ediciones que, en ocasiones, él mismo tenía que costear. Y alegremente mandaba a paseo a todos los teóricos modernos de la historia y a todos los “mexicanistas” (que son quienes conocen “científicamente” a México; los nativos sólo saben ideología, estatuye el Colmex).&lt;br /&gt;Encontraba su dato y, a la manera antigua (digamos, de un Riva Palacio), lo transformaba en un relato, donde se permitía toda la imaginación que le viniera en gana. Un Robert Ricard, un Leonard Irving, un Karl Vossler, un Alfonso Méndez Plancarte, un Silvio Zavala, un José Gaos, un Ramón Iglesia, un José Miranda, un Edmundo o’Gorman se jalaban los pelos. ¡Pero está haciendo la anti-historia! ¡Está haciendo no-ve-las!&lt;br /&gt;Como literato no le iba mejor. Su ideal de narración era el costumbrismo romántico (un José T. Cuellar, “Facundo”, perdido en La Profesa), pero ya no tan dirigido a rancheros y chinas poblanas de vecindad como a duques, espadachines, frailes y virreyes. Disfrutar la viñeta colorida, aderezada con cierto humor. Esto en la época de las vanguardias, o del realismo directo y brutal de Azuela y Guzmán.&lt;br /&gt;Y escribía en la “fabla del habedes”, que Estrada ridiculizó: un castellano más bien actual y coloquial, pero adrede amanerado con multitud de arcaísmos y palabras de sacristía, para que sonara como del siglo XVII. Así, del dato extraía muy libremente una anécdota pintoresca, y nos la aderezaba con colonialismos, a manera de pátina sabrosa.&lt;br /&gt;De cualquier manera, gracias sobre todo a Valle-Arizpe se rompió la ignorancia y el desprecio de la sociedad mexicana medianamente culta por la Nueva España. Quiso vendérnosla como una época llena de color y romanticismo, con cuentos macabros y óperas bufas, pletórica de vida sensorial: comida, edificios, retablos, muebles, música, puñaladas, líos de herencias, motines de monjas, ceremonias, escenas populares, efemérides eclesiásticas. Un balzaciano de Loreto y la Plaza Mayor; un proustiano de la Santa Veracruz y la Alameda.&lt;br /&gt;Hizo un poco con la Nueva España lo que los novelistas europeos —buenos y malos— lograron con respecto a la Edad Media: transformarla de una oscuridad de polvosos trebejos en un escenario emocionante. Tan lo logró que se agotaban sus ediciones, e invadió —por intermedio de coautores piratas— la radio, los cómics, la tele. ¡Ah, si se le hubiera ocurrido “El jorobado de la Basílica de Guadalupe”!&lt;br /&gt;Nuestros críticos de historiografía y de literatura no lo han zaherido, sólo lo ningunean por completo. Se odia algo más que un uso “demasiado insuficiente, anecdótico e imaginativo” del dato, y que ciertos rasgos “anacrónicos” al concebir y narrar un cuento. Lo que detestan los criticastros y profesorucos en Valle-Arizpe es algo más profundo. Esos ruines pecados podrían tratarse de:&lt;br /&gt;1) Don Artemio es un escritor auténtico, malo o bueno, pero escritor, creador, no un cofrade de la industria académica ni de parnaso alguno;&lt;br /&gt;2) que como tal, opina a su manera, que les resulta un tanto caótica, y no según escuelas, modas o tendencias; esa manera es la de un librepensador maderista (fue diputado maderista por Chiapas, 1910-1912, aunque nació en Saltillo y murió en la Colonia Del Valle) que se emociona con el pasado novohispano, pero con un sesgo harto juarista y bohemio, incluso a pesar de sí mismo, tal vez a ratos involuntariamente.&lt;br /&gt;Este cantador de frailes y monjas conoce y ama la lujuria. “¡Se está cachondeando a las monjas de La Concepción!”, denunciaría algún exmarxista profesor de la Ibero. Este venerador de catedrales, y lamentador de la destrucción de los antiguos conventos, conoce muy bien de qué pie cojeaba el clero, y lo dice. “¡Está pintando a los frailes como si fueran gandules, espadachines o arrebatacapas!”, gritaría alguna lerda profesora del Colmex, quien se imagina abadesa clarisa de la Sociedad Civil.&lt;br /&gt;Y 3) a la manera de un prosista del siglo XIX, no privilegió géneros especializados. Nunca dijo: ahora hago novela, ahora sátira, ahora historia, ahora ensayo, ahora cuento; hacía escritos. Escribía, ¿para qué más? Hacía su literatura. Y tenía lectores. Muchos.&lt;br /&gt;Los historiadores lo encontraban demasiado literato; los literatos, demasiado historiador. A los cultos molestaban sus anacronismos de amateur o de superviviente de épocas pre-universitarias; a los populacheros, ¡tanto vocabulario, tanta cultura! A los mundanos les resfriaba tanto cura; a los clericales, tanto mundo. La izquierda decidió que la Nueva España era, sin más, una causa reaccionaria; la derecha, que su autor y sus libros eran non sanctos. (“La función del escritor verdaderamente cristiano, filosofaría el arzobispo-académico Luis María Martínez, es pintar el edificante ‘deber ser’; no el insignificante ‘ser’ de los pecadores”.) La academia susurró, escandalizada, que no eran académicos. Los diletantes, que no eran modernos. El lector común, por miles, decidió en masa leer varios de sus libros.&lt;br /&gt;En suma, quienes hubieran podido celebrar su obra colonialista, compadres del PAN y de la Iglesia, gente del rumbo de los Caballeros de Colón, lo encontraban endiabladamente mundano, casi obsceno, frívolo, irónico cuando no sarcástico, con respecto a los abalorios coloniales que querían objeto exclusivo de servil veneración ideológico-religiosa. Consideraban a Valle-Arizpe casi un sacrílego que ventilaba los trapos sucios de la Iglesia con el pretexto de hacer historia colonial.&lt;br /&gt;Y quienes hubieran querido combatirlo, se declaraban vencidos a las primeras cincuenta páginas de cualquiera de sus tomos, por la aparición de tanto Caballero de Santiago, tanta monja, tanto estípite, tanto alarife, tanta alcaicería, tanta cerámica y confitería, y sin ir más allá, lo condenaban al silencio de un museo. “¿Por qué no escribirá este catrín algo más moderno?”, susurraría algún asiduo vanguardista del Café París, en 1934, en el intersticio que le dejaban sus sueños de colocarse, cardenistamente, de funcionario en el gobierno.&lt;br /&gt;Sólo lo apreciaba —y saqueaba, siempre con crédito y provecho, sobre todo en la tele, en sus pláticas sobre las calles de la Ciudad de México— Salvador Novo, quien nos cuenta de don Artemio cosas sorprendentes (La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines). Una, que era un espléndido conversador, cosa que no se nota mucho (pero a ratos se insinúa) en sus libros, pues siempre traduce su lenguaje natural a “la fabla del habedes”. Segunda, que no se le encontraba mucho en las sacristías ni en los archivos, sino cotidianamente, con puntualidad, ataviado de punta en blanco cual prócer porfiriano, con sus bigotes respingados y sus lentes redondos, perfumado y coquetón, en el cine: primera función de la tarde, siempre solo. ¿Qué prodigios caballerescos iba a buscar, solo, en los cines, a tan juvenil hora, además (supongo) de la película?&lt;br /&gt;Claro que se le habría podido preguntar a Novo: y tú, cuando descubriste in fraganti a don Artemio, ¿que andabas haciendo, también solo, también muy ataviado y perfumado, en tal cine, que pasaba tan rascuache y conocida película, a esas juveniles horas de la tarde? Hélas! les cinémas d’hier!&lt;br /&gt;De modo que para salvar a Artemio de Valle-Arizpe hay que empezar por considerarlo principalmente como un poeta gustosamente solitario —bueno o malo, pero auténtico— que bogaba a su propio capricho, contra las poderosas corrientes adversas de la historiografía y de la literatura de su tiempo.&lt;br /&gt;Sí, se quedó fijado en la concepción juvenil, porfiriana, que se hizo de ambas disciplinas hacia 1910, y contra viento y marea trató de realizarla en su madurez y en su vejez. Eso quería. Eso hizo. Al diablo los demás.&lt;br /&gt;Muy probablemente casi todos sus libros pudieron haberse escrito antes de la Revolución (que lo encuentra ya de 26 años). Ese liberalismo esencial al mismo tiempo muy crítico de las tropelías de los liberales (el fanatismo ideológico; el saqueo venal, corruptísimo, y la destrucción de bienes eclesiásticos); ese amor por la herencia religiosa colonial, a la vez muy consciente de todos los grandes pecados del clero, a ratos incluso jacobino (alguno de sus cuentos de convento habría divertido a Diderot); ese erotismo acezante, pero siempre contenido, en el umbral de fuego; ese culto por lo pintoresco, por los aparecidos y bandidos de novelas de folletón, por los adulterios y otros pecados ocultos de gente famosa o encumbrada, por la caricatura irreverente pero jamás incendiaria.&lt;br /&gt;Incluso su “fabla del habedes”, su artificioso lenguaje colonialista, era una aspiración de algunos modernistas; en sentido contrario, hacia la celebración del gaucho y de la vida campirana, Leopoldo Lugones echó a perder todo un libro de relatos con una “fabla gauchista”. (Luego, Luis González y González inventó en Pueblo en vilo y otros escritos una “fabla ranchera”, no menos artificiosa y pesada, ¿pero quién le ladra a Luis González y González entre el servilismo intelectual del Colmex, de la Ibero, de la UNAM?).&lt;br /&gt;Colonialista indiscreto, Valle-Arizpe nos lleva a la prestigiosa Nueva España también para hurgar o inventar en ella rincones incómodos, chuscos y pecaminosos. Busca con frecuencia la perspectiva inconveniente, sarcástica, delatora del pasado; el pícaro Canillitas, y una cocotte política: La Güera Rodríguez, amante de todo prócer, de Bolívar a Iturbide, son algunos de sus grandes aliados en su tarea de hacer de la Nueva España el centro de nuestras nostalgias, sí, pero sin olvidar sus calles apestosas con hartos puñales, pleitos a muerte por honra o por centavos en las narices mismas de la Virgen y del Santísimo, alcobas turbias de carne viva, y una casa interminable de la risa bien surtida de manjares y golosinas por religiosas pantagruélicas. Nunca han sido más tragones los novohispanos que en un escrito de Valle-Arizpe.&lt;br /&gt;Mucho, muchísimo más se sabe hoy en día de la Nueva España de lo que Valle-Arizpe conoció o soñó. Se han reorganizado posteriormente los archivos; se ha becado a centenares de barbudos extranjeros e imberbes y pasantes mexicanos para trasegarlos; se ha tenido que hacer miles de tesis sobre tales documentos. Y los barbudos-de-los-barbudos espigan, doctorales, en todo el material recobrado por sus tamemes académicos, y salen con alguna seriesota y archidocumentada batea de babas summa cum laude, generalmente en honor del rey, de los virreyes, de los hacendados y mineros, y sobre todo del clero. ¡Eran tan buenos como el pan! Qué crimen de los ultras liberales ¡y masones! haberlos tocado. ¡Qué i-rra-cio-na-li-dad luchar por la independencia!&lt;br /&gt;Artemio de Valle-Arizpe, con el oficio que tomó —en asalto autodidacta— de sus escasos predecesores (Del Paso y Troncoso, Marroqui, García Icazbalceta, Antonio García Cubas, Orozco y Berra, Genaro García, Luis González Obregón; además, claro, de toda la literatura e historiografía novohispanas entonces asequibles), soñó su propio sueño; independientemente, en su cuarto, a su manera, sin oportunismo mercadotécnico, académico, literario, ideológico ni político alguno. Tuvo la suerte de contar en su propio tiempo con algunos miles de lectores (que eran todos los lectores de México, y algunos más).&lt;br /&gt;Siempre he leído a Artemio de Valle-Arizpe, a quien me impuso en la preparatoria, como modelo de escritor, mi maestro Arturo Sotomayor, su discípulo; algunas veces he escrito elogiosamente de él (Revista de la Universidad, mediados de 1977); otras le he ladrado. A mi manera, “artemicé” en La literatura en la Nueva España y Esplendores y miserias de los criollos (Cal y Arena).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;POR LA VIEJA CALZADA DE TLACOPAN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;La idea fue inspirada. Su eficacia continúa sesenta años después: en Por la vieja calzada de Tlacopan (1937; sigo la segunda edición, corregida y aumentada, de Compañía General de Ediciones, 1954), Artemio de Valle-Arizpe cuenta cuatro siglos de historia de la ciudad de México a través del relato de una sola calle. Nuestra Main Street, diría Sinclair Lewis.&lt;br /&gt;Se trata de la que los mexicas llamaban Tlacopan, y que ahora, empezando desde las espaldas de Catedral, admite los nombres de Guatemala (solo una cuadra), Tacuba, Hidalgo, Puente de Alvarado, Ribera de San Cosme, hasta lo que fue la Fuente de Tlaxpana o “de los músicos” (porque tenía estatuas de músicos), cerca del Circuito Interior —donde una “excapilla británica” señala el sitio del cementerio para protestantes, y para los ateos, masones y descreídos a quienes les Iglesia negaba, hasta que Juárez decidió otra cosa, sus panteones.&lt;br /&gt;Esa calzada (que en la Colonia se repartió en diversos nombres: Escalerillas, Tacuba, Santa Clara, Betlemitas, San Andrés, Terceros, Santa Isabel, Puente de la Mariscala, Santa Veracruz, San Juan de Dios, Alameda, San Diego, San Hipólito, San Fernando, Buenavista, San Cosme, Tlaxpana) era la calle más grande de la ciudad y, con la de San Francisco, una de las más ricas e importantes.&lt;br /&gt;La recorría un acueducto de 900 arcos (que llegaba desde Santa Fe y Chapultepec —con sus dos corrientes, una de agua “delgada” (que se entubó en plomo desde fines del siglo XVII) y otra de agua “gorda”— hasta el Puente de la Mariscala, donde hoy está el Eje Central), y en ella se asentaba buena parte de los edificios más suntuosos e importantes de la ciudad: el seminario y la universidad (durante algún tiempo); Catedral, el palacio de Cortés (que “era menos un palacio que otra ciudad”), un grupo de tiendas llamado Alcaicería, diversos conventos, templos y hospitales, como los ya mencionados que dieron sus nombres a las calles; además del actual Palacio de Minería, la Alameda, el quemadero de la Inquisición, la Casa de la Pinillos o Palacio de Buena Vista [actual Museo de San Carlos], Mascarones, etcétera. De este modo, Valle-Arizpe tañe un nervio fundamental de la ciudad. Retomará esta inspiración (con mucho menor fortuna, a pesar de sus célebres páginas sobre los barberos y las tortas de Armando) en Calle vieja y calle nueva (1949), con respecto a la actual 16 de Septiembre, y en El Palacio Nacional.&lt;br /&gt;Según su manera habitual de escribir, este libro es una mezcla de géneros (historia, literatura, crítica de arte, periodismo) y una mezcla de estilos. Recae en el artificio de amanerar adedre su prosa con ultracorrectismos (“redichos”, se decía antes, v. gr.: diferenciar cementerio, el sitio, de panteón, el conjunto de monumentos); con arcaísmos (“la fabla del habedes”, como en “sus amigos eran la horrura de la ciudad”, “con los baratos se ganaban amigos” y “doce hampones de los de su carpanta”); y lo que es más desagradable, con “beatismos”, para nombrar de alguna manera la imitación del estilo hagiográfico de los viejos clérigos: “Pedro López tenía alma seráfica de un santo... Lleno de bondad se dedicó solamente a hacer el bien, se puso en la obligación de repartir beneficios. No descansaba nunca en su caridad; en dondequiera se manifestaba amplísima... Más de cuarenta años trabajó con ardentísimo celo, con infatigable tesón, sin que se amenguara su constancia...”&lt;br /&gt;Nos insiste continuamente, sin que le conste ni venga a cuento, que todo predicador era devoto, todo fraile de hospital un santo mártir, todo establecimiento religioso una labor angélica; y esto menos con una genuina intención religiosa que estilística: parecerse a los antiguos textos que narraban la vida y vicisitudes de las instituciones religiosas. Cuando de alguien dice que fue “un santo varón”, no está metiendo las manos en el fuego por su virtud, sino reproduciendo un rasgo de escritura hagiográfica, de la misma manera que un mal seguidor de Góngora escribiría “solitudines” por “soledades”.&lt;br /&gt;Estos son sus principales escollos. Con demasiada frecuencia, cuando Valle-Arizpe quiere sonar arcaico, compartir el tono digamos de un escrito de Mendieta, Torquemada o Sigüenza y Góngora, suena simplemente beato, a predicación anacrónica. También a menudo, el lector se pregunta qué tanto de lo que está leyendo es historia auténtica, qué es simplemente leyenda o folklore eclesiástico (v.gr.: los frailes guapos que se desfiguraban con fierros ardientes la cara, para que no les hicieran ojitos las feligresas), y qué está el propio autor inventando o sobrecargando de tintas sobre la marcha.&lt;br /&gt;Un ejemplo: los documentos antiguos de la edificación, consagración o reconstrucción de edificios religiosos suelen proliferar en mentiras o exageraciones sobre la virtud o santidad de sus fundadores, autoridades y benefactores. Eso es el lugar común. Habitualmente se alababa, con exageración barroca, a esas personas. Y no por ello vamos a creer que la Ciudad de México era la Ciudad de Dios; simplemente, que se solía escribir así en agradecimiento o memoria de los donantes y las autoridades, del mismo modo que en nuestro tiempo se habla en las inauguraciones, conmemoraciones y obituarios del patriotismo y la “vocación de servicio” de políticos como Echeverría, López Portillo y Salinas, o empresarios como Espinosa Iglesias, Alejo Peralta y los Azcárraga.&lt;br /&gt;A Valle-Arizpe le gusta este rasgo de estilo, y nos refiere tales “vidas ejemplares” como si esos lugares comunes hagiográficos fueran hechos históricos comprobados. Los novohispanos sabían que llamar “santo varón” a alguien en tal celebración constituía una simple rutina protocolaria; nosotros sabemos tomar con pinzas los elogios del patriotismo y la “vocación de servicio” de nuestros próceres y potentados.&lt;br /&gt;En otras ocasiones el novelista se apodera del historiador y nos cuenta, como si hubiera estado ahí, que tales monjas de Santa Clara de veras eran unas furibundas, y que tales maestros betlemitas de veras eran todos los días unos sádicos con los niños. ¿Unas y otros realmente fueron particularmente así, a diferencia de sus contemporáneos, o simplemente Valle-Arizpe encontró al azar alguna referencia a la que le vino en gana enfatizar? En todos los conventos de monjas hubo algún pleito a muerte por el nombramiento de alguna abadesa; en todos los colegios de niños se usaba, hasta hace muy poco, la varita de membrillo.&lt;br /&gt;Hasta ahí las objeciones. Lo demás es crónica o conversación histórico-literaria eficaz. Paseamos a través de la vieja calzada de Tlacopan, y a cada paso vemos resaltar el perfil de un sitio, de un edificio o de una costumbre (el Paseo del Pendón, el salto que nunca dio Alvarado, y la no tan novohispana costumbre de quemar judas, por ejemplo), a través de los siglos, desde la Noche Triste de 1520 hasta principios del siglo XX, cuando se levantan los palacios porfirianos (el actual Museo Nacional de Arte, Correos, Bellas Artes) sobre las ruinas novohispanas.&lt;br /&gt;Priva cierta superstición de que lo noble de una ciudad es no estar habitada, sino decorada: ser una maqueta sacra. Valle-Arizpe se emociona con una anticivil calle de lujosos templos, conventos y palacios, en los siglos coloniales, y se aburre con la nueva, del siglo XIX, que se dedica civilmente a la vivienda (hasta San Hipólito, que era iglesia y manicomio), y al lujo campestre (de San Fernando a Tlaxpana), con algunos antros y “tívolis” suburbanos, quintas para vacaciones y su gran estación del ferrocarril.&lt;br /&gt;Sólo le dedica entonces, además de refunfuños antimodernos y antiliberales, un catálogo de “vecinos notables”, entre los que se cuentan cuatro damas famosas: la desgraciada exvirreina O’Donojú, caída en la indigencia (desatendida en México durante su viudez y odiada en España, a causa de la puntada de su marido de conceder tan automáticamente la Independencia); la criadita Josefa Ortiz, algo casquivana, que se convertiría —ya con hijos— en esposa del corregidor de Querétaro; la marquesa Calderón de la Barca, excelente autora de La vida en México, y la feúcha soprano Ángela Peralta, quien había triunfado en La Scala de Milán con la Lucia de Lamermoor. Hay próceres como el general Santa Anna (a quien el endiablado Valle-Arizpe elogia como ¡el introductor del chicle en los Estados Unidos!), el mariscal francés Bazaine, el impenitente ultraliberal Manuel Romero Rubio e Ignacio Vallarta; sabios del tipo del doctor Eduardo Liceaga, a quien la Patria agradecida convirtió en esa fea estatua, tiznadísima, que dirige tan mal el tráfico entre Río de la Loza, Avenida Chapultepec, Bucareli y Avenida Cuauhtémoc; y arquitectos como el magnífico Tolsá y Lorenzo de la Hidalga, quien otorga la rima en su apellido. Proliferan los literatos: el bibliógrafo Beristáin y Sousa (a quien le dio el torzón en pleno púlpito de catedral, por injuriar en su sermón a los insurgentes); Lizardi (no pagó la renta y se burló de su casera), Alamán, Prieto, Payno, Riva Palacio, Altamirano, Gutiérrez Nájera, Francisco Pimentel, Joaquín Arcadio Pagaza, Joaquín García Icazbalceta, Justo Sierra...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;Todo el libro es una andanada contra los “bárbaros” que destruyeron el patrimonio colonial. Ciertamente Juárez y su generación se llevan la palma, pero Valle-Arizpe recuerda (sólo que sin énfasis):&lt;br /&gt;1) Que los edificios novohispanos también eran —pobrecitos— mortales: se incendiaban, se resquebrajaban con los temblores y las inundaciones; sufrían la especulación, la violencia y los más diversos caprichos de sus propios contemporáneos: así, la mayor parte de los templos y conventos del siglo XVI y principios del XVII no fue destruida por los liberales, sino por los propios novohispanos que también tenían sus cambios de ambición y de gusto: el siglo XVIII tiró muchísimos edificios viejos para construir otros, en un nuevo estilo, con mayor opulencia;&lt;br /&gt;y 2) Que, precisamente en la calzada de Tlacopan, los novohispanos olvidaron las primeras sabias ordenanzas de construcción, que tomaban en cuenta que se trataba de una zona lacustre, fangosa, donde ocurrían temblores, y recomendaban levantar sólo edificios ligeros de tezontle. Desde el propio siglo XVII se hundían los templotes, los conventones; el Palacio de Minería se hundió, recién inaugurado; el convento de Santa Isabel, donde hoy está Bellas Artes, también se había hundido muchísimo, cuando fue derribado, en parte porque ya era un vejestorio insostenible.&lt;br /&gt;Pero se le olvida a Valle-Arizpe que una ciudad no es un museo eterno, una maqueta en vitrina, y menos cuando no hay turismo (no lo hubo hasta bien entrado el siglo XX). Ninguna ciudad se dedica a subsidiar miles de monumentos, a expensas de la actividad económica y social de su tiempo. No existe el París que fundó Julián el Apóstata. También Madrid y París, durante los siglos XVIII y XIX, derrumbaron buena parte de sus vejestorios para edificar novedades —y por ahí, que se sepa, no anduvo Juárez.&lt;br /&gt;Tampoco convence mucho en el sentido de que todo templo o convento desaparecido, sólo por ya no existir, fuera una gran obra de arte. De muchos ni siquiera sabemos sino puras palabras —y los novohispanos, al cabo mortales, también sabían mentir—, o estampas vagas (y aun falsas: hay un óleo de la Ciudad de México que pinta una catedral concluida un siglo antes de que lo fuera en la realidad, y coronada de una enorme torre solitaria que sencillamente nunca existió). Lo más probable es que la mayoría de los monumentos religiosos desaparecidos se parecieran demasiado a los muchos que todavía infestan nuestro pobre Centro Histórico, tan escaso de estacionamientos.&lt;br /&gt;Su furia, sin embargo, es razonable y auténtica. Sobre el Hospital de Terceros (para los franciscanos de tercera categoría), al que sin fundamento ostensible considera el más filantrópico del mundo —¿por qué más o menos que otros hospitales?—, nos señala que había logrado sobrevivir hasta la Reforma, cuando fue presa de la rapiña liberal. Aun así, echado a perder incluso por Maximiliano, quien se puso a modernizarlo, alcanzó la linde de nuestro siglo.&lt;br /&gt;Entonces “este edificio fue demolido hasta sus mismos cimientos para construir en su lugar la actual casa de Correos. A este propósito y asimismo al del derribo que se hizo del Hospital de San Andrés para que el arquitecto italiano Silvio Contri levantara Comunicaciones [actual Museo Nacional de Arte], y al de la demolición de Santa Isabel con el objeto de que Adamo Boari, también italiano, edificara el costoso Teatro Nacional o Palacio de las Bellas Artes, recuerdo las expresivas palabras que Carlos V dijo a los canónigos de Córdoba cuando visitaba la famosa Aljama: ‘Hacéis lo que puede verse en todas partes y habéis destruido lo que era singular en el mundo’”.&lt;br /&gt;¿Eran tan singulares, o simples construcciones barrocas del tipo que “puede verse en todas partes” en México, Hispanoamérica, España, regiones de Italia? Los edificios mexicas, en cambio, sí habían sido “singulares”, sencillamente porque no respondían a una cultura extendida en dos continentes, sino regional, y no hubo en la Nueva España ningún Valle-Arizpe que recordara la frasecita de Carlos V. También fueron objeto de piqueta y rapiña. Se gime tanto por “la piqueta de Juárez”, y tan poco por las de Cortés, Zumárraga, Velasco, Palafox.&lt;br /&gt;Lo que ocurre es sencillo: el mundo se rige por el duro presente, no por nostalgias nacionalistas de una Edad de Oro. Así como para los españoles las construcciones aztecas eran aborrecibles porque representaban una cultura “demoniaca” y “bárbara”, que además no les servía de nada y estorbaba sus intereses, a los propios novohispanos ilustrados del siglo XVIII, a los liberales y a los porfiristas les resultaron odiosos los monumentos barrocos porque eran enormes palacios “ociosos”, “incómodos”, “insalubres”, “muertos”, “no productivos”, muy costosos de mantener, que ocupaban demasiado terreno en el suelo más caro de la ciudad.&lt;br /&gt;Ellos no se distinguían por la cultura de “recuperación del patrimonio nacional” propia del México posrevolucionario, sino por la cultura de la construcción de una nación capitalista moderna. Los liberales no admiraban tanto a Satanás, sino al Barón de Hausmann, quien echó triunfalmente por tierra medio París.&lt;br /&gt;“Sin ninguna necesidad de derribar tan importantes monumentos arquitectónicos, prosigue don Artemio, los edificios modernos con que los reemplazaron pudieron haberse alzado en otros sitios de la ciudad que habrían embellecido. Esas viejas construcciones y muchísimas más que han deshecho por todos los rumbos de México, debieron haberse respetado, pues son de las que dan carácter, fisonomía y estilo propio a una ciudad. El inmoderado afán de destruir es peculiar de todas las épocas en nuestro país. Se dice que es progreso”.&lt;br /&gt;Muy conmovedoras palabras, pero totalmente arbitrarias. Ninguna sociedad, y menos en los siglos XVIII y XIX, tenía como prioridad dar “carácter, fisonomía y estilo propio a una ciudad”. La prioridad era económica y social. Muchos templos y conventos en una época; muchos edificios de administración, negocios y servicios civiles en otra. Y las nuevas construcciones no pudieron “haberse alzado en otros sitios” sencillamente porque la gran avenida, la rentable, la que valía la pena, era la vieja calzada de Tlacopan, la primera arteria comercial, que también descollaba en cuestiones políticas y académicas, y no Tacubaya o Santa Anita.&lt;br /&gt;Los mexicanos modernos levantaron ahí el Palacio de Minería, el de Comunicaciones, el Correo, Bellas Artes, porque respetaban más a los vivos que a los muertos, y más el valor de los bienes raíces que novedosas ensoñaciones colonialistas. Habrían cambiado con gusto un buen puñado de conventos por una servicial línea de ferrocarril. ¿Pero de dónde sacar dinero para modernizarse, en un país estragado? De la especulación inmobiliaria. Al parecer, se trató además de un formidable negocio para un grupo de modernizadores, a quienes la revolución (de la Reforma) les “hizo justicia” de esa manera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;Nosotros podemos pensar de otro modo, por razones ideológicas: a diferencia de nuestros antepasados ilustrados y liberales, amamos “el patrimonio cultural”. Ellos amaban el futuro, el progreso. Quién sabe qué perspectiva sea más desastrosa: la sobrevaloración del pasado, o la del futuro; la codicia de bienes, o la codicia de “raíces”, “identidades”, “esencias”.&lt;br /&gt;Los novohispanos no tenían este regusto enfermizo por su propia cultura. Sus templos y conventos eran casas de Dios, de tales o cuales sectores importantes de su sociedad, y cumplían funciones cotidianas precisas, y no intocables pedazos del alma nacional, de la identidad mexicanista. Con toda tranquilidad tiraban un edificio renacentista para alzar un barroco, y un barroco para reemplazarlo por uno neoclásico, si tenían plata y ganas de levantar algo más a su gusto.&lt;br /&gt;Por lo demás, todo este jeremiqueo por “el pasado monumental” de la Nueva España está por acabarse. Se funda en la premisa de un gobierno dadivoso que subsidie el mantenimiento de los miles de monumentos y ruinas (hundidos, quebrados) que sobreviven. Nunca ha habido presupuesto gubernamental suficiente para mantener con decencia siquiera a una buena parte de ellos.&lt;br /&gt;Y lo habrá menos, con la nueva política estatal de restringir los rubros “no productivos” del gasto. Como en otros países del mundo, muchos templos y conventos sobrevivientes se volverán hoteles, bares, salas de convenciones (ya van siendo eso: bancos, oficinas, sede de asociaciones fantasmas de profesionistas y de culti-universitarios, como San Ildefonso, que a mí todavía me sirvió de simple y querida prepa) o cualquier otra cosa. Y con respecto a los más dañados, se esperará un benéfico temblor que los eche por tierra sin violar la ley de monumentos históricos.&lt;br /&gt;Sólo se podrá mantener oficialmente como museos a una selecta nómina de monumentos coloniales. La iglesia es avara: no quiere mantener ella misma suntuosas catedrales faraónicas: que las mantenga Hacienda, dicen los obispos. Se declama muy bonito que hay que conservar miles de ruinas onerosas. ¿Existe el dinero para ello? Además, hay como 20 mil zonas prehispánicas, todas con cargo al erario. ¿Quién va a pagar tanta nostalgia? Sí: toda piedra es historia. Y también los cerros. ¡Pero cuánta piedra, cuántos cerros!&lt;br /&gt;Artemio de Valle-Arizpe, hombre de su época —que es la posrevolucionaria de la “revaloración del pasado mexicano”—, entregó su furia y su capacidad de ensoñar a ciertos monumentos sobrevivientes y a una asamblea de monumentos fantasmas, a los que amó sin duda más que a cualquier cosa moderna. (Aunque él era bastante moderno, sus ironías lo delatan; pero decidió, con cierto esnobismo “colonialista”, cargar con los rencores decimonónicos, antiliberales, de un reverendo Montes de Oca, de un García Cubas, de un González Obregón, sus maestros.)&lt;br /&gt;Asiste con júbilo a la ruina (hundimiento, grietas) del Palacio de Bellas Artes, ese horrible —de acuerdo— intruso que destronó al convento de Santa Isabel (lo que es falso: ese convento ya estaba destruido y sus restos convertidos en talleres y vecindades). Algunos indios o mestizos y criollos indigenistas debieron, en la propia época colonial, asistir con júbilo semejante a la destrucción por temblores, fuego, inundaciones, codicia, motines y otros percances, de los arrogantes edificios coloniales que habían usurpado el sitio de las construcciones mexicas.&lt;br /&gt;Debe retorcerse de ira el buen colonialista, al ver que sus horrendos villanos porfiristas, contra los que vociferaba —Museo Nacional de Arte, Correos, Bellas Artes—, por haber atracado y destruido a sus antecesores novohispanos y usurpado su sitio, se han convertido, a su vez, en glorias nostálgicas de la patria, en Identidad Nacional, en onerosas ruinas decimonónicas que hay que mantener a toda costa, porque si no se nos acaba el alma de la nación. Ahora hay nostalgia de don Porfirio, el ogro que hizo vecindades de los conventos. (¿De veras son menos importantes las vecindades que los conventos?)&lt;br /&gt;Pero importa la pasión y el talento. Por la vieja calzada de Tlacopan, medio atrabiliario en sus arcaísmos y “beatismos”, en su mescolanza de historia, novela, leyenda, periodismo y hagiografía, es un libro encendido de recuperación imaginaria de la suntuosidad colonial (¿por qué sólo se recuerda lo suntuoso de escasos sitios coloniales, como esta calzada —y a trechos—, y no el yermo insalubre del gran resto del mapa? La Nueva España sobre todo era una vasta tierra baldía: lo dijeron en su propio tiempo obispos como Abad y Queipo y Antonio de San Miguel.)&lt;br /&gt;Quizás don Artemio fue un hombre que amó demasiado todos esos muros, columnas, patios, altares, retablos, zaguanes, balcones, sobrepellices. Exceso de celo estético, religioso y patriótico. Pero esta demasía lo exalta y dignifica. También le da un vigor estimulante, polémico: canta los tiempos coloniales con fervores de profeta indignado.&lt;br /&gt;Me gustan más (nunca demasiado: los templos y los conventos aburren; prefiero —son más gore— las piedras de sacrificios) esos Primores Novohispanos dentro de la flama iracunda de las recuperaciones narrativas de un Artemio de Valle-Arizpe, que vistos fría y razonablemente en su papel histórico, o en su humildad actual de paquidermos artríticos en mitad del tráfico. ¿Ir a misa a San Hipólito? No, gracias: que mejor me cuente Valle-Arizpe la leyenda de la extraña águila labrada en su esquina. Que está bastante fea. Pero su leyenda es curiosa: se trata de un águila que lleva en las garras no a una serpiente, sino a un indio, como emisario ante Moctezuma de que el fin de su imperio está próximo.&lt;br /&gt;Para don Artemio todo edificio colonial es un personaje romántico, abrumado por la desdicha y la adversidad modernas, nimbado por una remota juventud churrigueresca de oro y pureza espiritual. Son héroes y heroínas de novela o de ópera: víctimas del progreso, atropellados por la burguesísima modernidad. Emociona su erizado destino. Las óperas y novelas sobre cortesanas son más estilizadas y dramáticas que las cortesanas de bulto.&lt;br /&gt;Me gusta más leer sobre esos monumentos que visitarlos; en el libro están estimulados por esa atmósfera emotiva. Valle-Arizpe hace hablar a esas piedras, y algo dicen, sí, de ellas mismas —hay concienzuda investigación histórica—, pero más dicen de una o varias generaciones de mexicanos que se encontraron no sólo frente a un futuro incierto y peligroso (el tecnológico siglo XX), sino con un pasado derribado o a punto de derribarse a sus espaldas, al que, ilusos, calificaron de Edad de Oro.&lt;br /&gt;Y dedicaron su vida, en el caso de Valle-Arizpe, a protestar, a rebelarse, a combatir ese apocalipsis bifronte: ruinas de un supuesto paraíso, probables desastres en un futuro llamado “progreso”.&lt;br /&gt;A su modo, don Artemio fue un héroe de perdedores, un caudillo de palacios y templos vencidos, de tiempos cada vez más remotos, de trastes cada vez más oxidados, de ornamentos religiosos que el tiempo deshilacha metódicamente, año tras año. Pero él tuvo el coraje de elegirlos como si fueran todo lo contrario: una vida más cargada de sentido que la moderna. Cosa con la que, desde luego, incluso el lector entusiasta no tiene por qué estar de acuerdo.&lt;br /&gt;Por lo demás, los libros de don Artemio no se venden en La Profesa, sino en algún Sanborn’s, en algún mall.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;En varios de sus libros, como en Por la vieja calzada de Tlacopan, Valle-Arizpe es más ameno que excéntrico; predominan el conversador y el periodista, y sus cultismos, arcaísmos y “beatismos” aparecen prudentemente dosificados. En otros no. En otros quiere inventarse su propio estilo, y los abigarra en páginas “artémicas”, que pueden volverse casi ilegibles, casi crucigramas a lo Lezama Lima.&lt;br /&gt;Es justo que el lector aprecie tal estilo por sí mismo, en uno de sus momentos mejores, como en esta satírica descripción de la vestimenta de Guillermo Prieto (cuyas obra y trayectoria ética, por lo demás, ha destacado elogiosamente):&lt;br /&gt;Don Guillermo era muy descuidado en sus ropas, mugriento, astroso. Se tocaba con un haldudo sombrero negro que tenía tanta tierra como arrabal y más grasa que una tocinería. Debajo de este sombrero puerco traía perpetuamente una mantecosa montera de lana para abrigarse la cabeza de pelo hirsuto, greñoso, que jamás se apaciguaba ni siquiera con las uñas y que estaba en consonancia con el boscaje de sus barbas aborrascadas. Las solapas de su luengo levitón eran como paletas de pintor por las manchas numerosas de todos los tonos y matices que allí aglomeraba; en el chaleco había reunido a fuerza de paciencia y constancia una completa colección de lamparones, de chorreaduras y de costras añejas de toda especie y tamaño; lo usaba desabotonado para que, tal vez, se le viese la camisa, que lucía una variada serie de churretes y salpicaduras multicolores que manifestaban bien claro de qué cosas se compuso el desayuno y la comida sabrosa. Se abrigaba el cuello con una bufanda engrasada y con pringue, o poníase una corbata viejísima, mal anudada siempre, cuyas puntas sebosas le andaban aleteando por el pecho. Sus pantalones, con flecos en los bajos, traían abultadas rodilleras, y estaban tan sobados, raídos y lustrosos como la luenga levita de faldones muy sueltos y movedizos. Sólo los zapatos los usaba limpios, muy lustrados, haciendo contraste visible de su indumentaria, siempre enemistada con la limpieza. Completaba su pergeño un garrote al que por mera condescendencia se aceptaba que le llamase bastón, y un pañuelo paliacate, colorado, grandote y muy mocoso, que por igual le servía —escribe don Luis González Obregón— para “descargar las fosas nasales, que para llevar la fruta”. Etcétera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CONVERSACIÓN CON PELLICER&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En junio de 1976, Alba Rojo me llamó por teléfono con una invitación alarmante: Carlos Pellicer acababa de publicar su libro Esquemas para una Oda Tropical y había pedido que yo se lo presentara. ¿Quiénes más estarían en la mesa? Sólo él y yo. Acepté automáticamente, desde luego, y me quedé mirando al techo.&lt;br /&gt;Era típico de la arrogancia y del sentido del humor de Pellicer preferir un novato a los señorones de la literatura mexicana para la presentación de su libro, ¿pero qué diablos iba yo a decir? Pellicer hacía gala de su desprecio por la pedagogía y por la crítica (luego me enteré que había sido pedantísimo como profesor, como en algún curso universitario sobre Díaz Mirón, al que asistió el joven Jaime Sabines; y llegué a presenciar conferencias suyas en la Casa del Lago, donde hacía oralmente crítica literaria densísima, particularmente diestra en cuestiones métricas y sonoras), de modo que ir a leerle a la cara un ensayo me resultaba embarazoso.&lt;br /&gt;Además, Pellicer tenía mucho de un comediante socarrón, sobre todo con discípulos tímidos y embobados como yo; capaz que se me ponía a bostezar abiertamente mientras yo lo elogiaba; y si se me ocurría alguna crítica —como ya había pasado en nuestras conversaciones en su casa, junto a los pequeños Velascos que le robaron—, ¡qué tremolina de gran guiñol era capaz de armar! ¡cómo se llamaba a la guerra del fin del mundo!&lt;br /&gt;Había visitado casi semanalmente durante más de un año a Pellicer para platicar sobre Vasconcelos, y el trato amable y generoso con que me distinguió en ese tiempo se estaba convirtiendo en una pequeña camaradería, ahora que mi libro vasconceliano estaba terminado y en trámites de publicación (lo aprobó y recomendó generosamente, pero dudo que haya leído todo el manuscrito). Me invitaba con frecuencia a platicar sobre cualquier cosa y me insistía en que le llevara poetas y escritores jóvenes. Quería “oír” sus textos. (Le daba flojera leerlos, pero podía pasarse un buen rato oyéndolos leer en voz alta. Claro que interrumpía mucho, no con observaciones sobre el texto, sino sobre la forma de leerlo en voz alta.)&lt;br /&gt;Sí escribí, de cualquier modo, un comentario sobre Esquemas para una Oda Tropical, que se publicó en Siempre! y que no le disgustó del todo. Pero urdí para la presentación una especie de entrevista arreglada. Esbocé un pequeño cuestionario, que él corrigió y aumentó, y se suponía que después de cada una de sus respuestas él leería un fragmento oportuno que yo había seleccionado. Mecanografié y fotocopié un verdadero guión de la entrevista, con los fragmentos transcritos, y lo ensayamos (a petición suya) en su casa.&lt;br /&gt;Llegamos al auditorio Gonzalo Robles del Fondo de Cultura Económica (a las 7 de la noche del 25 de agosto) con sendas copias del guión. Pellicer iba muy echeverrista, con una chaqueta clara de cuero, partiendo plaza por Avenida Universidad. Se veía fresco y vigoroso; nadie imaginó que le quedaba apenas medio año de vida.&lt;br /&gt;Y empezó el lío. Cuando le tocaba hablar, digamos, del sentido cristiano de la muerte —tema en el que él había insistido muy enfáticamente—, se podía a contar anécdotas chuscas, como aquella de la sobrina con quien Díaz Mirón quería casarlo... ¡porque, desde luego, los dos grandes poetas debían emparentar!&lt;br /&gt;Me llamé a paciencia: había que dejar jugar al viejo. Prendí nerviosamente un cigarro. Pellicer entonces suspendió la charla, con cómica cara de escándalo, una mueca casi de cine mudo, y señaló con todo el brazo el letrero rojo de “Prohibido fumar”. Más tardé en apagar mi cigarro que él en prender en suyo, tosiendo de risa: “¡Pero señor Blanco, no hay que tomar la vida tan en serio!” Y para desenfadarme se soltó algunos alegres pronósticos sobre mi futuro literario, que todavía estoy esperando que, desde el cielo, me haga efectivos.&lt;br /&gt;Algo, sin embargo, quedó de la entrevista que tan concienzudamente habíamos planeado y ensayado. Nunca lamentaré bastante no haber llevado un diario en esos años —sí lo llevaba, pero lo rompía a cada rato, cuando se me ocurría leerlo: sólo se puede escribir un diario cuando uno se garantiza no leerlo jamás—, para recordar esa conversación. Por fortuna asistió una reportera del El Día, Cheli Zárate*, armada de grabadora, que reprodujo textualmente algunos momentos de la entrevista.&lt;br /&gt;JJB: Maestro, en la nota que encabeza el libro, dice usted: “La publicación de estos dos poemas es el testimonio de una frustración: no pude escribir la Oda Tropical de acuerdo con el proyecto de hace muchos años”, ¿nos podría contar algo de ese proyecto, de las experiencias de las que surgió y del hecho extraordinario que un poeta persiga durante casi cuarenta años un poema que le es fundamental?&lt;br /&gt;PELLICER: Hace cerca de cuarenta años concebí la construcción de un poema que se llamaría Oda tropical y que se realizaría a base de coros. Coros de los dos sexos. Entonces yo pondría los cuatro elementos en la zona tropical y de acuerdo con esos cuatro elementos habría cuatro solistas. Una soprano coloratura para el Aire. Una soprano dramática para la Tierra. Una soprano menor para el Agua. Un barítono para el Fuego. Dentro de ellos había un pequeño coro de diez personas, cinco de cada sexo, que tendrían las voces adecuadas para cada una de las partes del poema, lo que sería el color de cada uno de los elementos. Esto estaría, en principio, dirigido por mí. Había calculado el número de versos para cada elemento y los coros mezclándose a veces en una operación audiovisual... Pero me sentí frustrado. Pensé luego en un poema sobre el Valle de México, para equilibrar mi vida de escritor, entregándome a la vivencia humana en el Valle de México...&lt;br /&gt;JJB: Al final de la Primera Intención del poema, las Cuatro Voces Fundamentales se confunden con la del poeta. Maestro, ¿podrían considerarse ambas intenciones como un camino hacia la identificación de la voz humana con las naturales, de la vida personal con la vida de la naturaleza?&lt;br /&gt;PELLICER: Creo que aun cuando parezca vanidoso ante ustedes, mi convivencia con la naturaleza se dio cuando yo tenía seis años y vi el mar por primera vez. La impresión que me dio tiene un motivo de fuerza, después el bosque no alcanzó a darme la salud primera que me dio el mar. Cuando conocí el bosque mi vida espiritualmente cambió. El recinto vegetal y el agua han conformado la parte espiritual y la física de mi ser. Llegué a ser un montañista, aunque de segunda...&lt;br /&gt;Comentó la reportera: “Más que una presentación fue un diálogo. El joven poeta José Joaquín Blanco se encargó de hacer las preguntas al autor... El maestro rompió con la seriedad de las preguntas y habló de los grandes poetas castellanos y latinoamericanos, y de su convivencia con algunos de ellos, a veces sus maestros, a veces amigos, como Rubén Darío, Leopoldo Lugones, José Santos Chocano y Díaz Mirón. También se refirió a Chichén Itzá [y a algún cenote] ‘en cuyas aguas navegaba cuando vi deslizarse una serpiente llamada nauyaca, considerada como una de las más terribles del mundo’... El interlocutor y el autor estuvieron totalmente de acuerdo en la parte final de la conversación: En una de las últimas estrofas ocurre el momento más dramático del poema: ‘El drama de la vida se hizo para verse, no para ocultarse’, del que surge un impulso de gloria y resurrección: el quetzal que retoña del árbol destruido, dejando el poema abierto a una realidad de esperanza”.&lt;br /&gt;————&lt;br /&gt;* Cheli Zárate: “Charla entre el poeta Carlos Pellicer y José Joaquín Blanco en torno a Esquemas para una Oda Tropical”, El Día, 27 de agosto de 1976, Cultura, p. 24; JJB: Crónica de la poesía mexicana, Guadalajara, Departamento de Bellas Artes de Jalisco, 1977.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;TRES ENSAYOS SOBRE NOVO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. NOVO EN LA COCINA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Algún día los melómanos dejarán de desgarrarse las vestiduras por la traición de Rossini, quien de plano abandonó la ópera por la cocina? ¿Frivolidad, dandismo, contraculturalismo avant-la-lettre?&lt;br /&gt;Bueno: la cocina ya estaba en Rossini, como en sus tan gustadas arias jocosas: grandes pasteles melódicos sobre nada (“Una voce poco fa”), sus ensaladas locas con todo el coro (aderezadas con la densa especie de los bajos), que exageran esa burla de la música dentro de la propia música, que había iniciado Mozart con Papageno (La flauta mágica) y Leporello (Don Giovanni). Siempre está el gordo y feliz cocinero cantando en broma sobre su cacerola, en las óperas de Rossini; digo, cuando no se mete de plano a la cava del palacio, como en La Ceneretola.&lt;br /&gt;Salvador Novo no sólo abandonó la literatura, sino hasta la política, por la cocina. ¿La estufa de gas, los hornos y los refrigeradores tienen razones que no comprende la filosofía de los seriesotes? Ciertamente, la cocina ya estaba en él, en la prodigiosa confección de sus ensayos más tempranos, de sus sátiras, de sus anécdotas.&lt;br /&gt;Había en Novo, como él mismo lo confiesa, “una voluntad de ruina” temprana. A cada rato lo abandonaba todo para dedicarse, ahora sí, a la Gran Obra que nunca escribió (su magnífica obra dispersa se fue escribiendo casi involuntariamente, en su periodismo, en sus versos satíricos o sentimentales). En 1946 se hizo construir un estudio en su nueva casa de Coyoacán para dedicarse a sus memorias —La estatua de sal—, que dejó inéditas y probablemente inconclusas. Muchos años antes, añoró escribir una novela sobre su juventud, o sobre un día de su juventud en la Ciudad de México.&lt;br /&gt;En 1952, al concluir su tormentosa gestión como director de teatro de Bellas Artes, que lo enemistó con algunos de sus viejos compañeros de Contemporáneos, soñó independizarse del presupuesto, lanzarse en serio como empresario-director teatral independiente y como dramaturgo, y poner un petit thêatre para ricos, La Capilla. Curioso proyecto: un teatro de vanguardia para los banqueros y sus esposas, para los secretarios de estado y sus esposas, y desde luego, para la esposa de Ruiz Cortines y sus filantrópicas amigas. (Acaso no sabía entonces que la corte ruizcortinista-uruchurtista pasaría a la historia como la más mojigata del siglo.)&lt;br /&gt;¿Fue el crítico o el cómplice de La culta dama? En algún momento nos sobresalta al confesar que la principal característica de su teatro vanguardista de La Capilla era no “fastidiar” a las señoronas del Establishment con escenas “morbosas”. Ah, cuando los caminos de la vanguardia y la cultura independiente desembocan en la alta sociedad... ¡Y esto en la época de Sartre, de Camus, de Genet, de Tennessee Williams, del “teatro del absurdo”, del Berliner Ensemble de Brecht! ¡Que el teatro culto y moderno no fuera a molestar a doña María Izaguirre de Ruiz Cortines!&lt;br /&gt;Durante varios años, con enorme dificultad —aun apoyado por banqueros, secretarios de Estado, millonarios y el mismísimo regente Uruchurtu—, trató de sacar adelante su experimento teatral. No pudo.&lt;br /&gt;Debemos convenir que, aunque no desaparece el talento del humorista en ellas, sus obras de teatro son lo menos afortunado de Novo (La culta dama, Yocasta o casi, A ocho columnas, La guerra de las gordas, Diálogos, El espejo encantado, El sofá, etcétera). Comparte con Villaurrutia y con Revueltas este no correspondido amor por las tablas.&lt;br /&gt;Como director, aunque llegó a poner tempranamente en escena Esperando a Godot, de Beckett, quedó más como precursor que como fundador de nuestro teatro moderno, que prefiere reconocer su arranque definitivo en Poesía en voz alta. (De cualquier manera, “nuestro teatro moderno” no vale gran cosa.) Pero la experiencia de La Capilla no fue vana porque lo llevó adonde real pero involuntariamente quería: a la cocina.&lt;br /&gt;Novo siempre fue un espléndido cocinero, amigo de cocineros y restauranteros, coleccionista de recetarios y de memorias de gourmets. Era su hobby. Y hay hobbies tremendos, más apremiantes que las pasiones. Cuando quedó más que claro que, pese a los donativos y a las altas influencias, su pequeño teatro resultaba siempre deficitario, urdió adosarle un restorán de lujo que lo financiara, también en La Capilla. Ese restorán, más que el teatro, se asentó como un centro famoso de la vida social capitalina en los años cincuenta.&lt;br /&gt;Pero dejemos las anécdotas. La literatura misma lo confiesa. Muy pronto, en los artículos que escribía para la revista Mañana, que se han editado en el primer tomo —prologado por Antonio Saborit— de La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, la cocina empieza a ganarle al teatro.&lt;br /&gt;Mientras que las referencias a las puestas en escena, a las grillas de los actores y de los sindicatos de utileros y acomodadores, a los espectadores ilustres que asisten de incógnito o con gran cortejo, a su maternal promoción (tan exagerada) de Emilio Carballido y de Sergio Magaña, etcétera, se vuelven reiterativas e insípidas, las páginas de bravura cocinera de apoderan del prosista.&lt;br /&gt;Novo sabía escribir magníficamente de cualquier cosa. En La vida en México en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas tenemos a un analista político de primera magnitud. En otros tomos admiramos al cronista urbano, al ensayista filológico, al poeta de la modernidad. En este primer tomo de la época ruizcortinista, Novo demuestra que puede escribir —¡y cómo se divierte al presentar a las musas con delantal, entre los sartenes y las ollas!— sobre la cocina: una obra mucho mejor y más variada que la que posteriormente nos daría en un tomo que promete mucho y resulta un mero álbum apresurado de recetas y pasajes ajenos: la Historia gastronómica de México o Cocina mexicana.&lt;br /&gt;Veamos este idilio-con-apocalipsis a que dio lugar una paella que preparó para Carmen Toscano, en la casa de las Lomas (estaba prevista para el rancho de Ocoyotepec, pero este día no hubo agua) [27 de diciembre de 1952]:&lt;br /&gt;“Se necesitan dos horas y media de trabajo para una paella, de modo que yo pasé por Concha Sada —que fungiría de pinche— a su casa, y nos presentamos a las doce en la de los Moreno Sánchez. Que ya nos tenían todo relativamente listo: el aceite, las carnes, los mariscos, las verduras, el azafrán, el arroz; y la leña y la paila. Manuel, que evidenciaba un formidable catarro, daba órdenes a sus mozos, y sus chicos y chicas ‘se acomedían’ a allegar al jardín lo que yo iba pidiendo. El primer aceite se nos volvió un incendio, tanto porque los mozos arrimaron demasiada leña, cuanto porque yo suponía que ya estarían listas las costillas de cerdo cuando vertí el aceite —y apenas iban a descongelarlas. Hubo algún otro y menor tropiezo porque en la cocina habían amanecido sin gas, y era necesario improvisar braseros y fogatas por otros lados para contar con agua caliente y para tostar el azafrán. Pero a partir de entonces, todo fue sobre ruedas, como conviene a los tranvías [Moreno Sánchez había sido director de los tranvías], hasta el momento en que, fiado en que todo lo que quedaba por hacer era aguardar a que el arroz se cociera en paz y lentitud, asentándose por sí mismo entre los jugos de las carnes y alcachofas, me trasladé a la cocina a batir la vinagreta para la ensalada. Fue entonces cuando Concha aprovechó mi momentánea ausencia para intervenir en la paella. Juzgó que convenía meter la cuchara en aquella ebullición, y con el lego auxilio de Manuel, revolvió las carnes y los mariscos, alteró el orden apacible, estableció el caos. Cuando volví, el espectáculo era desolador. Parecía que ya se hubieran servido. Era imposible coronar la obra de arte con los pimientos morrones y con su espolvoreo de perejil. De un Velasco, aquello se había convertido en un Orozco.”&lt;br /&gt;Más adelante [10 de enero de 1953] Novo confía a sus lectores la verdadera receta del pavo asado. Impartidas las instrucciones —limpiarlo, secarlo, rellenarlo y untarlo con una pasta de mantequilla, harina, sal y pimienta, “como cuando las señoras se untan su crema en la noche”, y ponerlo en el horno precalentado a 450 grados por diez minutos—, no sólo le gana la musa lírica, sino también la erótica: Después de dejarlo sobre una parrilla en el horno a 350 grados (una hora por cada dos kilos de peso bruto), “usted retira del horno una delicia dorada, cubierta por un tenue velo de campechana crujiente, y cuando a la mesa lo zaja, se ve escurrir de lo más íntimo del agradecido animal la más deleitosa esencia, el jugo más rico y natural, que ha impregnado su carne y la ha conservado tierna, húmeda y sápida, como no se obtiene por el erróneo procedimiento de extraerlo por capilaridad cuando por la ambición de conseguir una salsa insípida y sucia, se chorrea con caldo el asado durante el proceso”.&lt;br /&gt;Los versos tampoco se alejaron de la estufa. Novo pretende haber leído un soneto “anónimo” en favor del menudo en un restorán sonorense de la Avenida Álvaro Obregón, cerca del cine México. Me sospecho que el anónimo poeta era el propio Novo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Oh sabroso menudo, te saludo&lt;br /&gt;en esta alegre y refrescante aurora&lt;br /&gt;en que reclamo alimentos, pues es hora&lt;br /&gt;en que tú estás cocido y yo estoy crudo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Manjar tan delicioso, jamás pudo&lt;br /&gt;colocar en su mesa una señora,&lt;br /&gt;con más razón si es dama de Sonora&lt;br /&gt;la tierra favorita del menudo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso te distingo y te respeto,&lt;br /&gt;por eso te dedico este soneto&lt;br /&gt;de tu grato sabor en alabanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Canten mis versos frescos y elocuentes&lt;br /&gt;en honor de tus cinco componentes:&lt;br /&gt;caldo, pata, maíz, tripas y panza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. Novo y la otra manera de vivir en México&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anda ya circulando, con comentarios de Sergio González Rodríguez y Antonio Saborit, el primer tomo de Ensayos y viajes (FCE) de Salvador Novo. En este volumen se compilan los principales libros de prosa de una de las mayores plumas mexicanas del siglo. Pero no quiero ahora hablar de la literatura de Novo, sino del paso del tiempo, especialmente con respecto a la Nueva grandeza mexicana, su mejor crónica de la ciudad.&lt;br /&gt;La leí por primera vez hace treinta años. La fama televisiva de su autor me hizo comprarlo con sentimientos encontrados. Los muchachos con pretensiones culturales suelen ser moralistas; y en efecto me molestaba el papel cortesano, conformista, adulador del poder y de la riqueza, que jugaba el Cronista de la Ciudad. ¡Qué diferente de León Felipe, por entonces mi poeta favorito!&lt;br /&gt;El volumen sin embargo me fascinó. Su cononocimiento pleno de la ciudad, su variedad (de la fachada del Sagrario al futbol, los sándwiches y el danzón); su sentido del humor, su atrevida manera de permitirse inmoralidades e insolencias de la manera más elegante. Y su amable naturalidad expresiva.&lt;br /&gt;Novo tuvo en este libro una inspiración feliz. Lo escribió en unos cuantos días, para ganar un concurso oficial. En lugar de ponerse académico o de erigirse en museo, o de urdir revoluciones y experimentos literarios, encontró la solución perfecta: imitar una guía de turistas.&lt;br /&gt;Tomó el truco de dos libros coloniales: México en 1554, de Francisco Cervantes de Salazar (un habitante de la ciudad guía a un amigo forastero por los sitios principales, y conversan) y la Grandeza mexicana de Bernardo de Balbuena (un catálogo encomiástico de asuntos capitalinos). Así, con el pretexto de pasear a un amigo regiomontano, Novo conversa sobre su manera de vivir en la ciudad de México durante unas ochenta o cien páginas.&lt;br /&gt;El conversador era inmejorable. Pero nuevamente, yo refunfuñaba: ¡Cuánta autocomplacencia, cuánto triunfalismo, cuánta propaganda gubernamental! Aunque fue escrito y publicado (1946) antes de Uruchurtu, leído en 1966 parecía un himno uruchurtiano. Y ya entonces la ciudad resultaba invivible: todos los servicios estaban sobresaturados; escaseaban el agua, el empleo, la vivienda; el tráfico era infernal; todo estaba archirreglamentado, cuando no prohibido: hasta en el corte del pelo y el tipo de ropa nos andaba vigilando, regañando, amenazando el gobierno.&lt;br /&gt;Probablemente desde los años cuarenta —desde siempre— la ciudad tuviera estos infiernos; a final de cuentas, la misma ciudad que canta Novo con tal entusiasmo es la que Buñuel encontró tan insufrible en Los olvidados, de 1950. El fuerte de Novo no era la crítica social... salvo para burlarse con saña del socialismo. ¿Cómo se atrevía a hablar tan bonito de la horrenda ciudad?&lt;br /&gt;Sin embargo, releída ahora, a cincuenta años de su escritura, la Nueva grandeza mexicana puede sorprendernos desde otro flanco. El de combatir la obsesión tremendista sobre la ciudad, en que nos hemos enfangado desde hace tres décadas.&lt;br /&gt;Más allá de todo ribete propagandístico, que los tiene, surge de una genuina actitud amorosa y de hartas ganas de vivir alegremente en la ciudad de México. Y eso se nos ha olvidado en la enorme cantidad de crónicas y novelas urbanas contemporáneas. Y en la conversación. Hasta en los pensamientos.&lt;br /&gt;No se trata de negar la catástrofe de su desigualdad social, su explosión demográfica, su especulación inmobiliaria, su crecimiento truhán y desordenado, su desgobierno, su miseria, su violencia. Todo ello desde luego abunda, en proporciones ciertamente espantables. Pero la vida sigue. No nos va esperar hasta que se nos pase la muina. Y una cultura urbana que se estanca en la obsesión de la amargura no es camino de supervivencia.&lt;br /&gt;Efraín Huerta nos enseñó los cantos de odio a la ciudad. Magnífico... pero ya los hemos repetido, cada vez con mayor histeria, durante tres o cuatro décadas. ¿No sería hora de asomarnos también a los cantos de amor, de relajo, de buenos ratos, que escribió Novo?&lt;br /&gt;La Nueva grandeza mexicana, aunque celebra glorias oficiales (¡oh, el IMSS nuevecito de 1946!), apenas lo hace de pasada. Celebra más bien los mercados, las fondas y restaurantes, las calles, los parques, las viviendas, los cines, los teatros, las cantinas, las edificios, las costumbres, el lenguaje regional, los barrios; cómo la gente se come una torta en Chapultepec o se va de parranda a un cine atiborrado o a un cabaret de bailadores entusiastas; cómo se echa novio o una festejada; cómo la gente soporta la ciudad, ya difícil, y le saca a todo el mejor disfrute que puede.&lt;br /&gt;Una actitud completamente diversa de la mientamadres que solemos tener las veinticuatro horas de los 365 días hacia nuestra ciudad. Novo, así, quien parecía el colmo del conformismo, nos invita ahora a un cambio mental, emocional. Vuelve a ser, como su temprana juventud, casi revolucionario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. SALVADOR NOVO Y EL ARTE DE SER NEO-PREHISPÁNICO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo los nacidos antes de 1960 padecieron al Novo neo-prehispánico, al divulgador oficioso —y oficial— de la neo-prehispanología.&lt;br /&gt;La neo-prehispanología es una moda surgida, para la literatura, en los años cincuenta, aunque Diego Rivera la impuso en la pintura desde los veinte, y Carlos Pellicer cantara a la Piedra de sacrificios. Consiste en lucir artificiosamente unos cuantos nahuatlismos o conceptos de la filosofía náhuatl, y en decorar los discursos y las charlas de televisión, radio y periodismo, con cultismos indigenistas. Incluso la poesía y la novela, como en algunas obras de Paz (“Himno entre ruinas”) y de Fuentes (“Chac Mool”, La región más transparente).&lt;br /&gt;Novo nos regañaba en la televisión: “¡No sean ignorantes, no digan Teotihuacán, sino Teotihuaaacan!” Había quienes nos indignábamos. ¡Qué pedantería! ¿Por qué andar corrigiendo la tradicional castellanización de los nahuatlismos, ya cuatricentenaria, de una manera tan selectiva y con tal arbitrariedad? Si pretendíamos seguir escribiendo México con x, contra la norma ortográfica moderna, sólo porque así era nuestra tradición, ¿por qué ponernos a cambiar los acentos tradicionales?&lt;br /&gt;Porque no íbamos a corregir diez mil nombres geográficos y otros miles de términos, trasladándolos de su aceptada degeneración castellanizada en agudos (Acatlán, Meztitlán, Pantitlán, Coyoacán) a graves (Acaaatlan, Meztiiitlan, Pantiiitlan, Coyohuaaacan), sólo por moda. ¿Y al pedir un whisky, exigiríamos que nos lo mezclaran no con tehuacán, sino con tehuaaaacan? No se trataba pues de corregir todos los nahuatlismos, sino sólo los prestigiosos, para que lucieran más y sonaran más exóticos: Teotihuaaacan, Tenochtiiitlan.&lt;br /&gt;En el caso de Teotihuacán (por favor, con acento agudo, como es la tradición de los últimos casi cinco siglos) se llegó al absurdo de dos grafías y dos pronunciaciones. Para hablar cultamente de las pirámides y la cultura arqueológica, la grave, Teotihuaaacan. Y para referirnos al pueblo mestizo lleno de nopaleras y camiones de carga, moderno, la aguda de San Juan Teotihuacán, que ha sido la oficial desde el siglo XVI. (Por lo demás, no sabemos qué lengua se hablaba en Teotihuacán: probablemente fue una ciudad poliétnica, y en ella convivían varias lenguas... si es que se llamaba Teotihuacán, y no por ejemplo Tula, la verdadera Tula. No sabemos cómo se llamaba realmente, sino cómo la llamaron los aztecas, muchos siglos después de su ruina.)&lt;br /&gt;El problema es que ni Novo, ni el 99 por ciento de los mexicanos letrados, sabemos náhuatl; en parte porque nunca nos lo enseñaron en la escuela —cosa imperdonable en el centro de México—, y porque no hay escuelas populares de idiomas que lo enseñen (salvo dos o tres especializadas en formar doctorales antropólogos y predicadores protestantes); y en parte porque nuestro racismo cultural inhibió en la época moderna —pues en la Colonia era otro cantar— el uso público y común del náhuatl, así fuera meramente oral, por parte de los indios.&lt;br /&gt;Hubo criollos y mestizos en la Nueva España (Sor Juana, Sigüenza, Clavijero) que aprendían desde niños bastante náhuatl con sólo escuchar a sus nanas, sirvientas, o a las marchantas del tianguis, y lo que se decía en la calle; desde hace décadas las mujeres indígenas que emigran a las ciudades evitan usar públicamente el náhuatl, tratan de castellanizarse rápidamente, bautizan a sus hijas como Jennifer o Marissa, y logran aculturarse con éxito, auxiliadas por la radio, el cine y la televisión. El México moderno —con todo y sus museos de arqueología— ha sido más racista en cuestiones de cultura con respecto a los indios, que la Nueva España.&lt;br /&gt;La discusión es intrincada, y materia de disputa entre especialistas. Todavía se está discutiendo, a partir de la rebelión en Chiapas (1994), el alcance cultural de los “usos y costumbres” indígenas en un país ya tan occidentalizado. ¿No debiera, por ejemplo, hablarse en náhuatl por lo menos una o dos horas al día en radio y televisión; o en emisoras dedicadas a tal idioma, y claro, según las regiones, al maya, al otomí, al zapoteco, etcétera? La propia España actual dignifica y da espacio a las lenguas regionales o “autonómicas”. En los Estados Unidos ofrecen espacios en castellano para los “hispanos” en sus medios de comunicación. Nosotros no. Como si no existieran ya los indios ni las lenguas indígenas. Nos conformamos con cambiarle el acento sólo a Teotihuacán y Tenochtitlán. Dos palabras. Dos.&lt;br /&gt;Pero la moda literaria neo-prehispanológica, que es el tema de este artículo —la afectación indigenista por parte de eruditos letrados, para darse caché—, la impuso el padre Garibay en los años cincuenta, cuando se popularizaron sus grandes libros sobre literatura y poesía náhuatl, y permitieron a los no-nahuatlatos llenarse fácil y prestigiosamente de nahuatlismos.&lt;br /&gt;Antes era muy difícil. Había que rastrear los conocimientos en tomos coloniales de espinosa lectura. El padre Garibay puso al día, compiló, explicó y divulgó esos conocimientos filológicos en ediciones excelentes, eficientes (La poesía náhuatl, Historia de la literatura náhuatl; y con León Portilla: Visión de los vencidos, además de sus prólogos y ediciones de autores coloniales). Todo mundo se puso a escribir del Tlalocan y de Xochipilli, del “agua quemada”, de “Nuestro señor el Desollado”, del “Dueño del cerca y del junto”, del “Atado de los años”. El primer neo-prehispanólogo fue Salvador Novo.&lt;br /&gt;El gran prosista andaba de capa caída en los años cincuenta, y le urgía sacar alguna novedad al mercado de la cultura. Le pesaba su fracaso como dramaturgo y sobre todo como empresario teatral. Sus comedias se veían desairadas por los jóvenes, que andaban tras el nuevo teatro existencialista francés o inglés, y tras el nuevo teatro realista norteamericano (de protesta social, como en Arthur Miller, o de indagación sicoanalítica, como en Tennessee Williams). Diez o veinte años antes sus comedias tan conversadas, tan de “teatro de salón” de principios de siglo, habrían sido todo un éxito; pero Novo esperó demasiado para escribirlas, ocupado como estaba en sus tareas oficiales o periodísticas, y en su próspero oficio de publicista. Y cuando se decidió, ya era muy tarde.&lt;br /&gt;Como empresario, su teatro de La Capilla fracasó sobre todo por la demagogia uruchurtiana de congelar los precios de boleto de los teatros y de imponer para toda tarea, incluso nomás para abrir y cerrar el telón, trabajadores sindicalizados específicos con altas remuneraciones obligatorias. Un taquillero, un utilero, un electricista, un tramoyista, un telonero, un acomodador, etcétera, aunque el público sólo constara de seis espectadores. Dizque era para proteger a las clases populares —que, desde luego, no asistían al teatro culto— y a la “clase trabajadora” agremiada en la Federación Teatral. El resultado fue que ninguna obra de modesta producción en salas pequeñas o medianas era financiable, sino sólo los espectáculos en grande para una o dos salas multitudinarias, y a veces. Sólo se podía hacer teatro subsidiado (INBA, IMSS, UNAM) o teatro privado descaradamente mercantil. Novo fue abandonando, con tristeza, una tras otra, sus ambiciones teatrales.&lt;br /&gt;Entre tanto, discretamente, iba preparándose para suceder al viejo y enfermo Artemio de Valle-Arizpe, como Cronista de la Ciudad. Méritos le sobraban: nadie había —ni ha— escrito mejor sobre la ciudad de México que él, pero lo había hecho de una manera audaz, modernizante, irónica, gozosamente frívola, que no vestía lo suficiente para un cronista oficial de la corte de López Mateos y Díaz Ordaz. Tenía que lucir alguna credencial “políticamente correcta”, como diríamos hoy. Ésa fue la neo-prehispanología.&lt;br /&gt;Si se compara a Novo con sus antecesores —y con sus sucesores—, se verá que en él escasea tanto el culto a los templos y conventos novohispanos, como —antes de los años sesenta— el culto indigenista; su reino es la ciudad moderna de choferes, restoranes, salones de baile, cines, teatros, carpas, radios, escuelas, oficinas, mercados, edificios de departamentos y casas con estufa de gas y refrigerador. A finales de los años cincuenta, para estallar en la televisión en los sesenta, surge el Novo neo-prehispanólogo.&lt;br /&gt;Novo aprendió de Pedro Henríquez Ureña el gusto por la filología y la erudición. Siempre fue erudito, aunque se sospechaba que tanta erudición tenía maña —efectivamente, en Los contemporáneos ayer (FCE), Guillermo Sheridan demuestra que Novo saqueaba exageradamente, incluso hasta llegar al plagio, las enciclopedias—. Cosa que para su fortuna no se le demostró en vida. ¡El Maestro Novo se fusila la enciclopedia, como cualquier estudiante de secundaria que tiene prisa en terminar la tarea!&lt;br /&gt;De haber sido descubierto in fraganti, sin embargo, Novo habría seguramente sacado a relucir una defensa que ya había explicitado, como curándose en salud, a propósito de Manuel Gutiérrez Nájera, otro prosista genial, que también fue bueno para el fusil (y a quien también descubrieron tardíamente —esta vez Alfonso Junco, casi un siglo después—): la premura y la mala remuneración del periodismo obligan al articulista a ciertos recursos de emergencia. Además, como dice que dijo Olavarría y Ferrari: todos los que escribimos siempre estamos copiando a alguien, al menos en las cosas que no hemos vivido en carne propia. Quienquiera que te hable de Heródoto o de Federico el Grande, está copiando a otro escritor, que copió a otro, hasta llegar al hipotético cabo de un gran cordel de fusilamientos.&lt;br /&gt;Aplicó pues su disciplina de erudición, ensayada antes tan copiosamente en las literaturas castellana e inglesa, y mucho menos en la francesa y alemana, a la cultura náhuatl. Memorizó los libros de Garibay y León Portilla, sus amigos, que incluso accedieron a darle algunas clases particulares. Y todo para salir en la tele regañándonos por nuestra mala castellanización de nahuatlismos, y recitando —como si los acabara de descubrir él mismo— los hechos, anécdotas y leyendas del mundo náhuatl que había leído en aquellos autores. ¡Cómo se le llenaba la boca con su Teotihuaaacan!&lt;br /&gt;Afortunadamente hizo más eso. En su último libro de ensayos: Las locas, el sexo, los burdeles (1972), a cuyo escandaloso título se atrevió quizás porque ya se sentía demasiado desengañado del gobierno (su enemistad con Echeverría era patente), y demasiado viejo como para seguir condescendiendo con la mochería oficial, espigó de la sabiduría indigenista de los misioneros y de los modernos nahuatlatos, algunos temas que éstos marginaban, y que estaban como mandados a hacer para los insolentes o “inconvenientes” ensayos de Novo. Así, doctora e ironiza sobre nahuatlismos e indigenismos gastronómicos y sexuales, con indudable gracia. (Una anécdota sobre su enemistad con Echeverría, quien diariamente se soltaba discursos de horas, como si quisiera competir con Fidel Castro. En el centenario de la muerte de Juárez, el presidente pidió un minuto de silencio. Novo escribió: “Aunque a Juárez reverencio,/ considero una utopía/ esperar de Echeverría/ un minuto de silencio”).&lt;br /&gt;En ese libro, Novo nos habla de la lujuria, de la prostitución y de la homosexualidad entre indios prehispánicos y novohispanos —La guerra de las gordas, su obra de teatro, introduce un poco de Aristófanes y un mucho de humor sexual más que carpero en la historia antigua de Tlatelolco—; y compone una sinfonía del maíz; palabra ésta caribeña, de una etnia desaparecida desde el propio siglo XVI, pero que tal vez se impuso en México, sobre los términos locales, en virtud de que los españoles necesitaban un concepto genérico, único, parecido al de cereal, que no tenía el náhuatl.&lt;br /&gt;No había palabra náhuatl que significara “trigo de los indios”, sino varias docenas de palabras que hablaban específicamente del elote o del grano duro, del maíz amarillo, verde o rojo; del hervido o tostado, de la tortilla, el atole, el tamal o del totopo. Los españoles querían un solo término, equivalente a trigo o cebada, y no cien. Y los hemos seguido en esto: así, decimos harina de maíz, maíz tierno, maíz pozolero, maíz verde, maíz tostado, palomitas de maíz... Sin embargo, todavía quedan algunas diferencias en nuestro castellano al respecto, como al distinguir el elote del maíz ya duro y seco, y al referirnos al nixtamal, al pinole, a los esquites, al pozole o al huitlacoche.&lt;br /&gt;No podríamos pedir un atole o un tamal “de maíz”, porque todos los atoles y los tamales se hacen con masa de maíz, sino de elote, cuando queremos que además de la masa se empleen en ellos granos tiernos. Sin embargo, sobre la vieja castellanización del náhuatl se impone la nueva, la industrial. Nuestro nuevo término para designar la harina de maíz se llama maicena. Novo intenta una venganza: define los Corn Flakes como minúsculos totopos.&lt;br /&gt;Se extraña de que se haya impuesto el término tortilla, en lugar de la castellanización de tlaxcalli o la definición original de “pan de indios” o “pan de la tierra”. Los españoles conocían sobre todo la tortilla de huevo, y era un poco raro asignar esa palabra a “una especie de pan”. Privó acaso la forma redonda sobre el concepto de pan. Pero ello se presta a confusiones, y a albures. Dice Novo:&lt;br /&gt;“Muchos nombres nahuas relacionados con el uso del maíz perduran castellanizados en nuestro lenguaje: metate y metlepil, elote y jilote, teztal, comal, tenate, tamal, atole. Es grande lástima que se haya perdido el nombre original de la tortilla (tlaxcalli) en aras del castellano tortilla que le fue impuesto, y que suele resultar tan anfibológico como lo demuestra el hecho de que al desembarcar en Veracruz los refugiados españoles en 1939, y leer el rótulo de un ‘sindicato de tortilleras’, les haya parecido un exceso de sindicalismo”. (Ya en un poema satírico, Novo había escrito que sor Juana y la virreina Paredes de vez en cuando “se echaban su nixtamal”.)&lt;br /&gt;Desde su muerte no se habían reeditado los libros importantes en prosa de Salvador Novo. Ahora por fin circulan, la mayoría de los que hizo publicar en vida —porque sus archivos periodísticos dan para otros veinte volúmenes—, en el primer tomo de Ensayos y viajes (FCE). Serán una novedad para los lectores. Seguramente recibirán la acogida polémica, pero muy frecuentemente gozosa y admirativa, que gozaron en vida de su autor.&lt;br /&gt;Y sus nuevos lectores no tienen que sufrir —gracias a la política de Telesistema Mexicano de no archivar, sino reutilizar los video-tapes— sus homilías edificantes de Cronista de la Ciudad, tan falsas y pedantescas, tan diferentes de sus magníficos escritos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LOS SIGNOS DEL ZODIACO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A finales de los años cuarenta, y durante unos quince años, ocurrió una radical transformación del teatro mexicano. Se abandonó la influencia francesa, el teatro de salón, con enfrentamientos elegantes de ideas y sentimientos (a lo Xavier Villaurrutia), y se importó súbitamente la influencia norteamericana de O’Neill, Clifford Odets, Arthur Miller, Tennessee Williams.&lt;br /&gt;Más realismo y menos simbolismo; más lenguaje coloquial y menos parlamentos elegantes, “escritos”; más pulsiones subconscientes y menos historias sentimentales; más flujo callejero y menos encierros en la sala; menos rodeos simbólicos o perifrásticos y más asomos directos a asuntos sexuales, sociales, incluso políticos. Menos oratorias escenas fijas, larguísimas, y más cortes cinematográficos, con sólo cambios de luz, rapidísimos.&lt;br /&gt;Los dramaturgos se asomaron a vencindades y plazas pueblerinas, inquirieron por la personalidad secreta de sus personajes; admitieron el panorama y el color locales, con la pobreza y la arcaica promiscuidad mexicanas, y trataron de ganar para la escena el lenguaje coloquial. Intentaron también el humor, incluso el humor negro. Y algo de crítica o sátira política, originaria del teatro realista norteamericano de los años treinta o de las propias carpas locales.&lt;br /&gt;Dejaron obras famosas: El Cuadrante de la Soledad, de José Revueltas, Rosalba y los llaveros, de Emilio Carballido, Las cosas simples, de Héctor Mendoza, y muy especialmente Los signos del zodiaco*, de Sergio Magaña.&lt;br /&gt;Poco después, hacia 1960, hubo otra transformación (muy desfavorable para el texto dramático): consistió en regresar a Europa, pero a las escuelas universitario-vanguardistas, y concederle al director todo tipo de prepotencia y de arbitrariedad sobre el texto, para montar todo el espectáculo o el circo que le viniera en gana, incluso contra el texto mismo, o fuera de él: el propio Mendoza, Gurrola, Jodorowski, Julio Castillo, etcétera.&lt;br /&gt;La banalidad del show por el show mismo. Jacqueline Andere, con suéter universitario y mallas, pretendía, montada en una bicicleta fija, que era una micifuza de La gatomaquia, de Lope de Vega. Aghhh. Nomás era una parlanchina instructora de gimnasia de televisión. Lo que hizo fue anticipar una clase de aereóbics, con un Lope de Vega como música de fondo.&lt;br /&gt;Raras veces me ha gustado el teatro mexicano, y esas raras veces siempre han sido obras de Sergio Magaña (n. 1924), quien despegó con mucho brío en 1951, apoyado por Salvador Novo; produjo con abundancia durante unos quince años (Moctezuma II, Los argonautas, El pequeño caso de Jorge Lívido, Los motivos del lobo, Ensayando a Molière), y luego pareció desvanecerse en los setentas, hasta su muerte (1990), con pocos destellos semejantes a los anteriores, como Santísima.&lt;br /&gt;Una de mis primeras experiencias como espectador teatral fue Los argonautas, a finales de los años sesenta, en el Teatro Jiménez Rueda. Era una versión llena de ingenio y de locura sobre la conquista de México, que refería más bien a la contemporánea conquista imperialista por parte de los Estados Unidos (época Kennedy). Recuerdo a a Claudio Obregón en el papel de Hernán Cortés, y a Héctor Bonilla en el papel de Bernal Díaz del Castillo, con su tintero colgado al cuello, recitándoles a los aztecas los beneficios de “La Alianza para el Progreso”.&lt;br /&gt;Más ritual y majestuosa, pero también más convencional y hasta aburrida, me resultó años después su Moctezuma II: un Javier Ruan recién salido del gimnasio, con los muslos bien aceitados bajo su vistoso taparrabo exiguo, declamaba no sé cuántas cosas “poéticas” en mitad de un coro de plañideras bien indígenas pero bien griegas, bien “euménides-troyanas” de huipil. No guardo muchos recuerdos de El pequeño caso de Jorge Lívido, que vi en la Casa del Lago por las mismas fechas, tal vez dirigido por Héctor Azar.&lt;br /&gt;La reciente reposición, bajo la dirección de Germán Castillo, de Los signos del zodiaco (que Novo dirigió en su estreno en 1951), reivindica el talento de ese dramaturgo tan original como extraordinario. ¡Las cosas a las que se atrevía! Inventó una vecindad a la manera de un ágora griego, cuyo patio se extendía como resumidero de historias, con tres o cuatro intrusiones a las viviendas.&lt;br /&gt;El lavadero cual coro griego. Las viviendas como cárceles que los propios habitantes se hacen a sí mismos, insertas todas en la cárcel mayor del vecindario, que comanda una portera mitómana y ebria. Sobre esta gente se abaten la miseria urbana, la mochería, la hipocresía, los atavismos y pretensiones de una clase superior (a la que no pertenecen, pero que imitan desesperadamente); la falta de amor y de esperanza en cualquier cosa, y el furibundo humor negro de Magaña. Todos contra todos en un compacto “criadero de escorpiones”. A medio siglo de su escritura, hay partes completas y muchos detalles que no han perdido su beligerancia y su oportunidad.&lt;br /&gt;La obra es sumamente ambiciosa y complicada. Tiene la extensión de una verdadera novela, de modo que siempre se la representa con grandes cortes. Su reparto puede exigir veinticinco actores, más extras, lo que obliga, como en esta reciente puesta de Germán Castillo, a mezclar actores profesionales con estudiantes, y se obtiene una representación muy irregular.&lt;br /&gt;Mientras Martha Aura (Ana Romana), la portera ebria y mitómana, se come brillantemente la obra, y Martha Verduzco (Lola Casarín) hace un decoroso papel como falsa diva de ópera en decadencia, al resto del reparto no se le oyen las frases completas, o las emite al ahí se va, más preocupado por atinarle a todas las maromas, aspavientos y coreografías “epatantes” (¿para qué tanto salvaje ballet de violaciones, que el texto no establece?), a las cuales lo obliga el director.&lt;br /&gt;¡Qué pedantes son los directores de teatro! ¡Si presumen de filósofos, que escriban mamotretos sobre Hegel, para que se pudran pacíficamente en las bodegas, y dejen de fastidiar las humildes tablas de la escena! ¿Qué caso tenía poner la cultísima música de Silvestre Revueltas, compuesta para conciertos vanguardistas, en una vecindad que Sergio Magaña quiso que oyera precisamente swing?&lt;br /&gt;¿Para qué pintarrajear a lo punk a las pobres lavanderas mexicanas de 1944, si su función de “coro griego” estaba pensada por el autor no como evidencia, ni menos como desaforado efectismo, sino como metáfora subliminal? ¿Para qué tener a oscuras toda la escena todo el tiempo, aun cuando los personajes dicen que están lavando ropa a las 9.30 de la mañana, como no sea para cansar e irritar la vista de los pobres espectadores, siempre escasos, aburridos, confusos?&lt;br /&gt;¿Para qué hacer un tenebroso montaje en blanco y negro, si todos esos personajes vivían a color y ya habían visto a colores Blanca Nieves y Lo que el viento se llevó? ¡Para intelectualizar la obra! ¡Para hacerla más ritual, y universitaria y conacultesca! ¡Qué humildes, razonables y sencillos resultan los matemáticos y los metafísicos, comparados con un efectista director de teatro! Y esos chistes privados, como nombrar como gran autor de ópera a un Ignacio Toscano (autoridad del INBA) que no aparece en el texto, sino como Ignacio Romero... ¿Por qué el señor Germán Castillo no se limita a hacer sus chistes privados en su casa? ¿Ese chiste, se dirige al espectador o es un gracejo a las autoridades? ¿De veras, así, los directores “mejoran” el texto? ¡No ayuden tanto al autor, compadres!&lt;br /&gt;En 1951 (aunque la obra fue escrita mucho antes), Sergio Magaña anticipa en Los signos del zodiaco la literatura de los siguientes lustros: La región más transparente, Los hijos de Sánchez, José Trigo y hasta De perfil. Su lenguaje coloquial es admirablemente efectivo, natural, y su vitriólica sátira de la clase media baja no ha tenido parangón. (Carballido se ha dedicado a recontar lo mismo de Magaña, pero con remilguitos y folklorismos, como una tía muy atorrante.) Acaso Segio Magaña fue el primero que nos indujo al vicio, ya incorregible, de una literatura mexicana actual de puros clasemedieros que trata de puras burlas y berrinches contra el clasemedierismo.&lt;br /&gt;El desamparo femenino, la prostitución infantil, los encierros de la miseria, el alcohol y la lujuria; los fracasos de toda esa gente por ser de veras “clase media”, el ambiente venenoso de seres empantanados en un no-destino, en una no-salida... ¡hasta la utopía, que ahora aparece con sarcasmo involuntario, de un posible redentor, nomás porque es galán y comunista!&lt;br /&gt;Se ha acusado al teatro mexicano de jamás tener algo de literatura. No es el caso de las obras de Sergio Magaña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* Sergio Magaña: Los signos del zodiaco, México, Colección Teatro Mexicano, 1953. Puesta en escena de Germán Castillo en el Teatro Jiménez Rueda, INBA, 1997. Cf. Salvador Novo: La vida en México en el periodo presidencial de Miguel Alemán; La Vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ARREOLA: EL CONVERSADOR Y LA PROSA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Juan José Arreola celebra sus ochenta años con unas memorias extrañas en boca de su hijo: a ratos son la reconstrucción memoriosa de éste a partir de múltiples conversaciones con su padre; a ratos suenan a simples grabaciones poco editadas de la conocida locuacidad del escritor; a ratos reproducen, no sabemos qué tan cabalmente, diarios o cartas. Proliferan los chismes de intelectuales.&lt;br /&gt;El último juglar (Diana) no es un gran libro, aunque cuente con páginas interesantes; comete todos los errores que Arreola criticó en sus mejores años, como la autocomplacencia y la incontinencia: así, por ejemplo, se asesta al lector un material profuso y reiterativo sobre sus amores juveniles, casi de larga novela rosa, cuando bien sabemos que el gran narrador exigía la brevedad, la concentración y el pudor en las efusiones sentimentales.&lt;br /&gt;Pero servirá sin duda como un documento fundamental sobre el autor y su época, y ayudará a recordar al otro Arreola, no al escritor (cuya biografía es la propia obra), sino al conversador. Porque el maestro de las narraciones brevísimas podía soltarse hablando horas (incluso por televisión) sobre cualquier tema. Hombre de extremos: Sucinto en la escritura, locuaz en la conversación. Diamante y viento.&lt;br /&gt;En estas memorias se trasluce algo del gran libro que Arreola anunció en vano (como Rulfo respecto a La cordillera) durante décadas, Memoria y olvido, y que acaso no llegó a escribir de tanto desgastarlo oralmente. Escuché de sus labios, en el taller literario que tuvo en la Casa del Lago hacia 1967, partes enteras de estas memorias, que recuerdo casi idénticas a como las recupera su hijo Orso.&lt;br /&gt;Dice Arreola que fue abandonando la escritura a partir de La feria (1963), para no bajar su nivel de calidad, para no escribir textos inferiores a los antiguos. Hizo mal. Pecó de soberbia: nadie tiene por qué ser Dante todo el tiempo ni toda la vida: a veces a los afortunados les ocurre serlo alguna vez, frente a “la zarza ardiente”, sin proponérselo con tal deliberación (se peca de hybris cuando se exige: “¡La Zarza Ardiente o nada!”); y de insensatez: los textos “perfectos” ya estaban a salvo, bien escritos y publicados: nada podía hacerles daño; había que pasar libremente, sin remordimientos, a otra cosa.&lt;br /&gt;Ciertamente el estilo arreolino más conocido, el de la ultracorrección filológica y las grandes exigencias estilísticas, se aviene más con los textos raros de Confabulario que con un relato veraz de la vida cotidiana. El “diamante” de “De Balística” o de Bestiario, con sus aspiraciones intelectuales, su culteranismo, su erizada filología, exige invenciones inusitadas. El radical artificio del estilo en consonancia con ficciones radicalmente artificiosas.&lt;br /&gt;Pero siempre estuvo ahí el Arreola oral. Ojalá él mismo se hubiera encargado de editar esa prosa conversada —concentrarla, depurarla—, que no tenía por qué desmerecer frente a la otra. De hecho, ya había avanzado buenos pasos en experimentos coloquiales, desde sus primeros cuentos. Han aparecido varios libros de sus conversaciones dictadas a familiares, amigos y discípulos: ninguno de calidad sostenida; a veces incluso algo ligeros y charlatanes.&lt;br /&gt;La feria parecía el principio y fue la culminación de este aliento oral (incluso dialectal: el habla ranchera), y nos deja sospechar lo magníficas que pudieron ser sus memorias, si las hubiera trabajado como hizo con esa novela. Pero solamente se dejó grabar.&lt;br /&gt;Se queja de que fue etiquetado, a principios de los años cincuenta, como afrancesado y culterano, en oposición a la supuesta esencia nacionalista y popular de Rulfo. Tiene razón en su queja. Temas suyos tan frecuentes como las extravagancias de la modernidad, el matrimonio, el adulterio, los fulgores y las espinas del encuentro sexual o la moral católica pueblerina, poseen tanta mexicanidad como las balas y cuchilladas de nuestra historia violenta. Por otra parte, Luis Cardoza y Aragón encontró que la esencia rulfiana de la mexicanidad partía de Knut Hamsum, y habló de Pedro Páramo como de “ese libro noruego”...&lt;br /&gt;Pero desde hace mucho tiempo se ha dejado de fastidiarlo con semejante etiqueta. Ha padecido otra, que él mismo fabricó: la del perfeccionista. Un extremista del estilo, un radical del arte de la prosa. Él tuvo la culpa por sus incontinentes prédicas entusiastas al respecto, y el público por tomarlo tan en serio cuando, con toda evidencia, se manifestaba también el otro lado de la moneda: más que cualquier otro autor contemporáneo, ha sido precisamente Juan José Arreola el gran ejemplo de la literatura improvisada, oral, conversada, algo teatral: “sobre el viento armada”. Ahí se permitía ser profuso y sentimental, declamador e ideólogo: todo lo que le prohibía al Texto con mayúscula.&lt;br /&gt;Esta etiqueta de Arreola como medalla de la prosa perfecta ha hecho olvidar, por desgracia, que sus cuentos y poemas en prosa ofrecen algo más que un extremoso triunfo estilístico. Ofrecen una buena cantidad de bromas, de sátiras, de comedias, de farsas.&lt;br /&gt;Es un autor jocundo, para morirse de risa. Un saltimbanqui de la imaginación y del lenguaje. Leer a Arreola sólo para admirar su perfección prosística significa perderse de demasiado; toda una visión satírica de la realidad mexicana asoma entre sus diamantes. Toda una fiesta de gozo en torno a los absurdos de la realidad más minuciosa, como durante un caballeroso trayecto en autobús o en su queja contra un mal zapatero.&lt;br /&gt;“El guardagujas”, extremo kafkiano, también ofrece un exacto informe del destino verificable de los Ferrocarriles Nacionales de México; y todas sus burlas a la modernidad erótica, a la vida cotidiana en pueblos y ciudades, a las aspiraciones morales del cristianismo e incluso a los trances metafísicos de nuestras pobres mentes, que a menudo se creen demasiado angélicas, y claro: desvarían.&lt;br /&gt;La vigencia de Arreola como humorista, en una literatura mexicana de monótona seriedad asnal, resulta tan asombrosa como la de su estilo escrito, tan elástico y eficiente en la lectura actual como hace medio siglo, cuando tomó por asalto nuestra narrativa con Varia invención.&lt;br /&gt;Es una lástima, sin embargo, que no haya trabajado más ese estilo oral, coloquial, de sus conversaciones. Que haya delegado en otros, así sea su hijo, la recuperación de su habla. Nos había prometido durante décadas hacerlo por sí mismo: escribir Memoria y olvido. No logró finalmente las anunciadas bodas del texto y el habla, del diamante y del viento, de la prosa y la conversación. Tal vez esperó demasiado tiempo.&lt;br /&gt;¿O sería que los celosos ángeles de sus severas teorías prosísticas mantuvieron a raya, con espadas flamígeras, a los traviesos duendes parlanchines de su invención oral?&lt;br /&gt;¡Qué peligrosas y tiránicas resultan las sirenas de la perfección, las supersticiones e idolatrías del Texto con mayúscula!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5071107388385742623-6032680354623891444?l=veinteaventurasjjb.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://veinteaventurasjjb.blogspot.com/feeds/6032680354623891444/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5071107388385742623&amp;postID=6032680354623891444' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5071107388385742623/posts/default/6032680354623891444'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5071107388385742623/posts/default/6032680354623891444'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://veinteaventurasjjb.blogspot.com/2008/11/tercera-parte.html' title='TERCERA PARTE'/><author><name>José Joaquín Blanco</name><uri>https://profiles.google.com/107458643043786395125</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-rNL86B0JctU/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/PxumyAQWsig/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5071107388385742623.post-5571793811964109062</id><published>2008-11-02T20:16:00.000-08:00</published><updated>2009-02-11T03:50:47.274-08:00</updated><title type='text'>CUARTA PARTE</title><content type='html'>PASOS DE RICARDO GARIBAY&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Of all places, Ricardo Garibay (1923-1999) nació precisamente en Tulancingo, Hgo., como Gabriel Vargas, el autor de La Familia Burrón, el luchador El Santo y el boxeador Pipino Cuevas. Cuna es destino. ¡Cuidado con los “tulancinguenses ilustres”!&lt;br /&gt;Fue un escritor prolífico y tumultuoso, con un oído insuperable para reproducir el habla coloquial y multiplicarla y exagerarla hasta la extravagancia; con una vocación satírica que no se prohibía el humor más grueso y grandes obsesiones eróticas.&lt;br /&gt;Su obra conocida es vasta, y la menos identificada —hasta qué punto intervino en ciertos guiones del cine mexicano oficialista o comercial— igualmente numerosa. Sé que inventó El Milusos; no he comprobado su participación legendaria en ciertas películas donde María Félix grita leperadas de guerrillera: “¡Échenles mentadas, que esas también duelen!”&lt;br /&gt;Se suele alabar su temprana novelita memoriosa, Beber un cáliz, de indudable valor lírico, pero que acaso resulte lo menos garibayano de Garibay, quien quedará probablemente representado por sus novelas y crónicas satíricas de regusto parrandero y populachero, con absoluta entrega a un callejero México-Pandemonium de cantinas y burdeles: Bellísima bahía, Acapulco, La casa que arde de noche, Las glorias del gran Púas... Un Aristófanes o Petronio de la segunda mitad del siglo. Creo que Garibay alcanza su mejor definición cuando ríe con carcajadas estridentes de sus Lisístratas tumultuosas.&lt;br /&gt;Garibay siempre fue un escritor incómodo en la cultura de su tiempo. Se negó (como Revueltas, Efraín Huerta, Ramón Rubín, Rafel Bernal, Sabines, Arreola, José Agustín) a incrustrarse en la Ecclesia visible de la mafia literaria que, a partir de los años cincuenta, instituyó el sistema de elogios-favores mutuos y distribuyó rangos y jerarquías entre los escritores mexicanos. O fue expulsado de ella. Desde sus principios representó, con Luis Spota, el prototipo de lo que no debía escribirse, mientras Paz, Yáñez, Rulfo y Fuentes edificaban los modelos tutelares obligatorios para todos los narradores.&lt;br /&gt;Esta independencia o marginamiento de Ricardo Garibay se antoja hoy en día más confusa y contradictoria de lo que pareció en su tiempo. Posaba como un anti-intelectual profesional, un vitalista hemingwayiano, enemigo de los “señoritos intelectualoides” de la mafia y del boom latinoamericano. Pero no era tal, o no lo era tanto: consiguió incluso programas de televisión (oficial) para disertar a su gusto (con escasos conocimientos) sobre Shakespeare o Dante.&lt;br /&gt;Aparecía, o se le hacía aparecer, como un anacronismo. Un autor grueso, sin la sofisticación modernizante, estetizante o intelectualizante de Yáñez, Rulfo y Fuentes. Un Mariano Azuela redivivo, que continuaba en la segunda mitad del siglo las caricaturas hiperrealistas de principios. (Otra vez la Pintada, la Malhora, los catrines y “los de abajo”, Sendas perdidas, Nueva burguesía.) ¿Lo era? Sin duda en estos tiempos “posmodernos” resulta sencillamente un autor jocundo, seducido por su amplio Satiricón mexicano.&lt;br /&gt;Aunque fue traducido y obtuvo algunos honores en el extranjero, su vocación siguió un rumbo profundamente local. No hay mexican curios en sus novelas, sino la farsa despiadada de la vida mexicana, que sólo el desprejuiciado lector local aquilata, y al turista y al mexicanólogo resulta desagradable o “superficial”. Mucha realidad, pocos museos; una celebración de la cotidianidad “vulgar” y no de los mitos. El anti-Fuentes. Garibay no escribe narraciones para ilustrar metáforas o doctrinas “profundas” de lo mexicano, sino para celebrar y zaherir al mismo tiempo, identificándose con ellos, los episodios grotescos o burdos, pero siempre encendidos, de nuestra sociedad moderna.&lt;br /&gt;Era un oso de gran orgullo, fértil y desbocado. Se hizo odiar por la cultura institucional, la cual no le regateó desaires, como negarle distinciones y premios más que merecidos. En mitad del escándalo se le negó el Premio Nacional de Literatura e, inicialmente, la categoría de emérito en el Sistema Nacional de Creadores de Arte. Un anti-García Terrés, ese inocuo canónigo perpetuo. Tampoco ingresó a la Academia de la Lengua ni al Colegio Nacional.&lt;br /&gt;Escribió la obra que quiso, como quiso. Fue uno de nuestros narradores más independientes. Dotado de un ego tremebundo, enarboló su heterodoxia y su orgullo feroces contra capillas y alianzas. Fue el rey absoluto de todos sus dominios. Se atrevió a lo comercial: a confiar en la taquilla, y no tanto en los pactos y jerarquías gremiales-burocráticos.&lt;br /&gt;Más que en cualquier otro autor, el habla del México de su tiempo prospera y resplandece en sus novelas “superficiales”, fársicas, carcajeantes, con trazos gruesos de muralista y pronta hilaridad de historieta. Querían ser eso: superficies narrativas, personajes y episodios plenos en sí mismos, menos que representaciones o metáforas de teorías sociales, estéticas o políticas.&lt;br /&gt;Este autor menospreciado por las instituciones y las mafias —era toda una institución, toda una mafia rugiente y absolutista en sí mismo— siempre contó con lectores apasionados. Fue uno de los cronistas más leídos durante su paso por Excélsior.&lt;br /&gt;Menospreciada por la política cultural y las modas ideológicas de su tiempo, su obra probablemente magnifique y realce su valor en años futuros, libre ya de batallas y de polémicas apolilladas, concentrada en su pasión y valores narrativos, que nadie se atrevió a negarle en vida. Simplemente parecían “burdos y superficiales” para cierta pedantería culturalista en el poder. La burda y superficial era, por el contrario, esa pedantería institucional y prepotente, vociferaba Garibay a la menor oportunidad, entre rayos y centellas, ajos y cebollas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;UN PRÓLOGO PARA JORGE LÓPEZ PÁEZ*&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los numerosos cuentos y novelas (novelas-de-cuentos) de Jorge López Páez (1922) destaca el júbilo de narrar la minuciosa vida cotidiana, incluso íntima, a ratos solitaria o pueblerina, a veces urbana y cosmopolita. Desde los chismes del fogón de las tías y el patio o el jardín de los primos hasta las intrigas y rumores agridulces de pretenciosas oficinas de secretarías de Estado y embajadas (“El nuevo embajador”), espectaculares casonas de fiestas extrañas (“Ahí estaba Elizabeth Taylor”), perfiles enigmáticos de prestigios escandalosos (“Una estrella del cine nacional”) y diversas aventuras de viaje, en el WC de los antiguos ferrocarriles (“El viaje con Sigfrida”) o en las albercas seminudistas de los nuevos balnearios tropicales (“Pájaro sonámbulo”).&lt;br /&gt;Sabe expresar con una fresca naturalidad los días y las penumbras, las ironías y los terrores de la clase media mexicana en las más diversas arrugas del mapa. Episodios comunes que se nos vuelven experiencias extraordinarias precisamente por su inmediatez. Adquieren el espesor de la vida inmediata. El jubiloso cantor de lo inmediato.&lt;br /&gt;Sus recursos suelen ser increíblemente sencillos: por ejemplo, un hombre recibe en su cama de accidentado la visita de su compadre, y ya; no se necesitan más estructuras narrativas: agarran, platican y corre en borbotón toda una detallista vida de traileros. Una paridora tenaz —lleva siete hijos de padres diferentes a sus apenas veintitrés años— va a platicar con Doña Herlinda, quien nomás se ocupa de servirle incontables caballitos de tequila para destrabarle, pero por completo, la lengua. Y ya.&lt;br /&gt;La destreza y las virtudes narrativas de Jorge López Páez aparecen desde sus primeros libros. Inició su obra de narrador desde buena altura y no ha conocido caídas. Asombra esta calidad permanente, y su lealtad al mundo tan local —sobre todo el de la nueva clase media de la nueva provincia mexicana, con coches, cassettes, salones de belleza, Disneylandia, VIPS, palenques, vacaciones en la playa, confidencias maternales frente a enormes, norteños T-Bone; o la capital con sus casonas de políticos y sus palaciegas bodas desairadas, “Los invitados de piedra”—, que escogió desde un principio y ha venido poblando y expandiendo en una quincena de títulos.&lt;br /&gt;Muchas veces nos contará la experiencia de dos o tres niños intrigados frente a los embrollos de los adultos, y siempre habrá una historia fresca.&lt;br /&gt;Son inevitables la verosimilitud, la transparencia, la amenidad, la gracia de López Páez; su irreverencia más sonriente que retadora frente al matrimonio, la maternidad, el sexo, la política, la religión. A ratos me da la impresión de un Voltaire en guayabera, paladeando una horchata, mientras parece referir con toda la tranquilidad del mundo una simple historia familiar a los vecinos decentes, muertos de risa... quienes sólo demasiado tarde se darán cuenta de haber sido cómplices de tamañas inconveniencias. Y para entonces ya resultaría ridículo llamarse a escándalo (“Vientos del Caribe”). Otras veces simplemente recupera atmósferas, olores, texturas, instantes del tiempo perdido, que lo ha hechizado y a cuyo embrujo nos invita.&lt;br /&gt;Un autor de estilo tan esencial —lo que no lo esclaviza a la gramática hipernormativa, ni le impide los coloquialismos y modismos, ni las bromas; un prosista que no se espanta ante la repetición de palabras ni ante las cacofonías—, tan preocupado por mirar claramente su realidad común, más allá de “efectos de pluma” y de teorías o de modas culteranas, causó escándalo desde el principio.&lt;br /&gt;Había terrores como de cine de La Nouvelle Vague en ese mundano Pepe Prida (1965), quien se atrevía a un cierto amoralismo desenfadado, del todo extraño en las letras mexicanas, y dramas amorosos y sexuales en Los invitados de piedra (1961) y Hacia el amargo mar (1964); doblemente intensos porque rehuían la moda de la epatante “literatura del mal”, entonces tan socorrida como snob, y sólo abrían los panoramas del desastre interior con una mirada objetiva, sucinta y... mordaz. Eran contemporáneos de La Nouvelle Vague, pero surgidos de la mordacidad que también goza “el santo olor de la panadería”.&lt;br /&gt;Recuerdo haber leído esos libros por primera vez en los pasillos de San Ildefonso, durante mi preparatoria, en los años sesenta, y la curiosa sensación de una provincia mexicana que a ratos se me volvía en la lectura película francesa o italiana de “arte”, se decir: de las prohibidas, que apenas se exhibían en las reseñas o festivales de cine, o en los clandestinos cineclubs universitarios.&lt;br /&gt;Jorge López Páez se presentaba como un modernizador que no inventaba “golpes de novedad” artificiosos, calcándolos de títulos extranjeros, sino espiando las nuevas vueltas de las costumbres locales, desmenuzándolas, desarrollándolas en su propio medio nativo. Ahí estaban completas: sólo faltaba verlas, oírlas, expresarlas. No hay autor más universal que quien descifra cabalmente su propia aldea o ciudad. Lo universal en lo inmediato.&lt;br /&gt;Un modernizador a quien las escenas o episodios de la carne erizada, o del instinto en desazón, no lo alejaban del paraíso. Concibió dos de los mayores paraísos de su tiempo, ambos desde la perspectiva infantil: El solitario Atlántico (1959), que podemos leer ya como relato, ya como poemas en prosa (acaso se trate del título donde se preocupó más por asuntos de estilo, de una prosa con intenciones estéticas) ahincado en la provincia profunda; y Mi hermano Carlos (1965), en la gran ciudad, que ahora nos parecería inverosímil: ¿Existieron de veras esas sonrientes calles arboladas, esos hogares siempre abiertos y con bardas muy bajas, meramente ornamentales, que las palomillas de niños saltaban de casa en casa en una diversión interminable, apenas contrapunteada por el espíritu y la carne atormentados que vislumbraban, casi sin entenderlos, casi sin creerlos, en gestos espiados de los adultos? ¡Hay que ver lo que es hoy en día, lo que ya era en los años setenta la Colonia del Valle!&lt;br /&gt;Quizás jamás se haya escrito, y por supuesto no se ven perspectivas de que pueda escribirse, un panorama tan pacífico, alegre y fresco de la Ciudad de México, como ése. Una Nueva Arcadia Mexicana. Qué rara esa “ciudad jardín” de Mi hermano Carlos, sin embargo contemporánea a las visiones espeluznantes del Distrito Federal de Revueltas, Spota, Garibay, Fuentes, José Agustín... ¿No la estaría soñando un niño desde “el solitario Atlántico”, uno de esos niños de provincia que creían que las grandes ciudades eran cuentos de hadas?&lt;br /&gt;Los niños son personajes privilegiados de su narrativa: basta señalar la intensidad y la ternura, la complejidad emotiva e imaginaria, el mundo más que reducido, multiplicado al cifrarse en dos inagotables prismas: su amiga y “El chupamirto” para el chamaquillo tan tempranamente codicioso y sensual del cuento que lleva ese título. El extraño mundo de la gran capital desde la perspectiva de una niña, hija de sirvienta, en “La tarde de Tula”.&lt;br /&gt;Los niños, los jóvenes, las solteras y viudas, los solos, los desamados, los “equívocos”, son los personajes favoritos de López Páez, siempre ubicados en su proporción natural, sin énfasis o dramatizaciones, pero cada vez más proclives a los bordes del humor e incluso de la ironía inesperada, se diría insólita, como en Doña Herlinda y su hijo y sus otros hijos (1993).&lt;br /&gt;Aunque el tema homosexual es sólo uno los múltiples asuntos de la variada obra de López Páez, y acostumbra asomar con decoro y pudor, el lector contemporáneo debe reconocer que su invención de las intrincadas e hilarantes aventuras del muchacho gay y su cómplice y celestinesca madre Doña Herlinda permitieron (especialmente a partir de su versión cinematográfica, que anunció al público general la obra de un autor por entonces sólo conocido por la muy estrecha minoría mexicana de los lectores de narraciones), a mediados de los años ochenta, uno de los íconos más sonrientes de la llamada “cultura gay”, o de la expresión de la vida y los asuntos de la vida homosexual en las artes y los medios de comunicación en lengua castellana. El homosexual, reducido hasta entonces a la nota roja o a un lacrimoso payaso de carpa, encontró un superior registro cómico. Como El vampiro de la Colonia Roma (1979), de Luis Zapata, ése y otros relatos de López Páez brillaron con un gesto de modernidad, tolerancia y optimismo –siempre iluminados por la ironía, incluso con fulgores ácidos- en el momento en que la cultura y la sociedad mexicana parecían decidirse por un modo de vida moderno y tolerante. Amplió y renovó la comedia de la sociedad mexicana y del tratamiento literario de la vida homosexual.&lt;br /&gt;Doña Herlinda se erigió entonces como uno de los personajes imaginarios más célebres, queridos y exitosos de la narrativa mexicana de finales del siglo xx. Pero el cine suele ser demasiado rápido, traicionero y cruel: a principios del siglo xxi la película (un tanto experimental, torpe, improvisada, que en su momento por eso mismo pareció tanto más fresca y verista) desmerece frente al sucinto cuento “Doña Herlinda y su hijo”, que llama a gritos una nueva versión teatral o cinematográfica. Semejantes personajes cómicos suelen fulgurar en el foro o en la pantalla ante la risas multitudinarias.&lt;br /&gt;En otras páginas encontramos los paraísos raigales de la infancia y de los rincones natales, estremecimientos del amor, el sexo, la desventura, el terror, la curiosidad de los viajes; también paraísos de comedia, con un humor que asimismo busca menos la “máquina teatral” de la risa estallante que el acento genuino de la realidad, hasta en su perspectiva naif, como De Jalisco las tapatías (1999), que asume un poco como símbolo las viejas postales coloreadas a mano. Pero hay que andarse con cautela. La cortesía, la economía de recursos, el aire pintoresco, la bonhomía vecinal, sólo preparan el zarpazo cáustico o crítico.&lt;br /&gt;Siempre se han reconocido la destreza, la limpieza, el sabor a verdad recién bebida del pozo, la economía narrativa de López Páez. También lo que se llamó su “verismo” —en oposición al viejo realismo estridente y sistemático—, no como afán teórico sino como búsqueda de la natural correspondencia entre el relato y la realidad: el color local, la cercanía de lo narrado con lo que el lector mexicano ha vivido.&lt;br /&gt;En este sentido, cabe destacar su independencia. Miembro de una talentosa generación o grupo de narradores —entre los que abundaban los veracruzanos (recuerdo sobre todo a Galindo, Carballido y Melo), sin desplazar a compañeros de otras regiones (Magaña, Castellanos, Luisa Josefina Hernández, Garro, Ramón Rubín, el poblano Pitol) y que florecieron en los años sesenta, particularmente en la Colección Ficción de la Universidad Veracruzana—, siguió un estilo, un camino y un mundo imaginario únicos. Se diría que sin dudas. Que no los tuvo que buscar mucho: que ya eran suyos desde un principio.&lt;br /&gt;No podía ser más escueta, más auténticamente costumbrista, más fatalmente verosímil la desgracia del empleado pobre con una empleada algo adinerada de VIPS, en el cuento “La prima”. Aplaudamos también en López Páez a uno de los cronistas de VIPS. (Diría Rilke: Todos los cronistas de VIPS son terribles.)&lt;br /&gt;La voz narrativa de Jorge López Páez, siempre bien templada, nerviosa y dominada por un ritmo secreto que confiere a sus obras una sensación de redondez, de paisajes al mismo tiempo sucintos y plenos, atiende con la misma pasión los detalles de las costumbres y del habla, que las grandes líneas de las emociones, los sentimientos y las ideas.&lt;br /&gt;Pocos autores proporcionan en sus textos, como él, la sensación de mundos vividos tan de cerca. Se les recuerda menos como textos que como memorias pobladas de sensorialidad, objetos y gestos que son en sí mismos “tonos, claves, silencios, alteraciones” principales, así aparezcan breve o lateralmente en los relatos. El lector juraría que no ha leído esas cosas: que las ha vivido ahí mismo: que es el lector —por un prodigioso trueque de posiciones— quien las está contando.&lt;br /&gt;A López Páez le gusta conceder la voz narrativa a las mujeres, especialmente cuando se ponen evocativas. Seguramente porque usan un lenguaje coloquial más locuaz, colorido y chistoso y, como por ahí se dice en especial de las tapatías, porque sólo dejan de hablar cuando tienen comida en la boca. No abandonan un instante sus mil y una noches tapatías entre tamalada y pozolada. Para no hablar de las interminables tequiladas de Doña Herlinda. Sus relatoras recorren los registros del candor y la gracia infantiles –cuando cuentan, por ejemplo, con la más sonriente alegría del mundo, paso a paso, como brincando la rayuela con sus ricitos y su faldita, una espantosa historia de vejez y deficiencia mental desamparadas-; de la feroz malicia y hasta del humor loco.&lt;br /&gt;Sin intentar generalizaciones odiosas, sería interesante comparar los cuentos donde la voz narrativa reside en niños, o en adultos que se sumergen en su propia infancia —mayor travesura e intensidad lírica—; en mujeres —más detallada descripción de la vida cotidiana y social, más fiesta y color local, mejor conversación franca e irónica, cuando no sarcástica—; o en hombres adultos —menor tono confesional, más silencios; pinceladas rápidas, bruscas o entrecortadas, como en el cuento de “Los compadres”.&lt;br /&gt;En décadas pasadas, remolcada por utopías o delirios teorizantes, ideológicos o modernizantes, la literatura mexicana ha querido parecerse más a las modas europea y norteamericana que a su propia tradición. No está mal tener presentes las brújulas culturales metropolitanas, que al fin y al cabo nos siguen dirigiendo. Pero ha sido una imperdonable distracción, una injusticia, un empobrecimiento, olvidar o menospreciar obras que quisieron enfrentarse con ojos concretos a nuestra realidad inmediata.&lt;br /&gt;Se tildó de arcaicas, provincianas o costumbristas, y se procedió a silenciarlas, obras como Los signos del zodiaco, de Magaña, El lugar donde crece la hierba, de Luisa Josefina Hernández, El Bordo, de Sergio Galindo, o algunas de López Páez, que sin embargo llegan al nuevo siglo con cabales actualidad y frescura.&lt;br /&gt;Pero ellos estaban seguros de su apuesta, que han ganado plenamente. En 1964, Hacia el amargo mar apareció con una solapa anónima, cuyos términos podrían suscribirse en 2002: Reproduzco un párrafo:&lt;br /&gt;“Hacia el amargo mar, que presenta este número de Ficción, está realizada en una escuela que más podría ser considerada como verismo narrativo que como verismo literario. En ella se desarrolla una historia común, con implicaciones comunes, sin cosa sorpresiva alguna; pero al cabo de su lectura queda en el lector la sensación de haber presenciado de cerca los hechos, casi de haber participado en ellos. Lo extraordinario está en la fidelidad con que se siguen los pormenores de un estrato social de clase media, cuyos personajes rondan y palpan la corrupción a cada momento, como las mariposas nocturnas la llama o la luz de una bujía”.&lt;br /&gt;Sólo cabría añadir que toda su obra está teñida de una misión moral, una crítica de la moral social mexicana. O inmoral, en el sentido en que André Gide escribió El inmoralista. Sin grandes discursos ni aspavientos, con sus cuentos familiares, López Páez ha denunciado, casi siempre con incorregible alegría, las hipocresías y atavismos de nuestra sociedad. Ha hecho más en este sentido que tantos librotes de sicoanálisis, de teorías sexológicas y religiosas, o de “literatura del mal”.&lt;br /&gt;Y sin arrojar jamás la primera piedra —de hecho, sin arrojar ninguna piedra— contra la mujer adúltera ni contra el fanfarrón hipócrita. Cuenta el México en que vivimos tal cual es, y castiga nuestros tartufismos especialmente con las armas de la broma (incluso la broma pesada) y de la ironía (aun la más irreverente) de sobremesa, sin olvidar sus inevitables caballitos de tequila, que nos ayudan a deglutirlas mejor, y a reírnos —o a hacer como que nos reímos— hasta de nuestros aspectos más patéticos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* Prólogo para una antología de sus cuentos por la UNAM&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LA SONRISA DE ELENA PONIATOWSKA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elena Poniatowska empezó desde arriba, con total insolencia. Ya están desde el principio su estilo, su ironía, su ritmo, su música, su crítica, su desparpajo, su chantaje de que “soy sencillita pero cuídate de mí más que de una bruja”; su voluntad de sonrisa y de vida. Su talento sobresaltó en los cincuentas a su “tío” Salvador Novo, con mucho el más sensible termómetro cultural de que disponía el país.&lt;br /&gt;Alfonso Reyes pudo haber dicho de ella: “Nació como Minerva, completamente armada”. En efecto: Lilus Kikus, Palabras cruzadas y Todo empezó en domingo ya revelaban, en lo esencial, a la escritora Elena Poniatowska que admiramos en este fin de siglo.&lt;br /&gt;Abundan, para mi gusto, los vuelos de ángeles en la Ciudad de México que describe con “tanta chispa”, según se decía durante los años cincuenta, en Todo empezó en domingo. ¡Tanta gracia en la ciudad! Pero el ángel es Elena, y no tanto la ciudad de México, la cual sonríe en este libro en el rostro de su autora, y no tanto por sus méritos urbanos, igual que sonrió con tan entrañable ademán y escasos merecimientos propios en los libros de Bernardo de Balbuena y de Salvador Novo, y en las crónicas de Manuel Gutiérrez Nájera.&lt;br /&gt;Pero nunca hubo un paraíso en estas partes, ni una región muy transparente. Si uno se asoma a los archivos, a la hemeroteca, a la literatura, encontrará que todo siempre ha sido espantoso. La Ciudad de México aparece como bonita o fea por puros méritos ideológicos, o por vicisitudes, caprichos y, sobre todo, por voluntarismos líricos.&lt;br /&gt;Nuestra ciudad parece bonita cuando hay un Gutiérrez Nájera que la cante, cuando no, no: queda desnuda e inerme ante los hechos indiscutibles del atroz panorama de su fealdad ridícula y su mundialmente célebre desigualdad social. Toda la diferencia suena en que haya o no un Gutiérrez Nájera que la cante.&lt;br /&gt;Elena Poniatowska nos ha enseñado, con muy duros tonos, la crítica de la vida —La noche de Tlatelolco, Fuerte es el silencio, sus crónicas del temblor—, y del país; pero siempre hay en su bandera una sonrisa indirecta, una voluntad de vida, y no sólo de la Vida como proyecto y teoría, sino de la vida minuciosa y concreta que hay que vivir, banal o insoportable, minuto o minuto. La sonrisa esencial para las minucias instantáneas. Dijo Auden en su poema de homenaje a Voltaire: “Sí, la lucha contra lo falso y lo injusto/ siempre vale la pena. Igual que la jardinería. Civilizar”.&lt;br /&gt;Elena pinta en este libro una ciudad muy diferente de la que nos mostraron en esos mismos años Buñuel en Los olvidados y Revueltas en Los errores, que registraba grabadora en mano Oscar Lewis para su Antropología de la pobreza y Los hijos de Sánchez, porque era más joven que ellos, y sus ojos estaban llenos de gracia y no de experiencia; acepto su México iluminado porque veo la sonrisa de la escritora. Así acepto también, agradecido, las sonrisas de Balbuena, de Gutiérrez Nájera, de Novo.&lt;br /&gt;Recuerdo en mi infancia otra ciudad, harto diferente de la que podría deducirse, en una lectura nostálgica, de las crónicas de Elena. Ya era, entonces, una ciudad agresiva, hosca, invivible, peleonera, policiaca, intransitable. Todos los escritores extranjeros que la visitaban la encontraban menos soportable que Tánger o Calcuta, aun en los años cincuenta. Los provincianos ya la detestaban. Los únicos que no estábamos enterados éramos los chilangos. Hay un mito de la impecable ciudad de los cincuentas como el que ocurrió de la “ciudad de los palacios” del siglo XIX: ambas horrendas, con escasos espacios disfrutables, siempre ariscos y carísimos, como la actual.&lt;br /&gt;Recuerdo en los cincuentas ya la ciudad del Nada y del nunca pero no del “nadie” sino del todo mundo estorbándole a uno el paso en todos lados; colas de horas para todo y sin conseguir nada. Para cualquier trámite ínfimo (la leche de la Conasupo, o como se llamara entonces, y la entrada al kínder o al cine); las “influencias”, las credenciales (en esos años, hasta simples tarjetas de visita.) Desde entonces.&lt;br /&gt;Sin embargo, parecería escasa, desde la perspectiva actual, aunque ya era todo un escándalo mundial, la truculencia policiaca en asuntos civiles: todo se resolvía con “una feria”. “Una feria” significaba en esos años ahora nostálgicos poco dinero (digamos, dos o tres días de salario). Sin “feria”, quién sabe. Pero no era común esperar extrema crueldad deliberada de parte del hampa ni de la policía. No existía el actual pánico de la calle.&lt;br /&gt;Ya era entonces, sin embargo, también una ciudad incaminable, aunque yo me esforzara por caminarla entre viaductos y puentes peatonales, como creo que muchos niños y jovencitos, pese a todo, la siguen caminando en estos nuevos tiempos de Blade runner.&lt;br /&gt;La miseria asomaba menos. Uruchurtu la tenía a raya. Prohibido invadir el coto minúsculo, saturado de camellones floridos y de jardines: los alrededores de Paseo de la Reforma, Polanco, Juárez, Condesa, Coyoacán, Del Valle, Florida, Las Lomas; detrás de la raya se extendía el terror que filmó Luis Buñuel en Los olvidados, que narró José Revueltas en Los errores, que registró Oscar Lewis, que recuerda la propia Jesusa Palancares en la novela Hasta no verte, Jesús mío, de Elena Poniatowska; que dejan entrever las películas de Pardavé y de Tin-Tan.&lt;br /&gt;No añoro pues ningún pasado en Todo empezó en domingo. Me asombra la precoz, límpida capacidad de instantánea prosística: recuerdo los elogios de Rulfo a Lilus Kikus; celebro su disposición a voltearse, como flor, al lado en que da el sol.&lt;br /&gt;Alabo su sonrisa. Alabo la intrepidez de esa chamaquilla, que, como diría Simone Weil, “en el infierno se creyó, por error, en el paraíso”. Creo que esa voluntariosa necesidad o urgencia de dicha prosperó en su novela Hasta no verte, Jesús mío, en la cual logra el paisaje de la pobreza desde el honor, la altivez y la energía de una voz narradora sumamente vitalista, por más que la realidad obstaculice a cada rato a su personaje igualmente admirable.&lt;br /&gt;Jesusa Palancares comparte parcialmente la época y, a regañadientes, el vitalismo de Todo comenzó en domingo. Sonríe con una arruga severa de labios, una verdadera sonrisa del alma, austera, seca pero florecida. Una florecilla de arruga, limpia y parca. La auténtica flor azul.&lt;br /&gt;Esta sonrisa no es ajena a La noche de Tlatelolco, el libro más conocido de Poniatowska y una de las más formidables construcciones de la cultura mexicana contemporánea. Mientras todos los sabihondos sociólogos y filósofos pretendían no sé qué tesis doctorales descifradoras de no sé qué signos, Elena, insolentemente, asumió su ambigua modestia de reportera y fabricó un “coro”, como se ha dicho, y con tal afinación y armonía, con tal verdad y profesionalismo, que destruyó por sí mismo el monopolio que el Poder tenía de la expresión pública.&lt;br /&gt;Construyó en sus páginas un paradigma de sociedad democrática, coral, como todavía no logramos establecer en la realidad. Y entonces ocurrió una verdadera votación democrática, inaudita: la que cientos de miles de lectores hicieron al ir a comprar ese libro. Libro por libro. Un voto de calidad mayúscula, la compra de cada ejemplar de La noche de Tlatelolco.&lt;br /&gt;En el plano literario, podemos legítimamente ennorgullernos de la obra maestra que logró el reportaje, o la historia oral, o la crónica, o como se quiera llamar a un género tan ambicioso como La noche de Tlatelolco. Episodios equivalentes o más difíciles, en Europa, Asia, África o los Estados Unidos no contaron con semejante audacia y plenitud profesionales. ¿De veras el New Journalism ocurrió en Nueva York? No, culminó sobre todo en un libro mexicano de Elena Poniatowska.&lt;br /&gt;¿Qué esperaban los lectores de 1957 de Elena Poniatowska? Salvador Novo ya sabía: la frescura, la insolencia, la gracia, la travesura, las solidaridades humanitarias y poner todo el mundo al revés. La prosa brillante e incisiva. La narradora que ama conversar por escrito.&lt;br /&gt;Todo esto ya estaba en Todo empezó el Domingo. Pero no se esperaba algo tan grave como la Jesusa Palancares ni La noche de Tlatelolco; mucho menos a los colonos, a los sufridores de la policía y los terremotos. Creo que sí se preveía algo a partir de atmósferas familiares, como La flor de lis; y en tonos menos libres, sus recuperaciones históricas de Tinísima.&lt;br /&gt;Pero ocurrió que la voz dura, el estilo denunciador, el pensamiento aguerrido surgió precisamente de la güerita feliz y traviesa, tan paradisíaca, de Todo empezó en domingo. Pero era elemental: los grandes líos, dirían los estudiosos semiológicos de los cuentos de hadas, siempre los arman las princesas.&lt;br /&gt;El traviesón estilo folklórico que Elena inventó para gozar su ciudad de juguetería, se convirtió en la mayor arma cultural para apoyar a los oprimidos y desprotegidos que conoció la prosa mexicana de esa segunda mitad del siglo: un estilo de “crónica” que formó a mi generación. Miles de personas han querido escribir como Elena, pero es inimitable.&lt;br /&gt;Parte de su secreto, supongo, asoma en este uso agresivo de la ingenuidad, en su espontaneidad tan calculada, en esta utilidad combativa de los sueños y los juguetes. Tal vez fue ella misma la primera en sobresaltarse, al advertir la aptitud política de sus recursos verbales e imaginativos, y nunca pensó que se dirigirían contra objetivos o enemigos tan políticos, tan importantes.&lt;br /&gt;Elena Poniatowska no sabía entonces que sus felices caminatas por Reforma y Chapultepec, y sus comentarios sabrosos al filo de la pluma, construirían la prosa política más eficiente de la protesta en México.&lt;br /&gt;Ella, más que nadie en nuestra época, ha impuesto su libertad civil —yo diría, incluso, su insolencia— frente a todo tipo de límites y de prejuicios. Ningún libro nos ha liberado tanto del Poder como La noche de Tlatelolco. Esa campaña la ganó ella, solita. El 68 se ganó en 71, gracias a Elena Poniatowska.&lt;br /&gt;Finalmente, en términos literarios e incluso filológicos, habría que hablar de la importancia de Elena Poniatowska como creadora de un lenguaje especial, que aparece, completamente armado, desde sus primeros libros.&lt;br /&gt;Podría hablarse de una narrativa voz coloquial, pero en Elena Poniatowska se trata de mucho más que eso. Hay un barroquismo, un engolosinamiento, una personalización del lenguaje coloquial. La prosa de Elena tiene sus Tonanzintlas, como diría Luis Cardoza.&lt;br /&gt;Poca gente usa tantos coloquialismos por escrito como ella, y con tal color y perspectiva irónica. ¡Tanto aprender la lengua, y a evitar las asonancias y las aliteraciones, y cómo pronunciar in-ve-re-cun-dia y con-sue-tu-di-na-rio y que ilación se escribe sin h, para que Elena nos venga con un arte prosístico que se abandera con la frase “Se mercan chicuilotitos tiernos”!&lt;br /&gt;Bueno: Cézanne quiso poblar sus cuadros con manzanas. ¿Vamos a reprocharle a Cézanne sus manzanas o a Borges sus laberintos? Más bien hay que celebrarle a Elena sus innumerables “se mercan chicuilotitos tiernos”, y el enorme rango irónico, tan colorista, sentimental, no alburero, que le ha dado a nuestra habla coloquial.&lt;br /&gt;Pero su mayor logro literario, en mi opinión, fue que enseñó a la literatura mexicana a sonreír. Admiro su sonrisa en los primeros libros. Y creo que sin ella, sin esa vocación de optimismo y alegría, sin su vuelo de hada, no habría logrado sus libros sobre asuntos oscuros. Elena siempre sonríe. En claroscuros, en sus libros lóbregos. (Siempre hay también algo de ironía y de llanto en su sonrisa.) En Todo empezó en domingo sonríe abiertamente.&lt;br /&gt;Advertimos en Todo empezó en domingo el placer literario de la escritora, con todas sus armas listas. Librará poco después grandes batallas. Ahora, plena mañana, usa sus instrumentos para el placer de la vida, del mundo, de la ciudad, de los viajes a provincia. Vive para el paisaje (no el que ve, sino el que inventa, que vale mucho más la pena). Nunca ha sido tan libre; tal vez nunca volverá a serlo: apremiantes compromisos políticos la requerirán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;MANJARREZ: LOPE DE TLALPAN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fiel al perfil de enfant terrible con que irrumpió, simultáneamente a Jorge Aguilar Mora, en nuestras letras provincianas, que todavía dudaban entre la fatalidad rural y las nuevas boutiques de la Zona Rosa a principios de los años setenta, Héctor Manjarrez (1945) ha continuado su obra con una decena de libros asombrosos.&lt;br /&gt;Nadie sabe con qué nueva obra va a salir Manjarrez. Pertenece a una generación en la que la popularidad, el mercado y el bombo y platillo publicitarios contaban poco; y mucho, en cambio, la obra personal como proyecto secreto, a la manera tradicional francesa. La función del escritor no estribaba tanto en obtener éxito, fama y poder, sino en distinguir cuál era la obra personal que le tocaba hacer, y entonces realizarla contra viento y marea. Sí: algo había en ello de rito secreto, de filtraciones de la Vidente y Melusina.&lt;br /&gt;En un principio estalló como un modernizador escandaloso. En su novela Lapsus (1971) entraban en juego, más allá de unos personajes simétricos, las grandes preocupaciones culturales mundiales de la época: la contracultura, la crítica o discusión del concepto de locura, el reacomodo de los roles sexuales, el rock, la droga, el nuevo arte de amar entre chamacos y chamacas emancipados, los laberintos de la Revolución, la desconfianza ante la educación infundida por la familia, la escuela y el Estado.&lt;br /&gt;No sé que se haya reeditado: recuerdo que en su tiempo se leyó y se discutió mucho. A nuestros melifluos y monetarizados “lectores” actuales acaso parecería “ilegible”. No lo era en 1971: se leía y releía. Eran los años en que los lectores buscaban novelas de difícil lectura: El siglo de las luces, Pedro Páramo, La región más transparente, Farabeuf, Adán Buenos Aires, Sobre héroes y tumbas, Cambio de Piel, Paradiso, Tres Tristes Tigres, Rayuela, 62. Modelo para armar, diversos títulos de Severo Sarduy y Juan Goytisolo, por ejemplo. Hubo polémica: ¿de veras ya éramos tan modernos como para emitir Paradisos vernáculos o verbáculos? ¿Y por qué no, por qué restringirnos a una escritura anticuada en relación con nuestras recientes, entusiastas lecturas?&lt;br /&gt;Dentro de la tradición europea clásica, Manjarrez asomaba más como un intelectual que como un mero narrador. No se limitaba a contar agradablemente un chisme; por el contrario, asumía sus personajes y episodios como disparaderos para reflexiones culturales y políticas muy complejas.&lt;br /&gt;Pero al mismo tiempo, se trataba de un escritor muy narrador, con notables aptitudes para inventar y contar tramas, como lo demostró en su primer libro de cuentos, Acto propiciatorio (1970). Sin olvidar la otra cara, la del pensador, la del crítico y burlón de la cultura establecida, ha sido ésta, la de la narración disciplinada y aparentemente llana, la que ha privado en obras posteriores como No todos los hombres son románticos (1983) y Pasaban en silencio nuestros dioses (1987). Más arisca, compleja y vanguardista ha resultado su poesía: El golpe avisa (1977) y Canciones para los que se han separado (1985).&lt;br /&gt;El joyceano artista adolescente de otros tiempos, ha ideado una broma, una comedia: El otro amor de su vida (ERA). Parece que se inspira más en los teatreros romanos: yo la encuentro igualmente familiar del teatro de enredos del español Siglo de Oro, aunque aquí, afortunadamente, no luzcan los espadazos de utilería.&lt;br /&gt;En una relativamente apacible residencia de Tlalpan, el azar conspira para encerrar durante una madrugada y toda una mañana a todo el elenco: La dama joven (ya de sus cuarenta años, en el dintel de algún doctorado universitario), tres galanes que algo denuncian también de una juventud setentera y sus locas y, ay, vencidas ideas; y el coro femenino bifurcado en la matronesca pero liberal progenitora de la dama asediada y la quizá no tan sexualmente inocente amiga de ésta. Unos benévolos perros doberman, un violonchelista como sacado del teatro del absurdo y un policía mexicano crudísimo, de película de David Silva, complementan la gran troupé de un pequeño fin de fiesta, rumbo a una (suponemos apacible) culminación en una pueblerina boda en Huipulco.&lt;br /&gt;(No recuerdo si se atribuye al propio Lope o a Tirso, el andarse jalando los pelos una mañana por la calle: “¡Tengo tres galanes, dos damas, tres criadas, un alguacil, cuatro cornudos y dos soldadones encerrados en una casa, y ya voy a la mitad del tercer acto! ¿Cómo resolver semejante embrollo?”, se quejaba. Su compañero, burlón o sabio, lo aconsejó: “¡Pues prende fuego a toda la casa!”. Manjarrez, menos piromaniático, simplemente los trasladó en bola a otra fiesta: la boda huipulquera.)&lt;br /&gt;Se puede sin rubor describir la trama, pues es lo que menos cuenta en esta comedia lopesca de Héctor Manjarrez: lo hilarante, lo terrible, los pastelazos, los tortazos, la sangre real o de pintura, los vahídos y desvanecimientos más o menos verosímiles, las largas escenas kafkianas o gombrowiczianas hablan de otra cosa: de la mentalidad y la emotividad de un grupo de adultos, entre los cuarenta y cincuenta, hecha añicos o a punto de estrellarse.&lt;br /&gt;Se trata parcialmente de una novela teatral. Pocas descripciones, mucho diálogo. El recurso del diálogo echa mano de sustitutos: contestadores telefónicos, teléfonos celulares o inalámbricos, conversaciones espiadas. Pero sobre todo ello planea un superdiálogo, el del autor, como una especie de equívoco pantocrator. Más que un gran autor omnisciente, Manjarrez busca una especie de un demiurgo narrativo... que está tan perplejo como sus propias criaturas.&lt;br /&gt;En los tiempos clásicos de la comedia española, se consideraba “autor” no al mero inventor o redactor de la comedia, sino al empresario, que la montaba. Ahí está pues nuestro supranarrador, tratando de montar esa comedia entre sus personajes confundidos, nerviosos, demasiados febriles o demasiado extenuados. Escucho en esta comedia el canto del cisne de la contracultura, del nuevo modo de amar, de la nueva pareja, de la nueva amistad, de todas las novedades que en Lapsus relucían como si llegaran para quedarse hasta la consumación de los tiempos.&lt;br /&gt;Más que una comedia de caracteres, de miles gloriosus, galanes rivales, dama bella indecisa, matrona y amiga consejeras, y personajes “absurdos” como el bigotón del violonchelo, encontramos una profunda, dolorosa —el humor no logra recubrir del todo la elegía ni la palinodia— comedia de ideas, emociones, esperanzas.&lt;br /&gt;No señalé oportunamente la frase donde un personaje expresa la dificultad de convivir con lo que en otras épocas nos prometimos a nosotros mismos. Alcancé a marcar una cita de su antináusea antisartreana: “O quiero que te quedes porque odio las culpabilizaciones, y porque la libertad no es para padecerla, carajo. ¡No es para padecerla!” Y la sopita de su propio chocolate que el malvado Manjarrez le da a la propia Décima Musa. En su letrilla más conocida, la de “Hombres necios”, Sor Juana les pide lógica a los galanes con respecto a sus damas: “Queredlas cual las hacéis/ o hacedlas cual las buscáis”. Ahora que las feministas y posfeministas, si hemos de creerles, han exterminado a la Bestia Peluda del machismo, tampoco quedan tan contentas, pues su unicornio “antimachista y antimisógino, solidario y rescatable”, inventado en el laboratorio de sus “grupos de género”, no les ha producido homo feminae a su gusto. “Porque ¿quien entiende a los hombres desde que ya no son como eran? Ciertamente, no son ellos mismos; pues ya no saben filosofar, ni seducir, ni argumentar; ya no infunden ni miedo, ni tanta ternura, ni respeto, ni enemistad. Y, además...” Quién les manda a las galateas a meterse de pigmaliones. Siempre —¿no se lo habían dicho?— es descorazonador el destino de Pigmaleón.&lt;br /&gt;Novela de ideas —priva en ella la discusión sobre la descripción o la acción—; escritura a la segunda potencia, que rescribe en sorna o en funeral lo que el buen lector ya sabe; risa diabólica que pretende tomar el infiernillo a la ligera, Héctor Manjarrez ha escrito un libro extraño, peculiar, entrañable.&lt;br /&gt;Lo que regocija muy especialmente a quienes empezamos a escribir hace décadas siguiendo, parcialmente, sus enseñanzas y su ejemplo, allá cuando nos invitaba tragos en su casa, y nos iluminaba con sus interpretaciones de Gombrowickz, Rimbaud y Lou Reed.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LOS OGROS DEL ARTE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una novela breve y compacta, casi alegoría, La maldita pintura (ERA, 2004), Héctor Manjarrez ha dibujado una especie de infierno circular o de fúnebre callejón sin salida para una comuna de artistas radicales ingleses y mexicanos (residentes en Londres), que a lo largo de los años, a pesar de su laboriosidad y del éxito, desembocan en el desencanto o el descubrimiento de la impostura del arte moderno, especialmente de la pintura.&lt;br /&gt;Como las ideologías, las artes –o más bien: las estéticas, los postulados estéticos, las doctrinas y expectativas que se les atribuyeron grandilocuentemente a las artes modernas- han embrujado, traicionado y martirizado a sus amantes: sus víctimas terribles y aterrorizadas. Saturno o el sublime arte ogro.&lt;br /&gt;Los artistas y sus mujeres –pintorescamente denominados Uno, Dos, Tres, Cuatro y Cinco, para que el sexto personaje, el narrador, pueda llamarse, en homenaje a Cataluña, Seix; y el lector, supongo –en homenaje a la tiendita de la esquina- Seven... Up- parten de una flamígera Edad de Oro (acaso los sesentas) en la que el arte más radical asumía proporciones de ideología, casi de religión. Un arte más grande que la vida, que el amor o el deseo, que el destino y el delirio, que la religión y la política. ¿El vanguardismo no seguirá momificado, a más de un siglo de distancia, entre las telarañas del castillo de Axel? ¿El arte moderno huyó de mercados, tradiciones y academias rumbo a espejismos esotéricos?&lt;br /&gt;Pero el templo del arte vanguardista se ha vuelto –ya lo era: hay denuncias al respecto desde los años veinte, para no remontarnos a los “salones” de Baudelaire- mercado soez, mascarada interminable de farsantes y embusteros. Nuestros artistas llegan al extremo de no saber si en la medida en que más profundizan en la pureza y el radicalismo de su pintura y de su estética, no se están engañando y traicionado más a sí mismos. Si el arte no es siempre, también él, una impostura totalizadora y trágica. Una trampa existencial tan abrumadora como las religiones o las ideologías.&lt;br /&gt;Rechazados los cimientos o puntos fijos de la tradición y la academia, lanzados a una creatividad adánica o luciferina (de Klee, Matisse y Picasso a Pollock), a la que exigen absolutos vitales, carnales y espirituales, pasionales y hasta esotéricos, crean una espesa selva de dibujos y colores como vegetaciones caníbales. El sueño del arte también produce monstruos. El logro del arte es el ogro del arte.&lt;br /&gt;Pero no se trata de una mera palinodia del arte contemporáneo, del tipo de las lamentaciones sobre el daño de las ideologías. Es una farsa formidable, casi extravagante: por ejemplo, media novela nos ofrece el tableau vivant o el “cuento cruel” de unas mujeres desnudas domésticamente enjauladas, por decisión propia, en una especie de instalación solipsista, sin público, para sí mismas y los hombres de la enrarecida y exclusivista comuna.&lt;br /&gt;Los personajes crean sus propias caricaturas “apandadas” y se sumergen en ellas, como narcisos obsesivos. Su postulación mefistofélica de las negaciones del arte prolifera espasmos y esperpentos, bromas y pesadillas. Estos hombres y mujeres de quienes el arte se ha burlado, ahora se burlan de él con una prosa jocunda y despiadada. No se podrá decir, a pesar de todos de los pesares, que se trate de criaturas inermes: en todo caso, son bestias de su propio bestiario voluntarioso, fauves de su deliberado fauvismo.&lt;br /&gt;Seix cuenta la historia de Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco y de él mismo, con un humorismo y una lubricidad tan firmes y exuberantes, que el lector Seven Up no puede dejar de pellizcarse en mitad de la pesadilla alucinatoria y decir: ¡Si tienen tal fuerza para burlarse así de ellos mismos, es que de alguna manera han sobrevivido! ¡Bravo por ellos! ¡Que prosiga el pandemonium, el “teatro de la crueldad”, el “arte bruto”! A final de cuentas, toda vida humana, incluso sin arte, les resulta a muchas personas una trampa absurda, una pesada broma del Caos.&lt;br /&gt;Escrita con una pluma clara y feroz, desbordante de sugerencias y postulados teóricos, obsesionada (como siempre en Manjarrez) en el dibujo de las poderosas mujeres o trazos-hembra en desnudeces sagradas, lúbricas y casi bestiales (algo habla del sexo de los insectos como el más parecido al humano); enrollada en un laberinto –prosa piranesiana- de bromas y retruécanos, La maldita pintura adjunta a la tragicomedia de los artistas radicales en tiempos “neopostpunks” el ácido y sensato desengaño de unas artes que se tomaron demasiado en serio, y se propusieron ideales tan difusos como desmesurados –maximalistas, totalizantes, ultrarrigoristas en sus ultranegaciones-, que ni las religiones más entrampadas en el misticismo más alucinado podrían satisfacer. No lastima tanto el arte modestamente humano -los objetos creados con las manos- por ultra-post-neo-vanguardista que se quiera, sino sus esotéricas presunciones, sus piedras filosofales, sus cábalas teóricas, sus alephs, oms y hare-krishnas en acrílico: sus búsquedas enjauladas del Absoluto.&lt;br /&gt;Terror y tragedia en un relato hilarante, totalmente diverso de la literatura que se usa en nuestros días: delirio artaud-dubuffetiano que, pretendiendo zaherirse y autodenunciarse como letal impostura, La maldita pintura en realidad reafirma su gozo en tal estética ruda, “bruta”, “salvaje” o negativa, así sea desprovista de todo trascendentalismo, pero vivida o ensoñada en su minuto preciso, al mismo tiempo edénico y torturado.&lt;br /&gt;Una pequeña obra maestra de ironía y ferocidad existencial y lúbrica:&lt;br /&gt;“Pero, ¿qué estoy diciendo dentro de los confines de mi cráneo? ¿Qué extraña y familiar demencia me hace soñar, más que qué sueño me hace desvariar, que estas dos mujeres están encarceladas y este hombre desea la muerte porque ni el amor ni el arte tienen ya sentido para él, a pesar de que ama más que nunca a su compañera, a pesar de que nunca ni él ni nadie, en este siglo que se acaba, ha dibujado como él ha dibujado en las últimas semanas”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VILLEGAS: LA LUZ INTENSA, RASANTE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varios asombros concurren frente a La luz oblicua (ERA, 1995), la inteligente, extrañísima y dura novela de Paloma Villegas. Acaso el mayor sea su herejía estética: en estos años —lustros ya— de la narrativa facilista y chistosona, Villegas escribe una novela densa, minuciosamente mental.&lt;br /&gt;Reflexiones largas, que se desdoblan, se contradicen, se matizan, añoran ciertos rodeos, se exaltan, atacan de lleno, se interrogan, amenguan, toman aliento, recomienzan.&lt;br /&gt;No evita la recurrencia autobiográfica, ni la emotividad, ni el sesgo feminista, ni algún arranque no sólo decididamente lírico sino hasta conceptista y anafórico (p. 189), ni los episodios cotidianos, ni el humor. Pero los tiene de otra manera. Los asume pensando, reflexionando, analizando con un rigor desusado en la narrativa contemporánea, y aun en el ensayo. Y los expresa en una prosa decididamente literaria, con todos los recursos sintácticos y léxicos.&lt;br /&gt;Paloma Villegas empezó muy joven su labor literaria, como ensayista, hacia 1972: fue la primera feminista de su generación y la fundadora del escandaloso movimiento de nuestros angry young critics, que transformó la crítica literaria mexicana a principios de los años setenta. Todavía le siguen dando lata, por ejemplo, a propósito de su irreverente opinión sobre José Agustín, de hace veintintantos años (Cf. Enrique Serna: Las caricaturas me hacen llorar, Mortiz, 1996).&lt;br /&gt;Abandonó demasiado pronto el ensayo, frecuentó la poesía (Mapas, 1981), y se decidió por un paciente, silencioso y solitario cultivo de su vocación literaria. Recuerdo que escribía todo el tiempo, todos los días, con su grande letra pálmer, casi sin tachaduras; debe tener arsenales de libretas con material avanzado para varios libros.&lt;br /&gt;En La luz oblicua se reconocen algunos de los perfiles de su obra temprana: la inspiración moral, expresada sobre todo como la exigente búsqueda de la autenticidad: la lucha contra todo tipo de embustes voluntarios e involuntarios; y esa peculiaridad tan suya de unir el pensamiento rebelde —en algunos momentos incluso contracultural y revolucionario— a una práctica perfeccionista del castellano.&lt;br /&gt;La luz oblicua es una novela sin iluminación sesgada, sino meridiana, de reflectores rasantes. Narra la juventud de una generación de mujeres (y de sus galanes, a veces sobreidealizados, a veces caricaturescos), sus atolladeros ideológicos, amorosos y vitales de los años setenta.&lt;br /&gt;Lo oblicuo acaso se refiera tan sólo a la actitud del personaje que narra, quien prefiere conservarse en la oscuridad y a distancia para enfocar mejor a los otros personajes. Pero como el asunto verdadero de la novela no son tanto esos personajes ni sus episodios, sino la reflexión sobre ellos, el libro se ve profusamente iluminado por esa búsqueda de la verdad, de la autenticidad, por más que la narradora quiera a ratos escudarse en la ironía o en el desencanto de llegar de veras a conocerlas.&lt;br /&gt;El personaje interesante del libro es la narradora; su hazaña: el análisis y la reflexión sobre esas vidas; los otros personajes y los episodios se ven un tanto oblicuos, en comparación. Sobre todo me complace su puntillista “retrato de una dama”, tan henry-jamesiano, del personaje Anna. Creo saber quién es “Anna”, pero imagino que se trata también otras mujeres: que ha sido corregida y aumentada con perfiles ajenos, acaso también con alguno de la propia autora. Bellísima y triste, nerviosa y profunda, tan introspectiva y siempre a jalones con la realidad exterior, la Anna de La luz oblicua es acaso el personaje femenino más rico de la narrativa mexicana en muchos años.&lt;br /&gt;Paloma Villegas ha negado que se trate de una novela en clave: le creo poco. Sospecho perfiles y situaciones familiares. Algunos me hacen protestar: ni “Irene” ni “Chema” eran semejantes ogros, en absoluto. Y ese “Julio” queda más adornado que Jim Morrison: ¡que sea menos, bastante menos!... Simone de Beauvoir también declaró en un principio, con la cara dura, que Los mandarines no trataba de ella, ni de Sartre, ni de Camus, ni de Nelson Algren. Claro que no trataba directamente de ellos, pero sí a partir de sus perfiles y episodios reconocibles... (y a ratos el trato sí era bien directo, más que directo).&lt;br /&gt;El asunto de esta novela de Paloma —más allá de ciertos desfogues del demasiado cariño o del demasiado mal humor ante mengano o zutana— efectivamente no es el narrar, apenas disfrazadamente, escenas de la fauna ideológico-literaria de esos años, sino reflexionar sobre un puñado de personajes, y contar el paso del tiempo. Muy su derecho, aunque a ratos me chirrian los dientes en ciertas frases sobre “Irene”. ¡Cuánta narrativa se ha escrito sobre “Irene”, después de su muerte! Como esa entrañable amiga era, además, colérica, vendrá del ultramundo a jalarles los pies, en sueños, a los narradores que dizque “no escriben en clave” sobre ella.&lt;br /&gt;José Woldenberg (en Nexos) celebró en La luz oblicua el estupendo paisaje generacional. Las batallas de esas muchachas atrevidas de los años setenta que le exigieron tanto a la vida, y sus descalabros. En ese sentido, efectivamente esta novela es más que una novela: es una precisa y minuciosa crónica —nuevamente la exigencia de autenticidad— del espíritu de muchos jóvenes de esos años. Tiene la atmósfera, el tono y sus contradicciones: el adulterio en esos años del amor libre y el “eros polimorfo”, por ejemplo, sigue siendo el coco de Madame Bovary, Anna Karenina y La Regenta.&lt;br /&gt;Como aquella generación —al igual que tantas cosas en México— terminó muchas veces mal, o al menos bastante abollada, se ha prestado a la parodia o a la difamación. En el libro de Villegas, de dura actitud autocrítica, tenemos su historia nada complaciente, pero tampoco ninguneadora ni rencorosa con la vitalidad y el ánimo optimista y emprendedor —sí, hubo alguna vez vitalismo y optimismo en los jóvenes mexicanos— de esa generación.&lt;br /&gt;Un ejemplo: para hablar de los años setenta, se ha vuelto lugar común enfatizar su ideologización, como si se tratara de un mitin interminable. En La luz oblicua encontramos, desde luego, esa búsqueda de verdades y de cambios políticos y mentales, pero encarnados en la cotidianeidad de dos parejas y sus amigos (demasiados amigos, me confundo con tantos nombres). El espíritu de la época se da en estos personajes como grandes exigencias a sí mismos, al amor y a la amistad.&lt;br /&gt;Decir que esas relaciones sentimentales se rompieron finalmente, es señalar muy poco (todo se rompe, siempre: también acabaron mal los héroes de la Ilíada); la pulpa del libro está en todo lo que esos personajes le pidieron a la amistad y al amor, y sobre todo a sí mismos: sus exigencias encendidas; y en sus grandes luchas interiores para hacer realidad —a un grado que en estos banales años noventa puede parecer desmesurado— esos amores absolutos, esas amistades radicales, esos proyectos de un yo más puro, más libre, más dichoso, con algo de veras valioso qué hacer con sus vidas.&lt;br /&gt;Aun desde el punto de vista melancólico de quien narra después del derrumbe, no se puede ocultar que esas batallas —aun si la guerra se perdió— valieron con mucho la pena de ser vividas. No sólo se trataba de vivir fuera de las normas, sino de construir nuevas normas auténticas, vitales: se conjuraba, en solitario o en pandilla, por crear la vida nueva. Lo soñado, la fiesta emotiva vivida en cada uno de esos instantes, ¿quién se los quita?&lt;br /&gt;También Scott-Fitzgerald contó que a final de cuentas todo aquel sueño emotivo de su juventud en los años veinte había resultado eso, un espejismo: pero en el momento de ser vivido, los instantes de oro estaban ahí. Sí existió ese ahí. Hay en el libro de Paloma Villegas el desencanto de no haber hallado El Dorado, ¡aunque ella sí hubiera estado ahí, soñándolo, construyéndolo! Cuando despertó de su sueño de una década, tenía en la mano la rosa de Coleridge, y narra ahora cómo se fue secando.&lt;br /&gt;Seca y todo, esa flor despide resplandores definitivos en el arrojo hacia el amor, hacia la amistad, hacia la vida auténtica, hacia tantas utopías. Es menos asunto de lamentación que de asombro esa seca flor dorada. Estuvo inflamada de vida a más no poder. Frente a ella palidecen todas las florecillas banales y prefabricadas de los años noventa.&lt;br /&gt;Me asombra, y me irrita, en La luz oblicua la insistente y prolífica maternidad: en muchísimas páginas hay alguna ex-chica terrible pariendo y bañando bebés. ¡Hasta parece que dan a luz y crían a los nenes en grupo! ¡Qué aquelarres Gerber! ¡Cuántos pañales, cuantos berridos! (Se resiente la ausencia de Herodes en esta novela).&lt;br /&gt;Yo conocí a esas chicas terribles —creo que Paloma sólo había publicado dos o tres de sus célebres artículos furibundos la primera vez que nos encafetamos—: eran un tanto andróginas —cara lavada, cabello corto, lentes, pantalones de mezclilla o faldas simples y larguísimas, morral lleno de libros, zapatos bajos—, para diferenciarse del tipo anterior de mujer al mismo tiempo ultrasubyugada y ultrafemenina.&lt;br /&gt;Eran más audaces y trabajadoras que los hombres. Leían más. Escribían con mayor corrección. Exigían, dictaminaban, ungían, excomulgaban, no perdonaban. Hablaban mucho, escuchaban poco. Se levantaban muy temprano y se acostaban muy tarde. Para todo discutían, para todo hacían asambleas. No descansaban, no se permitían la frivolidad ni siquiera en medio del relajo. Ni al bailar (las que bailaban, porque las chicas duras tampoco bailan). Siempre tenían mil cosas qué hacer y rehacer. Todo lo andaban corrigiendo. Eran eufóricas aun en sus descontentos. No les gustaba la música comercial ni el cine de Hollywood, sino el rock, la música clásica y las secuelas de la Nouvelle vague. Eran muy antigubernamentales y jacobinas; como la izquierda partidiaria (el PC) estaba muy desprestigiada, se inclinaban hacia el anarquismo y la contracultura. Muchas lecturas francesas. Seriesísimas, intolerantes y tremendas. Fumaban como locas. Sabían beber al tú por tú con sus galanes barbudos. Despreciaban los lujos. No admitían que se les invitara ni un café. Había que crear nuevamente el mundo, y ahora sí hacerlo bien, carajo.&lt;br /&gt;Yo admiraba a esas muchachas, con las que invariablemente me peleaba a muerte (en esos años, todo era muy en serio, y los pleitos por cualquier desavenencia, a muerte...); y no siempre resultaba fácil reconciliarse. Sólo con “Irene”, la villana, jamás me peleé: nuestra complicidad era perfecta. Todo en la vida parecía tan importante, cada minuto era definitivo. Una juventud demasiado seria.&lt;br /&gt;Las veo ahora de atareadas mamás en La luz oblicua, aprendiendo sobre la marcha precisamente el rol que se habían empeñado en no estudiar: seguramente tendrán éxito —todo ese talento, toda esa pasión—, ¡pero tantos pañales! ¡tanto berreo de bebés en la tina! Me pregunto: ¿qué novelas escribirán cuando sus niños crezcan, y recobren su independencia? ¿Y cuando sean abuelas? Las chicas de los setentas nunca dejarán de asombrarme.&lt;br /&gt;Esta novela a ratos tiene la densidad, más que de unas memorias noveladas, de un diario íntimo. Cada pequeño episodio sugiere páginas de análisis y reflexión sobre la marcha. Su materia es la mente en acción de la narradora, a quien cuesta trabajo diferenciarla de la autora. Pocas veces la literatura mexicana se ocupa de la inteligencia, y menos aun de la inteligencia dirigida —con todas sus armas— hacia la vida íntima y sus circunstancias cotidianas.&lt;br /&gt;La luz oblicua, así, es una novela que admirarán los lectores de ensayos. Pero hay cierta escena de baile en un viaje a Oaxaca (Cap. 4), y el magnífico pasaje de la piscina clausurada (Cap. 21), que nos dejan ver también el poderío de Paloma Villegas en la narración dramática sucinta. Narración pura. Quizás, sin embargo, pueda objetarse un abuso del diálogo realista: cuando los deja conversar a sus anchas demasiado tiempo, sus personajes llegan a cansar (v. gr. Cap. 6). Prefiero la voz de la narradora cuando habla de Anna. Pero su gran apuesta es la búsqueda de la autenticidad. La crítica a fondo de la vida cotidiana, de la intimidad, de las relaciones humanas, de la época. El pensamiento acerado.&lt;br /&gt;Un libro estupendo, que muestra que los sueños de oro dejan, al despertar, doradas flores de realidad en la mano de quien de veras se atrevió a soñarlos. Algo de ese sueño no ha terminado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LUIS MIGUEL AGUILAR: PROSAS EN FORMA DE CUBO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando apareció Chetumal Bay Anthology (hacia 1980, en un suplemento; en 1983, como volumen), el decisivo libro de poemas de Luis Miguel Aguilar, que daba la espalda tanto a toda la balumba metaforizante de la quinta generación de rumiantes del vanguardismo, como a los desahogos “expresionistas” del coloquialismo airado o desbocado; y retomaba los monólogos dramáticos de la Antología griega, de Browning o Lee Masters, relatos sucintos en versos lapidarios, recordé el asombro de José Gorostiza ante el Return ticket de Novo: “¿Hay en esta tendencia un deseo de cubicar el lenguaje, de reintroducir en él el dibujo que perdiera la palabra romántica?”.&lt;br /&gt;Aguilar había escrito mucha poesía antes (su tan antologada villanela), y compuso después muchos poemas diferentes a esta “tendencia cubista”, a esta poesía “con dibujo”: el estilo tan difícil y extraño de la Chetumal Bay Anthology no es pues su bandera, sino una de sus banderas.&lt;br /&gt;Algo semejante podría decirse de su prosa. De sus prosas. Ha escrito ensayos que van desde el análisis histórico y filológico más ortodoxo, hasta los juegos de combinaciones analógicas menos esperados (La democracia de los muertos), y relatos autobiográficos directos de gran llaneza y emotividad (Suerte con las mujeres —el episodio del gol en el Estadio Azteca es una de las mayores estampas de la narrativa mexicana contemporánea).&lt;br /&gt;Bueno: ahora, en Nadie puede escribir un libro (Cal y Arena) aparece la prosa “cubista”, que reintroduce el dibujo que ha perdido la narrativa mexicana después de tres décadas de facilidad coloquialista y semiautobiográfica, de contar “como platicando” alguna anécdota personal, de los amigos o de las tías.&lt;br /&gt;Ahora el cuento es el cuento mismo, cómo contarlo. Cómo volver a dibujar un cuento, después de tantos años de contar con puros manchones de emoción y desahogos coloquiales.&lt;br /&gt;Luis Miguel Aguilar sí ha podido escribir el libro que, dice, nadie puede; pero ha buscado el camino de las dificultades, de formas y técnicas novedosas y desusadas. Sorprende y refresca que, a la manera de un Carlos Mérida, por ejemplo, nos ofrezca cubos, conos, espirales, aristas, donde alguien quisiera ver anécdotas más o menos realistas, chismes o sucedidos más o menos conversados, según la norma de la narrativa mexicana en este fin de siglo.&lt;br /&gt;No le ha vuelto la espalda al mundo cotidiano. Nos habla del futbol, de los embrollos del cajón de calcetines, de los taxistas y el recogedor de la basura; de las minucias domésticas de la pasta de dientes y los insomnios, de la vida capitalina de los matrimonios jóvenes; de la gripe, de las peligrosas homonimias con cantantes famosos, de los boleros.&lt;br /&gt;Esas son sus manzanas, diría Cardoza; pero como las manzanas de Cézanne, no aspiran a parecerse a las de la realidad, sino a crearlas nuevamente, a dibujarlas precisamente como no son, para que recobren el perfil que el abuso del cuento realista y el coloquialismo les ha suprimido. Para que sean en sí mismas, en su invención, en su composición, en su diferencia, más reales que los objetos o asuntos que refieren.&lt;br /&gt;Como en sus asombrosas y discutidas columnas en Nexos y en Crónica dominical, en este libro de Luis Miguel —que no es la bandera de su prosa, sino una de sus banderas— encontramos una extraña manera de narrar, que inventa su técnica y recupera hallazgos de aforistas, ensayistas, poetas, compositores de canciones y hasta de crucigramas.&lt;br /&gt;Para narrar lo más nimio, íntimo o cotidiano, recurre a la regla y al compás, a los espejos de las paradojas, a las simetrías y asimetrías del poema, y a mil y un travesuras eruditas.&lt;br /&gt;Ello no lo aleja de la realidad de sus asuntos: les recupera esa realidad que hemos desgastado con la innumerable emisión realista y simplona de sus episodios. Tampoco lo desvía de la amenidad ni de la emoción: es más intenso en sus cubos, que otros cuentos “instamatic”, de hablar dizque muy naturalmente frente a la grabadora, de literal fotografía instantánea.&lt;br /&gt;Siempre ha existido este Luis Miguel “cubista”, pero se acentuó —como narrador— en los años noventa. ¡Tanto lío verbal, metafísico, libresco, porque hoy no pasó el recogedor de basura, o porque los pares de calcetines invariablemente se vuelven nones en el cajón! Ese lío es la realidad, ese lío es toda la literatura. Está ahí el Quevedo de “Un cuento de cuentos”, el Balzac de las galeras impares de La musa del departamento, Verlaine y Laforgue; están Kafka, Huidobro, Pessoa, Borges, Cortázar, Barthelme, Heller. Y ciertos involuntarios hallazgos picassianos de los inenarrables locutores de futbol, que en su afán de estar hablando durante todo el partido de repente inventan cada frase, cada “objeto verbal”, cada vanguardismo literario... ¿”Espléndidas tus canchas, Patria mía”?&lt;br /&gt;Ah, volver nuevo lo trillado; devolverle a los episodios de nuestras vidas —siempre tan semejantes a los de todos los hombres de todos los tiempos— un temblor nuevo, un asombro, una caricia irrepetible, un frescor propio. Incluso su deformación en el espejo trucado, su parodia, su caricatura. Estamos en plena creación —al mismo tiempo concierto y carnaval— literaria.&lt;br /&gt;No faltaron los necios que se llamaron a escándalo. ¡Pero “así” no se narra! ¡“Esos” no son cuentos! Bueno: precisamente así se narra, y esos —sobre todo “ésos” y sobre todo “así”— sí son cuentos, y no meros rollos melodramáticos ni meras fotografías instantáneas y descuidadas de la reiterada realidad. Cézanne les devolvió todo el dibujo, el color y el espesor a las manzanas.&lt;br /&gt;Y el público lo advirtió. Cuando los colegas —los colegas invariablemente nos equivocamos— acaso le reprochábamos a Luis Miguel que estuviera yendo demasiado lejos con su regla y su compás, sus Bracques y sus Matisses, sus Méridas y Andy Warhols, de repente suena un campanazo.&lt;br /&gt;Anoto que aquí sirvieron de algo —¡por fin!— los cofrades del fanatismo futbolero. El caso fue que una día —supongo que varias semanas, porque esta riesgosa y rigurosa manera de narrar exige muchísimo más inspiración y horas de trabajo que otras— Luis Miguel Aguilar amaneció pindárico.&lt;br /&gt;Y se lanzó con una valiente oda al futbol “de antaño” que, como las de Píndaro a los atletas, en lugar de reproducir realistamente las hazañas de un pie con una pelota, le pidió al lenguaje las eufonías, las anáforas, los ritmos de los tedeums o los misereres, para narrar un mero listado de futbolistas que, por obra y gracia de su metro, de su fuerza musical, de sus juegos verbales y sus aliteraciones, se volvió una nostálgica y compendiosa La guerra y la paz futbolera. ¿O se trata más bien de En busca del futbol perdido? No nos fabrica melodramas del éxito y la adversidad, de la gloria y la caída, sino una mera lista de nombres entrañables. Pura música. ¡Y todo mundo a añorar a moco tendido la dorada época ida del Botafogo! Du côté de Maracaná. Todavía no dejan de asombrarme su eficacia ni su popularidad.&lt;br /&gt;Se alebrestó pues la fanaticada (mientras los estadios se vacían de fans, el Parnaso y la Academia se llenan de poetas y sociólogos que buscan en un otoñal y lírico fanatismo futbolero a la vera de los whiskies, las promesas que el arte y la política, como se ha visto, cumplen escasamente: ¡se habla tanto de futbol entre poetas; y hablan tanto de “filosofía dianética” los futbolistas!).&lt;br /&gt;Se armó el escándalo. Llovieron las “cartas a la Redacción” ante estrofas como:&lt;br /&gt;Reinoso —el Fumanchú— Necco y Berico,&lt;br /&gt;De Sales, Portugal, Juan Bosco, Cuenca,&lt;br /&gt;Colmenero, Escalante, Larrasolo...&lt;br /&gt;Poema onomástico seguido de una larga sucesión de notas eruditas sobre los futbolistas de antaño, que avivaron el fuego e instauraron la polémica. Sobra decir que componer un poema con una mera sucesión de nombres, apodos o apellidos, exige una maestría verbal que en su tiempo le fue envidiada a Píndaro (quien por lo demás se atrevió a versos y estrofas onomásticos, pero no a todo un poema exclusivamente onomástico. El proto-perpetrador de tal osadía fue Unamuno, con nombres de ciudades y regiones españolas.)&lt;br /&gt;A partir sobre todo de entonces, para bastantes lectores (incluso quienes no desgranamos el otoñal y memorioso rosario de las estadísticas y nóminas del futbol), dejó de ser “difícil” el estilo de Luis Miguel. Lo que, a falta de denominación mejor, llamo sus cubismos. Se encontró la sonrisa, la travesura, el frescor, el jugo y el juego de sus relatos. Así les pasó a Picasso, a Carlos Mérida, a Andy Warhol.&lt;br /&gt;Sus dibujos eran menos difíciles que nuestro prejuicio sobre sus supuestas dificultad, rareza o erudición. Aparecieron como lo que eran: cuentos.&lt;br /&gt;Los dones de este libro espléndido podrían enunciarse de otro modo. En Nadie puede escribir un libro, Luis Miguel Aguilar nos recuerda que el asunto de un relato no es su asunto, sino la manera de relatarlo; el verdadero cuento de un cuento es sobre todo la aventura de contarlo.&lt;br /&gt;La luna siempre es la misma, y Lugones debe inventar mil formas diferentes, propias, de enunciarla, para que no siga siendo la aburrida y reiterada luna desgastada por el uso, sino una luna nueva, tan nueva como la de la noche sin literatura.&lt;br /&gt;Arquitecto y dibujante a contracorriente de sus cuentos, Luis Miguel Aguilar sobresalta la narrativa con sus personalísimas tangentes. La somete a laberintos y leyes de gravedad.&lt;br /&gt;Así logra sus cuentos de cuentos sumamente rebeldes y asombrosos, pero también sonrientes, traviesos, alegres de la experiencia de “circunnavegar el cubo” (Gulliver en el reino de los oximorones) para llegar a la cosa terrestre, al pan diario.&lt;br /&gt;¿Prosa de poeta? ¡Ya se le dijo en otra ocasión que hacía poemas de prosista! ¡Pónganse de acuerdo! Con Luis Miguel Aguilar no hay límites ni compartimientos estancos, sino la aventura literaria total, en su jocunda plenitud.&lt;br /&gt;Ha transformado la poesía, el ensayo, el relato mexicanos de este fin de siglo. Ha logrado “otras cosas” en este reino libresco del siempre más de lo mismo.&lt;br /&gt;Rubén Darío brinda con sus porteros y delanteros. Borges y Cardoza les guiñan a sus dinámicas aventuras de un hombre parado (pero corriendo, ¡y a qué velocidad!) en mitad de su propio cuarto. ¿Quién habla por ahí del cubo al cubo, de “las manzanas de Mondrian”?&lt;br /&gt;Los méritos críticos y renovadores del trabajo de Luis Miguel Aguilar, sin embargo, importan menos que la gran alegría, la travesura y el “temblor nuevo” que proporciona su lectura. Su realidad literaria. Su plenitud fabulesca.&lt;br /&gt;Nos hace ver la realidad de otro modo, con otro brillo. Sus extrañas máquinas de narrar producen seres y episodios de intensidad profunda, de vida jugosa e inteligente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL SONIDO PÉREZ GAY&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algún estupor, contaminado de escepticismo, ha acompañado desde sus primeros tiempos la recepción de la escritura de Rafael Pérez Gay. ¿Son cuentos, o crónicas, o novelas, o ensayos? ¿Es elitista o light? ¿Es modesta o arrogantísima? ¿De izquierda o de derecha? ¿Se está burlando del asunto, del lector, o de sí mismo? ¿No será que, por el contrario, bajo la coartada satírica o burlesca, se compromete en irónicos homenajes sentimentales a los perfiles más extravagantes o nimios del pasado, de la vida cotidiana? ¿No nos estará jugando una broma?&lt;br /&gt;La aparición de su libro de prosas Cargos de conciencia (Cal y Arena) confirma esta trayectoria de una literatura sui géneris que, a la vez, admite la connivencia con el periodismo; de estas ficciones decididamente fantásticas —en la escuela de Borges y de Cortázar— elaboradas con los materiales de la calle, el hogar, los parientes, los días más próximos, que ya conocíamos en sus dos libros de cuentos Me perderé contigo (1988) y Llamadas nocturnas (1993) y en su novela Esta vez para siempre (1990).&lt;br /&gt;No dejo para más adelante la celebración de sus virtudes. En ensayo o en ficción, géneros que suele entremezclar, Rafael Pérez Gay ha construido una comedia personal del mundo y de la cultura, llena de humor (un humor bondadoso, más que satírico), de celebración de la vida aunque la pobre sea como es (no hay otra), de regusto obsesivo en los asuntos y temas menores de la vida amorosa, la pareja, el trato con los amigos y con la ciudad, el asombro frente a las petulancias, contradicciones y modernizaciones del mundo.&lt;br /&gt;Tiene la sonrisa de la inteligencia que pedía Bernard Shaw y la pretensión de superar el absurdo y la fatalidad mediante ella. Hay mucho de pequeño guiñol en su historia de la vida privada. Tal actitud asombra en una literatura acostumbrada al patetismo o al melodrama. ¿Qué pasa en los cuentos, ensayos y crónicas de Rafael? Casi nada: ese mundo concreto, en toda su maraña, y esa sonrisa optimista, vitalista, de remontarlo lo mejor posible highball en mano.&lt;br /&gt;¿A eso han querido llamar “literatura light” sus denigradores? Quisieran asesinatos de salva, cadáveres de cartón y silicones, improperios de mitin, aspavientos de telenovela o de coreografía moderna de aficionados. ¿Habría que llamar light a los Ensayos de Montaigne, a los aforismos del siglo XVIII francés, a las comedias de Shaw, a los artículos de Larra, Martí y Novo, a las novelas de Isherwood, a los poemas de Auden o Pellicer? Lo que yo sé de cierto es que la pluma de Pérez Gay nunca es pesada, sino aérea, sonriente, punzante, avispada y extremadamente correcta. Quiero decir clara, precisa, dominada, musical.&lt;br /&gt;A lo que se debiera llamar light es a las pretensiones pesadas de popularizarse en busca del marketing. Light es contar la conquista de México —o cualquier otro conflicto social— de modo maniqueo, a un lado los buenos y a otro los malos; o una historia de amor con gritos y puñetas y fornicaciones apocalípticas; o un rollote bienpensante de jaculatorias “políticamente correctas”... y hartas palabrotas de diccionario y “metáforas” alambicadas de un taller literario de jardín de niños coyoacanenses.&lt;br /&gt;Lector incorregible de la prosa de Pérez Gay desde hace dos décadas, puedo insinuar algunas de las estaciones del arduo y largo recorrido que ha llegado a estos frutos alegres y diáfanos, a esa amistosa ironía de quien no alquila interjecciones ni desmayos patéticos de las utilerías arrumbadas de la literatura, para enfrentarse a la pinche realidad. La realidad es pinche pero es nuestro ámbito y nuestra vecina, hay que transformarla —si no se la puede cambiar, como queríamos en tiempos, je, “revolucionarios”— por lo menos en nuestro acercamiento, en nuestro contacto con ella.&lt;br /&gt;Las acusaciones de elitismo están fundadas. El más joven Pérez Gay era tan exigente y riguroso en cuestiones literarias como el actual. Y ya hace veinte años se acusaba de ratón de biblioteca al hombre que sí leía mucho y en varios idiomas; de mamón al buen estudiante; de engreído a quien sabía hacerse de unas cuantas opiniones duras, y las sostenía; y de elitismo a quien se decidía a leer preferentemente a los mejores autores, y a escribir lo mejor posible.&lt;br /&gt;Los orígenes perezgayescos son franceses en una doble vertiente. Los clásicos (la obsesión por Flaubert) y la Nouvelle vague literaria de Beckett, el teatro del absurdo y los talleres de literatura potencial. Algún idiota de mala fe pretendió ignorar que retomar un texto dado (como Quevedo, Lope, Shakespeare y Goethe lo hicieron tantas veces) era práctica perfectamente legítima en la creación literaria, si a partir de ella surgían parodias, variantes, homenajes. No se resfrió Villaurrutia al aludir textualmente (y sin pegar la etiqueta de marca) a un conocido poema de Supervielle, en uno de sus nocturnos. No facilitó la clave a la canalla literaria: El que sepa, sabe.&lt;br /&gt;En algún suplemento, Pérez Gay y sus compañeros intentamos esos juegos de literatura potencial. Yo intenté jugar con Dorothy Parker, con Pellicer, con Auden, con Darío, con Edna Saint-Vicent Millay. Algún imbécil puso el grito en el cielo porque un cuento de Pérez Gay efectivamente jugaba con un cuento, mundialmente conocido, de John Cheever, autor de best-sellers. “¡Socorro, bomberos: Pérez Gay habla de la Torre Eiffel!”&lt;br /&gt;Otros tontos se han rasgado las vestiduras porque haya homenajes a Henry James, en Aura, de Fuentes; a Salinger, en De perfil de José Agustín; a la Antología griega, a las calaveras y a Edgar Lee Masters, en Chetumal Bay Anthology; a Propercio, a Catulo y a la Biblia, en los poemas dizque “originales” de Gabriel Zaid, quien melindrea sobre los “plagios” de los demás a la vez que se engulle cínicamente a Gerardo Diego, a los romanos, a la Biblia y a Luis Pazos.&lt;br /&gt;Hay pues en la genealogía literaria de Rafael Pérez Gay el culto a los clásicos, las travesuras de la post-vanguardia francesa (Paulhan, Prévert) y los avatares del cine y del periodismo de los años setenta. Durante algún tiempo frecuentó “el sonido Woody Allen”; luego, el de los ensayos y crónicas del “nuevo periodismo” norteamericano. Sigue, a estas alturas, visitando también “el sonido Monsiváis” (agggh) y “el sonido José Agustín” (bien).&lt;br /&gt;Escéptico de la academia y de los foros políticos, ha encontrado un rincón amable, que le proporciona libertad y comodidad de ánimo: Gemütligkeit: el rincón del editor, del periodista. Siempre ha andado en revistas y suplementos culturales, de los que ha dirigido formalmente dos, en El Nacional y Crónica, e informalmente algún otro. Ama las tres cuartillas ligeras escritas para servirse aún calientes. Más que del espectro de la posteridad, gusta del buen presente. Se ha inventado, en estos tiempos internéticos, íntimos pasajes y vasos comunicantes con la prensa periódica y las mesas de redacción de los años liberales de Prieto, Zarco, Altamirano, Gutiérrez Nájera, con quienes ha hecho “mafia” más que con nadie más.&lt;br /&gt;Encuentro en este último libro de Pérez Gay, sobre las andanzas de hoy: vida en pareja, tratos con los amigos, la sirvienta, el empleado de la gasolinería, los libros de los amigos, los embrollos políticos, un virtuosismo de ese estilo que azora, y que Rafael Pérez Gay se ha inventado a sí mismo, sobre medida.&lt;br /&gt;Es un estilo que aspira a un tono conversado, pero que no es una conversación —sólo el tono: el decantamiento de los temas, la construcción de las anécdotas, el timing de la comedia, la prosa impecable rara vez surgen tan completamente armados al vuelo de la pluma—; que busca el filtro humorístico y amable incluso o sobre todo para asuntos graves, aun espantosos; que se toma el trabajo de considerar al lector como compañero de trago o de café, y no le grita, ni lo instruye, ni lo adula: simplemente le habla como si fuera tan inteligente y bien intencionado como un amigo ideal.&lt;br /&gt;En una literatura mexicana arribista, en la que todo autor intenta levantarse hemiciclos de mármol, popularidad de Coca-Cola y Monumentos a la Revolución a cada instante, Rafael Pérez Gay busca las mesitas —sí, de mármol— donde Gutiérrez Nájera tomaba coñac, absinthe y cosas peores, por la Calle de Plateros; y las otras, de la Condesa, con modestos pero no escasos whiskies, donde conversa, lucubra, inventa y chismea brillantemente —pero no tan brillantemente como por escrito— de temas como los que aparecen en Cargos de conciencia.&lt;br /&gt;Sabe, con Gutiérrez Nájera, con Paulhan y Prévert, con Woody Allen y José Agustín, que las naves de vela ligera logran amplias y venturosas travesías. Deja para ciertos pesados las “armadas invencibles” de la pedantería y la simulación literarias. Es así, ya, un clásico nuestro de la prosa, una prosa sólo suya, a su talante y medida, que restaura en nuestra literatura esos dones que creíamos perdidos para siempre: el placer del texto gozosamente elaborado, las dimensiones del sentido común, el amor —así sea a trompicones— por el mundo real; la camaradería, el álgebra de la paradoja, el aforismo y las viñetas del teatro del absurdo o del guiñol, y el discreto pero agudo pinchazo de la inteligencia.&lt;br /&gt;El “sonido Pérez Gay” es uno de los sitios más profundos y placenteros de nuestro mapa literario.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5071107388385742623-5571793811964109062?l=veinteaventurasjjb.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://veinteaventurasjjb.blogspot.com/feeds/5571793811964109062/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5071107388385742623&amp;postID=5571793811964109062' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5071107388385742623/posts/default/5571793811964109062'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5071107388385742623/posts/default/5571793811964109062'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://veinteaventurasjjb.blogspot.com/2008/11/cuarta-parte.html' title='CUARTA PARTE'/><author><name>José Joaquín Blanco</name><uri>https://profiles.google.com/107458643043786395125</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-rNL86B0JctU/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAAA/PxumyAQWsig/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry></feed>
