domingo, 2 de noviembre de 2008

PRIMERA PARTE

JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

VEINTE AVENTURAS DE LA LITERATURA MEXICANA


Como pocas manifestaciones de la cultura y la vida de México, la literatura se ha mantenido en actitud permanente, variada y contrastante. Ofrezco al lector veinte calas –veinte obras y trayectorias- de nuestra escritura moderna, que al mismo tiempo que nos convoca nos confronta; que nos ilumina tanto cuanto nos interroga. En nuestros mayores escritores y en nuestras mayores obras hablan multitudes. Hablamos nosostros mismos. Escuchemos nuestra propia voz. Estos ensayos han aparecido en la última década en Nexos, Etcétera, y en el suplemento cultural de La Crónica de Hoy



ÍNDICE
1. LOS MISTERIOS DE DON GUILLÉN DE LAMPART
2. LIZARDI O EL FILÓSOFO DE BANQUETA
3. EL BELICOSO DEVENIR DE LUCAS ALAMÁN
4. PÍNTESE USTED MISMO
5. DESTELLOS DEL NIGROMANTE
6. EL ARCHIVO MÁGICO DE MANUEL PAYNO
7. LOS CUENTOS DE AMADO NERVO
8. ¿POR QUÉ NADIE LEE LAS MEMORIAS DE PANCHO VILLA?
9. ¿CÓMO SALVAR A ARTEMIO DE VALLE-ARIZPE?
10. CONVERSACIÓN CON PELLICER
11. TRES ENSAYOS SOBRE NOVO
12. LOS SIGNOS DEL ZODIACO
13. ARREOLA: EL CONVERSADOR Y LA PROSA
14. PASOS DE RICARDO GARIBAY
15. UN PRÓLOGO PARA JORGE LÓPEZ PAÉZ
16. LA SONRISA DE ELENA PONIATOWSKA
17. MANJARREZ: LOPE DE TLALPAN
18. VILLEGAS: LA LUZ INTENSA, RASANTE
19. LUIS MIGUEL AGUILAR: PROSAS EN FORMA DE CUBO
20. EL SONIDO PÉREZ GAY





LOS MISTERIOS DE DON GUILLÉN DE LAMPART


La Columna de la Independencia resguarda un mausoleo interior para los héroes; en su vestíbulo se yergue la enigmática estatua de don Guillén de Lampart, pretendido “precursor principal de la independencia de México”.
Este extravagante desatino fue en vano combatido en 1908 por Luis González Obregón: don Guillén de Lampart (1615-1659) no era ni mexicano ni español, sino irlandés, con apariencia de hidalgo pero sin antecedentes verificables; tampoco mostró capital, profesión, méritos ni obras, antes de ser encarcelado por el Santo Oficio. Su confuso pensamiento sólo aparece en el proceso inquisitorial, que ha de ser leído con múltiples reservas: documentos que escribió bajo desesperación o tortura en la cárcel y testimonios parciales e interesados de los delatores y de los propios inquisidores. Fue totalmente ignorado por la sociedad novohispana donde estaba por nacer sor Juana. Sus pretendidos planes para erigirse en rey de México nunca emprendieron indicio alguno de ponerse en práctica, ni fueron conocidos sino por escasos y peregrinos confidentes, que pudieron mentir. Incluso buena parte del personaje que revela el proceso inquisitorial se antoja caluminiosa o delirante, y se carece de otras referencias.
Brumosamente trasladado de Irlanda a España –vía Inglaterra, Francia, Flandes- y más oscuramente desembarcado en Veracruz en 1640 (en la misma flota que el nuevo virrey, pero sin formar parte de su corte), Lampart o Lombardo (como castellanizaba su apellido) se avecindó en la ciudad de México, por el rumbo de la Merced, donde sólo vivió dos años en libertad, sin mayor provecho y sin dejar rastro alguno en la sociedad novohispana, pasando miserias, arrimado a la familia de un pequeño comerciante a cuyos hijos impartía clases de latín.
En 1642, acusado de brujería, tratos con el demonio, infidencia al rey, desacato al Santo Oficio, herejía y de abundantes injurias contra los inquisidores, entre los innumerables cargos que solían acumularse sobre los desdichados, quedó preso durante diecisiete años en las cárceles de la Inquisición, de donde sin embargo logró escaparse durante dos días en 1650. Fue reatrapado, rencarcelado, reprocesado y quemado vivo en el quemadero de la iglesia de San Hipólito (ahora transferida a San Judas Tadeo), cerca de la Alameda, en el auto de fe del 19 de noviembre de 1659. Detrás del convento de San Diego –digamos, por el cruce de Reforma y Avenida Hidalgo- corría una acequia adonde se arrojaban las cenizas de los ajusticiados.
Casi ningún novohispano, salvo su media docena de acusadores o testigos astrosos, los inquisidores y algunos burócratas, se enteraron de la vida y del pensamiento de Guillén de Lampart, aunque sí (v. gr: Guijo: Diario de sucesos notables) de que cierto hereje se había fugado –lo que era no sólo escandaloso, sino casi inverosímil- de las inexpugnables cárceles del Santo Oficio, y que además había pegado en la madrugada algunos escritos injuriosos y blasfemos en tres o cuatro edificios céntricos. La sociedad novohispana de 1650 lo supo porque se predicó en todas las parroquias –medio centenar- que quien supiera de él debería denunciarlo de inmediato, bajo amenazas de excomunión mayor y líos inquisitoriales, así como entregar aquellos papeles al Santo Oficio. Fue en realidad un asunto pasajero y menor, soterrado durante dos siglos, pero que después de la Reforma -cuando Vicente Riva Palacio tomó prestados muchos volúmenes de los archivos de la Inquisición y se los llevó varios años a su casa en la calle de Donceles-, se convirtió en un escándalo histórico y en una ejemplarizante figura cívica.

OTRO CUENTO DEL GENERAL
Riva Palacio hizo dos cosas a propósito de don Guillén de Lampart: novelizar su vida, a partir del voluminoso proceso inquisitorial, en el folletón titulado Memorias de un impostor. Don Guillén de Lampart, rey de México (1872), que gozó de poca fortuna (una sola edición en más medio siglo –ahora se consigue cómodamente en Porrúa-); y sobre todo perfilar con demasiado entusiasmo ideológico sólo algunos de sus muy contradictorios rasgos en México a través de los siglos, de donde los constructores de la Columna tomaron la idea de convertirlo en “precursor principal de la Independencia”, pues alguna vez dijo, en efecto, que el papa no tenía derecho de conceder ningún territorio al rey de España ni éste de gobernar estas tierras... lo que por cierto habían afirmado muchos frailes y soldados españoles desde del siglo XVI en México, y lo que sostuvo toda la Europa no católica durante siglos. Y buena parte de la católica: en Francia e Italia.
El general Vicente Riva Palacio, como sabemos, fue uno de nuestros mayores escritores del siglo XIX (Martín Garatuza, Los cuentos del general, Los ceros; Monja y casada, virgen y mártir; El libro rojo, la sección “El Virreinato” de México a través de los siglos, además de la coordinación de esta obra monumental que ha regido la visión oficial y social de nuestra historia antigua, hasta la fecha) y el que más se apasionó por la historia de la Inquisición en muchos de sus escritos. En su novela Memorias de un impostor, sin embargo, acaso falló por exceso. Como si el enorme expediente inquisitorial no le bastase, le inventó a Guillén de Lampart una trama absurda y algo cansada de folletón o comedia de enredos, en la que aparece como un asombroso Don Juan perseguido por las adversidades eróticas.
Más de la primera mitad de la novela trata de una bendición o maldición erótica, “el dedo del diablo”, que lo había ungido fatalmente en la frente: todas las mujeres distinguidas y hermosas de la Nueva España se enamoraban perdidamente de él. Riva Palacio nos los muestra guapo, bien vestido y ataviado; rico, galante, seductor, caballeroso, generoso: todo un galán donjuanesco con libre acceso a los salones palaciegos. Sabemos, por el contrario, que este aventurero no tuvo la menor suerte durante sus dos años de libertad mexicana, pues apenas si malvestía y malcomía, y de arrimado entre gente modesta.
De pronto, en Memorias de un impostor, como a todo Don Juan, se le juntan, coléricas, cinco enamoradas. Una se suicida, otra se va de monja, otra lo denuncia por brujo o diabólico a la Inquisición, etcétera. Eso no aparece en su proceso, donde resulta meramente denunciado por un tal amigo Felipe, a quien finalmente alarmaron sus estrambóticas habladas. También Riva Palacio lo inventa como miembro de una exótica masonería pro-independentista de la que tampoco hay fuentes y que suena a un episodio más bien anacrónico, del tipo de “los guadalupes”, que sólo ocurriría hasta principios del siglo XIX, con ribetes románticos.
Por el contrario, resulta que don Guillén de Lampart era una suma barroquísima de misterios y de contradicciones. No se sabe por qué salió de Irlanda ni cómo fue a dar a Londres, donde estudió latines y teologías a la edad de doce años, cuando tuvo que escapar de las iras del rey de Inglaterra –dice- porque, a tan precoz edad, compuso un poema en latín contra las herejías de la monarquía inglesa. La megalomanía, la mitomanía, la imaginación delirante, a ratos lúcida y a ratos totalmente extraviada, según va dejando huella en los interrogatorios inquisitoriales, lo entremezclan todo en un ilimitado aventurero en los laberintos de su propia imaginación.
Dice que luego cayó en poder de piratas y se volvió prodigiosamente su jefe, pues algo brillaba en él que los sedujo. Pocos meses después, todavía adolescente, abandonó a sus fieles piratas y se destacó como caballero, militar y sabio en la corte francesa y luego en la española, donde el rey de España y el valido Conde-duque de Olivares, entre muchos otros poderosos, lo premiaron con múltiples favores, como becas para un colegio de nobles en Santiago e incluso para El Escorial, además de bienes materiales que no quiso aceptar: se embarcó, sin dinero ni recomendaciones, como uno más de la plebe en una flota a intentar no sé qué aventura mexicana.

LA REVISIÓN CRÍTICA DE GONZÁLEZ OBREGÓN
Luis González Obregón escribió una rigurosa biografía histórica de Don Guillén de Lampart, la Inquisición y la Independencia en México en el siglo XVII (1908), con la intención de disuadir a quienes deseaban inventarlo como “precursor principal de la Independencia” y erigirle una estatua en el mausoleo de la Columna. Ahí lo reduce a su justa dimensión. Había, sin embargo, acepta González Obregón, algo de verdad en sus asombrosos dichos, pues en efecto se manifiesta en su proceso como un hombre extraordinariamente inteligente, culto, habilidoso e imaginativo; hablaba varios idiomas europeos y escribía en latín con excelencia. Durante su prisión, compuso cientos de salmos latinos en letra diminuta en su sábana, con tinta improvisada (cenizas mezcladas con alguna bebida como chocolate o atole) y plumas obtenidas de astillas y huesos de comida: el Regio Salterio, que tradujo y estudió parcialmente el padre Gabriel Méndez Plancarte (1948) -el hermano olvidado del celebradísimo Alfonso, el sorjuanista. Era asimismo un hombre increíblemente valeroso y resistente al dolor físico, según lo reconoce el propio expediente, pues mantuvo su rebeldía contra los inquisidores durante los diecisiete años, a pesar de las torturas y de los castigos carcelarios que acostumbraba el Santo Oficio, que además parece haberse ensañado muy especialmente contra él.
Aunque en ocasiones se dijo –no se sabe si en momentos de locura, sagacidad, necedad o broma- descendiente de aristócratas y hasta hijo bastardo del anterior rey de España y hermanastro de Felipe IV, y por ello merecedor del trono de México, se demostró que era llanamente hijo de humildes artesanos y granjeros irlandeses, según declaró un hermano suyo, fraile, ¡también enigmático residente irlandés en la Nueva España!, pero dedicado a modestos deberes religiosos en provincia.
Algo le debió ocurrir en Europa para dotarlo de una cultura vasta, precisa, elegante, que pasmó al Santo Oficio y que siguen elogiando los estudiosos modernos. Por lo demás, durante los siglos XVI y XVII abundaron las leyendas o rumores de hijos bastardos de los reyes de España, enviados o aparecidos misteriosamente en México, como algunas monjas fundadoras de conventos, o privilegiadísimas habitantes de ellos, y el “venerable” Gregorio López, igualmente enigmático: muy sabio y algo santo, o al menos asceta, apocalíptico y ermitaño.
Fuesen bravuconadas, delirios o estratagemas, Guillén de Lampart confió a los humildes parroquianos con quienes trataba en la Merced que estaba destinado a convertirse en rey o virrey del país, según lo veía en los astros, o se lo hubiesen prometido sus poderosos parientes y amigos españoles, o el peyote y el demonio. Lo curioso es que tal megalomanía, que al principio esa gente humilde tomó simplemente por chifladura, empezó a cobrar visos de realidad al ocurrir un hecho inusitado: en 1642 había acontecido un insólito golpe de estado, mediante el cual el obispo Palafox destituyó en cinco minutos al virrey Villena (se le acusaba de complicidad con los portugueses, por entonces enemigos de España, aunque luego fue exonerado de todos los cargos y nombrado virrey de Sicilia).
Si era tan fácil derribar instantáneamente a un virrey con unos papeles secretos que de repente había esgrimido el obispo Palafox, podría serlo tirar a otro con otros papeles, incluso falsos. Y Guillén de Lampart presumía de sostener nutrida correspondencia con todas las cortes europeas y con los reyes de Portugal, Inglaterra y Francia. No se le encontraron cartas recibidas de Europa; sólo proyectos o dichos de las propias cartas que él escribía o pensaba escribir a los más encumbrados personajes del orbe. Y dijo, efectivamente, que puesto que ni el papa ni el rey de España tenían derechos legítimos sobre estas tierras, cualquiera que liberase de ellos a los mexicanos y fuese aceptado por éstos –él, por ejemplo-, podía constituirse legítimamente en su rey, y a ratos se imaginaba y firmaba como “rey de México”. Sólo lo dijo en sordina a tres o cuatro personas en merenderos, vecindades y tabernas de la Merced y lo escribió luego en sus papeles carcelarios. Parece que también imaginaba ganarse el apoyo popular aboliendo la esclavitud de los negros y los onerosos impuestos a todas las castas, lo que indudablemente fascinó a los liberales de la Reforma.
Hasta aquí, la acción legal contra Guillén de Lampart debió haber sido meramente política y secular; asunto para la Sala del Crimen de Palacio y para ser remitido en cadenas a España por probables intenciones de infidencia o rebelión. O a un manicomio. Sin embargo, el Santo Oficio se apoderó del caso porque los delatores y testigos hablaban de peyote, de astros y de diablos. Es entonces cuando se despliega la más trágica y aleccionadora historia de Guillén de Lampart, esta sí totalmente documentable: la del enemigo acérrimo de la Inquisición desde sus propias cárceles.
Se defiende con sabiduría y furia de los inquisidores; los insulta, los amenaza y en secreto escribe terribles denuncias contra ellos por su corrupción (apresaban ricos –especialmente de origen portugués, pues por entonces Portugal se había separado de España y convertido en enemigo de la Corona española- para robarles sus bienes; les inventaban cargos, los circuncidaban por la fuerza en la propia cárcel para hacerlos pasar por judíos, falsificaban los procesos, etcétera). Al fugarse, pegó estas denuncias –con un engrudo a base de pan y agua- en ciertos muros principales, en la madrugada, donde permanecieron escasas tres o cuatro oscurísimas y desiertas horas; y se atrevió a apersonarse, apenas fugado, en pleno Palacio para entregarle al virrey, por medio de un mozo, con el pretexto de que se trataba de un correo extraordinario de La Habana, un relato abundante y sazonado de los vicios inquisitoriales. De tal modo se convirtió en un adalid de los liberales juaristas que, con los archivos de la Inquisición en el cómodo estudio de Riva Palacio de su casa de Donceles, podían airear un aspecto macabro de la dominación española.
Aunque en secreto, tales cargos contra el Santo Oficio mexicano no fueron tomados a la ligera por la Corona española, que interrogó a sus representantes virreinales sobre ellos durante mucho tiempo, y ordenó investigaciones que corroboraron plenamente, al menos en los aspectos materiales de corrupción y arbitrariedad, las denuncias de Guillén de Lampart. Sobre todo le dolió mucho al rey enterarse de que los inquisidores mexicanos apresaban a presuntos judíos de origen portugués muy ricos, ¡y en seguida los volvían pobres en su contabilidad!, para no entregar nada de esa riqueza confiscada al tesoro real. A algunos inquisidores se les demostró que vendían en tales o cuales comercios céntricos las joyas sustraídas a los “herejes” procesados.

LOS HÉROES IMAGINARIOS
Se pudo encontrar cientos de “precursores de la independencia” con mayores méritos que Guillén de Lampart, desde el propio Hernán Cortés y su hijo, así como sus partidarios, hasta muchos indios caciques, chamanes o macehuales insumisos, negros cimarrones y frailes mesiánicos. La pretendida “siesta virreinal” proliferó en rebeliones, motines y conjuras. Fue el énfasis de Riva Palacio en el perfil rebelde, exótico, novelesco, de Guillén de Lampart, y más en México a través de los siglos que en la novela, lo que le valió la curiosa estatua en la Columna de la Independencia, por lo demás tan poblada de próceres cuestionables.
Lo que más me conmueve de don Guillén de Lampart, sin embargo, no es el atareado y mágico donjuanismo que le confiere Riva Palacio; ni los tratos demoniacos, prácticas brujeriles y frecuentaciones del peyote que narran sus delatores. Tampoco sus terribles tormentos, tan regiamente narrados por Riva Palacio en la última parte de la novela, la de la cárcel -que es sufrimiento puro-, que de cualquier modo comparte con todos los presos no sólo de la Inquisición, sino también de El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas... quien a ratos me parece que inspira más a Riva Palacio que todos los numerosos y voluminosos documentos inquisitoriales. En Memorias de un impostor, la fuga de Guillén de Lampart es toda una aventura de Montecristo.
Lo verdaderamente conmovedor es la fe absurda de don Guillén de Lampart en la escritura. Muy poca gente sabía leer a mediados del siglo XVII en México. No había desde luego prensa periódica, ni mucho menos política. Sólo podía ambicionar escribir cuatro o cinco papeles con letra menuda y pegarlos con engrudo de pan en muros de casas e iglesias, a ver si alguien azarosamente los leía en la oscura y vacía madrugada; y si ése los entendía, y si los relataba fielmente a otra persona... Además de llevarle un abundante texto al virrey a su propio palacio. En esto logró un gran éxito ulterior: sus fragilísimos textos sobrevivieron, cuando ya se han olvidado muchas aparatosas obras eclesiásticas o burocráticas.
Lo conocemos sobre todo por esas denuncias desaforadas, que los inquisidores preservaron rencorosamente en sus archivos, adonde las pudieron encontrar Riva Palacio y, treinta años después, González Obregón. Acaso nadie haya tenido tanta fe en una denuncia civil, escrita, exhibida ante la entonces inexistente “opinión pública” como Guillén de Lampart, anónimo en su siglo y ahora azarosamente encumbrado en el vestíbulo de la columna de la Independencia, gracias al prestigio y a la pluma de Riva Palacio.
En su prólogo a la edición de Porrúa de Memorias de un impostor, Antonio Castro Leal acusó a González Obregón de ser injusto con Riva Palacio, pues no lo menciona por su nombre en su biografía de Guillén de Lampart, aunque se refiera a México a través de los siglos. Casi sugiere plagio. El reproche es ridículo: ambos estudiaron el mismo expediente inquisitorial. Y quien haya leído otras obras de González Obregón recordará que cita con frecuente reverencia a Riva Palacio. Simplemente Luis González Obregón eludió en esta biografía rigurosamenete histórica, por cortesía, desmentir los añadidos imaginarios, folletinescos, de la novela; tampoco quiso polemizar abiertamente con su querido maestro y antecesor, ya muerto, en quien pretendían apoyarse los partidarios de erigir la estatua de Guillén de Lampart como “el mayor precursor de la Independencia”.
A los delirios o temeridades del aventurero, se sumaron el mito literario-ideológico de Riva Palacio y la peregrina imaginación de un escultor italiano, pues desde luego no existía iconografía alguna del pesonaje: sólo se sabe que era de mediana estatura, facciones regulares y algo pelirrojo. Edad mediana, y claro: moda de mediados del siglo XVII. Ha sido pues el destino de Guillén de Lampart ir añadiendo, aun siglos después de muerto, más ficciones azarosas a su perfil de “impostor” trágico.




LIZARDI O EL FILÓSOFO DE BANQUETA

Si se practicara una encuesta entre los mexicanos letrados, incluso presuntamente muy letrados, sobre sus conocimientos acerca de José Joaquín Fernández de Lizardi, nos toparíamos con media decena de lugares comunes: que tenía el sobrenombre de El Pensador Mexicano; que fue un autor independentista; que escribió la primera novela mexicana: El Periquillo Sarniento; que se dedicó a moralizar o a educar al pueblo. Todo ello lo convierte en un héroe de cultura nacional a quien no suena correcto tildar de ramplón o de aburrido.
Más que cualquier otro autor célebre, Lizardi ha resultado, para la enorme mayoría de los lectores que lo han sufrido como lectura escolar en la secundaria o en la preparatoria, un sermoneador opaco con algunos chistes poco inspirados. Es un autor que los mexicanos letrados conocen a través de borrosos recuerdos de tedios escolares.
Para descubrir en él otra cosa: a un rebelde de las costumbres, a un soñador de la sociedad moderna, a un combatiente de las ideas, al primer y más decidido defensor (creador) de la libertad de prensa, es preciso, primero, desmitificarlo un tanto como el héroe domesticado de los libros de texto (el simple enemigo de la pereza y la coquetería, por ejemplo); y luego leerlo ampliamente, más allá de la fábula del Periquillo, en la gran cantidad de ensayos, versos, teatro y periodismo recopilados en sus Obras (UNAM, 1963-1997). Pero suman 15 tomotes, que abruman al lector de intereses generales, quien no espera grandes deslumbramientos en Lizardi sino, otra vez, el prestigio épico del “autor independentista” y del “primer novelista mexicano”.
Por fortuna, María Rosa Palazón y sus colegas han publicado una abundante antología temática, con un prólogo importante (si bien demasiado apologético para mi gusto), en la serie “Los imprescindibles” de Editorial Cal y Arena. (La selección también resulta ambiciosa e imparcial: aparecen textos donde Lizardi no queda muy bien parado, pero que es justo que el lector también conozca, como sus insultos a las tropas de Hidalgo y Morelos; la melancólica conversación —que George Bernard Shaw habría envidiado— entre Hidalgo e Iturbide en los infiernos; y sus finales escritos “ultras”, donde su jacobinismo ya resulta menos polémico y jocoso que agriamente intolerante y persecutorio.)

LA MODESTIA DEL PENSADOR
Otros de nuestros autores se distinguen por sus conocimientos o su inspiración, su riqueza expresiva o su inteligencia. Lizardi (como en cierta medida su contemporáneo Carlos María de Bustamante) se destaca por su modestia, en los dos sentidos del término: su falta de presunción y su falta de brillantez artísticas e intelectuales.
Si no queremos decepcionarnos con su lectura es preciso dejar de exigirle la hondura intelectual, la prosa rica e inteligente, los conocimientos prolijos que no tiene. Hay que leerlo como él quería que se le leyera: como periodista. (Pudo asimismo llamarse, como lo haría Mariano José de Larra en España, El pobrecito hablador: el periodista moderno que no se exige credenciales de teólogo ni de erudito, sino la cultura general, el sentido común y la expresión coloquial.)
Sus defectos de escritura y su falta de conocimientos económicos, históricos, legales, religiosos, fueron señalados en sus propios días por los poetas del Diario de México, los “árcades”, y por los expertos gubernamentales (a quienes parecían ridículas algunas de sus proposiciones concretas de reformas sociales o políticas: sencillamente sus cuentas no salían; o que sus “arbitrios” o soluciones provocaban más problemas de los que intentaban resolver, como su defensa de las “rosarieras” o vendedoras ambulantes de sus tiempos). Lucas Alamán lo recuerda con desdén en su Historia de México.
Como sus contemporáneos fray Servando y Bustamante, fue acusado de disparatado, farragoso y vulgar, cuando no de ridículo, falso y “mamarrachero”. Ciertamente todos sus escritos, salvo acaso el esperpéntico soldadón Don Catrín de la Fachenda, parecen escritos al vapor, casi sin revisión alguna, con inmediatez periodística, y ciertos alardes de comicidad coloquialista no siempre logrados. Su audaz águila periodística tiene mucho de perico.
Además, a diferencia de fray Servando, quien era un hombre de ideas y expresiones brillantísimas (aunque extravagantes); y de Bustamante, testigo y trovador (a ratos disparatado) de las hazañas insurgentes, Lizardi parecía hablar de todo al mismo tiempo y no tener nada concreto qué decir. En eso funda una tradición verbosa que constatamos entre los columnistas del día de hoy.
Hay que estar dispuestos, en la obra de Lizardi, a encontrar, a veces hasta en el mismo párrafo, conceptos tan modestos como la utilidad de que los cuartos estén bien ventilados, de que las mujeres sean virtuosas y los hombres laboriosos, de que los niños no usen zapatos muy estrechos, y lucubraciones tan atrevidas como la forma de competir localmente (la Independencia contrajo el lío del “libre comercio”) con Inglaterra en la industria textil hacia 1825: ¿Cómo? ¡Pues nomás trabajando duro y bien! Los telares casi medievales novohispanos podrían producir telas tan buenas y baratas como las de las fábricas inglesas gracias ¡a un simple esfuerzo moral! Con moral o sin moral, todos los arcaicos telares del mundo quebraron ante la Revolución Industrial inglesa.
Fracasa como estratega al proponer la recuperación del fuerte de Ulúa a cañonazos, desde la plaza de Veracruz: no conocía el alcance de los cañones ni la distancia entre la plaza y el fuerte. Su banalidad y su beatería moralizantes irritan especialmente en las novelas y en las fábulas: sus regaños a las quinceañeras coquetas, por ejemplo. ¿Qué daño le hacía que las mujeres gustaran de la moda? ¿De veras quería que toda casadera o casada fuese una monja? ¿Por qué un escritor ha de tener derecho a la libertad de prensa, y una chamaca no a la libertad de la moda? (La Güera Rodríguez debió haber atronado, desde su alcoba todopoderosa, contra los anticuados y paniaguados escritos de Lizardi sobre las mujeres que, por lo menos al vestirse, se sentían modernas.)
En sus Conversaciones del Payo y del Sacristán arroja a la torera toda una constitución formal para el México independiente. Total, dice pisando de lleno el país de las barbaridades: Si Platón se atrevió a soñar su República, ¿yo por qué no? Si Tomás Moro...
Bueno: porque eran sabios, en el sentido en que lo fueron sus antecesores Alzate y Bartolache, o su detractor Alamán; en el sentido en que nuestro Pensador nunca lo fue. Lizardi rara vez expone un pensamiento profundo y metódico, ni ofrece datos concretos, situaciones materiales, análisis históricos o económicos sustentados: es, como suele ocurrir en el periodismo, un hombre de ideas generales. Ciertamente generosas: busca el Bien Común, la justicia, la paz, la libertad, la prosperidad, el orden público, la dignidad de su patria, pero carece de otro tipo de argumentos que los morales.
A ratos miente: sabía perfectamente y por experiencia propia, por ejemplo, que los francmasones, a quienes defendió, profesaban una especie de ateísmo llamado “deísmo” (la creencia en un abstracto y geométrico Ser Supremo, y no en los evangelios); pero los hace aparecer como santos filántropos absolutamente ortodoxos dentro de la doctrina católica. Engañaba a ratos pues, “con buena intención”, a sus lectores.
En su caso, el moralismo es también deficiencia de otro tipo de inspiración. Asombran su ignorancia y su desinterés tanto por la historia como por la realidad de los indios; tampoco sabe mucha cultura novohispana, aunque elogia de paso, y no por sus mejores textos, a Sor Juana. Lo mismo patea que encomia a Hernán Cortés y a Hidalgo, según el talante o la oportunidad.
Alzate le habría colocado orejas de burro en terrenos como la estadística, la geografía, la economía, el derecho, las ciencias, la agricultura... disciplinas que resultan indispensables en un autor moderno que, como él, trate precisamente de esos temas. ¿Pero qué periodista todólogo no se ha visto en esa posición? Reúnase buena parte de los artículos del mejor periodista contemporáneo y sufrirá muchas deficiencias lizardianas. Recuerdo mucho a Mencken, el gran Mencken, ahora que repaso al Pensador para este artículo.
Su democrática idea política del ciudadano, por ejemplo, consiste exclusivamente en el hombre casado, ¡porque en los solteros y viudos no se puede confiar! Suelen verse tan libertinos... ¿Cuál sería la credencial óptima de elector? Pues el acta de matrimonio certificada por el cura. Eso no le impidió, en el momento de solicitar un príncipe Borbón para que fundara una monarquía mexicana, exigir como condición esencial que fuese soltero... para que posteriormente lo mexicanizara una esposa criolla. ¡Cuanta fe ciega en la embrollada institución del matrimonio! Puso la misma condición a los ingleses que quisieran invertir en el país.

EL CURA LAICO
Aparece como una especie de cura laico, ese paradigma de los intelectuales mexicanos del siglo XIX. A pesar de sus recursos coloquiales y cómicos, escribe sermones, no estudios.
Con frecuencia resulta ingenuo (sus proyectos para alfabetizar inmediatamente a todo mundo por decreto: que cada cura se ocupara de alfabetizar su parroquia, mediante el baratísimo método lancasteriano de las cajitas de arena con un palito, a manera de pizarrón y gis, auxiliado de unos cuantos ayudantes, ¡y santo remedio!); despótico (su ocurrencia de Big Brother, a la manera de la pesadilla de Orwell: vigilar la ciudad con un policía en cada manzana para que nadie se dedicara, bajo pena de cárcel, “a la vagancia”); chusco (apoya la pena de muerte, ¡porque de otra manera, en México, en una semana se fugaban o se hacían liberar mediante sobornos todos los presos muy peligrosos! Lo que bien mirado...); o un resumidero de lugares comunes cristianos e ilustrados sobre la educación, la religión, el Estado, la salud, las mujeres, los juniors, etcétera.
¿Por qué entonces fue tan importante Lizardi en su tiempo, y tan odiado aun décadas después, como lo vemos en las expresiones de Lucas Alamán? Por su inspiración moral. Los propios censores que lo encarcelaban lo admitieron por escrito: Lizardi no pecaba abiertamente contra la religión ni contra las leyes, pero alborotaba demasiado al lector.
Cauto, se conservaba, en lo conceptual, cuantas veces podía, dentro de lo permitido (su idea de la libertad de prensa excluía, por ejemplo, a quienes trataran temas religiosos; discutieran el derecho a la Independencia —esto, después de 1821— o expusieran vicios privados, aunque fuesen ciertos, de personas concretas.)
Pero nadie se chupaba el dedo: el tono de Lizardi, si no siempre sus ideas, resultaba furibundamente subversivo. Y que no pretendiera que eran sus personajes imaginarios, Anita la Tamalera, Doña Tecla, Chamorro y Dominiquín, etcétera, quienes lanzaban tales bombas verbales: se le reconocía sobradamente, así se hubiese escondido en el anonimato, y no sólo en seudónimos, nombres de pluma y discusiones de personajes de fábula. Se trataba de un insolentazo.
Estaba enloquecido por la moral: era política y socialmente posible en México, así, por meros actos de sentido común y buena voluntad, elegir el Bien sobre el Mal; y todo consistía en crear un orden social que eligiera el Bien. Su Bien era el cristianismo reformado por la Ilustración: toda la Iglesia y sus santos padres, pero sin Inquisición, fueros, exacciones económicas desaforadas a los feligreses, privilegios, supersticiones ni corrupción clericales. Algo (no mucho) de letras. Un oficio útil. Y el sentido común de un laborioso padre de familia. Esta convicción priva también, como sustento moral, en la asombrosa novela Astucia (1865) de Luis G. Inclán, que Salvador Novo admiró.
Sin embargo, tales expresiones modestas, bienintencionadas, nada radicales (salvo a ratos en sus finales años “ultras”, de republicanismo masónico, anticlerical y antigachupín), casi propias de un sermón dominical en cualquier parroquia, resultaron dinamita pura entre 1811 y 1827.
Se prohibían sus folletos y libros. Su mejor título, que sigue siendo ignorado en nuestros tiempos, Don Catrín de la Fachenda, al parecer concluido y aprobado por la censura desde 1820, se publicó póstumamente hasta 1832. Partes del Periquillo y de la Quijotita también se editaron póstumamente. Se cree que se han perdido muchos de sus escritos. Buena porción de su obra fue totalmente desconocida por la cultura mexicana hasta la edición, reciente, de sus Obras por la UNAM. (Felipe Reyes Palacios se encargó de la edición, prólogo y notas de El Periquillo Sarniento.) Su pasión de escritor o Pensador le atrajo persecuciones y cárceles.
Debe aceptarse, sin embargo, que algunas de sus cárceles no se debieron sólo a la inquina de sus enemigos, sino a su tono efectivamente alborotador, y a sus propios errores de cálculo: no previó que la Constitución de Cádiz llegase a ser derogada, ni la Inquisición restablecida; o a desafortunados malentendidos, como la vez que se le apresó creyéndolo colaborador de las tropas de Hidalgo, cuando en realidad se había propuesto combatirlas.
Otras de sus cárceles se antojan cruelmente irónicas. Sabemos que Lizardi no fue muy congruente que digamos: mudó de ideas según los rápidos cambios de su tiempo, aunque casi siempre del lado más liberal posible en su situación de hombre público en plena ciudad de México: así, quien en 1822 sería el anticlerical excomulgado, el enemigo de todo fuero y privilegio del clero, se vio encarcelado durante siete meses en 1812 por el virrey Venegas ¡precisamente a causa de haber defendido el fuero eclesiástico en asuntos criminales!, cuando exigió respeto de los militares realistas hacia la investidura eclesiástica de los curas insurgentes. ¡Aunque diabólicos, rebeldes, saqueadores y asesinos, seguían siendo clérigos y disfrutando del sagrado fuero!
A este perseguido, por lo demás, no le faltaron ribetes de perseguidor, sobre todo en su última época, cuando exigió a las autoridades republicanas y masónicas que se prohibiese predicar y confesar a ciertos curas fanáticos y progachupines. Libertad de prensa, sí; ¿libertad de púlpito, no?
Ejercía como una especie de profeta de banqueta: se le acusó de “no tener otro Parnaso que las banquetas de la Plaza Mayor” (por el árcade “Batilo o Canazul”, es decir: Juan María Lacunza), y sus denuncias irritaban y encolerizaban a medio mundo. Denuncias a veces sencillas, modestas: la injusticia de tal impuesto (“la licencia” para poder andar a caballo, por ejemplo), la arbitrariedad de tal cura o capitán, los excesos inquisitoriales en materia de censura (los censores se tardaban eternidades en leer los manuscritos, de modo que cuando finalmente los aprobaban su publicación resultaba anacrónica; y nunca explicaban sus reprobaciones: se permitían hasta el capricho de prohibir en México catecismos ampliamente recomendados por el Papa y el rey español Carlos III).
Denuncias por otra parte un tanto engreídas y altisonantes. Aceptémoslo: Lizardi también fundó algunas de las intemperancias del periodismo mexicano. Hay grilla, hay subversión, hay ganas de armar mitote en sus escritos. No se trata de una víctima del todo inocente. Ebrio de la novedad de la libertad de prensa, se permitía no sólo atacar las ideas, sino, lo que siempre ha sido mucho más peligroso, la propia vanidad de los poderosos: virreyes, eclesiásticos, militares, políticos. Retarlos con un ego periodístico exacerbado. Lo que constituía y constituye todo un riesgo en cualquier país del mundo.
¿Pero cuántos periodistas se salvan de esta arrogancia gremial, de tales desplantes no sólo contra los poderosos sino contra sus rivales (los curas eran los rivales personales de Lizardi como educador), en cuanto se les facilita un poco la libertad de prensa? ¡Baste una ojeada al periodismo nacional de estos años noventa! ¿Qué columnista o locutor de radio actuales, por insignificantes que sean, se privan del placer de mentarles sabrosamente la madre dos o tres veces por semana al presidente y a todos sus secretarios? No discuto sus razones. Señalo simplemente la intemperancia fatal del periodismo engreído en épocas en que se considera impune; y sus naturales desgracias cuando, con los cambios históricos, la impunidad se amortigua o cesa. Décadas más tarde, el ego periodístico se enfrentaría no sólo al riesgo de la cárcel, sino al de los duelos a balazos: se combatía por las ideas, pero también por vanidades heridas.
Recuerdo que el rey de Prusia, Federico el Grande, consideraba a Diderot “un tirano de la escritura”. Los alardes no conforman un monopolio del poder político; otros espacios demasiado humanos, como el periodismo, los comparten. El lector advierte con frecuencia cierta bravuconería en los escritos de Lizardi. Gajes del oficio, compartidos por Voltaire y los enciclopedistas. Incluso por Alzate. (Otros antecedentes locales de plumas encendidas, temerarias, retadoras: fray Bartolomé en sus Tratados, Mendieta en su Historia eclesiástica indiana, Sigüenza en su polémica con el Padre Kino a propósito de los cometas, y sor Juana en su Carta Athenagórica y su Respuesta a sor Filotea.)

LITERATURA POPULAR
El Pensador Mexicano quería ser popular, escribir para el pueblo. Aquí hay dos puntos discutibles: lo de pensador y su popularismo. No resultaba tan popular, como él mismo lo confiesa, pues casi siempre quedaba endrogado por la falta de demanda de sus escritos. Se diría que entre más escribía, más se empobrecía. Si el éxito popular se mide, como ocurría en Europa y los Estados Unidos, por las ventas de un escritor, por su mercado, Lizardi parece un metafísico. La pobreza, a ratos extrema, lo persiguió siempre.
Estaba escribiendo, impopularmente, para los escasos curas, burócratas, diputados o comerciantes que sabían leer, y se tomaban el trabajo de comprar sus impresos y leerlos. ¿Escribía principalmente para sus enemigos, los únicos que podían o querían adquirir sus impresos?
Sospecho mucho mito en esa leyenda escolar de que la gente analfabeta se agrupaba en alguna esquina para que alguien le leyese en voz alta los escritos de Lizardi (con frecuencia farragosos y larguísimos: docenas de cuartillas), aunque pudo ocurrir tal prodigio en dos o tres ocasiones de excepcional animación política en la ciudad.
Cuando alguno de sus folletos se agotaba y se reeditaba, lo proclamaba a voz en cuello: “¡Corran a comprar mi obrita exitosa que se expende en tantos como tres —sic: 3— puestitos de madera de la Plaza Mayor, incluyendo el del Cieguito y el del fiel Sánchez! Su precio justo es tres reales y medio, pero si nomás quieren pagar dos y medio, como imprudentemente lo prometí, llévensela así...”
Sospecho que no le faltaron ganas de regalar sus obras, y hasta de pagar porque lo leyeran. Con harto trabajo desplazaba, cuando corría con suerte, trescientos ejemplares de sus periódicos. Había en la gran ciudad sólo tres o cuatro imprentas; y tres o cuatro expendios —puro “cajón” o puesto de madera en la Plaza Mayor— de impresos. Se prohibió, precisamente a partir de las leyes de libertad de prensa, el oficio de voceador, dizque porque sus gritos incomodaban a los vecinos... Lizardi, desde luego, se erigió en el gran defensor de los voceadores.
Siempre asombrará, y causará envidia en cualquier escritor, el desplante lizardiano de fundar muchos periódicos personales, en los que sólo escribía él mismo. (Prosigue y magnifica en esto a Alzate y a Bartolache.) G. K. Chesterton no supo que lo imitaba al editar el G. K. Ch. Weekly.
Se trataba pues de un populachero entre la minúscula minoría ilustrada. Populachero por gusto, más que por los hechos; quien eligió escribir como Cervantes y Quevedo (un Quevedo simplificadísimo) y no como Meléndez Valdés; y jugar al Voltaire o al Rousseau locales (un Voltaire y un Rousseau reducidos a esbozos) en una sociedad analfabeta y arcaica. Quiso ser congruente con su público (pobre, ignorante, escaso, y tal vez imaginario). No el Parnaso: la banqueta.
Tampoco, como sugeriría el mote, “pensaba” mucho El Pensador. Sus pensamientos carecen de profundidad: suelen permanecer adrede en su nivel de banqueta, como queriendo conversar con sus paisanos poco esclarecidos. La mayoría de las veces parlotea más de lo que piensa. Sus “sueños” políticos, por ejemplo, se antojan más que indigestos. A veces el escritor programáticamente “popular” resulta tan pedante como los teólogos. Citas en latín y todo. En el propio terreno religioso, cuando critica jocosamente el Catecismo de Ripalda, por ejemplo, muestra una ramplonería intelectual algo vergonzosa si lo comparamos con el conocimiento teológico y la eficacia polémica de Sor Juana, tanto en la Carta Athenagórica como en la Respuesta a sor Filotea de la Cruz.
El malentendido de Lizardi como todo-un-filósofo surgió azarosamente: en España había un periódico, copia del Spectator de Addison, que se llamó El Pensador y luego El Pensador Matritense [madrileño]. Lizardi aplicó el título a su primer periódico (1812), con el adjetivo local. Pronto se le empezó a llamar con el título de su periódico. Y los árcades, canónigos (Beristáin) e ilustrados se reían: ¡El pobre Lizardi, tan elemental, tan poco letrado, dirían, se cree “El”, como si fuese el único o el prototípico, “Pensador Mexicano”. (Hasta santo Tomás habría sonado presuntuoso si se hubiese autodenominado El Pensador Europeo.) Ojalá hubiese preferido, como mote, otros títulos de sus periódicos, como El conductor eléctrico o El hermano del perico.

LA INSPIRACIÓN MORAL
En Lizardi (1776-1827) vemos a un autodidacta (no concluyó el bachillerato) poco precoz. Su obra importante ocupa solamente los últimos quince de sus cincuenta y un años. No pudo haber sido de otra manera. Su gran estímulo de escritor ocurre durante la relativa libertad de prensa que se impone en México en 1812 gracias a la Constitución de Cádiz.
Es sobre todo un lector de periódicos liberales, más que de libros; y españoles, más que franceses e ingleses, que en pocos lapsos de su vida pudo conseguir fácilmente en México (a ratos se permitía algo; a ratos se perseguía todo). Se advierte en él una formación liberal azarosa, fragmentaria. Pero se sabía su Cervantes, su Quevedo, su Feijoo, su Cadalso, su Iriarte (sin lujuria), su Samaniego. Buscó organizar el caótico país de su tiempo a través de un tramado simplista del Bien y del Mal con tres cuatro recetas o refranes, como un abuelo práctico o un confesor expedito.
Salvo sus últimos años, a ratos muy acalorados, Lizardi piensa con templanza y cierta prudencia, ajeno a los radicalismos. Combatió a los primeros insurgentes, por sus matanzas y saqueos, y condenó la xenofobia antigachupina o anti-inglesa con el argumento de que hombres malos los había en todas las razas y nacionalidades, incluso entre “nuestros beneméritos inditos”: ¿Por qué entonces el odio personal basado en argumentos de nacionalidad?
Sus novelas buscan la edificación moral, lo que está permitido en la novela picaresca. Como se sabe, las novelas picarescas narran la vida de un pillo que cuenta muy sabrosamente sus sinvergüenzadas para, al final, dizque convencer al lector de que no caiga en tales errores. El Lazarillo de Tormes, El diablo cojuelo o El Buscón de Quevedo resaltan sobre todo la prolija apología del pillo misérrimo y se resignan brevemente a la final moraleja sermoneadora; Lizardi hace lo contrario: se divierte poco y sermonea demasiado.
Su Periquillo (1816), más que un pícaro jocundo, es un lastimoso extraviado del Bien, un hombre que perdió su vida por no seguir el camino de la virtud y del sentido común. Pero acaso esta crítica resulte demasiado letrada y ulterior: el público de su época, acostumbrado al púlpito, era más adicto a los sermones moralizantes que a las aventuras novelescas. Su público le pedía tales sermones. Existió una semonmanía durante toda la época novohispana. Prevalece en él la tradición local de los sermonarios, sobre la enciclopedista de los ensayos.
Aunque no aparezca mucha filosofía profunda o novedosa en Lizardi, ni haya sido realmente un educador del pueblo (su deseo no se hizo realidad: tuvo pocos lectores), proporciona al lector contemporáneo algunas experiencias invaluables.
La mayor: la polémica moral en el México de finales de la Colonia. Aunque caricaturizando a veces al extremo, ofreciendo como historia local verídica una prefabricada suma de vicios universales, incluso librescos, en ocasiones de franca ascendencia literaria romana (Juvenal, Cicerón, Séneca) o francesa, pinta el panorama de una sociedad novohispana desmoralizada no sólo políticamente, sino en su intimidad y en los detalles cotidianos: la vida de familia, los oficios, la educación, la calle, el trato de los vecinos, etcétera. (Sus contemporános, chismosos, sabían que nuestro civilizador era un poco incivil en su vida privada: Se negaba a pagar la renta, y de paso insultaba a la casera.)
Nos encontramos exactamente en las antípodas de la visión que nos proporciona Lucas Alamán de la sociedad arcádica novohispana (“cualquier hogar era un convento”), donde, pretende, reinaban plenamente la honradez, la eficiencia y el orden, antes de los pésimos virreyes finales y de los desmanes de la plebe insurgente.
Lizardi se vio odiado por los árcades, los canónigos y los conservadores no sólo a causa de sus defectos prosísticos e intelectuales, sino también porque se instituyó, incluso antes de abrazar la causa independentista con Iturbide, en el fundador de la leyenda negra novohispana.
Es una horrible Nueva España la que nos cuenta en sus novelas y folletos. La peor sociedad concebible, el infierno más extremoso. En este sentido conforma, con Bustamante, el monstruo bifronte que enloquecía de rabia a Lucas Alamán: Lizardi, el denigrador de la Colonia y del alto clero (funda y encabeza el ácido jacobinismo mexicano, que durará al menos siglo y medio); Bustamante, el mitificador de las guerras de independencia.
Sobre su anticlericalismo: No basta enterarse de dos o tres de sus andanadas contra el clero, sino de varios de los escritos donde expone el enorme poder de los curas. Los atacó con tal obsesión porque lo aterraban. Por ahí dice, con sorna, que el rey de España podría recobrar fácilmente sus colonias si en lugar de enviar expediciones de soldados, mandase una armada de canónigos. Cada cura impresionaba, dominaba y aterraba a la población más que varios batallones. (Hay más verdad de la que pareciera en este chiste: en nuestras tierras, desde un principio, los misioneros conquistaron mucho más, y con mayores profundidad y alcances, que los soldados.)
Sugiere, al parecer sin gran fundamento histórico, que después de su victoria en Monte de las Cruces, el cura Hidalgo se negó a tomar la ciudad de México, totalmente desprovista de una defensa militar, porque supo que el clero capitalino intentaba alzar contra los insurgentes, desde los púlpitos, a la muchedumbre capitalina. Y una muchedumbre fanatizada resultaba más temible que el propio ejército virreinal, ya vencido: hubiera sido preciso masacrarla. Curiosa batalla imaginaria ésta, sin militares: el apocalipsis de dos muchedumbres de harapientos dirigidas cada cual por puros curas tremebundos armados con sendos estandartes de la Virgen.
Luis González y González ha señalado, siguiendo a Alamán, como una de las causas de la independencia, el excesivo, delirante optimismo criollo: los novohispanos se creían riquísimos, ilustradísimos, poderosísimos y privilegiados por la Virgen de Guadalupe. Les parecía fácil lograr su independencia y convertirse de inmediato en la más gloriosa y rica nación de la tierra.
Lizardi por el contrario habla, desde el pesimismo más concentrado, de un país desolado, con pobres harapientos y ricachones salvajes, a cual más imbécil, incapaces unos y otros de vida civilizada. Lo que también constituía una exageración: pocos años antes, el Barón de Humboldt había encontrado bastantes cosas qué elogiar en la Nueva España.
Pero la nación fue de mal en peor, vinieron los incesantes cuartelazos, el inconcebible y realísimo Santa Anna, las invasiones norteamericana y francesa. Los mexicanos aprendieron en Lizardi a mirar con pesimismo, incluso con brutalidad, todas sus miserias. Lizardi se erigió para siempre en el enemigo de la autocomplacencia nacionalista. Somos ignorantes, pobres, desorganizados, viciosos, haraganes, fracasadones, transas: tal es nuestro espejo, predicó desde 1812. No nos asombren las calamidades que lógicamente nos sobrevengan. No hay tal “paraíso indiano”: todo lo contrario.
Poco documentado en leyes, en economía, en historia, en política, Lizardi siguió los rumbos del espíritu de su tiempo. Buena parte de su obra (anterior a Iturbide) habría recibido, moralmente, la aprobación de ilustrados ortodoxos como Feijoo o Alzate. No sostuvo ideas ni posiciones originales importantes. Abrazó la causa insurgente sólo cuando triunfó Iturbide (resulta, pues, un pobre autor “independentista”); antes de ello, denostaba a los guerrilleros insurgentes a la vez que se preocupaba, sobre todo, por ejercer los derechos liberales de la Constitución de Cádiz, con lealtad al imperio español. Después, se dieron en mata los oportunistas anticlericales y antigachupines.
Pero tal deficiencia, su falta de conocimientos concretos o de solidez ideológica, se supera con mucho gracias a su firme, esencial, obsesión moral. Y a su insubordinado tono de pensador individual, libérrimo (así se conservase ideológicamente a ratos dentro de límites prudentes) hasta la insolencia.
Lizardi permanece casi siempre por encima de los partidos y de las ideologías en que naufragaron muchos de sus contemporáneos y sucesores. No le interesa tanto que México se independice o no, sino que mejore su vida social; le tiene sin cuidado que se convierta en imperio o en república, siempre y cuando se constituya un Estado decente. Hay repúblicas tiránicas y monarquías benéficas, sugiere, cuando alaba el entronizamiento del emperador Agustín I. En sus últimos años, cuando abrazó la causa más escandalosa de todas: la libertad de cultos, dijo que quería para su patria una tolerancia a las diversas religiones tal como la que existía... ¡en Roma! (Lo que era verdad: en la cosmopolita ciudad del papa se toleraba a protestantes, masones y judíos.)
Por eso pudo también criticar ácidamente los vicios de la sociedad mexicana durante el Imperio y el primer lustro republicano. No se le acuse de parcialidad: denigró a la Nueva España y al alto clero, pero también al México independiente del Imperio (aporreó a Iturbide) y la República. A curas y a militarotes y diputados. A gachupines y a criollos. A periquillos, quijotitas y catrines. Execró del centralismo y las tiranías y desórdenes de la nación independiente. Fue un escritor (masón al final) libre de partidos. Sus errores podrán ser personales, de escritor locamente enamorado de la libertad de prensa; nunca partidarios. Ambicionó ser crítico, nunca político.
De este escritor modesto puede hacerse un elogio elemental, raigal: da siempre la impresión de buscar sinceramente la verdad en tiempos caóticos. Verdades fáciles, practicables por gente simple y analfabeta (la abrumadora mayoría de la población mexicana de su tiempo), en tiempos muy difíciles y pedantes (tantas leyes, tantas doctrinas, tanto nuevo conocimiento a través de la prensa europea.)
Su franqueza, su fresca ambición de conocimiento y reforma moral apabullan. Se quemaba por entero en busca de la verdad y del Bien Común. Simpatiza. Conmueve. Un gran tipo.

VIGENCIA DE LIZARDI
Al final de su vida no canta triunfo alguno: los vicios nacionales han permanecido, incluso se han incrementado, a pesar de la Independencia, del Imperio, de la República, de la Constitución de 1824. Los hechos políticos no mejoraron la condición moral de su sociedad.
Por ello asume, un tanto irónicamente, el ideal del escritor popular, del periodista, como redentor social mediante la crítica burlesca de acontecimientos, ideas, instituciones, leyes y costumbres. Un ideal fatal, pues ese escritor popular no tiene mucho pueblo: “son muy pocos los que leen”. Sus folletos se acumulan en las bodegas, y crecen sus deudas con los impresores.
Este idealismo lo dota de un perfil trágico, casi anticipadamente romántico: el de un profeta de banqueta invariablemente perseguido por los poderosos, sean del partido que fueren; y de una vocación heroica: había que escribir incansablemente para beneficiar a la sociedad, aunque pocos lo leyeran, y los escasos que lo hiciesen lo malinterpretaran todo. El resultado real de sus escritos casi siempre fue la persecución o el ninguneo cultural y político. (Arremete contra el ruin lector que le encuentra barbarismos o errores de redacción: el buen lector debe atribuirlos a un descuido o a una interpolación del tipógrafo... Treta de la que echamos mano, hasta la fecha, todos los escritores.)
Así, aunque no se erija necesariamente en nuestro primer novelista (Sigüenza escribió siglo y medio antes su brillante novela Los infortunios de Alonso Ramírez), podemos considerarlo nuestro primer escritor moderno (siguiendo a Alzate, más inteligente y culto, pero menos libre de abordar temas religiosos o políticos: recluido a su pesar en la esfera científica), en el sentido de que para él la literatura (o la literatura en folletos, la literatura de banqueta) fue un Absoluto, por encima de la política, la religión y el bienestar personal; un absoluto ilustrado: el Bien Común, la reforma de la sociedad decadente, la búsqueda de la comunidad feliz.
Su modestia entonces apareció frente a sus contemporáneos como una desmesura: “¡Este escritor incorrecto y pobretón, ignorantillo y jocoso, intenta reformarlo todo en el país a su modo, según sus puras ocurrencias! ¡De veras que es de manicomio la manía de escribir de este Pensador Mexicano!”, pensarían tanto los inquisidores como los políticos coloniales y del México Independiente, los canónigos de Catedral, los quisquillosos y estériles árcades de el Diario de México y los flamantes y tontos diputados constituyentes de 1824.
Su atrevido manicomio funda nuestra prensa moderna. Su pasión de reformador laico, de moralista de banqueta, de crítico de los poderosos, perdura en el mejor espíritu moderno de México. Su precursor corazón flamígero anima nuestra mejor literatura.



EL BELICOSO DEVENIR DE LUCAS ALAMÁN


Lucas Alamán (1792-1853) no podía prever, como tampoco lo esperaban ellos mismos, el enorme éxito que tendrían los liberales a partir del Plan de Ayutla, las guerras de Reforma y la Intervención Francesa. Al igual que su rival historiográfico Carlos María de Bustamante (Cuadro histórico de la revolución de la América mexicana), murió desconsolado por la autodestrucción que en sólo un cuarto de siglo padeció el México Independiente y que alcanzó una perspectiva apocalíptica durante la derrota frente a los Estados Unidos.
Tuvo la suerte de morir antes de ver que sus mayores terrores de conservador radical se entronizaran con la generación de Juárez. ¡Ese puñado de jacobinos abogados facinerosos (su odiado Melchor Ocampo) y de intemperantes militares improvisados (los “leprosos” o “pintos” de Juan Álvarez que pronto tomarían el poder)! Aunque... ¡quién sabe! En el fondo del discurso de Lucas Alamán se descubre la aspiración a un cierto equivalente de Juárez y a un cierto equivalente de Porfirio Díaz: el imperio del Orden y de las instituciones ante todo; la creación de un Estado fuerte capaz de gobernar y de controlar a la soldadesca, a los caciques, a los diputados y a todo tipo de rufianes políticos.
Más que defensas a ultranza —que las hay— del pasado colonial, de los grandes propietarios y de los fueros del clero, predomina en sus obras un grito desesperado contra el desorden absoluto en la política y en la vida pública. Hombre pragmático, capaz de contemporizar y de colaborar con su siempre inevitable general Santa Anna, ¿no habría estado dispuesto a aceptar, o a resignarse ante ciertas modificaciones modernas, secularizadoras, en la política, que por lo demás ocurrían en medio planeta, a cambio del Orden, la paz pública, la seguridad y el fomento de la economía que instauraron los liberales? ¿A cambio de un país viable? Los juaristas y porfirianos hicieron realidad muchos sueños y proyectos políticos y económicos de Alamán: un Estado nacional centralizado, autoritario, institucional, organizado, eficiente, por ejemplo. Fueron sus continuadores, más que sus enemigos, salvo perfiles menos prácticos que oratorios en el rubro clerical y en el de las mitologías indigenistas e insurgentes.
Más discutido, odiado o venerado que leído, Lucas Alamán se enfrenta a varias imposturas de la posteridad. La primera es la de considerarlo un adalid del partido conservador y hasta un nostálgico de la Colonia, cosas que desde luego era, y no tanto un crítico del caos y el desastre del México Independiente. La verdad es que se ubica más cerca del doctor Mora, de Guillermo Prieto y de Juárez de lo que se supone, y al revés.
Su gran tema es que el país se estaba haciendo añicos, y más por culpa de sus nuevas clases política y militar que por la codicia extranjera. Ese desgarramiento civil, fratricida, caníbal, es lo que se lee en su Historia de México, que en realidad trata sólo de lo ocurrido “desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente” (1849); sus ensoñaciones novohispanas habrá que buscarlas más bien en sus Disertaciones (1844), misceláneo y hasta caótico conjunto de historia universal, reflexiones sobre historia local y documentos diversos.
De ahí que haya sobrevivido en el favor de la academia, aunque no en el de los políticos y del lector común. Es sobre todo un crítico de la vida mexicana entre 1810 y 1853, tiempos de los que fue testigo y protagonista político, y no tanto un convocador de fantasmas novohispanos, clericales y plutocráticos (aunque de todo abunde en su “nido de urraca”). De hecho, lo que más admira del antiguo régimen, es el orden, la paz y la seguridad públicos, que exagera muchísimo, al grado de afirmar que cada hogar novohispano era un pequeño y riguroso convento: ultradecente, tranquilo, satisfecho. No lo era. (A ratos se contradice, cuando elogia las medidas de castigo extremo que se tomaban contra la proliferación de bandidos, o cuando se escandaliza con la venalidad del virrey Iturrigaray, por ejemplo: lo que algo muestra de las imperfecciones de aquel Orden y de aquella dorada paz pública coloniales.) Ahora sabemos que, medio siglo antes de Hidalgo, los propios monarcas borbónicos sembraron el caos del que la Independencia surgió como desenlace inevitable. Alamán los encuentra, sin embargo, dignos de admiración, a pesar incluso de abusos tales como la expulsión de los jesuitas, y las confiscaciones e impuestos extraordinarios al clero y a los propietarios.
Los conservadores, los clericales y posteriormente los historiadores revisionistas usaron a Alamán como un antídoto clandestino y un arma de desprestigio contra la versión oficial, porfirista o priísta —“patriotera”, “populachera”, “demagógica”—, de la Independencia y de la nación liberal. Casi todos los perfiles crueles o burlescos que se recuerdan de los héroes insurgentes anidan en la Historia de México: su poderosa venganza personal contra insurgentes y liberales.
Su lectura atenta, sin embargo, apunta también hacia el otro sentido: subraya la pertinencia del proyecto político de Juárez y de don Porfirio; incluso los exalta y defiende de antemano, a su pesar, cuando muestra con tan grandes argumentos y tintas tan acentuadas el caos que tuvieron que domar. Alamán se desesperaba de que no apareciese un mesías-caudillo (se pasó la vida buscándolo, contra toda esperanza y toda racionalidad, en Santa Anna), capaz de redimir al país sumido en una orgía caníbal de autodestrucción: esos mesías-caudillos capaces de imponer un orden y una ley ya se andaban ajetreando en el partido opuesto.
Existe otra impostura en el prestigio intelectual y literario de Alamán, urdida involuntariamente por Arturo Arnáiz y Freg en 1939, cuando publicó una antología de sus Semblanzas e ideario en la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM. Arnáiz y Freg seleccionó y reacomodó, con fines pedagógicos, algunos de los mejores pasajes de la extensa obra de Alamán con un criterio de claridad y de limpieza prosísticas y conceptuales que no aparecen en ella. Nos proporciona algunos retratos concisos de hombres importantes (fray Servando, Hidalgo, Morelos, Calleja, Iturbide, Santa Anna, Zavala) y muchas ideas breves, a veces de un solo renglón, entresacados de sus libros boscosos y aborrascados: v. gr.: “En la República Mexicana se ha pasado de unas ideas excesivas de riqueza y poder, a un abatimiento igualmente infundado, y porque antes se esperó demasiado, parece que ahora no queda nada que esperar (1852)”; “El imperio de don Agustín de Iturbide, por su corta duración, más bien puede llamarse sueño o representación teatral que imperio”; “México es una nación en que todo está por hacer, por haberse destruido todo lo que existía”, etcétera.
El lector de esa estupenda antología cree, entonces, que Alamán era un escritor limpio, un estilista, un aforista, un pensador claro y riguroso, un narrador metódico y concentrado. No lo era. ¡Todo lo contrario! Sus libros son el equivalente preciso de los igualmente revueltos, confusos, apelmazados, de sus adversarios fray Servando (Cartas de un americano, Historia de la revolución de la Nueva España), Lizardi, Carlos María de Bustamante, Lorenzo de Zavala (Ensayo histórico sobre las revoluciones de México) o el doctor Mora. Ciertamente Alamán es un escritor más culto y racional que sus oponentes, pero de su obra también podría decirse, como dijo Guillermo Prieto de la de Bustamante, que se trata de “un nido de urraca donde yacen mezclados y confundidos el oro, el cobre, las perlas y la basura, la verdad y la mentira, lo sublime y lo ridículo”.
*
Los libros de Alaman conforman también un álbum de prejuicios, invectivas, libelos y apologías acalorados, vociferados. Los saqueos y ejecuciones de Hidalgo fueron terribles pero los de Calleja no. La plebe de indios del Bajío ofrecía un panorama detestable, pero la de los mulatos de Tierra Caliente resultaba vigorosa y guapa (es curiosa la antipatía racial de Alamán contra indios y criollos, y su simpatía por españoles y negros). Se exponen como ridículas las ambiciones de poder de Hidalgo, Allende, Morelos, Guerrero y Guadalupe Victoria, pero hay mucho que disculpar en las de Calleja, Iturbide, Santa Anna y Anastasio Bustamante. Los guerrilleros cundían como diabólica destrucción, excepto si eran españoles y apuestos como Mina. Valentín Gómez Farías igualaba en ruindad a Robespierre, pero Su Alteza Serenísima Santa Anna era un dictador disculpable porque, finalmente, le había hecho caso al propio Lucas Alamán (quien, de paso, confiesa que siempre tuvo buen cuidado en sus escritos publicados de que “en nada pudiese darse por ofendido el general Santa Anna”).
El periodismo y la oratoria parlamentaria envenenaban la república, excepto el violentísimo que promovían él y su partido; atacaba por su nombre, sin piedad, a los muertos, pero se cuidaba mucho de mencionar y de aludir a los vivos: de ahí lo tardío que resultaron sus libros —hacia los sesenta años de su edad y al borde de la tumba—, y parte de la confusión y la vaguedad sobre los hechos posteriores a la Independencia, de los que todavía quedaban protagonistas capaces de desmentirlo (o sus hijos, como ocurrió con José García Conde).
Adoraba a Inglaterra, mucho más en realidad que a la propia España, pero un solo mexicano era lo suficientemente apto y talentoso como para soportar tanta civilización: él mismo; para los demás nativos, nada de derechos civiles, nada de libertad de prensa, nada de parlamento: pura Nueva España feudal eternizada. El protestantismo y la masonería “yorkina” norteamericanos se le antojan odiosos, pero el protestantismo y la masonería “escocesa” ingleses le merecen benevolencia.
Como ministro, en septiembre de 1830, hizo un brindis oficial en Palacio Nacional en loor de los “varones esclarecidos” que “clamaron” por la Independencia: Hidalgo, Allende, Aldama, a quienes como autor años más tarde llamó “causa de la desolación del país”. Debía temerse la voracidad de los Estados Unidos (Poinsett), pero sólo esperar buenas intenciones y auxilio desinteresado de las monarquías francesa e inglesa. (De haber vivido tres lustros más, ¿habría terminado sus días como ministro del “liberal” emperador Maximiliano?)
Se arroga el derecho de refundir a su gusto las historia escritas antes que la suya: fray Servando, Bustamante, Zavala. Niega rotundamente, por ejemplo, la existencia de El Pípila que atribuye exclusivamente a las deliberadas fantasías propagandísticas de Bustamante, sólo porque él no lo vio en Guanajuato. Ciertamente el joven Alamán residía en esa ciudad cuando la tomó Hidalgo, ¡pero estaba bien escondido en su cuarto, debajo de su colchón!, de modo que difícilmente podía atestiguar con el rigor debido lo que ocurría en la batalla. Sólo fue testigo de su propio terror debajo de su colchón, y no de la toma de la Alhóndiga de Granaditas.
Aun en sus páginas más celebradas, estas de Hidalgo en Guanajuato, hay que considerarlo menos un narrador de su propia experiencia de las batallas, que fue nula, que de la tradición oral de su clase y su partido sobre ellas, desde luego opuesta a lo que recordaban o imaginaban otras clases y otros partidos. Y un conmocionado memorioso de ese terror debajo de su colchón.
Incluso si fuese puramente legendario, no es probable que El Pípila naciese con tan afortunado perfil mítico de una deliberada ocurrencia individual ulterior, tan exitosa, de Bustamante (a quien define como poco menos que tarado); algo en todo caso debió rumorarse entre el pueblo, que Alamán no supo escuchar. No se destrozan los mitos con un simple: —No existió porque yo no lo vi desde debajo de mi colchón.
Fuera de su colchón en la toma de Guanajuato, Alamán no presenció episodios insurgentes. La campaña de Morelos le fue tan remota como si hubiese ocurrido en otro país: apenas los rumores que llegaban al Colegio de Minería. Y de 1814 a 1823 (salvo algunos meses de 1820) Alamán vivió en Europa. Regresó a México, con un raro “acento parisién” (Beruete), hasta después de la caída de Iturbide. Escribe entonces una crónica de oídas, a diferencia de la Bustamante, a quien la mala fama de “fabulador” no le puede quitar, sin embargo, la menos reconocida de protagonista real de todo el movimiento independentista, quien trató cotidianamente a los insurgentes todo el tiempo. (“Bustamante no era capaz de nada”, fanfarronea Alamán, suponiéndose descollante en todo.)
Escribe para corregir punto por punto a Bustamante, pero sólo hasta que éste muere (1848), y ya no puede defenderse. ¿Por qué no se atrevió a decirle en vida: —Señor Bustamante, usted es un embustero y su Pípila nunca existió? Tuvo un redondo cuarto de siglo para hacerlo en los periódicos. No lo hizo.
Aunque aprovecha las historias escritas previamente y muchos documentos de archivo, que estudia con detenimiento —es insuperable sobre todo en el manejo de cifras—, don Lucas suele privilegiar las fuentes indirectas, sobre todo de conversaciones ulteriores, con personajes distinguidos de la aristocracia (“las personas respetables” rara vez participaron en los hechos) y del bando realista y conservador, y descalificar por principio, sistemáticamente, como mera fábula y propaganda, las fuentes directas de los insurgentes y testigos verdaderos, sencillamente porque sus escritos, dichos y tradiciones no le merecen confianza, ya que provienen de la “plebe” (¿pero no es la “plebe” la protagonista de las rebeliones populares?) ni abonan en su propio interés de partido.
Sigue invariablemente Alamán un principio esnobista de autoridad social: los dichos de la élite (“la gente de juicio”, “la gente sensata de México”), obviamente parciales contra los insurgentes y liberales, valen más por provenir de “personas notables” y deben prevalecer; los populares (“vulgo”, plebe”, “chusma”), así como los de los frailes, los letrados y los soldados involucrados (“aspirantes”, “codiciosos, “ambiciosos”), han de descalificarse siempre que sea posible, pues provienen de gente “inferior” y parcial a esa causa.
Usa asimismo confesiones obtenidas bajo tortura como pruebas irrecusables en contra de los jefes insurgentes, como si sólo ante el verdugo y la muerte Hidalgo y Morelos hubiesen dicho toda la verdad. Los testimonios de un Calleja o de un Iturbide son citados con respeto y hasta con un tonillo adulón (adulaba en sus fantasmas a su partido, y a los mitos que pretendía erigir a partir de ellos); los de sus oponentes, se omiten o bien se enuncian con recelo y sarcasmo.
No elude la difamación póstuma, aunque haya que esperar largos años para que esos enemigos aborrecidos se vayan muriendo, y poder infamarlos con impunidad. Se solaza en minimizar a los héroes: “No he presentado colosos, porque no he encontrado más que gente ordinaria”. Desdeñosamente el historiador mira a sus historiados desde las alturas de su alta opinión de sí mismo. Pero Arnáiz y Freg, irónico, nos recuerda que físicamente Alamán era bastante chaparrillo; observación oportuna, pues Alamán usaba el prejuicio de valorar y definir a los personajes históricos por su apariencia física (v. gr. un Morelos cruel por feúcho, barrigón y mulato; Calleja e Iturbide, ellos sí “colosos”, lo demostraban con su linda figura).

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No existe pues en Alamán el supuesto historiador imparcial, objetivo, con mayores información y experiencia viva que sus adversarios, pero sí una mente práctica, moderna, que reacciona ante la ingobernabilidad y el saqueo del país por los cientos de nuevos aspirantes a dirigirlo y a enriquecerse expeditamente con sus cada vez más exiguos recursos.
Acaso la mejor explicación del conservadurismo de Alamán sea esa: quiso una clase dirigente pequeña, legítima, tradicional, bien acotada, eficiente, ordenada, protegida con todo tipo de privilegios (incluso los más autoritarios), y no la inesperada y populosa clase dirigente improvisada de libérrimos recién llegados a la política y al ejército, que convertían el congreso, la burocracia y la milicia precisamente en los mayores obstáculos para la paz, la estabilidad y la actividad económica de la nación.
Llegado el momento de definir quiénes habrían de ser considerados, además de mexicanos por fatalidad o nacimiento, mexicanos de primera, “ciudadanos” con derechos políticos, explicó que sólo quería a los grandes propietarios. Muchos liberales opinaban lo mismo, pero añadían: “y personas con ilustración”. Alamán no. Detestaba a los letrados sin propiedades considerables: dijo que se volvían fatalmente diputados y militares venales, promotores del desorden y de la corrupción. Sólo los grandes propietarios, educados en el depurado amor de sus bienes, eran capaces de amar y defender a su país.
Les regatea ilustración a todos los escritores conocidos —Lizardi queda reducido al papel de un chusco inportuno; los demás, como Talamantes, a cotorras que vocean equívocos estribillos sansculottes de la Revolución francesa—, pero la exalta invariablemente en los oscuros prelados y los hombres de fortuna que trataba en sus negocios particulares. La cultura era cosa de “cuna”.
Alamán se describe como uno de estos propietarios virtuosos; bueno, no lo fue. Acaso (si hubiera que creerle) no usó los puestos públicos para enriquecerse a sí mismo, pero sí a otros, a sus clientes y patrones: es un hecho que el impecable Alamán sobornaba al presidente Santa Anna para resolver favorablemente los asuntos de sus clientes particulares, los herederos de Hernán Cortés. Confiesa que simplemente no se podía de otro modo.
Algo venal fue también como escritor; de hecho, admite que escribe para favorecer materialmente a un patrón: encomia a Hernán Cortés en sus Disertaciones para apoyar los intereses del heredero del conquistador: “La conveniencia de todo para usted es evidente, pues esto [sus elogios de Cortés] ha hecho desaparecer la animosidad con que se veía su nombre y sus bienes, asegurando a usted la posesión de ellos”. Así de claro.
Tampoco la sangre —él, el más furibundo denostador de las matanzas de la Independencia y de sus desórdenes posteriores— estuvo lejos de sus manos. Fue acusado formalmente de planear y financiar el asesinato de Vicente Guerrero. Ciertamente no se le probó el cargo. (Tampoco se les probaron legalmente infinidad de delitos a Santa Anna ni a los otros poderosos de su tiempo.) Las bastante fundadas sospechas sangrientas quedan, sin embargo, como decoración del perfil autobiográfico que pretendía edificante. Se trató de un crimen de Estado fabricado por el gobierno de Anastasio Bustamante, del que Alamán era superministro, al grado de que el doctor Mora calificó ese período como “la administración Alamán”.
¿Y cómo exigirle a don Lucas que fuese tan diferente de la vida política de su tiempo, a él, que la encabezó más que cualquier otro civil? Por supuesto que Alamán también desempeñó su papel como un conjurador, un amotinado, un golpista o antigolpista de marca, según los vaivenes de la época de Santa Anna. No existe tal pulcro professeur Alamán, como quieren vendérnoslo algunos historiadores revisionistas.

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El asunto de la nueva “destrucción de las Indias” por su incapacidad de autogobernarse no aparece tan diverso en Alamán de lo que plantearon el doctor Mora y los liberales. Tampoco, en su momento, el superior rango político con que se quería dotar a los grandes propietarios y al clero. El problema estaba en la explosiva novedad de ciertos grupos, que a falta de denominación mejor llamaríamos clases medias en la escena política (él los prefiere “aspirantes”, “ambiciosos” o “codiciosos”, como antónimo de “propietarios”, pero alguna vez usa el término “clases medias”). Segundones, tercerones y hasta expeones y macehuales se atrevían a disputarle el control y el poder a la élite tradicional, a través de recursos escandalosos: el congreso, el ejército, la prensa, el bajo clero y la “economía informal” de la corrupción, el contrabando e infinidad de malos oficios recientes.
Esos pocos cientos de ambiciosos, aunque con frecuencia cambiaran de logia o de partido según las vicisitudes de la política y la guerra, eran sus mayores enemigos. A todos los consideraba “liberales” (sólo podían llamarse “conservadores” quienes ya tenían algo importante que conservar): aspirantes a amos sin ser grandes propietarios; o aspirantes a mandones de la política y del ejército para convertirse expeditamente en esos grandes propietarios que pretendían odiar.
Esos cientos de expobretones ambiciosos convocaban a miles de desarrapados y se alzaban con el poder y el erario. Ellos lo estaban destruyendo todo con su codicia incontinente y apresurada, su inmoralidad plebeya, su estupidez nata. ¡Ah, las cuentas que hace, de cómo una colonia superavitaria, que hasta financiaba las guerras de España, en tres décadas estaba hundida en exorbitantes deudas externa e interior, acumuladas por codicia y estupidez inverosímiles! (Desde luego, exculpa arbitrariamente de tal desastre a los grandes propietarios y comerciantes, al alto clero y a los militares y políticos que los servían, como si sólo los insurgentes, los liberales y la “plebe” hubiesen tenido alguna ingerencia en el poder, la economía y la guerra entre 1810 y 1853).
¡Qué nostalgia de los españoles, súbitamente redescubiertos como dorada clase dirigente! (Los novohispanos nunca tuvieron tan buena idea del gobierno español como nuestro historiador.) Alamán espeta el chiste de que, como castigo por deshacerse de los españoles, se debió importar otra clase dirigente extranjera: ingleses, franceses o norteamericanos... pues los nativos no habían logrado sustituir a los españoles como amos y gobernantes. Bueno: Alamán también colaboró eficazmente a tan oportuna importación de una élite extranjera.

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Hay dos aspectos sumamente polémicos en la concepción de Alamán, aquí sí particularísimos, diversos al pensamiento ilustrado de su tiempo, al menos tal como lo conocemos en las obras de sus adversarios. El primero es la desmitificación de la guerra de Independencia, en la que ve puras hordas criminales, totalmente opuestas a lo que desde fray Servando y Carlos María de Bustamante —escribe sobre todo contra ellos— hemos considerado como “historia de bronce” (categoría establecida por Luis González y González).
Seguramente los apologistas de la insurgencia la mitificaron y exaltaron con demasía (¿Pero Homero y el autor de El Cid no hicieron otro tanto? Más que el de historiadores, fray Servando y Bustamante cumplieron el necesario papel, a ratos, de “cantores de gesta”. ¿Por qué México no ha de tener su propia “historia de bronce”? ¿Han demolido los franceses, acaso, Los Inválidos; se han deshecho los españoles de El Escorial; ha renunciado el Vaticano a su santoral de las cruzadas?). Sin embargo, también Alamán exagera truculentamente en sus denuestos, y privilegia hasta la extravagancia al bando realista y conservador.
En el México paupérrimo descrito por Abad y Queipo, ¿cabría esperar rebeliones populares como bailes de salón? Lo cual, desde luego, no le quita razón a su escándalo, a su terror ni a su protesta; ni verosimilitud a sus escenas, que por lo demás habrán de resurgir con perfiles y episodios semejantes a lo largo del siglo XIX, e incluso en nuestros días. (Desde luego, Alamán no se aterra frente a los conquistadores españoles, que en él aparecen más respetables que en los escritos del propio Cortés y Bernal Díaz. No fue “hombre de verdad”, a la manera de Clavijero, sino “hombre de partido”, como su época lo exigió a todo mundo.)
El otro aspecto particularísimo de Alamán es la crítica a la idea (que me imagino menos espontánea que producto neto de fray Servando Teresa de Mier, propagandizado por Bustamante) de que la Independencia mexicana no era un desorden y una novedad, sino una restauración y la reparación de una injusticia. No se reformaba la nación novohispana ni surgía una nación nueva; simplemente, la “antigua nación mexicana” recobraba la libertad que los españoles le habían “usurpado” desde los tiempos de Hernán Cortés.
Esta idea cundió en el pueblo y aun entre los sectores dirigentes, campea en las historias de fray Servando y de Bustamante, en el periodismo y la oratoria de la época, y se establece formalmente en la misma Acta de Independencia. Alamán se burla —era menos un historiador objetivo y verídico que un chistosillo voltaireano, un interlocutor de fray Servando y de Carlos María de Bustamante, “sus semejantes, sus hermanos”—: ¡las personas que firmaron tal despropósito, clama, no advirtieron que lo estaban escribiendo en castellano, con firmas castellanas, y no en náhuatl!
Señala que la nación azteca había desaparecido para no resucitar jamás hacía tres siglos, y que lo que sí existía era una sociedad producto precisamente de la conquista y de la colonización españolas. Resultaba una tontería atroz, entonces, decir que México “recobraba” su libertad y su soberanía; un mero juego de palabras, porque el México-Tenochtitlán de 1519 ya no era el México de 1810.
¿De veras se trataba de un despropósito tal, de una tontería tan extravagante? Ciertamente no fueron los aztecas quienes se independizaron de España, con su tlatoani Iturbide, pero tampoco una sociedad totalmente producida por la conquista y la Colonia.
Un 80 por ciento de la población seguía siendo indígena y viviendo como tal, salvo modificaciones de diversa profundidad (en ocasiones, de escasa profundidad) en su religión y en algunas costumbres e instituciones. Mucho quedaba, y no sólo el color de la piel, del mundo indígena ancestral (la “matriz civilizatoria” o “raigal” de que hablaba fray Guillermo de Bonfil en México profundo), que la Colonia no alcanzó a transformar cualitativamente. Algo queda incluso hoy.
Buena parte pues de ese México prehispánico, de esa “antigua nación mexicana”, salía inevitablemente a flote con la Independencia, aunque fuese como mera identidad simbólica de los propios criollos y mestizos, quienes desde el siglo XVII se habían inventado el “despropósito”, la “tontería”, de una añoranza prehispánica, y cierta descendencia de la Tonantzin (Guadalupe), Quetzalcóatl (santo Tomás) e incluso Huitzilopochtli (el propio Cristo, para sor Juana). No me sorprende esta exageración indigenista en la Independencia; todo lo contrario, me asombra que una nación todavía tan indígena en 1810 no hubiese logrado sino sólo ese mínimo reconocimiento verbal, simbólico, en su Acta de Independencia.
La invención criolla de una simbólica identidad precortesiana, que tanto trasegó fray Servando, era mucho más que un despropósito o una tontería antigachupinos. Era el deseo de no empezar una nación desde la nada, ni desde la conquista y el orden coloniales, sino desde los orígenes más remotos de los pueblos indígenas que seguían habitando el territorio, y predominando en su sociedad hasta en un 80 por ciento. Aunque no firmaran el Acta de Independencia en sus idiomas nativos, que seguían hablando, los indios continuaban ahí. Se debía reconocer su presencia, así fuera en el mero orden simbólico.
La Colonia no produjo una verdadera nación castellanizada, completamente criolla, sino un desbarajuste (los atildados revisionistas dirían “pluralidad” o “mosaico”) étnico, que debía manifestarse de alguna manera. El mismo derecho que sentía Alamán para fechar su personal origen de la mexicanidad en 1521, tenían otros para ubicarlo en Xólotl o Huitzilopochtli.
¿Por qué empezar sólo desde la conquista? ¿Acaso la propia España no reivindicaba sus orígenes de oronda provincia romana, mucho más lejanos en la historia que Moctezuma y Cuauhtémoc? ¡Cada nación sus mitos! Los mitos no son tonterías ni despropósitos, sino símbolos beligerantes. Por eso sigue en pie, pese a los pedantescos revisionistas, la historia insurgente que cantaron con harto brío fray Servando y Bustamante, y no la rencorosa sátira de Alamán. Aplique don Lucas su lógica superficial a los fundamentos de sus propios dogmas (los derechos absolutos de la propiedad, los fueros eclesiásticos), y no le quedará idea en pie. ¿Por qué alguien sí puede ser heredero de Hernán Cortés y otros no de Moctezuma? También los derechos del rey y del papa ostentan orígenes míticos sobre los cuales hacer muchos chistes, si de jugar al Voltaire o al Antivoltaire local se tratara.
Había tanta extravagancia (y profundidad simbólica) en fray Servando al soñarse neo-azteca como en Alamán al considerarse neo-cortesiano. (El primero no cobraba por ello, y nuestro historiador se burla de sus miserias.) A final de cuentas, el Cortés de unos y el Moctezuma de otros fueron contemporáneos. Ellos los creían antagónicos, en esa época agria de discordia intelectual; más sonrientes, los criollos del siglo XVII, como ese Sigüenza y Góngora que por igual amaba a los tlatoanis que a Hernán Cortés, en cambio, los soñaban complementarios, aunque en un barroco retablo siempre alegórico.




PÍNTESE USTED MISMO

En 1700 se extinguió la dinastía Habsburgo en España, y nuestra castiza madre patria dejó de ser gobernada por reyes germánicos para serlo... por reyes franceses. Esto de los nacionalismos es todo un jaripeo. Antonio Alatorre recuerda en Los 1001 años de la lengua española (México, Bancomer, 1979) los consejos de Luis XIV, el Rey Sol, a su modesto nieto Felipe V, llamado al trono meramente español: “Procura que tus gobernadores y virreyes sean españoles pero tú nunca olvides que eres francés” (p. 307).
La dinastía borbónica nunca ha olvidado su flor de lis. España se afrancesó y se volvió moda turística y pintoresca en toda la civilización dirigida por Francia: óperas, novelas, poemas, libros de aventuras, pinturas: Carmen, Don Juan, las manolas, los pícaros, los “toreadores”. Un siglo después, a ciertos periodistas y escritores nativos les pareció un tanto abusiva la caricatura que los extranjeros habían pergeñado de España, y trataron de pintar ellos mismos sus toros y sus manolas, y de codificar su folklore, que todavía no se llamaba así: de poner pues algo de orden en cuestión de aragonerías y de sevillanas. Surgió así, entre una amplia bibliografía romántico-costumbrista, un libro llamado Los españoles pintados por sí mismos que algunos escritores mexicanos imitaron al vuelo, de la misma manera que El pensador mexicano de Lizardi había imitado El pensador matritense.
En 1854-1855 apareció en la Imprenta de Murguía, con litografías (que se volverían tan famosas) de Hesiquio Iriarte (1820-1897) y luego de Andrés Campillo (?), un librillo guasón titulado Los mexicanos pintados por sí mismos. Tipos y costumbres nacionales por varios autores (sigo la edición facsimilar del Banco Internacional y la Librería de Manuel Porrúa, México, 1974), con mala escritura y peor ortografía, perpetrado por cinco intrépidos periodistas, algunos todavía novatos: Hilarión Frías y Soto (1831-1905), Niceto de Zamacois (español, 1820-1885), Juan de Dios Arias (1828-1886), José María Rivera (?), Pantaleón Tovar (1828-1886) y el inminente prócer Ignacio Ramírez, El Nigromante (1818-1879).

EL CUBO DE RUBIK
Por lo general, los mexicanos de quienes ellos hablan son meramente tres docenas de engendros capitalinos: los tipos chuscos de la ciudad de México, y no los de las selvas, montañas y desiertos del gran mapa: el aguador, la chiera o vendedora de aguas frescas; el pulquero, el barbero, el cochero, el cómico de la legua, la costurera, el cajero o dependiente de tendajón; el evangelista o escribidor popular; el sereno, el alacenero o puestero; la china o la bonita de barriada; la recamarera, el músico de cuerda, el poetastro, el vendutero o vendedor en remates; la coqueta, el abogado, el arriero, el jugador de ajedrez, el cajista (de imprenta), la estanquillera o cigarrera; el escribiente o tinterillo; el ranchero, el maestro de escuela, la casera o portera, el criado, el mercero, la partera, el ministro, el cargador, el tocinero o carnicero de cerdos, el ministro ejecutor o embargador.
Por lo demás, este libro pintoresco condena específicamente el romanticismo (en “El poetastro”) y mira con nostalgia las furibundas sátiras ilustradas españolas en prosa barata. La amenidad, la caricatura, la risa, el carnaval dizque moralizantes han sustituido a los asombros del barroco y al “buen gusto” como ideales literarios. Lo mejor del costumbrismo, dice el enigmático José María Rivera es ocuparse de “las malas costumbres”. Veneran todavía a Moratín; imitan a Larra.
A ratos, aunque estamos en pleno Plan de Ayutla (desde marzo de 1854), se antojan más que prudentes nuestros aguerridos periodistas pues no incluyeron, en la peligrosa época de Su Alteza Serenísima, quien no caería sino hasta finales de 1855, cuando el libro ya andaba en librerías, a los tipos de la soldadesca que conformaban precisamente la suprema y colorida novedad mexicana de las primeras décadas de su vida independiente: apenas los mencionan instantáneamente por ahí como quien tira la piedra y esconde la mano (v. gr.: las botas de un teniente en “La estanquillera”).
Hablar de los tipos y costumbres mexicanos de 1854 y 1855 sin el soldado, el sargento, el capitán, el coronel, el cuartel, el golpe de Estado, la leva, las asonadas, los motines, los desfiles, los pronunciamientos, etcétera, suena algo excesivamente trunco (conforme avanza el año de 1855, el libro se envalentona y politiza: probablemente se vendían los cuadernillos sueltos periódicamente, antes de conformar el libro). Pero no eran tiempos propicios para la crítica de la milicia, ni lo serían durante muchas décadas. Además, se trataba ante todo de una empresa comercial: vender las preciosas litografías pintorescas de Iriarte, que todo mundo vería, acompañadas de textos chuscos que casi nadie iba a leer.
Los amantes del pintoresquismo literario podrán hallar ejemplos más nobles y depurados en la Marquesa Calderón de la Barca, en Prieto, Inclán o Payno, en Altamirano y Riva Palacio. El prestigio de Los mexicanos pintados por sí mismos se debe casi exclusivamente a su pomposo título –que se creyó autóctono: casi un pre-manifiesto de Diego Rivera- y a las litografías memorables de Iriarte, que en algunos casos precedieron a los textos y los inspiraron: los escritores tramaron su texto para comentar la ilustración (como dice Ramírez), y en ocasiones, según lo confiesa Zamacois, “en pocas horas y sin tiempo para corregirlo”. De hecho, sin las ilustraciones de Hesiquio Iriarte acaso Los mexicanos pintados por sí mismos no habría siquiera ocurrido, o en todo caso, no habría pasado de una oscura aventura periodística.
A pesar de muchos momentos divertidos y fundadores, resulta difícil apreciarlo en conjunto como literatura seria: sus autores simplemente pretendían divertirse, contar al paso –sin mucha reflexión ni cuidados de estilo- unas cuantas bromas sobre los personajes que fastidiaban a los jovencitos de clase media –ellos mismos- en la ciudad de México, como el siempre maldito cochero que triplicaba la tarifa en días de lluvia, es decir, precisamente cuando se le necesitaba; o como el aguador que no sólo introducía agua de las fuentes públicas en las casas, sino también todo tipo de mensajes celestinescos hasta las alcobas de las encerradas señoritas de aquellos días. Los textos, de hecho, aparecieron generalmente en forma anónima, lo que nos dice mucho del escaso mérito o futuro artístico que nuestros fundadores del “cuadro de costumbres” esperaban de su aventura zumbona.
La ulterior mitología nacionalista del libro nos hace esperar algo que nunca quisieron escribir estos apresurados imitadores de un librito español que andaba por entonces de moda. Pero el azar lo es todo. Y el azar se introdujo en la redacción de este libro para marcar el tono, tan inevitable en nuestras letras, del Schadenfreude o del regodeo cómico en las penas y los pesares, en este caso propios. Los mexicanos pintados por sí mismos es lo opuesto a una apología o a una propaganda nacionalistas; casi es un aviso de “Cuidado con acercarse; aquí apesta, aquí espantan, aquí transan, aquí se vive de la patada...” pero a risa y risa. ¿Los mexicanos deturpados, chusqueados, embromados por sí mismos? Larra o “Fígaro” era un buen maestro en tal senda. Si no surge aquí, sí se entroniza el arte mexicano de vilipendiarse a toda orquesta. Pero también el arte puro del juego por el juego. Pocas veces la prosa mexicana ha intentado ser tan jocunda.
Eran los peores años de la historia de México, desde la conquista; después de matanzas, golpes de estado, rebeliones, motines, asonadas, hambrunas y guerras internacionales (especialmente la derrota frente a los Estados Unidos y la pérdida de mucho territorio), se pensaba que México estaba agonizando o que se había muerto ya. Es el tono de los escritos de esa época de Alamán y de Bustamante. Pero nuestros chamacos dicen: “Bueno, ¿qué se le va a hacer? ¡nosotros seguimos vivos!, y mientras andemos por estos miserables parajes vamos a divertirnos de lo lindo con nuestras desventuras, transas y miserias cotidianas”. No en balde el futuro prócer del volumen, Ignacio Ramírez, habría de declarar que prefería, entre todas las zonas de la vasta República Mexicana, a Veracruz: “pues por ahí se sale”. Predomina todavía, aunque sin su lujo ni su maestría verbales, la retórica picaresca y satírica de Quevedo y de sus seguidores ilustrados (Torres Villarroel).
Un asombro, un reconocimiento casi hipnóticos me han atraído siempre, sin embargo, como todo un vicio, hacia este librillo juvenil, apresurado, guasón, modesto, chambón, a ratos más que soso (especialmente las últimas crónicas de Arias), sobre recamareras que esconden sus enaguas bajo el sofá, barberos enciclopédicos y serenos que sueñan con chorizos. Admiro su ejemplo humorístico jocosamente autocrítico y hasta autodenigratorio; ya en él se acentúa aquello de “como México no hay dos... afortunadamente”, y a doblarse de risa. A jugar libremente con la lotería de casi todos nuestros vicios y nuestros males. Como súbitas magias del cubo de Rubik, a ratos nuestros cronistas consiguen la excelencia en mitad de párrafos trillados o desmedidos, cuando de repente se logra azarosamente el efecto preciso y el autor no recuerda cómo lo consiguió, después de horas y horas de manipularlo en vano. ¿Por qué resulta tan chistoso el sereno que sueña con chorizos? Las caídas son asimismo abundantes y estrepitosas: sketches bufos con vagos pretextos moralizantes (v. gr. “El vendutero”). Muchas de sus sátiras son menos locales que universales, como la de “El Abogado” que el pasmoso Nigromante versifica en castellano dizque medieval (Alfonso X, Sem Tob) pero con el anacronismo de endecasílabos en tercia rima renacentistas, propios del “dolce stil nuovo”.
Sospecho también ahí el definitivo abandono del entusiasmo anterior por encontrar el común denominador o arquetipo nacional allá sobre las nubes, con los ángeles, los héroes, los mitos y los próceres en un estilo alto; las teorías de progreso, riqueza, civilización, refinamiento, victoria y cultura. Irrumpe la firme decisión a igualarse por debajo –incluso por lo hasta abajo-, con la miseria, la plebe y la majadería, aun acentuándolas; con la transa, el desastre, el ridículo, la derrota, el fiasco, el payismo ranchero y el chusco relumbrar del “íntimo desorden de mi raza”, que diría Pellicer. Un buen baño de lodo y estiércol, como el capitalino que quiso ser “El Ranchero” por un día.
Eres más mexicano mientras más te parezcas, o finjas parecerte, al arriero o al pelado; y lo eres menos, casi extranjero y malinchista, si sales con leyes y códigos de conducta y civilización, de pollo, prócer, estirado o roto. No en las nubes, sino en los lodos, chapotea feliz el águila raigal del Códice Mendocino. Un orondo nacionalismo de quinto patio, tianguis y vecindad.
México no era un paraíso turístico en aquellos años, ni lo sería durante el resto del siglo. No se trataba de corregir, pues, como en España, una visión artificial, extranjera y turística, con unos autorretratos genuinos, sino de hacer estallar unas mexicanadas jocosas, sencillamente porque sus autores eran jóvenes e imponían su humor, incluso su humor más absurdo, a la desolación o desesperación circundantes. Una mexicanada de humor negro, de “aquí hasta el más molacho masca rieles”, de ¡vivan el pícaro Buscón y el mundo-al-revés!, que nos hace leer aquella escritura con cierta emoción cómplice, casi contemporánea, y revisar esas crónicas como al cubo mágico de Rubik, para tratar de descubrir cómo estos cronistas tan chuscos, farragosos y sermoneadores; tan burdos, atenidos a efectos y trucos primarios y simplotes, lograron en muchos párrafos las cifras exactas del pintoresquismo mexicano interno, que no atrae tanto a los turistas como a los apaleados paisanos que, entre risas y chiflidos, ya le han encontrado gusto a la tétrica casa ruinosa, chirriante, astrosa y endiablada, pero desaforadamente propia.
Véase por ejemplo esta pintura de un cochero mexicano, anónima, firmada sólo por tres asteriscos, pero que el editor moderno nos hace saber que la debemos al hilarante Hilarión (quien llegaría a la ancianidad como flamígero jacobino-de-otros-tiempos, denostando a Bulnes y a los Científicos), y que, por lo demás, no se diferencia mayormente de la prosa de sus compañeros.
“El cochero de sitio es un ente raro, escepcional, inclasificable, que nos hace dudar muchas veces de su identidad con la raza humana. Esta duda viene apoyada en un principio de la historia natural, y es que un parásito es inferior en la escala viviente al ser que lo sostiene. Conocíamos al cryptógamo en la planta, al epizoario del hombre, y la regla no había fallado; pero que el hombre fuese a su vez parásito solo en el cochero lo hemos visto, porque en efecto, perdió casi sus cualidades de hombre, y se unió a su coche como la uña al dedo, y hélo ahí que vive con él, por él, en él, y sobre de él. ¡Cuántos maridos quisieran vivir con sus mitades en la unión y armonía con que viven un coche y su cochero, y no con las relaciones que existen entre el látigo y las mulas! ¿Pero de dónde viene, preguntará el lector ese hombre prodigioso? ¿cuál es su origen y cuál su procedencia? –Pregunta difícil en verdad de responder, porque un cochero para serlo no necesita haber nacido así ó de aquel modo: id y preguntadle y ni él mismo lo sabrá acaso. Venido de Guanajuato ó Guadalajara, nacido en la capital en un pobre cuarto vecino á una cochera, su orígen importa poco. El llegó al rango que ocupa sin saber cómo, y allí está hoy en su coche para servir al público. Sin embargo, si el lector viere alguna vez á un chico semi desnudo, lleno de lodo y estiércol, quemado con el sol y rodando entre las ruedas del coche en receso, revolcándose entre el estiércol y la paja ó jugando entre las patas de las mulas; al ver ese vástago negro y redondo del cochero puedes ver en aquel pimpollo un sucesor de su padre, un cochero inteligente y busca vidas. Mira si te engañaste: tiene ese chico siete años y ya sabe poner á la mula un bocado, enganchar, desencuartar y abrir y cerrar la portezuela. Se ha hecho el accesorio necesario del cochero; es el pretendiente del sota, y como tal viene en el pescante junto al padre ó al padrino que lo inicia en la profesión: tiene ya una cosa á su cargo, humedece las ruedas del carruaje, limpia y alza las guarniciones, da pienso ó agua a los animales, y cuida en fin del arreglo y aseo de cuadras y cocheras. Pronto asciende por sus servicios á sota, y entonces comienzan sus viajes á Puebla y á la feria, montado en las guias, cuidando que no falte sebo en los ejes, que no se descomponga la carga, que no escasen las provisiones en la posada para su caporal, para sus machos y para él. Al fin de tantas fatigas obtiene su premio y asciende a cochero. Este es el hombre tal como lo necesitamos, tal como lo vamos a pintar”, etcétera.

LOS HALAGOS DE LA CARICATURA
Es un agrio ajuste de cuentas con la realidad tal cual era, sin ilusiones ni mitologías, después de cincuenta años de ruina. No hay sueños de paraísos ni de progreso, no hay imperios ni ciudades-de-palacios. Adiós ilusiones indianas, criollas, monárquicas o republicanas: con el ranchote hemos topado, un ranchote tan menesteroso y plebe como proliferado, y del que no se sale nunca. Una laberíntica e interminable ranchería donde todo mundo se las ingenia para fastidiar y timar lo más posible al prójimo. Y a final de cuentas, de ese elaborado estorbarse, lastimarse, timarse unos a otros surge el digamos patriotismo o la identidad y solidaridad nacionales. En caricatura nos vemos más guapos. El ideólogo, el poeta, el novelista, el orador se apaisanan, se acompadran y abrazan a su terrible tribu de banqueta leperuzca, que se entretransa y entrealburea en el Portal de las Flores.
Obra de juventud, en la que la mayoría de sus autores se atrevió a sus primeras composiciones, Los mexicanos pintados por sí mismos rebosa jolgorio en una parda ciudad misérrima e inhóspita. Algunos de sus autores llegarán a ser cultísimos y polígrafos (Ramírez ya lo era, o políglotamente lo presumía), pero por entonces sabían poco del México antiguo –incluso de las épocas inmediatas-, y no se imaginaron siquiera que esa ciudad que pintan con tan tristes y rudimentarios colores y escenas, casi siempre había sido superior en el pasado: hasta una quemazón del Santo Oficio o un paseo del Pendón resultaban en los tiempos virreinales más afluentes y espectaculares que su nueva indigencia ranchero-cuartelesca; algo prostibularia, en realidad.
Por la censura de la dictadura de Santa Anna no se atrevieron a retratar a la turba de soldados que infestaba la ciudad y que, por ejemplo, hizo posible la súbita, efímera y deletérea proliferación, casi epidemia, de las chieras, quienes no vendían sólo agua de chía, sino aguas frescas de todos los sabores en puestos callejeros muy adornados con yerbas y flores. Y sus vestidos, y sus blusas escotadas, y sus trenzas, y sus coloretes, y sus zapatitos de raso, y sus miradas de prometo-pero-no-prometo. No las vendían todo el año, sino sólo en las épocas de mayor calor. Y no cualquier mujer calificaba como chiera, sino exclusivamente las más guapas y ofertables: su negocio consistía más en exhibirse que en vender aguas. De modo que el mayor solaz de los jovencitos durante los meses cálidos, especialmente de los oficiales en uniforme y multitud de medallas de dorado latón, consistía en ligarse –o en soñar con ligarse- a una chiera después de haberle consumido innumerables jarritos o vasitos de sus brebajes.
El viejo Borges se intrigaba ante la chía en los versos de López Velarde: “Suave Patria, vendedora de chía:/ Quiero raptarte en la cuaresma opaca,/ Sobre un garañón, y con matraca,/ Y entre los tiros de la policía”; suave patria, chamaca endomingada que me vendes un agua fresca con la promesa de venderme algo más preciado... “La Chiera, como la golondrina, sólo en tiempo de verano aparece en nuestro suelo. Su vida pública es ligera y fugaz como la de la mariposa, y lo mismo que á esta siempre la veremos entre aromas y entre flores... retrato... difícil y peliagudo, como el de toda hembra que tiene sus dares y tomares con el público. ¡Cáspita! Me encuentro, lector mío, con más ganas de presentarte el tipo de un cosaco...”
Y en efecto, en efecto. Eran los años santanistas de la ciudad-cuartel. En todas las crónicas que conciernen a muchachas, hay que recordar que el militarismo independentista llenó de chamacos solteros la ciudad, quienes por docenas se disputaban lo mismo a las chieras, a las chinas y a las coquetas, que a las niñas de familia, a las sirvientas, a las costureras y a las beatas, casi todas ellas arruinadas tras largos años de crisis económica: su único negocio posible consistía en roer los jornales de los oficiales del ejército, pero poco a poquito, entregando sus gracias con regateo o “usura”, según se quejan nuestros cronistas, pues conceder demasiado las rebajaba o excluía del populoso negocio de las bellas insolventes lanzadas en masa contra los bolsillos de los pollos, sargentos o capitanes tan fatuos como cuentachiles. José Tomás de Cuéllar pintó años después retratos semejantes en su serie “La linterna mágica” (por ejemplo, La historia de Chucho el Ninfo).
La mayoría de los oficios masculinos en este panorama resultan asimismo hoscos y serviles, casi patibularios: barbero, aguador, cochero, escribidor o escribiente, poetastro, agente de embargos, empleado de imprenta, misérrimo maestro de escuela. El pulquero nos muestra el epítome de una economía nacional abocada al fraude omnímodo y sistemático, y con gusto: ya sabemos que así son las cosas, y decirlas riendo significa acaso vencerlas, o trascenderlas, o soportarlas un poco. Si aparece la sufrida costurera es para infamarla, como a la chiera, con algún lúbrico oficio extra de griseta, recién importado de París (a través de los folletones de Eugène Sue). Nuestros cronistas decidieron que los mexicanos “se pintaran a sí mismos” como perdedores altivos y guasones, que desprecian a los triunfadores épicos, líricos y estirados. El aspecto bajo y modesto de la comedia nos sentaba mejor.
Aunque cómplice de esta visión, el dibujante Hesiquio Iriarte la dulcificó en algunas litografías, siempre menos despiadadas que los textos que las acompañan, a veces incluso muy favorecedoras (“La China”, “La Chiera”, “La Costurera”, “La Coqueta”, “El Ranchero”).

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